Los mitos del imperio virtual

Entre los habitantes que pueblan nuestro planeta hay decenas de millones de analfabetos que no tienen el derecho a entrar por la puerta ancha de la Era de la Informatización y las Comunicaciones, por el simple hecho de haber nacido en un país subdesarrollado.
La llamada Brecha Digital, esa que se mide en dígitos e índices como acceso a una computadora, a correo electrónico, Internet o densidad telefónica, no tiene nada que ver con la disparidad creada por la cantidad de artefactos en un lugar y su escasez en otro.
Y es que no se trata solo de una brecha "digital", sino de colmar la distancia que separa a ricos y pobres en cuanto a educación, salud, empleo, vivienda y seguridad social, entre muchos otros tópicos.
Pensar que el mundo virtual y la computación pueden resolver esto, es como creer que alguien, porque pueda pagar sus impuestos o votar por Internet, ya disfruta de la ciberdemocracia, sin pararse a pensar si ese gobierno refleja verdaderamente la voluntad de las mayorías mediante su participación activa y efectiva.
El imperio virtual creado gracias a las nuevas tecnologías también ha producido sus propios mitos, que buscan vender su imagen con danzas atractivas para los incautos.
NOTICIAS CHATARRAS
Según el investigador español Bernardo Díaz Nosty, las tecnologías de la información y las comunicaciones generan predicamentos míticos preempacados, para que sean difundidos como sus bondades absolutas y accesibles.
Entre estas mistificaciones está el mito de la abundancia, el cual se basa en subrayar la disimilitud de información, canales y soluciones, gratificaciones, abundancia en el tiempo y en el espacio... por ende la pluralidad de puntos de vista y concepciones.
Es, para decirlo más sencillo, el cambio de la visión sobre cómo controlar la información. Si antes la escondía, ahora lo sigo haciendo, pero saturándote de noticias chatarras, de informaciones banales e intrascendentes. Incluso, aunque el tema sea importante, la estrategia es generar tanta información sobre él que el usuario no pueda detectar cuál es su verdadera esencia.
Claro está, el mito de la abundancia informativa se conecta directamente con otro muy en boga: el mito de la transparencia. Vuelto a traducir: la tecnología supuestamente te da la posibilidad de que sepas de todo, lo investigues todo, accedas a todo. Te lo pone todo al alcance de la mano... pero no lo puedes tocar.
El caso más curioso en este sentido es la eclosión de los buscadores, robots arañas que a través de palabras claves dan miles y miles de páginas sobre lo que le pidas.
Sin embargo, los estudios indican que apenas el tres por ciento de lo listado corresponde a la necesidad de información, mientras el 78 por ciento de los navegantes entra en ellos buscando una cosa, y termina leyendo otra.
Es que el mito de la globalidad del conocimiento lleva a que de veras creamos que a través de la tecnología se puede estar en todo, acortar las distancias, modificar las geografías y ser partícipe de cualquier hecho, entroncando con otro mito, el de la instantaneidad que se logra con las tecnologías de la información, pues las coberturas en tiempo real, el darnos la información minuto a minuto, se hacen ver como lo "objetivo" del hecho, aunque la realidad sea muy distinta.
Además, la tecnología también te refuerza el mito de la interactividad, de que tú también cuentas, a partir de hacer creer que tu opinión decide, para lo cual pululan las encuestas virtuales sobre cualquier tema.
CONCENTRACIóN APABULLANTE
A pesar de estos mitos tecnológicos, la realidad en cambio es bien distinta. Las compañías de Estados Unidos controlan hoy más del 50 por ciento de la producción y distribución mundial del cine, entre el 75 y el 80 por ciento de la circulación de programas televisivos y más del 70 por ciento de los de vídeo.
Por si fuera poco, el mismo país controla además el 50 por ciento de los satélites de comunicación, el 75 por ciento de la red Internet, mientras que en él se produce el 60 por ciento del software de uso mundial y una sola compañía, Microsoft, domina con Windows, el sistema operativo instalado en más del 90 por ciento de las computadoras personales de todo el mundo.
Norteamericanos son también Google, Yahoo, MSN y Altavista, los buscadores más utilizados del planeta. Dicho en pocas palabras. Nadie se conecta a Internet, manda un correo a otro país, solicita una información, habla por celular o siquiera prende una computadora o cualquier otro artefacto digital, sin estar utilizando, de una u otra forma, un servicio, sistema, circuito o componente con presencia norteamericana.
Es un dominio casi absoluto, real, palpable y totalmente hegemónico. Se completa con el control del petróleo necesario para producir la electricidad con que funcionan nuestras computadoras, e incluso con el dominio sobre las reservas de coltán en África, el mineral imprescindible para hacer las baterías que utilizan celulares, agendas electrónicas o relojes.
La concentración monopólica privada de la propiedad de los medios de producción y distribución de los productos culturales es aún más apabullante todavía.
La omnipotencia en la industria del cine, musical, televisiva y ahora digital, no solo pone en peligro la diversidad cultural, sino que nos coloniza de nuevo introduciendo la imagen sexista de una morena escultural como Shakira, el culto a la violencia con un Steven Segal indestructible, los estereotipos racistas y xenófobos de un árabe terrorista, y un negro como Eddie Murphy o un chino como Jackie Chan, destinados sin remedio a papeles risibles e estigmatizadores de idiotas a las minorías.
Internet no escapa tampoco. Si bien el 40 por ciento de sus navegantes se concentra del Bravo hasta los Grandes Lagos, el 80 por ciento de sus contenidos están en inglés, y norteamericanos son el 65 por ciento de los sitios web.
Es paradójico y casi increíble. El chino mandarín, por ejemplo, es hablado por más de mil millones de habitantes. Pero el inglés lo supera en la web. En el mundo existen más de 6000 lenguas diferentes, y 4000 de ellas morirán próximamente.
A pocos en la red parece importarles. De cualquier forma, ya han buscado mejor una nueva alternativa y se impone la ciberjerga que se teclea en los chats de la Red, mientras que las palabras y gestos para expresar sentimientos son sustituidos por los emoticons, esos dibujitos de rostros que expresan cualquier cosa.
TECNOLOGÃA DE TERCERA
Estudios recientes demuestran que incluso cuando se introduce tecnología en un país subdesarrollado, ya llega de segunda o tercera generación, si no está signada por licencias de software o patentes esclavizantes.
Hasta librarse de los yugos es difícil, pues fenómenos como el software libre del sistema operativo Linux sufren del estigma "mediatizado" de ser algo difícil solo asequible a unos pocos peludos fanáticos a lo teclados, cuando en realidad su uso es fácil y ni más ni menos complejo de aprender que Windows.
Es que como dijeran los investigadores Octavio Islas y Fernando Gutiérrez: "Las masas de la era de Internet son regidas por una cultura apolítica de consumo, en la cual las diferencias de clases sociales se acentúan en forma dramática, y en donde los desposeídos no solo son marginados, sino que, simplemente, desaparecen por carecer de tarjetas de crédito, computadoras, líneas telefónicas y conocimientos del idioma inglés".
Fuente: Juventud Rebelde Digital







