Mitos vale... pero liberadores

Tras el homenaje como «señor de los vascos», que el pasado mayo realizó Ibarretxe, junto a representantes de otras fuerzas abertzales, ante el monumento al rey pamplonés erigido en Hondarribia, ahora resulta que Gotzone Mora y sus amigos «constitucionalistas», que últimamente no saben muy bien dónde poner el huevo, también se han decidido a realizar un acto ante la misma estatua, pero en esta ocasión para rendirle honores como Hispaniarum Rex o rey de las Españas, es decir, «como precursor de lo que hoy conocemos como España». La convocatoria del acto la justifican por la necesidad de responder a la ilegítima «apropiación» de la figura de Sancho el Mayor por parte del nacionalismo vasco/navarro, basada en su opinión en una tergiversación y una falsificación históricas que colocan al monarca como cabeza de un supuesto «Estado vasco».
A primera vista, que los representantes más reaccionarios del ultranacionalismo español e historiadores como A. Besga en "Historia 16" consideren que deben hacer frente a la muy publicitada nueva línea historiográfica generada a partir de la obra "La Navarra Marítima" podría llevarnos a pensar, por oposición, que la tesis central que plantea constituye un referente interesante para la lucha política de liberación nacional y social de Euskal Herria.
Creo, sin embargo, que este interés tanto jeltzale como granespañol por disputarse la «propiedad» de Sancho el Mayor demuestra todo lo contrario. Es decir, que, a estas alturas, elegir a la monarquía como referente histórico del derecho vasco a la autodeterminación es, cuando menos, una errónea y paralizante apuesta por una «nostalgia», que viene de perlas al poder español (y a la derecha nacionalista). Se trata, en efecto, de una posición que nos invita a centrar nuestra identidad y nuestro derecho histórico a ser en torno a una monarquía feudal (que no un Estado), guerrera y expansiva como sus vecinas, asentadora de la jerarquización social del feudalismo, introductora del Cristianismo, de la muy francesa y feudal reforma cluniaciense, de la población franca y, por supuesto, del latín, como instrumento de la élite que potenció la marginación/genocidio de la población, la lengua y la cultura autóctonas. Simbolizar la historia del pueblo en lucha en la figura de Sancho III trae consigo, consciente o inconscientemente, un reforzamiento de las prácticas alienantes sustentadas en el autoritarismo, en la reproducción de los jerárquicos mecanismos propios de la dominación y en la domes-ticación de la militancia luchadora.
No es mi objetivo en este artículo defender o criticar desde la ciencia histórica lo fundado o incorrecto de esa reciente corriente historiográfica «pro-navarrista» que cuenta con tantísimos avales políticos. Mi sola pretensión es mencionar la importancia que para la movilización y la formación de una voluntad popular transformadora y una cultura opuesta a la que promueve y produce el capitalismo (incluidos el vasco-navarro, claro) tiene la elección adecuada de mitos populares de resistencia, que podamos integrar en la lucha con capacidad movilizadora y que nos ayuden a constituirnos como sujetos históricos de cambio. Ni en la monarquía, ni en la historia política y/o institucional podremos nunca encontrar símbolos que nos ayuden a cultivar una identidad solidaria y horizontal de lucha y de cambio.
Que, ante las dificultades de avance del nacionalismo vasco en Nafarroa, nucleemos nuestra memoria y basemos nuestras raíces históricas en torno a unos monarcas clasistas y extranjerizantes, y que, para más inri, el quintacolumnismo español haga campaña para «robárnoslos» es ciertamente alarmante. Viene a demostrar, en efecto, que hemos elegido muy mal el mito: hemos olvidado nuestra rebeldía contra los jauntxos feudales, nuestra apasionante, estimulante y secular historia de resistencia popular nacional y de clase (en la que el protagonismo navarro es fundamental), hemos arrinconado nuestras rebeldes masas de matxinos, de héroes y heroínas, conocidos algunos, desconocidos los más, pasados y recientes, y los hemos sustituido por unos reyes que nunca representaron nada que no fueran los intereses propios y los de los más poderosos.
Soy consciente de que, tocando un tema como éste convertido extrañamente en tabú, estoy infringiendo las leyes de lo políticamente correcto y atrayéndome la furia y la antipatía de ciertos sectores. Pero, cuando escribo sobre un tema, no lo hago con la pretensión de agradar ni de quedar bien. La lucha sigue y la lucha necesita debate, no seguidismo.
Gara - 12/09/04







