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31/07/2008 :: Pensamiento

Los acuerdos de Doha ponen en peligro al sector servicios

x Walden Bello
Se está formando un consenso global sobre la necesidad de una re-regulación del sector financiero

(Traducción revisada por La Haine)

Desesperado por cerrar un nuevo tratado global comercial, el jefe de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Pascal Lamy, está planeando convocar una reunión «mini-ministerial» en la tercera semana de julio.

La intención es salir de ella con acuerdos comerciales para la liberalización de mercados en la agricultura, la industria y los servicios, los cuales han sido el foco de atención de los llamados Acuerdos de Doha de la OMC que se vienen alargando desde 2001.

Los gobiernos de los países en desarrollo veían con preocupación acordar textos que se refieren a ilusorias promesas de reducción de los subsidios en agricultura en la Unión Europea y en los Estados Unidos, pero exigiendo que recorten sus aranceles industriales proporcionalmente más que los países desarrollados. Tampoco deberían permitir malos acuerdos que pondrían en un grave aprieto al sector servicios, incluyendo actividades tan vitales como la provisión de agua, la energía y la intermediación financiera.

Mientras la atención global se ha centrado en las discusiones sobre los subsidios agrícolas y los aranceles industriales, los Estados Unidos y la Unión Europea han puesto de manifiesto que no aceptarán ningún paquete de medidas que no incluya los servicios.

Como ha dejado tajantemente claro hace poco la representante de comercio de los Estados Unidos, Susan Schwab, Washington «no aceptará unas medidas de Doha que no incluyan resultados ambiciosos en la liberalización de los servicios que conlleven resultados comercialmente significativos».

Mientras Schwab describe los servicios como el primo pobre de la agricultura y la industria, un posible resultado es un acuerdo en materia de servicios que no vaya acompañado de otros en agricultura e industria. Con la polarización entre el norte y el sur en agricultura e industria, salvar los acuerdos sobre servicios de Doha, que representan entre un 50 y un 60% de la actividad económica de los países más desarrollados, puede ser una opción más que atractiva para los EE.UU y la UE.

El Acuerdo General de Mercados de Servicios (General Agreement on Trade in Services, GATS), exige a los países conceder el mismo tratamiento a los proveedores de servicios extranjeros que a las empresas locales. No obstante, los países en desarrollo se muestran poco dispuestos a hacer esto, debido a su actual falta de capacidad de regular los negocios transnacionales. Sus temores han sido ventilados por los problemas actuales del sistema financiero, que tienen en parte su origen en la ausencia de regulación global de los operadores financieros de los países desarrollados.

Si bien los servicios financieros son sólo uno de los muchos que cubre el GATS, los EE.UU y la UE han hecho del sector financiero liberalizado su más importante demanda sobre los países en desarrollo. Se ha revelado que la UE ha pedido que algunos países en desarrollo eliminen las regulaciones sobre las actividades de los hedge funds, las agrupaciones financieras que fueron las causantes del colapso del baht [moneda tailandesa, N. de la R.] en 1997.

La UE también ha pedido a México que abra sus mercados a los “derivados”, inseguros instrumentos financieros que han jugado un papel importantísimo en el caos financiero actual.

Muchos países en vías de desarrollo reciben con los brazos abiertos el capital extranjero, pero han aprendido duramente que la presencia de una fuerte financiación extranjera exige también un fuerte régimen de regulación a la medida de las particulares necesidades y capacidades de cada país.

Fue la indiscriminada eliminación de los controles del capital en estas regiones por orden del Fondo Monetario Internacional y el Departamento de Hacienda de los EE.UU lo que causó la devastadora crisis financiera asiática. Con prácticamente todos los controles del capital suprimidos y las leyes de inversión liberalizadas, casi 100 mil millones de dólares americanos desembocaron en las economías asiáticas entre 1993 y 1997, con el capital tendiendo hacia áreas de alto y rápido beneficio, como el mercado de valores y los bienes inmuebles.

Con pocos controles de hacia donde iban los fondos, la sobreinversión pronto hundió las bolsas y el mercado inmobiliario, causando un colapso de los precios y el consecuente trastorno para los tipos de cambio, la balaza de pagos y la balanza comercial. Llevados por el pánico, los especuladores huyeron por la primera salida que vieron. Con las regulaciones de entrada y salida de capital liberalizadas, los gobiernos no tenían manera —exceptuando a Malasia, que desafió al FMI e impuso controles de capital— para parar la estampida; y los 100 mil millones de dólares, que desaparecieron de la región en pocas semanas en el verano de 1997, conllevaron una chirriante parada del crecimiento económico desde Corea hasta Indonesia.

Después de la crisis financiera asiática, la de Argentina y el crack de las punto com entre 2000 y 2002, todas ellas causadas por las burbujas especulativas y la falta de regulación financiera, uno podría pensar que las autoridades de los países desarrollados harían hincapié en regular seriamente las actividades de los actores financieros globales.

Sin embargo, las finanzas globales se resistieron a cualquier movimiento hacia una regulación efectiva. Si bien se levantaron voces que pedían controles a la proliferación de los instrumentos financieros como los “derivados”, esto nunca se consiguió. La evaluación y regulación de los “derivados” iba a dejarse en manos de los agentes del mercado, quienes supuestamente tenían acceso a sofisticados modelos de «evaluación de riesgos» cuantitativos que se estaban desarrollando.

Arrasados por las consecuencias de la desregulación financiera, muchos países en desarrollo no se sorprendieron cuando la autorregulación condujo a una burbuja inmobiliaria que cuando explotó puso al sistema global de finanzas al borde del colapso.

Una de las conocidas escenas de las antiguas películas de oeste es esa en la que un tren acelera hacia una colisión inminente con otro, con la mano sin vida del maquinista, al que unos bandidos han disparado, apoyada sin remedio sobre el acelerador. El desarrollo actual de las finanzas globales es una reminiscencia de esa escena.

Se está formando un consenso global sobre la necesidad de una re-regulación del sector financiero. Pero la despreocupación por este consenso emergente y por el caos financiero de los países subdesarrollados que negocian en la OMC, es como la mano muerta del maquinista. Continúa acelerando, presionando a los países en desarrollo para hacer acuerdos en materia de servicios que liberalicen drásticamente su sector financiero.

Los países en desarrollo conducirán el tren a la colisión que sobrevendrá sin dudas, por la determinación de los EEUU y la UE de conseguir la liberalización financiera global a cualquier precio. Aquéllos no deberían conformarse con un acuerdo del sector servicios que comprometiera su capacidad para regular sus propios sectores financieros y otros servicios.

Así como deben decir no a los acuerdos arancelarios en agricultura e industria que les sitúan en unas condiciones injustas, tampoco deben ser cómplices de unos acuerdos sobre el sector servicios que no les reportarían otra cosa que ser arrastrados a una terrorífica espiral de desregularización financiera global.




Walden Bello es profesor de Sociología en la Universidad de Filipinas y analista del Global South, instituto de investigación de la Universidad de Chulalongkorn en Bangkok.

The Bangkok Post, 15 de julio de 2008. Traducción para sinpermiso.info: Juan José Mediavilla. Revisado por La Haine

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