Bajo la playa, los adoquines

Bajo la playa, los adoquines

Está sucediendo: la Intocable, la Inmutable, la del consenso cerrado a cal canto en una mal llamada “Transición,” en fin, la Constitución, está siendo cambiada. Es ésta la Constitución del Reino de España (sí; ésa, y no otra, es su denominación oficial, aunque algunos intentemos obviarlo). Claro que también podríamos llamarlo el Reino de los Mercados, o como muchos preferimos decir: el Reino del Capitalismo. A las cosas, por su nombre.
Sí: esa polvorienta Carta Magna que vio la luz hace ya treinta y dos años (se dice pronto) y que sólo había sido alterada en una ocasión, en materia de sufragio municipal de los ciudadanos de la Unión Europea (es decir: en algo que nadie importaba un carajo) está siendo cambiada. Durante decenios nos han repetido como un mantra la imposibilidad y la improcedencia de cualquier cambio constitucional: la monarquía, ¡incuestionable! La unidad del Estado, ¡incontrovertible! El modelo económico, ¡inalterable!
Se echaban las manos a la cabeza ante cualquier cambio los que ahora, trapaceramente, sin luz ni taquígrafos, cambian a placer el texto constitucional en algo que puede afectar tan profundamente a las leyes, a los derechos o a la actuación de un Gobierno como es el déficit público. Entiéndaseme: a mí me importa bastante poco tanto el cambio, como en sí la Constitución, como el déficit público. Lo que me encabrona es ver repetidamente como el PSOE y el PP nunca se ponen de acuerdo... Salvo para lo verdaderamente importante. En lo pequeño se permiten en lujo de disentir: saben que si uno no gobierna hoy, lo hará mañana; y saben también que para sostener la podrida estructura de este sistema se pueden apoyar el uno en el hombro del otro. Son éstos los partidos que dicen una cosa y hacen la contraria, y por el camino le hurtan al Pueblo el derecho a decidir, y reprimen al Pueblo, y gobiernan en contra del Pueblo, y venden al Pueblo y le llenan los bolsillos a los banqueros, a los especuladores y a los demás hijos de mil putas.
Sí: la Inmutable, la Intocable, está siendo reformada. Dicen que hay que ahorrar, que hay que contener el déficit. No tienen vergüenza. Lo afirman los derrochadores, los ladrones, los recortadores. Son rápidos para gastar y rápidos para recortar; y aún más rápidos para robar. Nunca dudaron en dilapidar el dinero público en obras e infraestructuras ridículas, dietas desorbitadas, incontables coches oficiales, cargos imaginarios. No dudaron en –directamente- robar ese dinero cuando tuvieron la oportunidad. No dudaron tampoco en recortar las prestaciones sociales o los derechos de los trabajadores a la mínima de cambio; pero pronuncian ahora la palabra austeridad. No se dan cuenta de que, a este paso, van a ser ellos los recortados (y puede que a la altura del gaznate). De eso nos encargaremos nosotros.
Es ésta reforma de la Constitución una de las muchas gotas que están colmando el vaso. Por eso, el 1 de septiembre tomaremos las calles para decirles a los poderosos que no queremos esta reforma de la constitución. Es más: que no queremos esta constitución capitalista y monárquica. Seremos muchos. Sé que también estarán algunos de los que hace tres meses creyeron encontrar arena de playa en la puerta del Sol. La encontraron directamente, sin gerdarmes, sin bastonazos, sin adoquines cubriéndola. Sin lucha. A ellos les quiero decir que ya va llegando el momento de escarbar en esa arena: con suerte encontraremos algún adoquín para arrojar a los culpables de esta situación. Yo escarbaré con ellos. Que ya está bien, joder. «Bajo la playa, los adoquines».
xAmador Cea, militante de Iniciativa Comunista







