Relaciones peligrosas

Las fuerzas ya instaladas en el poder o, como Aralar, con ganas de hacerse un huequito, nos repiten cantinelas de este estilo con la idea no sólo de legitimar (y de paso aprovechar) la discriminación y represión de todo un colectivo molesto (Batasuna), sino de convencernos de su propia autonomía, es decir, de su capacidad real de conseguir lo que prometen (lo que, desde una perspectiva realmente democrática, la verdad, tampoco es mucho).
De su discurso, en efecto, se desprende que esas administraciones «públicas» para las que nos piden el voto son neutras, es decir, tienen por función equilibrar los «diferentes colectivos»: los del capital, los del trabajo, los de los «nacionalismos democráticos», los de los inmigrantes, los de las mujeres, los de los homosexuales... Las crecientes desigualdades, el desmantelamiento de los servicios públicos, la sangrante negación de derechos básicos como la vivienda o el trabajo digno... todo se soluciona «con buen rollito», con «buena comunicación». Nada de escandalosa concentración de la riqueza o de creciente antagonismo objetivo entre clases sociales internacionalmente explotadoras y explotadas... la cosa va de ciudadanos con iguales derechos de elegir a sus parlanchines para el Parlamento (exceptuando todos los que nos quedamos fuera, claro).
El problema es que Martín Villa o Ardanza (y otros muchos) no ocupan por casualidad puestos dirigentes relevantes tras «abandonar» la política; que personajes como Esperanza Aguirre, Alierta o Solbes no toman decisiones importantes en clubes privados del capital mundial o de la UE por elección de sus votantes. El problema es que, en este nuevo orden mundial, existe una total connivencia entre el gran capital financiero e industrial, los medios de comunicación y el Estado. Así lo demuestra el demoledor libro "Tous pouvoirs confondus", en el que G. Geuens analiza de modo científico y muy documentado el monopolio que las grandes empresas ejercen tiránicamente sobre las decisiones de la vida de la gran mayoría, controlando en todo momento la selección del personal político y traspasándolo, según sus intereses, del mundo de los negocios al político y viceversa. Los datos del trabajo de Geuens son, en este sentido, abrumadores.
Ese discurso reduccionista de «sólo política», por tanto, no sería sino una representación distorsionada de la realidad realizada con una pretensión: despolitizarnos para conservar el orden social, ocultar las situaciones objetivas de descontento y negar nuestro derecho a la lucha contra el capital, adopte ésta históricamente la forma política que adopte.
19/01/04







