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29/05/2012 :: Pensamiento, Colombia

Prólogo a «Poemas de la esperanza» de Alfredo P.

x Iván Márquez
En prosa o en verso, la palabra de Alfredo Pierre, entrañable camarada y hermano, se convierte en mensaje de esperanza y compromiso respecto a la necesaria lucha

Las artes, la poesìa y la cultura hoy son escenarios en los que debemos empeñar mayores esfuerzos por encontrar más fuentes de inspiración y temple que coadyuven al afianzamiento de la identidad, parte esencial de moral de quienes hacen la resistencia.

Complace tener la oportunidad de prologar un nuevo libro de revolucionarios que, sorteando vicisitudes, carencias y ocupaciones cruciales propias de la lucha por la emancipación en Nuestra América, ve la luz como intento valioso por adentrarnos en alguno de los rincones de las artes y la cultura, hoy escenarios en los que debemos empeñar mayores esfuerzos por encontrar más fuentes de inspiración y temple que coadyuven al afianzamiento de la identidad, como parte esencial que es esta de la de moral de quienes hacen la resistencia.

Mas que hacer observaciones críticas y valoraciones atrevidas que se aventuren de manera necia a ilustrar sobre un tema tan complejo como lo es la poesía, deseo invitar a que mediante la aproximación a la presente obra se motive en los lectores, sobre todo comprometidos en la loable empresa de la construcción de la patria grande y el socialismo, la inquietud por la literatura y por cultivar cada día la experiencia del lenguaje, que desde el quehacer revolucionario se empeñe en la creación de esos efectos emocionales que combinan el significado con el sonido y el ritmo, concernientes en gran medida al arte poético.

La obra de Alfredo, que procura no amarrarse al metro y a la rima, sino que se lanza ante todo por la senda del vocabulario sugestivo y de una prosa cautivante, llena de emociones y exquisita en descripción como en la auscultación de los sentimientos, expresa con más simbolismo que con formalismos sintácticos o laberintos lingüísticos, el mundo insurgente que resguarda la montaña y los sueños esperanzadores que en ella anidan. Es esta una muestra fehaciente, sencilla y profunda de lo mucho y magnífico que puede hacer la palabra desde el campo de la estética a favor de la lucha emancipatoria de los pueblos.

En prosa o en verso, la palabra de Alfredo Pierre, entrañable camarada y hermano, se convierte en mensaje de esperanza y compromiso respecto a la necesaria lucha que hoy libramos para derrotar la sumisión y muerte que el imperialismo impone a la humanidad.

Efectivamente, tal como se expresa en la presentación de su libro Poemas de la Esperanza, desde sus construcciones literarias y desde ese otro bello poema de su vida que es la incondicional solidaridad con tanta entrega practicada desde su temprana juventud militante como comunista integral, Pierre enfrenta como uno de los miles de combatientes de la Colombia insurgente, como digno soldado bolivariano, al Cíclope de la depredación neoliberal que insaciable, desboca su voracidad en tiempos de su propia crisis estructural y agonía irreversibles.

El arma principal de Alfredo, su verbo de amor y batalla, fortalece la conciencia combativa de los oprimidos y castiga a aquellos que han decretado la guerra infinita y el fin de la belleza, poniendo en vilo la existencia de la humanidad. Es esta obra un canto a la resistencia armada del pueblo colombiano y al mismo tiempo discurso coherente y valeroso que alienta la resistencia de los pueblos del mundo contra la explotación del hombre por el hombre, en post del comunismo como único camino para lograr la sobrevivencia de la humanidad y de la naturaleza, factores a los que como un todo inseparable rinde homenaje, desde sus poemas enguerrillerados que hacen el entramado verde olivo con el bosque insurgente, hasta las reflexiones que sobre la poesía intercambia en lenguaje epistolar con otro compañero de batallas, Jesús Santrich.

Derivamos de esta última circunstancia, que el texto se presenta en dos partes muy interrelacionadas, pero al mismo tiempo claramente diferenciadas en tanto una es el conjunto de poemas de Pierre y la otra el desenvolvimiento del interesante cruce de correspondencias mediante las que se plasman puntos de vista sobre la inapreciable totalidad de la poesía, su carácter, su credo, la validez de los parámetros, la intrincada relación indeleble entre lo mítico, lo religioso, lo filosófico y la ciencia, adentrándose en los aportes de la cultura universal. Y llamando la atención en torno a la invaluable riqueza cultural de los pueblos originarios de Nuestra América, se desbroza un criterio que en cuanto a los orígenes, condición y presencia de la poesía en el largo derrotero de la existencia humana, supera la manida visión eurocentrista de la poética, al tiempo que medita en su significado colocándola en el estrado de la praxis revolucionaria. El amor conjugado en sus diversas formas, la veneración por quienes han entregado la vida por la liberación de los oprimidos, la preocupación por el destino de lo existente amenazado por la locura nuclear y la depredación capitalista…, son aspectos estructurales de cada composición de nuestro poeta que nos pone a andar los surcos de la tierra, haciéndonos al conocimiento por ejemplo “de aquel hombre vegetal que es como rocío en el caudal de la sequía”. Se refiere con esta expresión a Efraín Guzmán, y lo hace en estos términos para exaltar al amigo y al dirigente que se hizo guerrillero desde la niñez y creció e hizo crecer el proyecto insurgente, inclaudicable, hasta los días en que ya abrazado por la vejés volvió al seno de la tierra luego de hacer una siembra que lo elevó a la categoría incuestionable de “hacedor de conciencia”, que es como lo nombra Pierre, mitigando con ello ciertamente el olor de la sangre, en la medida en que, además, nos reitera con el ejemplo la enseñanza de la abnegación, los logros de ese “¡soplido verde del monte” que significa la unidad del fusil y el machete en manos de un revolucionario que se entrega sin condición a la causa de su pueblo.

Alfredo Pierre logra con su poesía aproximar al lector a ese mundo nuestro que es el de la vida con sueños de emancipación por los que se entrega todo, hasta la vida misma. Y ello lo hace trayendo imágenes muchas veces desconocidas por quienes anhela libertad, porque han sido ocultadas o tergiversadas por los avasallantes medios de desinformación de la oligarquía, pero que son parte esencial de la insurgencia en su afán liberador. Pues no solo son los tiros, la pólvora el combate…, lo que cuenta para la construcción de la Colombia Nueva; también es la tambora, “el acordeón tecleando encandilao”, aquella guerrillera que “baila en esa pista redonda, como cancharina de luna llena” mientras que embriaga con “el olor a tierra que sube y sube antes de caer la lluvia”. Sí, el canto es a esa “mariposa crepuscular”, como lo es a “los pueblos arrollando”; a esos pueblos oprimidos de todas las razas que “desbordan el presente de utopías, de aquel futuro que ha llegado”, quizás en medio de risas y alegrías, quizás en medio de dolores, quizás bajo la lumbre indescifrable de “la llama íntima acorralada por el amor”.

La descripción que en poesía Pierre hace de la intimidad del mundo insurgente, en la rancha, en el baile, en la elaboración de la revista Resistencia, en el diálogo cotidiano de amigos, en el descanso en la caleta, en la hora cultural del aula guerrillera…; es decir en el escenario campamentario y en el ámbito intrínseco al sosiego del combate, es realmente brillante y colorida, de sol y de arco iris, de nube infinita y de follaje selvático, de cañada…

Con sus propias palabras diríamos que: “en crescendo hace brotar desde sus profundidades el sonido de los más puros sentimientos altruistas”.

Alfredo nos habla deambulando por la noche “al paso de la luna”, recorre su sombra de camuflaje mientras se propone aclarar el jardín, y atrapar entre sus sentimientos de camarada y hermano, la gracia y la entrega de la mujer guerrillera a la que admira en su arrojo y en su ternura, que son en si los colores, los pétalos que se esparcen como arcoíris de estrellas sobre el rocío de la noche, cuya belleza está en la consecuencia de su entrega. No es que por su enorme significado valioso, la manigua y el combate solamente sea lo que nos hace trascender, sino lo que en ellos se anida y se proyecta para demoler al cíclope de la muerte que con sus dientes de dólares y plusvalía nos acedia. Sin desconsuelo y sin dudas otea Pierre la humanidad como si fuese un “embrión en construcción perpetua”, que va “brotando en tiempo milenario forjando idea, categorías, abstracciones; en la creación del trabajo como epopeya. Venciendo el terror material, desterrando dioses”. Y descubriendo ante nosotros con insistencia que “Una nueva fase ha comenzado. La humanidad adulta ha renacido vistiéndose con la piel humana que le fue arrebatada”.

Para denunciar la farsa de “un vaticano globalizado, en crisis de niños sin limbo”, falso reino de la probidad que haría palidecer lo más horrendo frente a sus propias infamias, levanta Pierre su voz y nos dice “Pobre Dante y Catón en su barca en llamas”, para de inmediato repetirnos la visión terrible del descenso a los infiernos que todo ello entraña: “¡Virgilio dónde estás!”

Pero más en Caribe, en insular huracanado, más en tambora y hugán, evoca a Jacques Stephan Alexi, Gerard Pierre Charles, mesié Peralt, Brison, Bokman, alrededor de la mesa luminosa de Jacques Roumain, cubierta con la “Manta negra de la silenciosa noche”; y sumergidas sus raíces afroamerindias, de mulataje rebelde, hace sonar los tambores para colocar en la conciencia de nuestro presente, la voz decapitada del negro Toussaint, “corriéndole un hilo de sangre, entretejiendo tres palabras: ‘Liberté, Égalité, Fraternité’.

Es el cuestionamiento a la segregación de siglos, al dios blanco, con sus colmillos nucleares, incendiando los cielos, estallando y precipitando las nubes desde sus salones de mando: la OTAN y su consejo de ladrones que es la ONU. “Chorreando sangre de la cabeza a los pies, el dios blanco no se detiene”, advierte Pierre.

No obstante, persiste su esperanza ante el terror de la noche: “las manos negras se aferran multiplicándose sobre la mesa luminosa, con más fuerza”; fuerza en la que nos identificamos las pobrerías más allá de las razas, en la miseria, en la explotación y ante todo en la resistencia, que ahora también es con nuestras manos, las manos de la insurgencia global, y es en “las palmas y dedos de las manos sobre el cuero de los tambores convocantes del nuevo día, impulsando con su sonido el péndulo del reloj, que ha echado andar”.

La obra de Pierre no es una obra de súbito surgida; es la continuidad de un pensamiento forjado en la lucha como en las vivencias más filiales que de la mano de Rosita, su pasión inmarchitable, nos da ejemplo de cómo “el amor como la belleza pura no escapa”, sino que “es ese color hechizado que vuela como mariposa electrizante de sonidos polifónicos; en la primavera de las tardes”.

“Es esa mariposa cristalina que vibrando en la creación de colores en pleno vuelo fija a sus alas”.

“Es ese mar que desde lo más hondo de sí nos entrega su belleza arrancada de las profundidades tejidas en espumas vaporosas de algas y caracoles”.

“El amor en cada batalla se multiplica transformando los límites infinitos de colores y sonidos”.

“Donde el tiempo pasa… y el amor no envejece en ese vuelo de mariposa”.

Qué manera más bella, heroica y sublime de luchar al lado de los hijos de Bolívar, como un hijo fiel del Libertador también, como un internacionalista verdadero, como un caamañista pleno, “hasta abatir al nuevo cíclope, rescatando la conciencia, la belleza, la esperanza que multiplican el amor en combativa oposición frente a los que decretaron la guerra infinita y el fin de la belleza, colocando en vilo la existencia de la humanidad”.

Poetiza Alfredo Pierre y teoriza sobre la poesía llegando a inquietantes juicios que comparte, como ya se había indicado, con Santrich en aquel intercambio de correspondencia que dedican a la justa lucha del pueblo vasco. Para ellos resulta, entonces, que el concepto de poesía termina identificado con el pensamiento revolucionario militante y específicamente definido en función de «los sencillos habitantes que piden agua y luna, elementos del orden inmutable, escuelas, pan y vino, guitarras y herramientas…»; según la expresión de Pablo Neruda, respecto a quien denotan admiración e inspiración.

Esta poesía toma sin duda el sendero de hacerse pensando en el pueblo, esperanzándose en que de la lucha abnegada, nuevos peldaños de dignidad y justicia vendrán para las mayorías. Así, esta poesía no se queda en el “discurso meramente literario”, sino que pretende marchar, “con un definido y arrojado sentido de lo social a favor de los desposeídos”. Lo cual para el caso de Pierre expresa, según el intercambio de ideas que realiza con Santrich, “absoluta fe en la revolución continental y en la concreción del sueño bolivariano”. Reiterando que para la inspiración del revolucionario, su fuente primordial debe ser el amor al pueblo. Reitera, además, que en la estrada del combate revolucionario “las palabras no pueden sentarse a llorar sobre los escombros de la guerra y al pie de los recuerdos de nuestros muertos”. Mostrando que “en medio de la confrontación, en prosa o en verso, la guerrilla no puede estar fuera de la poesía o de la sencilla palabra de lucha por los pobres de la tierra”.

Febrero 5 de 2012.
* El Comandante Iván Márquez es integrante del Secretariado de las FARC-EP de Colombia

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