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30/09/2018 :: Carlo Frabetti

Silencio y pertenencia

x Carlo Frabetti - La Haine
A propósito de “Honrarás a tu padre y a tu madre”, de Cristina Fallarás

El título de esta apresurada reseña (máxime teniendo en cuenta que alude al libro de una autora notoriamente implicada en la lucha por los derechos de las mujeres) parece remitir a las grandes novelas de Jane Austen (Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad); sin embargo, tiene más que ver con el consabido dilema existencial en su expresión shakespeariana, que para Cristina Fallarás se concreta en la doble elección callar o no callar, pertenecer o no pertenecer. “Maldigo a quienes matan la memoria, a los oscuros constructores del silencio”, proclama la autora/protagonista en un libro cuajado de declaraciones explícitas y veteado de connotaciones sutiles, aunque no menos contundentes.

Y hablando de connotaciones, al leer Honrarás a tu padre y a tu madre es inevitable la odiosa comparación (las comparaciones son odiosas precisamente porque son inevitables) con los innumerables libros tramposos escritos en los últimos tiempos sobre -o en relación con- la mal llamada Guerra Civil española. Decía Martí que quienes no tienen el valor de luchar deberían tener al menos la decencia de callarse; pero hay toda una generación -o degeneración- de escritores/periodistas que ni luchan ni se callan, pues les resulta más rentable poner su voz al servicio del discurso de la “transición” y de la “España democrática” (las comillas indican el uso irónico de los tres términos), que es el discurso de la simetría, que a su vez sirve de base al discurso de la equidistancia.

No hubo una Guerra Civil española (como no hubo una Guerra del Golfo, sino una invasión genocida); hubo un golpe militar apoyado por el fascismo italiano y el nazismo alemán, ante la pasividad cómplice de las demás potencias europeas. Y tanta infamia solo se puede ocultar bajo océanos de silencio y montañas de mentiras. Por eso el olvido no es mera omisión: “El olvido es una obra, un tiempo y un país levantados sobre el silencio”, dice Fallarás, que tiene el valor de luchar y la decencia de no callarse. Y más adelante: “Las heridas las heredamos, el silencio las infecta”.

Y el silencio, como casi todo, empieza en la familia. El silencio impuesto de los vencidos y el silencio imponente de los vencedores, que a menudo comparten espacios públicos y privados, y que incluso penetran juntos y revueltos, ambos silencios, en las zonas más oscuras de la intimidad familiar, endosando insoportables cargas de dolor y angustia. “Esta es una historia en descomposición contada para pertenecer”, confiesa la autora. Pero pertenecer ¿a qué, a quién? La respuesta no es simple, y Fallarás no finge que lo sea. Pero sí deja claro el propósito de generar -o regenerar- algo a partir de la descomposición, de no aceptar el silencio y su infección, de no hacerles el juego a sus oscuros constructores.

“He salido a buscar a mis muertos para no matarme yo. ¿Para seguir viva? No estoy segura”. El inclasificable libro de Fallarás no es un itinerario de certezas, sino un accidentado viaje de búsqueda, y también de denuncia y de rebelión. Tal vez la autora/protagonista no sepa exactamente adónde va (¿alguien lo sabe?), pero sí dónde no quiere estar: en la España del silencio infecto y el olvido institucional, de la falsa equidistancia y la abyecta “reconciliación” impuesta por los verdugos.

Decía Jean Paul, el precoz romántico alemán del siglo XVIII (tan romántico y tan dieciochesco como para elegir un seudónimo francés), que los libros son largas cartas que escribimos a amigos desconocidos. Y si los distintos tipos de libros se correspondieran con los distintos tipos de cartas, el libro de Fallarás sería una carta urgente y con acuse de recibo. Un libro-carta que nos interpela, que demanda respuestas personales, que no se deja colocar dócilmente en un estante una vez leído, que no termina en la última página; una autoinculpación que pide ser suscrita; un grito que quiere ser coreado, como las consignas de las manifestaciones.

Decía Marañón que el médico que es solo médico no es ni siquiera médico. Es una reflexión aplicable a otros oficios, y también a algunas obras. Hoy más que nunca, el escritor que es solo escritor no es ni siquiera escritor. La novela que es solo una novela no es ni siquiera una novela. Cristina Fallarás no es solo escritora, y su actividad literaria no se entiende sin su activismo político. Honrarás a tu padre y a tu madre no es solo una novela, y no tanto por la explicitud de sus referencias autobiográficas e históricas como por su vocación propositiva, arengadora. “Debo, es mi deber, mirar su dolor [el de los muertos] a la cara, ver su dolor para ver mi propio ser”. Ver o no ver: ser o no ser. Esa sigue siendo la cuestión.

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