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07/10/2019 :: Estado español

Unamuno, Ehremburg y las libérrimas interpretaciones fílmicas de Alejandro Amenábar

x Aday Quesada / Canarias Semanal
A propósito del film "Mientras dure la guerra", de Alejandro Amenábar

Apenas se acaba de estrenar el film de Alejandro Amenábar, "Mientras dure la guerra". La figura central del mismo la constituye el contradictorio escritor español Miguel de Unamuno. Según nuestro colaborador Aday Quesada, la figura de nuestro eximio escritor es descrita en la producción del joven director español, agregando a la misma todos los tópicos con los que durante años se han descrito sus relaciones con la dictadura franquista. Quesada, que confiesa no haber podido visionar todavía la película, le ha bastado con las explicaciones dadas en una entrevista en TVE por el propio Amenábar. Para aproximar al lector a la auténtica personalidad de Unamuno, Quesada adjunta un impecable y esclarecedor texto del escritor soviético Ilya Ehremburg sobre el "filósofo" vasco.

El texto que insertamos en esta página es un breve resumen de un ensayo apenas conocido, del famoso escritor, periodista y novelista soviético IIya Ehremburg. El nombre de Ehremburg se hizo muy popular en España  y otros países a finales de la década de los años 30 del pasado siglo, por sus magistrales crónicas sobre la Guerra Civil española.

 Junto con Ernest Hemingway, Eheremburg perteneció a esa saga de escritores extranjeros, fuertemente comprometidos con la defensa de la II República. Su obra más célebre - y por él la más estimada - es "Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito" (1921), una mordaz y filosófica crítica sobre la denominada "civilización occidental".

 Por una afortunada casualidad, este texto llegó a la Redacción de Canarias Semanal como parte de un libro editado en Madrid en el año 1935, titulado "Unamuno y el Marxismo", cuya autoría corresponde a  Armando Bazán,  y su edición a "Publicaciones Izquierda". En él estaba incluido, igualmente, el breve pero demoledor ensayo "Miguel de Unamuno y la tierra de nadie", escrito por IIya Ehremburg.

De él hemos escogido los párrafos más significativos en relación con Unamuno. En apenas 25 páginas, el escritor soviético realiza una implacable valoración crítica de la personalidad política y filosófica del escritor vasco.

  Y dado que estos días vuelve a estar muy en boga el tratamiento de la personalidad histórica de Miguel de Unamuno, a raíz de la película de Alejandro Amenábar "Mientras dure la guerra", nos ha parecido oportuno ayudar a que nuestros lectores puedan recobrar la memoria sobre este peculiar personaje español y enfrentarse al autentico perfil historico de Unamunu.

 Hasta el momento no hemos tenido la oportunidad de visionar el film de Alejandro Amenábar. Sí hemos tenido, en cambio, ocasión de escuchar una entrevista suya en Televisión española. En ella Amenábar describió los principales vértices de su producción cinematográfica. Sin renunciar a hacer próximas valoraciones acerca de este film, podemos adelantar nuestra opinión de que atendiendo a sus propias declaraciones, así como a otros trabajos descriptivos acerca de la peli, nos tememos muy mucho que "Mientras dure la guerra" no pase de ser una reproducción de los manoseados tópicos que se le han adjudicado impropiamente a este peculiar filósofo español, que la investigación histórica se ha encargado de desmentir y poner en el lugar donde les correspondía. O sea, que Amenábar en su film retoma la imagen falsificada de un intrépido Unamunu, valiente y demócrata, que se enfrenta a la brutalidad del discurso fascista del general Millán Astray, cuando el hecho incontestable es que Miguel de Unamuno se puso a disposición de los sublevados desde los primeros momentos en que se produjo la rebelión militar fascista. Esa no es una verdad histórica que pueda estar sujeta a especulaciones. Los abundantes testimonios recogidos de la época así lo atestiguaron. Y la propia trayectoria biográfica de de Unamuno, también.

 UNAMUNO SALUDANDO CORDIALMENTE A MILLÁN ASTRAY DESPUES DEL PRESUNTO DISCURSO "ANTIFASCISTA" DE DON MIGUEL

"Miguel Unamuno y la tierra de nadie"

Por Ilya Ehremburg

Hay, sin embargo, en Europa un país donde los que mandan no son ni los obreros ni los fascistas: son hombres de letras, verdaderos hombres de letras. En la España republicana los escritores son ministros, embajadores gobernadores. Nos encontramos ante el verdadero "no man's land"; un café literario entre las trincheras. Los escritores componen artículos y pronuncian magníficos discursos; están amparados por los grandes latifundistas, los financieros internacionales y los guardias civiles.

  Miguel de Unamuno es un poeta eminente, un filósofo triste y un político lamentable. Su experiencia no deja de tener interés instructivo por su lado trágico. El sincero deseo de este hombre era la revolución. Amaba el ambiente de su tiempo en las páginas de ios libros; pero cuando tuvo que conocer las cosas directamente y oír los gritos de la multitud ante las Cortes, se alejó, un tanto espantado, de la ventana para ponerse a soñar con esta vieja España, que vivía en un sueño profundo y al margen de su época. Durante cierto tiempo quiso permanecer neutral entre los obreros agrícolas de Extremadura y los guardias civiles.

  Se puede decir que Unamuno es un hombre valiente. Cuando el país, oprimido, callaba; cuando algunos jefes socialistas españoles hablaban, con voz temblorosa, de la armonía de clases, Unamuno tuvo el valor de pronunciarse contra la dictadura. Fue desterrado; logró fugarse del destierro. En Francia, a pesar de las "amonestaciones" de la policía, continuaba sus acusaciones. Unamuno no era ningún joven ya en ese entonces: era un respetable profesor, un escritor célebre, un anciano. Tenía la entereza de prescindir de honores y confort. En el exilio lleva la vida de un estudiante pobre. Cuando digo que tuvo miedo de la historia, no quiero por eso negar su valor cívico. Trato solamente de describir la tragedia natural del "no man's land".

  Durante el invierno de 1925 solía ver casi siempre a Unamuno en la Rotonde. Iba constantemente rodeado de sus discípulos. Hablaba de la libertad y de la revolución, mientras doblaba o recortaba pajaritas de papel. Escribía los romances del exilio y otros versos tristes, y nos hacía recordar a un Don Quijote con espejuelos y sin armadura. Sus facciones tenían mucho de esa imponente seriedad, de ese algo inextricable que nos conmueve al pasar por los campos de Castilla y sus paisajes. Yo no había leído en ese tiempo sus libros, pero me bastó verle para tener el convencimiento de que era un verdadero poeta y un impertérrito rebelde. Seis años más tarde volví a ver a D. Miguel de Unamuno en una tribuna de las Cortes. Se levantaba para hablar contra las reivindicaciones de las minorías nacionales y defendía la política reaccionaria a fuerza de citar poesías clásicas. Al ver su gesto se hubiera podíclo creer que los versos citados por él lo conmovían más que el problema del Estatuto Catalán. Igual que en otro tiempo, sus ojos seguían expresando una profunda tristeza. Mas ya no se trataba de un poeta en exilio, sino de un diputado a Cortes y de un periodista que colaboraba permanentemente en un órgano de prensa de la burguesía moderada.

Las gentes consideran generalmente a Unamuno como un nihilista. El escucha; no protesta, pero dice que la palabra le es desagradable. Es una palabra que tiene para sus oídos una sonoridad demasiado rusa. En castellano puro, esa palabra viene a ser: nada. Y Unamuno acepta que le llamen "nadista". Pero no hay nada más inofensivo que el "nadismo" del filósofo Unamuno. Tal nadismo no va más allá del sarcasmo que hiela a los poetas novatos que le envían sus versos, ni más allá del pintoresco comentario filosófico. Mientras tanto, el político Unamuno prescinde del nadismo para defender los valores constituidos sobre la base de la explotación; los valores y las consecuencias de la propiedad privada.

  En sus artículos, Unamuno conserva toda su poesía y su altura. De sus alturas no baja de ninguna manera. Y hablando del hambre de los obreros agrícolas, de las huelgas o de los complots fascistas, se preocupa más de la belleza del paisaje español e invoca el testimonio de todos los poetas y de todos los filósofos: Alfredo de Vigni, Virgilio, Tirso de Molina, Víctor Hugo, Knut Hamsum, Calderón, Browning, Carduci, Quevedo, Dante, Pindaro, Zorrilla y hasta al mismo Carlos Marx. Los lectores de "El Sol" son simples lectores españoles, que no quieren ni al rey ni a los jesuitas, Pero esto no les impide acercarse con zalamería al boletín de la Bolsa o al tricornio de la Guardia civil. Después de la revolución se produjo un cisma en la Redacción de El Sol. Los hombres de izquierda se marcharon. Unamuno se quedó. He aquí, pues, cómo su nadismo trágico no tuvo ni siquiera ninguna veleidad de rebeldía contra los dirigentes de ese periódico, que juran defender los intereses sagrados de los comerciantes aterrados.

  La psicología de estos últimos no merece ningún estudio especial. Así llegaran a estar en la Kurfurstendam o en la Vía Romana, seguirían cantando, como en la calle de Alcalá, la Marsellesa, para pedir en seguida socorro a los guardias de asalto para que les pongan a salvo sus bienes y les defiendan de lo que ellos mismos llaman anarquía.

  La psicología de Unamuno ya es una cosa distinta y merece una atención especial. Unamuno no se ha inclinado nunca a un sistema filosófico definido. Le gusta, sobre todo, el comentario lírico o escéptico. Ha hablado mucho del sentimiento trágico de la vida, y es, en verdad, un teólogo laico que hace pensar en el Chestov de antes de la revolución. Nada parecia anunciar esa aproximación entre el último de los Don Quijote y los republicanos moderados.

  El temperamento de Unamuno manifiesta siempre una pronunciada inclinación por lo excesivo ; mas, a pesar de ello, no se ha vuelto ni realista ni anarquista; siempre se ha detenido en el término medio, en el centro. Y esta moderación de Unamuno no es una síntesis; no es más que una adición. El sentido de este enigma se oculta en el carácter de su país. El sistema feudal está siempre latente en España. Se manifiesta no sólo en las inmensas dimensiones de los latifundios y la miseria de los aldeanos, sino también en el carácter patriarcal de las costumbres populares, en el desprecio de la riqueza, en las reglas de hospitalidad y en un humanismo primitivo, pero elevado. La burguesía española aspira a reemplazarlo, si no por buenas maquinarias, sí por buenos dividendos. No ha llegado a hacerlo hasta ahora porque es cobarde e impotente. Sus componentes no tienen nada de los girondinos, ni siquiera de los jacobinos. Son los liberales rusos en ediciones abreviadas

. Unamuno comprende perfectamente el sentido de la Reforma Agraria y la lucha contra el clero; pero en el fondo de su corazón echa de menos la conmovedora miseria, el renunciamiento, el desinterés de la vieja España. En otra época, el poeta paneslavista Tiouchef, conmovido ante la miseria rusa, decía : "¡Pobres aldeas!", "¡Pobre Naturaleza!", "¡Oh mi paciente país!". Unamuno no hace más que adaptar esas palabras al castellano de nuestros días. Y así no hace más que buscar un freno, sin darse cuenta que la máquina de nuestro tiempo marcha a una velocidad extremadamente excesiva. Y renunciando a sus designios de otra época comienza a unir el buen sentido y el temor, los sueños de antaño y una nueva tristeza. En total, esta unión dará un programa de reformas mezquinas, que siempre será posible completar por medio de la represión. Tal es el programa del burgués cobarde y de su órgano de Prensa "El Sol". ¿Ante tales realidades, vale la pena de hablar del "sentimiento trágico de la vida"? ¿Vale la pena manifestar tanta devoción al caballero de la triste figura y escribir elegías para resultar haciendo después confesiones dignas de un tendero cualquiera que hace un evangelio de su libro de cuentas y que considera la escala de sus ingresos anuales igual que la jerarquía de las legiones celestiales ?

 He aquí lo que escribe D. Miguel de Unamuno a propósito de la justicia :

"El fin de ciertas revoluciones sociales es, de ordinario, lo que se llama aquí volver la tortilla. Y es muy natural que, al fin, surgiese el robo. No se roba por hambre, lo repito, sino por horror al trabajo y por envidia".

Es verdad que toda la historia de la gestión gubernamental de España es una historia de negocios obscuros, malversaciones y corrupciones. Cualquier expediente de un Ministerio cualquiera está allí acusando sin cesar. Pero las cosas continúan igual. Mas si, empujado por el hambre, un jornalero andaluz se va al bosque señorial a recoger unas cuantas bellotas, se le mata. ¡He allí un ladrón! El filósofo Unamuno se explica y nos explica por qué el jornalero ha llegado a cometer ese delito: estaba envidioso del bien del señor cuyos millones de bellotas no son útiles a nadie. ¡No puede pedirse mejor demostración! Y así cree habernos demostrado que en España no existe la verdadera hambre. Afirma que los gritos : "¡Nosotros tenemos hambre!" No son más que trucos fomentados por los oradores de mítines. Recuerdo muy bien un lago que se encuentra muy cerca de Sanabria, y que lleva este mismo nombre. En uno de mis libros he relatado el destino de dos aldeas situadas sobre el borde de ese lago pintoresco. Allí los aldeanos pagan a una especie de pillo un diezmo completamente medieval, "el foro", y sólo tienen el derecho de contemplar el lago, poblado de peces.

  El lago pertenece a una rica dama de Madrid. He visto en esas aldeas a gentes cuyos rostros llevaban impresas las huellas de largos años de hambre. Los niños de pecho lloraban y gritaban porque los senos de sus madres estaban secos y no podían nutrirles. En un pequeño albergue de las orillas del lago se me mostró un cuaderno, donde D. Miguel de Unamuno había escrito largos versos que describen la belleza de Sanabria. Y él había visto ciertamente esas mujeres y esos niños, pero como es un poeta no hace más que escribir versos sobre la belleza y los paisajes. Los antiguos afirmaban que sobre los campos de batalla las musas se quedan silenciosas. Mas nosotros mismos, que hemos defendido más de una vez en nuestro país el derecho a la contemplación, tenemos probado que las musas saben hablar a la misma altura de los fusiles y de los intervencionistas, en las habitaciones heladas y en las chozas sin luz y sin pan. Las musas, como todas las criaturas, así fuesen de "esencia divina", no pueden ser, pues, neutrales. El caso de Unamuno es una confirmación más. Ha comenzado por escribir versos sobre la belleza de un lago. Pocos años más tarde escribía un artículo de periódico donde afirmaba que en España no se sufría hambre. Cesó entonces de ser un poeta y se enganchó como soldado en ese campo donde están el pillo que recibe "el foro" y la feliz propietaria del precioso lago.

 
Todos sabemos que Unamuno es un hombre muy cultivado y muy complicado. Y resulta que en él sus méritos provienen de la debilidad. Unamuno hubiera podido ser un sabio, y, sin embargo, no es más que un sofista. Dice que no quiere ver a los hambrientos. Esto es una cosa muy sencilla y muchos pueden hacerlo.

Pero oigámosle cómo argumenta : "¿Qué es el hambre?", dice, y luego después viene una larga disertación para probar que el hambre que describe Knut Hamsum no es el hambre descrita por Quevedo. He allí un divertido comentario para los ahitos lectores de El Sol. Pero precisamente durante este tiempo hay cientos de millares de parados que revientan comiendo una escudilla de garbanzos. He aquí algo vergonzoso que añadir en nuestros días a la continuación ignominiosa de la filosofía trágica. Las paradojas pueden ser buenas en los comentarios filosóficos, pero son intolerables cuando tratan de hacer humorismo con la vida humana. Unamuno califica de lugar común la opinión que pretende que los campesinos de España degeneran porque están mal alimentados. Los alrededores de Salamanca son para él una región de predilección; sólo un estrecho pasadizo separa, sin embargo, este país de una región llamada Las Hurdes, donde la población se compone de degenerados, en la que el hambre ha transformado los hombres en horribles enanos y en cretinos incurables. Esto es, evidentemente, muy prosaico comparado con las reflexiones de la patología y la logopatía, pero es una información precisa y trágica sobre el destino de todo un pueblo. Unamuno explica a los lectores de El Sol que todas las desgracias vienen del exceso de alimentación. Esto no deja de ser verdad, seguramente, cuando uno se refiere a los republicanos artríticos del paseo de la Castellana. Pero yo hubiera querido escuchar al célebre catedrático exponiendo ante los habitantes de Las Hurdes su teoría sobre lo perjudicial del exceso de alimentación.

 Encuentro inútil dedicar más tiempo al análisis de los artículos de Unamuno. No quiero reír de ningún modo de sus contradicciones lamentables y de la franca miseria de su riqueza filosófica. Quiero conmoverme ante la tragedia de un escritor con el mismo respeto a que tiene derecho la tragedia de los aldeanos de Las Hurdes. Yo sé que la ceguera de Unamuno no proviene de su apego a tales o cuales privilegios sociales. Su desinterés personal es indiscutible. No es el culto de las riquezas materiales lo que seduce a Unamuno. No es tampoco ia nostalgia de la fuerza y el poder; es el vicio secular de los poetas, los filósofos y también de los charlatanes : la deificación del verbo. Unamuno dice : "Es con el verbo con lo que nuestros ancianos hicieron lo mejor; lo más eternal de lo que ellos hicieron. Con la palabra y no con la espada." Eso toma el color de una afirmación altamente poética o de la rehabilitación de Don Quijote en su combate contra los molinos de viento. Pero la palabra cambia según el lugar y la manera como se la pronuncia. La tribuna de las Cortes no es la Rotonde o El Sol, no es el diario íntimo de un nuevo Werther. La palabra es fuerte porque engendra la acción. Miguel de Unamuno escribe también : "Los guardias civiles trabajan". Esos hombres no tienen espadas. Sin embargo, en Casas Viejas demostraron que sabían traducir rápidamente ciertas palabras al lenguaje de las ametralladoras.

 Estoy profundamente convencido que al conocer la tragedia de Casas Viejas, Miguel de Unamuno tuvo que pasar horas penosas. Su sentimiento trágico de la Vida no ha sido hecho más que con cierta verdad accesible a cualquier aldeano analfabeto. Pero Unamuno escribe artículos sobre las bellezas de las tradiciones. Que los guardias apunten con sus carabinas, que lo uno y lo otro estén en conexión estrecha : he ahí el sentido histórico de los acontecimientos. No hay en ninguna parte ahora una zona de terreno neutro; no existe ni en ese mundo superior donde, quiere vivir el filósofo Miguel de Unamuno. En la historia de la Literatura española quedará como un gran poeta. En la historia de la Revolución española pasará como un representante y defensor de segundo plano de la revolución burguesa. Su destino todo es tan instructivo para los escritores vacilantes como los autos de fe berlineses.

  Para muchos de estos vacilantes, el ejemplo de Unamuno revela aún otra cosa: la necesidad de una cierta limitación de uno mismo. Cuanto más ama un escritor al verbo, más casta y severamente debe tratarlo. Es sumamente peligrosa la tentación de simplificar, de nivelar, de reemplazar todos los instrumentos por un solo tambor que niegue la profundidad y la diversidad de la vida. Pero no menos terrible es en realidad el otro peligro: el de complicar, el de substituir a la vida palpitante con el juego, o los juegos de las ideas fáciles y de las palabras raras; la inflación del pensamiento que sigue inmediatamente a la inflación de la sangre. El cumplimiento del deber de un escritor de hoy ofrece grandes dificultades. En otro tiempo, la literatura conocía la censura del Estado; en nuestros días tiene que plegarse ante otra censura: la de su "conciencia cívica". Yo, por mi parte, prefiero infinitamente más un sencillo cantar en labios de un aldeano de Extremadura que una poética y profunda justificación de los asesinos de Casas Viejas.

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