Política del miedo y seguridad

Y es que, aunque ante el pensamiento unicolor impuesto parezca imposible, puede haber una perspectiva diferente (perfecta- mente argumentada además). En efecto, por mucho que se empeñen en ocultarlo esas poderosas armas operativas del neoliberalismo salvaje que son los grandes medios de comunicación y los grandes partidos «demócratas», lo cierto es que lo que las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos y en lucha entendemos (o deberíamos enten- der) por democracia y seguridad (y desde luego libertad), no tiene (o no debería tener) nada que ver con lo que por tales términos puedan entender Bush, Blair, Zapatero o Josu Jon Imaz, en su calidad de perros guardianes del capitalismo global (cada uno a su nivel, claro). Es más: su idea de la democracia «segura» (safe democracy), su totalitario empeño (tan similar al nazi o al franquista) en encajar en el epígrafe «terrorista» toda forma molesta de oposición real, así como los medios y leyes a la carta que implantan por «nuestra seguridad», no nos generan a la gran mayoría sino inseguridad existencial y social, sumisión, restricción y coacción, miedo al «otro», neutralización de la disidencia y temor a la desobediencia; negación, en definitiva, de nuestro derecho a la lucha por la libertad individual y colectiva, en su expresión más amplia y más rica.
Una libertad que, restringida por el miedo y perpetuamente vigilada, no puede ser tal. Es imposible que lo sea. Cinco millones de personas incluidas en la Master Terror Watchlist (Lista Maestra de Vigilancia del Terror) de Bush; millones de cámaras que nos graban hasta en el supermercado; implantación en estados como el español de un carnet de identidad «inteligente» basado en la biometría, tecnología que descifra nuestra personalidad en base a atributos físicos únicos como el iris, la retina, las huellas digitales, la voz o la estructura venosa; monitori- zación del correo electrónico; sistemas de satélite; controles y detenciones preventivas (de hasta 4 años en el Estado español, que el fiscal del caso Jarrai-Haika-Segi quería incluso prorrogar), o indefinidas sin cargos (según el borrador de ley del laborista Blair); práctica habitual y aceptación mediática implícita de la tortura como «mal menor» (incluida la tortura «offshore» y/o en países más «permisivos» como Egipto, cuando de «fundamentalistas» anti-imperialistas se trata); inexis- tencia práctica de la presunción de inocencia y obscena utilización mediática y partidista de las filtraciones policiales; clara deriva autoritaria que justifica la apli- cación del castigo en base no a pruebas contundentes sino a «impresiones» (el fiscal general del Estado español va a impugnar las listas de Aukera Guztiak por su «convicción personal» de que detrás está Batasuna); Ley de Partidos ad hoc para ilegalizar a quien molesta (que no a Falange Española o similares), e instauración de la teoría del «contagio» (personas limpias y personas «contaminadas»), que tanto recuerda a la obsesión por la limpieza de sangre de los cristianos viejos, del franquismo, del nazismo, de los EEUU de la II Guerra Mundial («a Jap is a Jap»), del enfermizo maccarthismo anticomunista de la guerra fría o del neoconservadurismo yanki de Bush a quien, desde la psicología social, le asignan un elevado cociente de «receptividad fascista». Estamos en plena guerra ideológica y en plena ofensiva de lo que Negri y Hardt llaman «permanente estado de excepción», en el que, precisamente porque «todos estamos bajo amenaza», todos podemos también «estar bajo sospecha»: todos constituimos un «riesgo para la seguridad» (unos más que otros, claro).
Está claro que esta política del miedo, de la sospecha y de la vigilia como forma de vida y de percepción de la realidad nos genera justo lo contrario de lo que supuestamente pretende: una paranoica inseguridad frente a un «enemigo» estereotipado por el poder (el «fundamentalista», el «etarra», el «cachorro» de esto y de lo otro), que le sirve al sistema precisamente para impedir que nos movilicemos y nos rebelemos contra lo que sí que constituye una amenaza real y gravísima a nuestra seguridad, precisamente porque nuestra inseguridad es la base de su desarrollo y su mantenimiento: la llamada economía global.
Nuestra creciente incapacidad de tener aseguradas la educación, el sustento, el empleo, la vivienda, la función social, la salud, la vejez... ésa es la base real de nuestra inseguridad que constituye el alimento principal del carroñero capitalismo neoliberal que, para crecer y engordar, nos necesita con trabajo en precario, insolidarios, en formación continua, siempre alerta, siempre «competitivos», siempre aguijoneados por el miedo a quedarnos en la calle o fuera de circulación. La globalización ha aumentado la desigualdad y la ha hecho más visible y monstruosa: entre 587 familias o individuos acumulan una riqueza superior al PIB de los 135 países más pobres, y en Euskal Herria todos sabemos a costa de qué y de quién han amasado algunos tantísimo dinero negro en poco tiempo. En efecto, esa sangrante acumulación ha sido posible gracias a una planificada profundización de nuestra inseguridad y nuestro miedo, como elementos indispensables para la reproducción del capitalismo en esta fase.
Por tanto, no es sólo que la «lucha contra el terror» implique, en nombre de la seguridad, restricción de las llamadas libertades básicas y, como resultado, mayor inseguridad y miedo «en abstracto». Es que el sistema capitalista y los estados que le representan ni pueden ni quieren ofrecernos seguridad ni libertad (que no sea la de trabajar y consumir), porque el mantenimiento de su tasa de ganancia depende precisamente de nuestra inseguridad, es decir, de mantenernos como herramientas de usar y tirar, y de mentirnos, robarnos y matarnos sin remordimiento ni vacilación cuando de aumentar los intereses de los accionistas se trata.
«El Diablo unió a la oligarquía; Diosito y la Pachamama a sus hijos, a los más pobres, para derrotarla» declaraban hace unos días los sindicalistas e indígenas bolivianos en lucha contra el neoliberalismo y las transnacionales. Ellos tienen claro del lado de quién vienen la inseguridad y el terror en su expresión más cruda, y contra qué y quién nos tenemos que unir para vencer.
Gara
13.03.05







