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09/04/2006 :: Pensamiento

Por una educación moral en libertad

x Nel Ocejo Durand
En cualquier ámbito de nuestra vida, pronunciar palabras tales como "orden", "disciplina" o "moral" puede acarrear graves consecuencias. En general, las personas no están interesadas en este tipo de cuestiones y arrugan la nariz ante el hecho de su mera enunciación.

Pierden automáticamente el interés por su interlocutor y su mirada vaga por los alrededores en busca de un foco de atención que les distraiga de tan incumbentes palabras. Tal actitud es el resultado de los cambios acaecidos en la sociedad, a partir de la "transición", en este país, y del acuerdo general en Occidente, en el resto de los países que cubre su paraguas, en desbaratar las expectativas de cambio surgidas tras el final de la segunda guerra mundial, como bien conocen todos aquellos aficionados al tenebroso espectro de la geopolítica.

Y, sin embargo, son los conceptos clave sobre los que giran la convivencia, la organización social y, sobre todo, la educación. ¿Cuál es el motivo, entonces, de tanta hostilidad hacia lo que sustenta la existencia colectiva, hacia lo que la ordena, la justifica y tendría que "sembrar" las condiciones de un mañana, mejor del hoy que padecemos, en cualquier sociedad? Seguramente se trata de esa tradicional forma de ser de la mayoría de los individuos, de la población de una sociedad, especialmente en el caso de pertenecer a una comunidad de las muchas presentes en la península ibérica, en las cuales cualquier relación de semejanza con el pasado dictatorial, aunque se trate simplemente de identidad fonética, ha sido cancelado de la mente: a todo lo que suene a "régimen", a "iglesia" o "cuartel" se lo ha bandido del campo de la reflexión racional, no se toma absolutamente en consideración.

Pues bien, tales conceptos son, en su esencia, los que fundamentan "la idea", el sentido que la ideología libertaria tiene de la sociedad y, en manera particular, de la educación que se ha de impartir a los futuros ciudadanos de una comunidad, si se quiere que ésta se signifique por formar personas y no sólo individuos capacitados para la producción, para el consumo y las creencias en un sistema social que perpetúe las injusticias, la prepotencia de unas clases sobre otras y, lo que es más importante, la alienación de los individuos del mundo del conocimiento, en general, y de su propio conocimiento: un cierto dominio sobre sí mismos.

Si se centra el objetivo en la Educación, los conceptos anteriormente señalados representan las directrices sobre las que se ha de impostar la educación de los niños, puesto que durante la infancia es cuando se desarrollan en ellos las constantes psíquicas que se repetirán a lo largo de su vida como adultos. Si cabe alguna duda sobre estos principios, vigentes para los libertarios desde hace más de un siglo y teorizados a lo largo del siglo XX por otros pensadores de indudable prestigio, bastaría echar un vistazo sobre el actual estado de la infancia en esta sociedad "avanzada" para reflexionar, con un mínimo de "objetividad’, sobre los modelos que se han ido imponiendo desde las instancias de los poderes gubernamentales, que desde hace decenios han tomado la Educación por el campo experimental en el que todo es posible: un "laboratorio" de experimentación que ha conducido a la escuela actual a una situación insostenible, plagada de ordenancismos y leyes de variada incongruencia que, aún vigentes unas, y otras por entrar en vigor, lo único que han conseguido es el hastío de profesores y maestros, tanto como el alejamiento de los adolescentes de lo que se ha considerado hasta ahora como "instrucción" (término que recuerda, igualmente, la "educación" militar), identificándola con un "sacrificio" inútil en una sociedad que premia la ley del mínimo esfuerzo y el máximo rendimiento.

Una crítica actualizada de la Educación ha de tener en cuenta lo que se pretende inculcar a los futuros adultos y lo que se les está inculcando desde que la "enseñanza obligatoria", impartida por todos los estados en el hemisferio occidental, sin excepciones, ha sido considerada como uno de los "triunfos" de la democracia burguesa. La primera de las objecciones que se pueden hacer a la Educación actual es precisamente este sentido de obligatoriedad. Cuando algo tan importante como la formación del carácter, de la idea del mundo, de la identidad de los sujetos y de las relaciones que se han de implantar entre los habitantes de cualquier comunidad adquiere el status de "obligatorio", de constricción a acatar una "disciplina" totalmente extraña a los sentimientos de los niños, se han de tener presentes unas directivas "morales" que impidan a los sujetos infantiles un rechazo frontal hacia lo que consideran un "abuso", una injerencia insoportable en su estado de permanente abstracción de una realidad que desconocen. ¿Cómo es posible, entonces, educar las mentes infantiles sin sujetarlas a la disciplina escolar, sin crearles esa sensación de "encierro" que sufren en la escuela la mayoría de los niños?

En primer lugar, habría que establecer el significado que se dan a las palabras educación y enseñanza, si se quiere responder razonablemente a la cuestión planteada por la disciplina escolar. Para la mentalidad media que se ha creado en el actual contexto social, fomentada por los aparatos ministeriales interesados en crear la confusión absoluta de las cosas, empezando por la manipulación del lenguaje (se sabe que lo "confuso" se rechaza por el automatismo que impone la "claridad’ en la comprensión de las ideas, y que para acceder a la segunda es indispensable una formación intelectual básica, libre y racional), educación y enseñanza son sinónimos. Nada más fácil de rebatir (si son "iguales", ¿ por qué dos palabras distintas?) ateniéndose a los matices que informan y definen cada uno de los términos. Incluso una institución monárquica como la "Real" Academia de la Lengua, subordinada desde su creación a los intereses de los poderes vigentes, matiza, en sus acepciones menos comunes, el empleo de una y otra palabra. Así, por educación contempla la "crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes"; "instrucción por medio de la acción docente", y, por último, "cortesía, urbanidad’. Por enseñanza define: "sistema y método de dar instrucción"; "ejemplo, acción o suceso que sirve de experiencia, enseñando o advirtiendo cómo se debe obrar en casos análogos", y, por último, referido a su plural, "conjunto de conocimientos, principios, ideas, etc., que se enseñan a otro".

A poco que se medite sobre tales definiciones, surge en la mente una distinción fundamental: en el primer caso, la educación, se advierte una componente "moral" ineludible (términos como crianza y doctrina no dejan dudas al respecto), mientras que la enseñanza se vincula en mayor medida a la transmisión "práctica" de los conocimientos. En segundo lugar, si queda claro que son términos diferentes, aunque complementarios, también puede quedar claro que se refieren a esferas diferentes, que se unen en la formación de las mentes de los sujetos a quienes se dirigen esas acciones: la parte inconsciente y la parte consciente de nuestra mente, considerando el inconsciente como el área en la que permanecen "archivados" nuestros deseos y pasiones más ocultos, productos de nuestras experiencias desde la más tierna infancia y que no fueron "cribados" por el tamiz de la razón por tratarse de funciones ligadas al instinto que reacciona ante una realidad "no digerida" (por no adentrarse en la maraña conceptual de la influencia del "objeto" sobre el "sujeto"), pero que permanecen, en estado latente, en la mente, siempre dispuestos a "reaparecer" en los momentos críticos en los que nuestra conciencia se siente incapaz de enfrentarse con los problemas y dificultades que se encuentran a lo largo de la vida, al igual que con esos otros atávicos del ser humano, las contradicciones entre nuestra animalidad "subterránea" y nuestra "humanidad’ aparente; mientras que se considera a la conciencia como la región de la mente en la que se verifican los procesos determinados por las enseñanzas adquiridas a lo largo de la existencia de cualquier ser humano, ésas que permiten "razonar" sobre cualquier idea que se ponga a su alcance, siempre y cuando se haya recibido la "instrucción" adecuada para realizar tales tareas. En resumen, parece razonable afirmar que la educación tendría que estar dirigida a la estructuración del carácter del individuo, su componente "moral"(y, por consiguiente, ética y estética), mientras que la enseñanza remite a la formación "intelectual" de ese mismo sujeto, dotándole de los instrumentos necesarios para abrirse su camino en la vida en concordancia con la realidad social en la que se encuentra inmerso. De tales afirmaciones pueden hacerse valedores todos aquellos ejemplos tomados de las biografías de los considerados como los "grandes protagonistas de la evolución cultural y tecnológica de la especie humana": entre todos ellos, no faltarán casos en los que se encuentren, contemporáneamente, una gran bondad de escasa inteligencia; mientras que no serán raros los casos en los que una brillante inteligencia se acompaña de una crueldad inusitada o, viceversa, cualidades y defectos (es inexorable el empleo de juicios de valor en estos casos) se alternarán en su carácter a lo largo de sus vidas.

Todo esto a propósito de la diferenciación de las áreas o regiones en las que se "divide" la psique humana, lo que justificaría, por otro lado, la distinción de las acciones propuestas: la educación sensible, sentimental, estética, de ilustrada memoria, es posible únicamente a través de la educación del espíritu que alberga las sensaciones. En breve, se habla de la inteligencia emocional como instrumento de desarrollo de la personalidad del sujeto infantil, a través de la cual se transfiere el conocimiento afectivo con el que se ha de relacionar con sus compañeros y familiares: su comportamiento afectivo en la convivencia. Tal educación del espíritu difícilmente se puede pretender obtener en las aulas de nuestras actuales escuelas, es una tarea cotidiana que se desarrolla en el espacio cotidiano de convivencia: en el hogar que todo niño necesita.

Si tomamos estas premisas como válidas, entonces aparece claramente una respuesta ante la cuestión planteada anteriormente, es decir, que el ámbito de la educación no debe ser racionalmente adscrito a la escuela, al menos no exclusivamente, puesto que los principios morales que recibe el niño desde su nacimiento se adquieren en el ámbito familiar o, en el caso de que esta institución haya quedado difuminada por los avances en el campo de la unión de las parejas (ratificada por el Estado), por quienes han "querido" esos hijos, que por "deber" moral han de educar.

Por el contrario, la enseñanza sí que se presenta, racionalmente, como área preferente de la escuela, puesto que es ahí donde los especialistas en la transmisión de conocimientos, los maestros y profesores profesionales de la enseñanza, pueden ejercer sus funciones dentro de una estructura técnica y humanamente dispuesta con ese objeto. De este modo racional, se evitaría la sobrecarga lavorativa que sufren los profesionales, que además de "enseñar" los conocimientos reglados para los que se les ha contratado, se tienen que hacer cargo de la educación de sus alumnos, lo cual no está prescrito en su contrato (no desde el punto de vista en el que se aborda la cuestión en la presente exposición) y es causa de tanta desazón y otras perturbaciones psicológicas que se sufren en la colectividad que forman dichos profesionales: una "mala educación", o ninguna, entre los niños y adolescentes que frecuentan las aulas, provoca enfrentamientos personales entre aquéllos y los enseñantes que tratan de "educarlos", perdiendo su tiempo y sus energías en algo para lo que no están preparados y por lo que no les pagan. Tal colectivo, por ende, sufre las consecuencias de la incompetencia ministerial, por un lado, mientras se les añaden los perjuicios derivados de la incomunicación con padres y alumnos por otro, todo lo cual hace de su profesión un calvario cuando debería ser la más virtuosa de las vocaciones y la más valorada por la sociedad, que, paradójicamente, confía el porvenir de las futuras personas a quienes están sometidos a tensiones emotivas y profesionales sin solución de continuidad.

Ya se van viendo los efectos de la "confusión" patrocinada por los aparatos del Estado a través de la identificación sinonímica de conceptos diferentes. Al asimilarlos en una sola "identidad’ racional, se delega en la escuela el cumplimiento de ambos cuando las competencias se habrían de distribuir entre los diferentes actores, lo que da lugar al examen de las respectivas responsabilidades. He aquí otra palabra denostada por el ejemplar sistema educativo: la responsabilidad.

La responsabilidad de la educación corresponde a quien ha querido crear otro ser humano, ya sea su hijo natural o adoptado, al menos en las primeras etapas, las más importantes, de su crecimiento. Con posterioridad, la responsabilidad podría compartirse con el educador a quien se ha confiado la transmisión de los conocimientos básicos para contemplar a un ser humano como tal, nunca un "engendro" violento y desapasionado por todo lo que respecta el conocimiento de las cosas, del propio mundo en el que se está formando para devenir un adulto "responsable". Por otro lado, la enseñanza de las materias del conocimiento humano "intelectual" queda bajo la responsabilidad de los prepuestos para tales competencias, a los que se pueden exigir responsabilidades por su escaso rendimiento o los modelos adoptados en el curso escolar, pero nunca por el "tipo moral" de los alumnos a los que no ha educado desde su infancia. Esto supone que la educación y la enseñanza son actividades complementarias de las que son responsables los propios padres (y madres), en un primer momento, que puede durar años, y de los maestros a los que se ha confiado su formación: una responsabilidad a la vez personal y colectiva que se extiende a la sociedad como marco de convivencia en el que se desarrolla el proceso educativo y formativo.

Es por esto que habría que replantearse la "enseñanza obligatoria" desde otras perspectivas: ¿qué necesidad se tiene de mandar a los niños a la escuela desde su nacimiento (o desde los "nueve meses") cuando es el núcleo familiar o de convivencia el que se considera fundamental para la educación desde la más tierna infancia? ¿Porqué privar a los niños de su libertad cuando se sabe que entre los juegos infantiles espontáneos, al aire libre, en la calle, en los parques infantiles, se encuentran las mejores oportunidades para ellos de ser felices? En las preguntas se encuentran las respuestas: la actual sociedad no pretende que los niños se eduquen en la libertad, que desarrollen su inteligencia emotiva (aspecto éste del que se tendría que hablar con mayor detenimiento) para "sentir" los afectos y respetar las diferencias existentes entre ellos, de las que ellos mismos se hacen conscientes a medida que crecen sin restricciones absurdas, fácilmente guiados por adultos competentes que se turnan en la administración de los principios morales más adecuados para una convivencia pacífica...

Lo que se pretende en el actual modelo inmoral de "educación" es enajenar desde el origen el sentido innato de la libertad, eliminado a través de la reclusión en un centro docente desde que las criaturas vienen al mundo, acostumbrándolas, de esta forma, a la vida que se ha elegido para ellas cuando alcancen la edad adulta: encierro laboral entre cuatro paredes, encierro sentimental y emocional en la cárcel familiar del desencuentro permanente, encierro en la estupidez de los comportamientos estereotipados (indispesable condición del futuro consumidor, dirigido hacia los productos industriales a gran escala, despersonalizados como los propios consumidores). Encerrando a los niños en las escuelas desde su llegada al mundo, paradójicamente, se permite desarrollarse "en libertad’ a los adultos que los han generado: el padre puede desenvolver sus ocupaciones sin pensar a la criatura que ha confiado a los "educadores", ganar más dinero trabajando más, tener "tiempo libre" para él, destacar en la sociedad con sus puestas en escena...; a las madres, que les han convencido de su incorporación "obligatoria" en el mercado laboral, no les queda otro remedio que hacer su propia "carrera" profesional, sin abandonar, naturalmente, sus obligaciones de ama de casa, pero con la "tranquilidad’ de no verse agobiada por las criaturas, encerradas en la correspondiente "escuela", y poder disfrutar así de sus amistades y otras actividades que llenan la existencia de las mujeres modernas. Bastará no olvidarse de ir a recoger los niños a la cárcel (¿él o ella, quién tiene "tiempo"?) para que todo se asiente en el cómodo sofá de la cotidianidad. En los casos más urgentes, cuando la cárcel está cerrada y no se tiene dinero para pagar un "canguro", ahí están la televisión, los videojuegos o los abuelos, obligados a ser padres una segunda o tercera vez, visto que "no hacen nada productivo" y están deseando criar a los hijos de sus hijos (se justifican entre ellos los que no piensan que a su comodidad). Esta triste realidad es la que les espera a los niños presentes y futuros, "educados" en la irresponsabilidad de sus actos y las consecuencias que pudieran derivarse, en el egoísmo aprehendido del ejemplo cotidiano de su abandono por aquellos que les crearon; en fin, más víctimas de los despropósitos de la educación permisiva y obligatoria, a las que no quedan más oportunidades de desarrollo de su personalidad que repetir las actitudes y comportamientos de sus "maleducados" progenitores y perpetuar, de este modo, los mecanismos perversos de la sociedad instrumentalizada para "clonar" individuos de inconsistente valor moral, en el mejor de los casos, cuando no se desarrollan comportamientos violentos y de rechazo de la convivencia, a lo cual se está acostumbrando al conjunto de la sociedad mientras se mira hacia otro lado intentando justificar esa "doblez moral" cotidiana, en la que se ha instalado convenientemente, interesadamente, a todos aquellos que desean tener su oportunidad de medrar, "caiga quien caiga", siempre como consecuencia de factores "incontrolables" de los que nadie es responsable (el ejemplo de la violencia doméstica, mal llamada "violencia de género", no es más que una de las consecuencias de esta deplorable "ineducación" social y personal; ¿que tenga relación con el perpetuarse de tales comportamientos entre los hijos, mudos testigos de la falta de educación de sus padres?).

Si verdaderamente se quiere cambiar el destino de la sociedad, basándose en los valores de la convivencia, del afecto espontáneo por el prójimo, del mutuo respeto y del mutuo apoyo en la superación de las dificultades (el verdadero sentido de la libertad), se ha de transformar la educación en algo compatible con estos presupuestos, totalmente opuestos a la exhibición hedonística del insaciable egoísmo, a los privilegios de clase que impiden contemplar el hecho fundamental de nuestra igualdad por nacimiento, todos desnudos de los trajes a medida confeccionados por el afán de dominio y prevaricación sobre los semejantes. Una educación, pues, basada en los valores ancestrales de la moral estoica, de la que hizo escarnio el cristianismo en sus primeras etapas de desarrollo, mutándola en un sentimiento de culpa que arrastrase a todos los individuos hacia el arrepentimiento de su propia condición de seres humanos, privándoles de la libertad de juicio, de acción, de todas las capacidades potenciales con las que se viene a la vida con la sana intención de ser felices, sin tantos complejos y mecanismos mentales que encierren la libertad de las personas entre conceptos manidos que destierra la razón por su incongruencia. Haría falta un poco más de estoicismo, para saber aceptar las desgracias y los sinsabores de la existencia, para edificar una moral "constructiva" en individuos libres y conscientes de sus propias capacidades, para capacitarlos en los valores sociales, en el respeto de la naturaleza de la que provienen y de los animales que la pueblan, como los humanos, que también son animales, pero que se han demostrado indignos de compartir ese paraíso que podría volver a ser la Tierra: el lugar de donde venimos y donde iremos a parar tras una experiencia irrepetible, como lo es la vida, las vidas, de cada uno de sus habitantes.

A la vista de estas observaciones, queda claro que el punto de partida de todo cambio es la Educación, es decir, la esperanza de que todo no sea como hasta ahora ha sido, así de sencillo y así de difícil de llevar a cabo. Tan sencillo como reapoderarse de la voluntad perdida en el abandono de los principios morales primigenios; tan difícil como erradicar el pensamiento empirista que domina a las sociedades, impuesto por el mundo anglosajón a la cultura, a la ciencia, a la civilización con el maléfico propósito de transformarnos en "experimentos" humanos, clones físicos para una mentalidad clonada por la sinrazón: un mundo perfecto, entomológico, donde los más obedecen y unos pocos mandan y deciden el tipo de muerte más aconsejable para los inconscientes que se rebelen a la norma establecida. Contra este mundo soñado por los poderosos del planeta, es preciso recobrar la razón deductiva para mitigar los males del razonamiento inductivo (¿qué sentido tiene descuartizar ratones, gatos, perros o monos para comprobar que las causas de su defunción las han provocado los que les inocularon el veneno letal?), justificado por la búsqueda de la salud eterna, de las conquistas espaciales, del dominio de la naturaleza con los medios más apropiados para arrasarla. Una razón basada en la deducción de los principios que rigen la realidad sin la perentoria necesidad de destruirla: ¿no fue Demócrito quien dedujo la composición de la materia en partículas infinitesimales, a las que denominó "átomos", sin tener que experimentar sus consecuencias en el acelerador de partículas y después calcinar enteras ciudades con sus habitantes dentro? Ha sido, y es, esta aberración humana de la razón absoluta la que nos ha llevado a denostar la principal conquista de nuestra evolución, la razón que no niega nuestra profunda irracionalidad.

La acepta como acepta nuestro origen animal, de la que es producto, no obstante las ínfulas de los pensadores postmodernos de la era cibernética en la que "todo vale", con tal que sea en beneficio de los de siempre, los que se aprovechan de la ignorancia del funcionamiento de los mecanismos del poder en el que están instalados, siempre más cómodamente, aquellos que la patrocinaron para "desembarazarse" de las conquistas sociales que propugnaba el pensamiento moderno, sepultado por los exégetas del "pensamiento débil" y otras creaciones de la era postindustrial.

No se trata de crear antinomias excluyentes: la razón inductiva asociada a la deductiva son los instrumentos indispensables del conocimiento humano. Ni una ni otra son suficientes por sí mismas para explicarnos el mundo en toda su complejidad. Se trata, más bien, de "ordenar" esas razones para encaminarlas hacia el beneficio social de sus descubrimientos; de entender la "disciplina" no sólo como una materia aislada del conocimiento sino como una facultad que nos proporciona la satisfacción de lograr nuestros propósitos, como premio a nuestra constancia y perseverancia, en cualquiera de los campos en la que se ejercite; todo ello dirigido por las normas de comportamiento que se consideren más adecuadas para regular la convivencia, sin despotismos ni injusticias evitables en la armonía de las intenciones comunes, lo que se entiende por "moral cívica", nada que represente la punición permanente de la moral católica. Es, pues, indispensable basar la futura educación en estos principios tan denostados por el hedonismo intrascendente, como son el "orden" (que previene de la injusticia y la prevaricación), la "disciplina", que nos permite lograr ser lo que queremos a través del esfuerzo personal, y la "moral"(que nos hace libres de pensamiento y de palabra sin necesidad de faltar al respeto a quienes nos acompañan en la aventura de la vida), si queremos construir una sociedad más justa a través de una educación pertinente con los propósitos que se enuncian para cumplirse, en vez de proclamarse para olvidarlos apenas se han terminado de pronunciar. Es la educación del pasado y del futuro de la humanidad, una educación que este desgraciado presente no podrá cancelar jamás de las mentes de los nacidos para ser libres, no himenópteros colonizados por una especie en extinción como es la de los poderosos, votados a la autodestrucción por su propia ambición inhumana.

Nel Ocejo Durand

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