Una dictadura mundial neofascista - la amenaza que viene de Washington

Hace cinco años, después de los acontecimientos del 11 de septiembre, utilicé por primera vez la expresión IV Reich para calificar los contornos de la estrategia de dominación planetaria que el sistema de poder de los Estados Unidos de América comenzaba a desarrollar en el área internacional.
El discurso oficial de combate al terrorismo ganó entonces vehemencia, casi ferocidad. La extrema derecha estadounidense presentó el atentado como prólogo de un Apocalipsis. Era imprescindible conmover a la opinión pública mundial y conquistar su solidaridad irrestricta, para llevar adelante la «respuesta», la nueva cruzada de que Bush hablara. Es decir, una política de terrorismo de estado.
La expresión, «Ahora somos todos americanos», utilizada por Colombani, el director del diario Le Monde, se hizo famosa puesto que tradujo el estado espiritual que inicialmente prevaleció entre las burguesías europeas. Washington, aprovechando el choque emocional, hizo de todo para impedir a los pueblos que reflexionaran sobre el 11 de septiembre. La Casa Blanca necesitaba al menos unas semanas de ausencia de críticas para poner en ejecución un proyecto largamente madurado, en el cual las guerras preventivas aparecen como instrumento y etapa en el camino de una meta irracional: la dominación perpetua sobre la humanidad.
Bush obtuvo lo que pretendía. La actitud de un sistema mediático perverso, y controlado en lo fundamental por las grandes transnacionales, permitió que en el frente interno fuesen creadas las condiciones indispensables para la actuación en el frente externo.
El Patriot Act, violando derechos y suprimiendo libertades constitucionales, fue recibido por el pueblo de los Estados Unidos casi sin resistencia. En una atmósfera de pasividad, la mayoría de los ciudadanos, olvidando lo primario del Presidente, identificó en él al líder adecuado para el momento, el jefe firme y determinado, capaz de conducir, a escala mundial, la lucha contra el terrorismo.
Esa incomprensión del peligro real dejó abierto el camino a la política que empuja a la humanidad al abismo.
La agresión al pueblo de Afganistán, primer acto en la escalada de la locura, prácticamente no suscitó protestas a nivel de gobiernos. El enemigo al cual la guerra fue declarada no fue un estado, sino un individuo, el jefe de Al Qaeda, cuyo padre había sido, además, amigo íntimo de la familia Bush. Los talibanes, que durante años merecieran el tratamiento de aliados por parte de Washington, fueron transformados en adversarios solamente porque el gobierno del Mullah Omar rechazó la entrega del saudita.
Durante semanas llovieron bombas y misiles sobre las principales ciudades afganas. Tesoros arqueológicos que son patrimonio de la humanidad fueron destruidos en esa orgía de violencia. Crímenes monstruosos fueron cometidos bajo el comando de oficiales norteamericanos. En particular, la matanzas de Mazar-i-Charif y Kandahar y el corte de lenguas a prisioneros en Seberghan. «No queremos sobrevivientes» fue la orden transmitida con frecuencia por oficiales norte- americanos a sus aliados de la autotitulada Alianza del Norte, tan terroristas como los talibanes.
No hay estadísticas confiables sobre la dimensión del genocidio. Pero se admite que aproximadamente cien mil afganos han muerto de hambre.
Las Naciones Unidas no se opusieron a la agresión. Dieron su aval al crimen y apoyaron activamente la instalación de un gobierno fantoche en Kabul -el presidente Karzai es ex funcionario de una empresa petrolífera norteamericana- después de unas elecciones de pura farsa.
Rusia aprobó la agresión, permitió el paso por su espacio aéreo de bombarderos americanos y no hizo nada para oponerse a la instalación de una gigantesca base militar de los Estados Unidos en la República de Kirguistán.
Transcurrido año y medio, Iraq fue invadido, sus ciudades bombardeadas salvajemente. Una campaña previa de desinformación, de ámbito mundial, sustentó que el país almacenaba armas de exterminio masivo que representaban una amenaza a la humanidad y a la seguridad de los Estados Unidos. Esa vez el pretexto para la agresión no funcionó. El Consejo de Seguridad no aceptó los argumentos de Washington y Londres, y más de 20 millones de personas, en decenas de ciudades, sobre todo en Europa, salieron a las calles en gigantescas manifestaciones para oponerse a la guerra.
La decisión criminal había sido tomada con mucha antelación. Iraq fue vandalizado y ocupado. Sitios arqueológicos milenarios fueron alcanzados por la onda de barbarie, museos únicos --que encerraban parcelas de la memoria de civilizaciones muertas-- fueron saqueados. Ni siquiera las ruinas de Babilonia escaparon a la ola de vandalismo.
Las armas de exterminio, ya se sabía, no existían. Mas la farsa afgana se repitió en Iraq, ampliada, en otro contexto. Los Estados Unidos organizaron elecciones de opereta, instalaron un parlamento y un gobierno títeres, y sus grandes empresas asumieron el control de las riquezas del país, empezando por el petróleo. Las Naciones Unidas dieron su aprobación, con el amén del Secretario general, Kofi Annan.
La ocupación trae a la memoria, por sus actos de barbarie, a la que la Alemania nazi impuso a los territorios ocupados por la Wehrmach. En las cárceles de Iraq la práctica de la tortura devino rutina con la aprobación del alto comando del US Army y del propio Secretario de defensa, Rumsfeld. Cuando los crímenes allí cometidos llegaron al conocimiento de la opinión pública, el eufemismo «abusos» pasó a designar las torturas, algunas de ellas de cariz medieval, inflingidas a las víctimas.
La justicia estadounidense trató a los torturadores blandamente. Las penas impuestas a los pocos sometidos a juicio reflejan la intención de desculpabilizar a la soldadesca que en Abu Ghrabi y otras prisiones descendió al nivel de las SS hitlerianas.
Es un hecho que las revelaciones sobre Abu Ghrabi, sobre todo las fotos de los crímenes allí practicados, levantaron una oleada de indignación mundial. Pero la protesta no tuvo consecuencias.
El presidente Bush, disintiendo de una decisión del Senado, afirmó en septiembre pp. que el recurso de la tortura de «terroristas» se justifica en ciertos casos cuando la «seguridad de los Estados Unidos de América está en juego». Sus presiones sobre el Congreso fueron tan intensas que este acabó cediendo y aprobó una ley que en la practica autoriza la tortura en determinadas circunstancias.
El núcleo ideológico del discurso de la extrema derecha estadounidense recuerda cada vez más a los dirigentes del III Reich. El lenguaje difiere porque Bush se presenta como el campeón de la lucha por la democracia. Pero su tosca oratoria es ridiculizada día a día por la comprensión que tiene de la historia y de las palabras. Para él la agresión a Iraq introdujo la democracia y la libertad en aquel país cuyo pueblo se encuentraria cercano a un futuro de progreso y felicidad. Gracias a los Estados Unidos, claro está.
Asusta que una criatura tal se presente ante la humanidad como el portavoz de una nación tan poderosa como la norteamericana.
Y no asusta menos que los gobernantes de los países de la Unión Europea, de Japón, de Canadá y Australia sean hoy, con raras excepciones, cómplices, por el silencio o por la colaboración activa (caso de la Gran Bretaña), de la estrategia criminal del sistema de poder en cuyo vértice se encuentra, como su instrumento, el Presidente de los Estados Unidos.
No aprecio las analogías en la historia, porque, como nos recuerda Marx, en ella nada se repite de la misma manera. Pero recordar Munich, recordar la ceguera de los gobiernos que por su inercia permitieron el desarrollo de la escalada que desembocó en la tragedia de la II Guerra Mundial es muy útil en un momento en que la humanidad enfrenta una crisis que, dado su carácter global, no tiene precedentes.
También entonces, cuando la España republicana agonizaba, cuando Hitler se anexó a Checoslovaquia y se preparaba para invadir Polonia, la amenaza fascista fue subestimada. También entonces, capitulando, gobiernos que pretendían ser democráticos, se presentaban como defensores de la paz. También en aquellos años la prensa y la radio -no existía la televisión-ignoraron o subestimaron el peligro.
A nivel mundial, hoy aumenta la conciencia de que las guerras de Iraq y de Afganistán son guerras perdidas. Sin embargo, de esa evidencia no se extraen las conclusiones en ella implícitas. Ocurre lo contrario.
En Iraq, los Estados Unidos, ante la indiferencia de Europa, continúan procediendo como si el país fuese un parque zoológico de nuevo tipo. En Afganistán, la transferencia a la OTAN de las responsabilidades de la lucha contra la insurrección amplía el involucramiento de fuerzas militares de esa organización en un conflicto en el que actúan como instrumento de los intereses imperiales de los Estados Unidos, desconociendo su propio estatuto al intervenir en un área geográfica no atlántica.
Pero Bush hace mucho habituó a sus aliados a una política de irrespeto a los propios acuerdos internacionales firmados por su gobierno. El derecho internacional sólo existe para la Casa Blanca cuando coincide con los intereses del sistema de poder imperial.
La justificación de la tortura por parte del Presidente no sorprende. La posición que asumió se inserta en una política que exige la impunidad respecto a los crímenes cometidos en el extranjero por militares de las Fuerzas Armadas de la Unión, pero que, simultáneamente, reivindica el derecho de los Estados Unidos de secuestrar, en cualquier país, a ciudadanos acusados por la justicia federal para ser juzgados por tribunales americanos.
La arrogancia del pensamiento neofascista que se encuentra en la esencia de la estrategia de dominación mundial de los Estados Unidos no tiene límites.
Solamente la profundidad y complejidad de la crisis del sistema ha impedido la guerra contra Irán.
Los planes existen. Dos o tres variantes han sido esbozadas. La más modesta, proponia la invasión y ocupación de Kuzistán, en la zona fronteriza con Iraq, en el Golfo. Esa provincia es rica en petróleo y gas y concentra grandes instalaciones industriales. El proyecto ha sido engavetado, por la oposición del Pentágono.
El estado de desmoralización del ejército, incapaz de vencer la Resistencia iraquí, es una realidad reconocida por los propios relatorios oficiales. Al propio tiempo, la carencia de tropas de combate, preparadas para una campaña terrestre en un país casi tan extenso como México, es una realidad. En esa conformidad, el Alto Comando informó a la Casa Blanca que una guerra contra Irán, que incluyese la participación del ejército, pudiera tener un efecto inverso al pretendido. Kissinger ha emitido una opinión similar.
Bush ha insinuado repetidas veces que eventualmente podría recurrir a las armas nucleares tácticas. Pero la falta de receptividad de los aliados europeos a tal opción ha llevado al presidente a suavizar el discurso anti-iraní, ahora menos cargado de amenazas. No obstante, la histeria anti-islámica persiste. Hasta el Papa Benedicto XVI insultó a Mahoma, citando a un imperador bizantino.
El mal desempeño de Israel en su criminal aventura libanesa también creó muchos problemas a los Estados Unidos. Nada ocurrió de acuerdo a las previsiones. El plan, ambicioso, fue concebido como test para una futura guerra contra Irán. Israel pudo bombardear Beirut y destruir ciudades, aldeas e infraestructuras libanesas, matando a más de un millar de civiles. Pero la resistencia victoriosa a la invasión de las milicias de Hezbollah puso fin al mito de la invencibilidad de las Fuerzas Armadas del estado sionista, restituyendo la esperanza al pueblo de la martirizada Palestina.
Al alcanzar Haifa y otras ciudades israelíes, los misiles de Hezbollah llevaron simultáneamente el pánico al gobierno de Tel Aviv, que creía en la invulnerabilidad de su territorio.
Washington logró que el Consejo de Seguridad aprobase una resolución, la 1701, que en lo fundamental dio satisfacion a los intereses de Israel, atenuando las consecuencias de su fracaso militar.
Pese a todo, el año 2006 marcará un agravamiento de la crisis del sistema de poder imperial. A pesar de que los grandes media difunden diariamente la idea de que la economía de los Estados Unidos atraviesa una fase de expansión, con una elevada tasa de crecimiento, la realidad está lejos de corresponder a ese optimismo.
Los malabarismos mediáticos no pueden alterar los hechos. Los Estados Unidos son hoy una nación parásita que consume mucho más de lo que produce, acumulando un déficit comercial colosal. La deuda externa del país sobrepasa las deudas externas, sumadas, del resto del mundo. La impagable deuda pública, de 8 billones de dólares, alarma ya a los responsables del Banco Central. Solamente la dictadura del dólar permite el dominio financiero de un sistema en crisis. Mas su fragilidad es tal que bastaría que China y Japón vendiesen una parcela de las reservas de dólares de que disponen para que el sistema explotase.
La repulsa creciente de los pueblos al neoliberalismo globalizado crece además en decenas de países del Tercer Mundo.
En América Latina, el fracaso de las políticas de ajuste impuestas por el Consenso de Washington ha contribuido decisivamente a la ascensión de las luchas sociales y al fortalecimiento de movimientos y organizaciones progresistas que en algunos países han llegado al gobierno a través de elecciones.
En Brasil, en Argentina, en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia, en Uruguay la derecha ha sido despojada del poder por el voto popular. El panorama es contradictorio porque en algunos de esos países, particularmente en Brasil, los compromisos asumidos por los presidentes electos no fueron cumplidos, y las políticas económicas aplicadas no afectan en lo fundamental los intereses de las clases dominantes y del imperialismo. Al contrario, los favorecen. La reelección de Lula no cambió el cuadro. El ex obrero metalurgico, si reelegido, daria continuidad a su politica ambigua, globalmente negativa.
Empero, el proceso revolucionario en curso de la Venezuela bolivariana desafía ya abiertamente al imperialismo y proclama su vocación socialista, adquiriendo significación continental. En Bolivia, el presidente Evo Morales no duda en afirmar su solidaridad con Venezuela y con Cuba y, hostilizado por la oligarquía local y por los Estados Unidos, desarrolla una política de defensa de los intereses nacionales, pese a cedencias. En su gobierno, empezando por el vice-presidente Garcia Linera, el sector proclive a la capitulación crece sin embargo a cada semana.
Inevitablemente, la participación torrencial de las masas latinoamericanas en contestación a las políticas impuestas por Washington -que avanza también en Perú, en Ecuador, en Paraguay, en la República Dominicana- alarma a la Administración Bush. El frustrado golpe de estado en Venezuela, y las acciones desestabilizadoras que pretenden provocar el caos en Bolivia confirman que el imperialismo hará todo lo que esté a su alcance para impedir el avance de procesos revolucionarios en los cuales identifica una amenaza a su dominación sobre el mundo latinoamericano.
Pero, aunque en un contexto muy diferente, la evolución de la coyuntura en América Latina no favorece al imperialismo.
Cuba resiste y reafirma su fidelidad al socialismo y, a pesar del reforzamiento del bloqueo, la recuperación económica prosigue, con la ayuda de Venezuela y de China.
En Colombia, pese al apoyo millonario de los Estados Unidos al gobierno fascizante de Álvaro Uribe, las FARC --hoy un ejército popular con 18 000 hombres y mujeres, que combate en 60 frentes--, están desmoralizando el Plan Patriota que pretendía aniquilarlas. Los guerrilleros de Manuel Marulanda han inflingido sucesivas derrotas al mayor y mejor armado ejército de América Latina.
El descontentamiernto en el ejercito- ocho generales y el comandante en jefe se demitieron recientemente- refleja la conviccion de que la solucion militar es una impossibilidad. El presidente Uribe en un brusco viraje, decidio por primera vez iniciar negociaciones con las FARC para un canje humanitario de prisioneros, despejando para el efecto dos municipios del Valle del Cauca.
LA AMBICIóN IRRACIONAL
La desaparición del capitalismo es inevitable porque su crisis estructural se agrava y no hay solución para ella en la lógica del sistema. Precisamente por tener conciencia de eso, la extrema derecha estadounidense, controlando las alabanzas del sistema, procura una salida a través de las guerras llamadas preventivas y del saqueo de los recursos naturales de pueblos del Tercer Mundo.
Mas la agonía puede ser demorada. El fin del capitalismo no tiene fecha en el calendario. Y subestimar el enorme poder del imperialismo y de su principal bastión seria un error imperdonable. La desesperación estimula la agresividad del engranaje político-militar que amenaza a la humanidad.
Carlos Lage, uno de los Vicepresidentes del Consejo de Ministros de Cuba, al dirigirse en La Habana al Movimiento de los No Alineados -NOAL-, definió con claridad la estrategia de dominación planetaria de los Estados Unidos de América al afirmar que ese país intenta hoy «imponer una verdadera dictadura mundial a través de la guerra y del poder económico».
El discurso sobre la democracia, repetido exhaustivamente por Bush, sería ridículo si no fuese instrumento de una estrategia que promueve la violencia, la intolerancia, la desigualdad.
La reafirmación de la fidelidad a los valores y principios que responden a aspiraciones de la condición humana es utilizada perversamente por un sistema monstruoso para confundir y engañar a cientos de millones de personas.
Por eso mismo, ayudar a los pueblos a descodificar el discurso de Bush y de los que piensan por él, se ha tornado en necesidad imperiosa en la lucha contra la desinformación.
Como recordara Lage, «los conceptos de soberanía limitada, de intervención humanitaria, de guerra preventiva», son, en realidad, «conceptos fascistas». Esas expresiones, tanto como la invocación de la defensa de los derechos humanos, funcionan en el discurso político de la derecha norteamericana y de sus aliados europeos como artillería verbal que, en vez de servir para combatir el terrorismo, enmascara la naturaleza y los objetivos reales de acciones criminales contra la soberanía y la independencia de los pueblos. La comunicación social, controlada a nivel mundial por fuerzas al servicio del neoliberalismo, contribuye decisivamente a la alienación de las grandes mayorías y a la difusión de la contracultura norteamericana, la llamada mac world cultura.
La hipocresía del sistema imperial se manifiesta en múltiples frentes, empezando por las Naciones Unidas, donde el embajador de los Estados Unidos, John Bolton, es un halcón beocio que poco antes de su nominación declaraba aún que el Consejo de Seguridad solo se justificaría si estuviera al servicio de los intereses de los Estados Unidos.
La domesticación de las Naciones Unidas desde la implosión de la URSS ha sido desde luego un objetivo permanente de los Estados Unidos. La reelección de Boutros Boutros Ghali fue vetada por Clinton cuando el egipcio, al final del mandato, defendió una reforma del Consejo de Seguridad de la ONU que tenía visos de tornarlo más independiente. Kofi Annan fue impuesto por Washington y reconducido porque daba garantías de comportarse como «recadero» (el calificativo es de James Petras) de la Casa Blanca. Cumplió. Ahora, antes de que lo manden de vuelta a casa, intenta tímidamente distanciarse de la imagen de lacayo del imperialismo que es.
El agravamiento de la crisis global -tal como ocurrió en el III Reich cuando las derrotas llegaron- empuja a la extrema derecha estadounidense a un estado próximo al desespero, que se refleja en la irracionalidad de su ambición de dominio universal.
En el rechazo al Protocolo de Kyoto tenemos el retrato de la indiferencia del neofascismo norteamericano ante la gradual destrucción del planeta.
La destrucción del ambiente avanza a un ritmo alarmante, pero Washington la estimula en lugar de cooperar en los esfuerzos para contenerla. El Banco Mundial, al tiempo que financia programas de preservación del patrimonio cultural, promueve otros que destruyen lo que resta de los grandes bosques húmedos de Amazonia y Africa y envenenan las aguas de los ríos y de los lagos.
El ex-vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, muestra en un film tremendo que la rapidez de la fusión de los hielos de los glaciares, si no se detiene, provocará en breve una catástrofe de proporciones inimaginables. Pero él mismo, cuando tuvo grandes responsabilidades en la Administración Clinton y presidía el Senado, renegó de su pasado de ambientalista y se opuso a la adhesión de los Estados Unidos a los acuerdos sobre la reducción de las emanaciones tóxicas que destruyen la atmósfera terrestre. Entonces capituló ante las presiones de las transnacionales.
No hay cómo negar la evidencia. En breve, antes de la mitad del siglo, el petróleo y otros combustibles fósiles estarán agotados. Por ahora no hay respuestas para ese inquietante desafío energético. La religión del lucro preside las decisiones del G-8. No existe una estrategia de ahorro, de lucha contra el alocado despilfarro de los recursos naturales no renovables. Ocurre lo contrario. El capitalismo senil estimula cada vez más el consumismo -un consumismo que configura el asalto a la razón--, concebido como motor de la economía de países que representan menos de una quinta parte de la humanidad, pero que consumen cuatro quintas partes de los bienes producidos.
Insisto: o los pueblos se levantan contra la estrategia imperial de los Estados Unidos (desarrollada con la complicidad de la Unión Europea y de Japón) y cuya ejecución implica en la práctica una dictadura planetaria de matices fascistas, o la humanidad transita hacia una catástrofe que puede desembocar, inclusive, en su desaparición.
Ayudar a que millones de hombres y mujeres tomen conciencia de esa evidencia descodificando el engranaje de la mentira, contribuir a que pasen de la pasividad a una actitud de participación y resistencia al proyecto de dominación imperial es la primera tarea en el combate humanista y revolucionario por la defensa de la continuidad de la vida en la Tierra.
Traduccion de Marla Munoz
El original portugues de este articulo se encuentra en el sitio web
www.odiario.info







