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22/10/2019 :: Estado español

Debates y perspectivas en un nuevo escenario latinoamericano

x Guillermo Cieza
La posibilidad de aprovechar los buenos vientos sigue dependiendo del acierto de los revolucionarios para entender los procesos históricos en cada país

Evo va

Los resultados preliminares de las elecciones en Bolivia garantizan un triunfo de la candidatura del actual presidente Evo Morales, por 8 puntos, y un 45,7 % [lunes por la mañana] que podían ampliarse con la llegada de las urnas de las comunidades rurales mas alejadas. Estas cifras no le permitirían ganar en primera vuelta, y colocarían a la elección en un escenario de 'ballotage', con muchas chances de que el actual presidente sea reelecto.

Una primera lectura de los resultados electorales demuestra que la casi totalidad del voto de izquierda y progresista apostó a la continuidad de Evo, que debió enfrentar una fuerte alianza entre la derecha política que se reunificó detrás de la figura de Carlos Mesa, los monopolios mediáticos locales e internacionales, que concentraron su poder de fuego en la legitimidad de su decisión de apostar por su reelección y la intromisión del gobierno de EEUU, fogoneando denuncias de un supuesto fraude y la amenaza de un golpe de Estado en caso de resultar vencedor Evo.

El gobierno boliviano ha venido desarrollando en los últimos años sus batallas en la misma soledad que los gobiernos de Cuba y Venezuela. Como obstinadas balsas que resisten el fuerte oleaje neoliberal. Y parecía que en Bolivia, a pesar de los logros indiscutibles del gobierno, la mesa estaba servida para la derrota. Sin embargo nuevas manifestaciones de la resistencia de los pueblos en el continente han llegado en su auxilio, desnudando las consecuencias que pagan los países que se dejan seducir por las sirenas del neoliberalismo.

Ecuador puso blanco sobre negro

El estallido popular producido como respuesta al paquetazo neoliberal decretado por el gobierno de Lenin Moreno, expresó una realidad que venía ocultando el blindaje mediático que acompaña a todos los proyectos neoliberales. Existía un enorme descontento en el pueblo ecuatoriano por el rumbo político del gobierno, por la desvirtuación de su programa electoral, pero también por su percepción de que las políticas que se presentaban como superadoras de la administración de Rafael Correa, desandaban en realidad sus mejores logros, reduciendo derechos y empobreciendo al pueblo.

Un presidente que se había presentado como renovador y líder de las batallas contra la corrupción, aparecía cada vez más como un títere de los viejos cogollos políticos conservadores que dirigía desde las sombras el ex-presidente León Febres Cordero. Una mirada atenta a lo ocurrido en Ecuador permite ademas señalar otros dilemas que atraviesan los procesos populares en Latinoamérica.

Por un lado se produjo un gran estallido popular que involucró a pobladores de los barrios populares, estudiantes, trabajadores y pueblos originarios, aportando este último sector el mayor grado de movilización y una orgánica constituida (la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador - Conaie) de mucha representatividad. El "correismo", que es la principal fuerza política de oposición, con presencia en lo político parlamentario, pero también con presencia en sectores urbanos de trabajadores y profesionales, tuvo una participación marginal en el estallido. Sin embargo después de la negociación entre el gobierno y la CONAIE, que aquietó las aguas de la rebelión popular, el "correismo" se convirtió en el principal blanco de la persecución de Lenin Moreno.

Esta decisión del gobierno neoliberal se corresponde con la percepción de que en términos de perder su poder político, teme mucho mas "al correismo" que a la Conaie. Y basta repasar la historia reciente del Ecuador y las respuestas políticas inmediatas al desencadenarse el conflicto para advertir que esta percepción no es antojadiza. Repasando la historia de la Conaie queda demostrada su enorme capacidad combativa en defensa de sus intereses corporativos, pero también su escasa vocación de poder político, al punto de que en distintos momentos históricos sus luchas y sus muertos fueron capitalizadas por fuerzas ajenas que llegaron al gobierno y terminaron enfrentando sus intereses.

En el momento de negociar la crisis con el gobierno de Moreno la Conaie centró sus demandas en la derogación del aumento de los combustible, soslayando promover una respuesta que contenga los otros derechos afectados y dar salida democrática a una crisis política generada por un gobierno que incumplió groseramente su programa electoral. Con mucho menos participación en la resistencia, el "correismo" propone un adelantamiento de las elecciones y que se elija nuevo gobierno. Entre la respuesta corporativa de la Conaie y la salida electoral del "correismo", no hay propuesta alternativa que involucre al conjunto del pueblo ecuatoriano ( por ejemplo un plebiscito sobre las políticas y la continuidad de Lenin Moreno). Planteada la cuestión en esos términos, el correismo amenaza más la continuidad del gobierno que las exigencias de la Conaie, y es por eso objeto de una feroz persecución.

Si trasladamos esta misma distinción entre quienes protagonizan la resistencia y quienes construyen propuestas políticas para desalojar al neoliberalismo del gobierno, podemos advertir que en la Argentina, la mayor resistencia en la calle al macrismo la ejercieron los movimientos sociales y trabajadores, con un particular dinamismo y masividad de las luchas de género a partir de las campañas "Ni Una Menos" y por la legalización del aborto.

Repasando los principales dirigentes y fuerzas del Frente de Todos, no hay muchas figuras o sectores sociales que hayan sido parte de la resistencia al macrismo en las calles. Incluso algunos como la CGT, o el sector de Sergio Massa, colaboraron abiertamente con el proyecto neoliberal. Sin embargo el objetivo de la persecución política no estuvo orientado a los dirigentes de los movimientos sociales más combativos u opositores, sino a un núcleo duro afín al kirchnerismo a quien la derecha atribuía, con razón, capacidad política para armar una propuesta que los desalojara del poder. Parece simbólico que cuando la historia haga un repaso concluyamos que la más reclamada presa política mujer durante el macrismo fue Milagro Salas.

En algunos debates militantes se suele prescindir de la importancia del poder político, de quién controla efectivamente el gobierno o el Estado. Lo que es seguro que para los imperios esto no es un detalle menor. Por eso van a desestabilizar, boicotear, bloquear e incluso bombardear a quienes se aparten de sus planes de acumulación y sus políticas de saqueo. Y no les importará demasiado si tienen o no vocación anticapitalista.

El 'deja vu' argentino

Quienes vivimos la experiencia de diciembre de 2001, no podemos evitar que algunas discusiones de la actualidad se nos presenten como un 'deja vu' de polémicas pasadas . No podemos menos que recordar las discusiones donde compañeras y compañeros argumentaban que, después de la rebelión popular y ante la ausencia de propuestas emergidas de esa crisis política que no podíamos capitalizar, lo mejor era apoyar a propuestas con posibilidades de llegar al gobierno que, por lo menos, nos garantizaban el no retorno del neoliberalismo que encarnaron Menem y De la Rua. Y nos decían también que desde allí, desde adentro, podrían gestarse propuestas superadoras para avanzar en una perspectiva anticapitalista.

Y también recordar nuestras argumentaciones de que esas propuestas inexorablemente iban a fracasar, por lo que la decisión correcta era centrar todos nuestros esfuerzos en desarrollar una propuesta desde abajo y a la izquierda gestada como heredera de la rebelión popular. Intentando hacer un balance de esos debates concluyo que todos teníamos un poco de razón y que nadie pudo concretar sus expectativas de avance.

Es cierto que el kirchnerismo llegó a construir un gobierno que marcó diferencias con las políticas neoliberales (también algunas continuidades) y permitió recuperar derechos, empleos y salarios. También era cierta nuestra advertencia de que pasados los tiempos económicos con viento de cola para crecer y distribuir, iban a empezar ajustar y que su construcción no iba a convertirse en una plataforma de lanzamiento para propuestas más avanzadas.

Quienes acertamos en el diagnóstico sobre las limitaciones del kirchnerismo en el gobierno y en su incapacidad de resistir la ofensiva neoliberal, fuimos incapaces de construir una alternativa política desde abajo y a la izquierda como catalización de las luchas sociales. Fuimos buenos gurúes o adivinos del futuro, pero malos constructores del presente. Lo que más ha crecido en la izquierda y la expresión unitaria que ha mantenido continuidad, aún como alianza electoral, lo construyeron los partidos tradicionales troskistas. Quienes hemos planteado diferencias con sus construcciones, no podemos menos que reconocer que haber sostenido determinadas ideas con coherencia a lo largo del tiempo les ha permitido cosechar algunos frutos. De hecho para la militancia de distintas izquierdas son la mejor opción electoral por motivos estratégicos y, después de las PASO (primarias), también tácticos (la evidencia de la no continuidad de Macri exime de la necesidad de votar al mal menor).

Después de dieciocho años, al reeditarse el debate, advertimos que albergar esperanzas en el Frente de Todos significa depositar confianza en una expresión política corrida a la derecha del kirchnerismo, y el regreso a un peronismo que, celebrando la epopeya trabajadora del 17 de octubre, eligió como anfitrión al ex-gobernador Verna de La Pampa, un caudillo populista de derecha. La correcta reivindicación de la memoria histórica exige respetarla. No está volviendo la Evita de "con sangre o sin sangre la raza de los oligarcas explotadores desaparecerá en este siglo", sino algo más parecido al último Perón, "el león herbívoro", al que interpelábamos con la consigna "Qué pasa, qué pasa general, que está lleno de gorilas el gobierno popular".

En el repaso de nuestras limitaciones es evidente que con la marejada de 2001, llegaron concepciones como la sacralización del nuevo sujeto piquetero, o la promoción de la antiorganización y la antipolitica , que nos hicieron mucho daño. Con el agravante de que el horizontalismo extremo sólo aportó a promover el caudillismo, y la antipolítica a fortalecer el corporativismo. En muchos casos, los vacíos en la construcción de herramientas para disputar el poder político fueron compensadas por adhesiones más o menos tardías al kirchnerismo. Quienes se calificaban a sí mismos como autonomistas, zapatistas, o antiestatistas militantes, casi todos convergieron en una migración masiva hacia el Justicialismo, que es precisamente un partido que ha transformado su razón de existencia en ser parte del Estado.

Los nuevos debates en nuestra izquierda no son novedosos. Al rebrote del horizontalismo extremo y la antipolítica, se suma la renovada apelación a sujetos mágicos cuya sola presencia nos disculpa de la necesidad del análisis riguroso y de las complejidades que suponen las tareas revolucionarias. En nombre de la descolonización, rebrotan las peores versiones históricas de la izquierda colonial. Se promueve una particular valoración de la diversidad, no como aporte a construcciones con una orientación común más valiosa, sino como exaltación de la dispersión de esfuerzos.

Parece radical afirmar que todas las luchas valen lo mismo, desconociendo que en el orden capitalista mundial existente los imperios y las grandes maquinarias de dominación tienen muy claro cuáles son sus prioridades. No tienen prioridades quienes no disputan poder. A modo de ejemplo, el próximo gobierno del Frente de Todos define con claridad sus prioridades, ya prometió que ampliará derechos ciudadanos (allí va a hacer concesiones), pero va a garantizar continuidades estratégicas con el gobierno de Macri en el modelo productivo, acumulación capitalista vía saqueo de bienes naturales, defensa de la propiedad privada de los bienes de producción, y canjeará la Ley de reforma laboral, por reformas de flexibilización en las negociaciones de convenios colectivos.

Mas allá de nuestros desvaríos, es evidente que nuestro pueblo, impidiendo con su voto que Macri renovara su mandato, demostró un alto grado de conciencia. Y también que la incorporación masiva de mujeres y disidencias a movilizaciones por sus reivindicaciones suman un contingente muy valioso a la masa crítica necesaria para sustentar propuestas transformadoras, agregando nuevas demandas y saberes al programa y a las estrategias que deben unificar a nuestra izquierda.

Finalmente y aunque aparezcan imperceptibles, en distintos lugares de nuestro país, aislados o siendo partes de encuadres militantes más amplios, hay grupos y experiencias con vocación de trabajar a mediano y largo plazo, con rigor militante y de análisis político, al margen de los atajos populistas y las perfomances posmodernas. Esos grupos están creando estructuras comunitarias, herramientas organizativas de valor estratégico y desarrollando pensamiento crítico. Seguramente en todo ello está la esperanza.

Explotó Chile

La afirmación de que la continuidad del pinochetismo mediante el gobierno de Sebastian Piñera y las versiones 'light' que encarnó Michelle Bachelet estaba amenazada por una bomba de tiempo, no es ninguna novedad. Cualquier observador que haya visitado ese país en los últimos años por un motivo más elevado que comprar electrodomésticos, no podía dejar de advertir a un pueblo brutalmente agobiado por deudas que superan en mucho sus ingresos anuales, que trabaja en empleos sin ninguna estabilidad laboral ni leyes sindicales que lo amparen, con la educación y la salud privatizada y extremadamente onerosa, sometido a un blindaje mediático y a un control represivo feroz.

Como detalle muy representativo de cómo vive esa sociedad presentada como milagro latinoamericano: en Chile, fuera de su propia casa, quien no tiene dinero no puede acceder a un baño público o privado. Todo el sistema político está integrado a ese paisaje atroz valorado como inmutable. Chile es neoliberal y pinochetista y reconocer esas reglas de juego se convertían en imprescindibles si se quería hacer política, tener espacio en los medios y juntar votos. En el plano internacional el piso de sensatez para toda la clase política, de derecha a izquierda, era elogiar el tratado de Libre Comercio con EEUU y condenar la supuesta dictadura de Venezuela.

En lo que hacía a la vigencia de los derechos de expresión y a la protesta, la evidencia era que todas las movilizaciones terminaban con represión y detenidos. A quienes conocíamos algo de Chile la elección de la Bachelet como Alta Comisionada de los Derechos Humanos nos cayó como una broma pesada. Planteadas así las cosas, la percepción de que esa realidad no podía tener otro destino que un estallido, tenía como principal reparo que pasaban los años y la bomba no explotaba. Hoy podemos decir que el pueblo chileno se tomó su tiempo, pero se cumplió el desenlace inexorable.

Quienes conocen la genealogía de estos últimos hechos nos comentan que la espiral de violencia creció cuando una manifestación pacífica de estudiantes secundarios que saltaban por encima de los molinetes como forma de protesta por la suba de las tarifas, fue respondida por el gobierno con la militarización de los subtes. La represión a jóvenes de 14 y 15 años generó el apoyo solidario de otros sectores de la población y el incremento de la violencia fue la respuesta a las golpizas y detenciones arbitrarias a los jóvenes manifestantes.

Al extenderse el reclamo, el gobierno subió la apuesta con la Ley de Emergencia, otorgando a las fuerzas armadas poderes especiales y limitación de derechos para los ciudadanos. Esta decisión en lugar de atenuar las protestas las han extendido y pasaron de Santiago a otros provincias e involucran a trabajadores, pobladores y universitarios. La represión militar ya suma al menos 11 muertos.

Al hacer un análisis del proceso chileno y como seguramente no faltarán los bandazos de quienes la semana pasada afirmaban que no pasaba nada y mañana afirmarán que son la vanguardia de la revolución mundial, me parece necesario reconocer que esta explosión expresa el hartazgo general en la sociedad, acompañando un reclamo puntual que se ha desbordado por la prepotencia represiva. En ese acompañamiento se destaca la disposición combativa de muchos jóvenes, cuya organización no supera el de pequeñas células muy activas, que se han fogueado en años de enfrentar políticas represivas.

El gobierno ha identificado ideológicamente a quienes resisten como anarquistas. Aún reconociendo que en Chile existe un movimiento libertario que se ha involucrado en estos combates, los jóvenes resistentes se identifican mayoritariamente en la tradición mirista (por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, liderada por Miguel Enríquez en los '60 y '70 ), identidad que sigue siendo muy potente en lo simbólico, pero sumamente fragmentada en lo organizativo. Salvo el pueblo mapuche, que durante todos estos años ha llevado todo el peso de la resistencia, no hay un pueblo chileno organizado y el neoliberalismo ha hecho un potente trabajo de desarticulación social y de fragmentación de lo comunitario.

La extrema violencia de la protesta expresa la única forma de expresión posible en un escenario fuertemente represivo La destrucción de las estaciones de metro tiene una enorme carga simbólica. Durante años toda la clase política repitió hasta el hartazgo que el subte no era un servicio publico y que el precio del subte era aquel que permitía pagar los costos operativos y garantizar la rentabilidad de quien lo administraba.

En Chile no se está discutiendo la Revolución sino la vigencia de derechos básicos y de la única forma posible, en un país donde la herencia de Pinochet sigue siendo rectora de todas las políticas de Estado. Se arranca desde muy atrás, pero el pueblo chileno está otra vez en marcha.

Bolivia: Un escalón mas arriba

El gran aporte del proceso boliviano liderado por Evo Morales ha sido la vinculación de la resistencia popular a escala nacional, con hitos relevantes como la Guerra del Agua y la Guerra del Gas, y organizaciones populares genuinas, con un proyecto de poder, capaz de tomar efectivamente el gobierno y asumir transformaciones en el país. La experiencia boliviana supera el paisaje, ya recurrente en Latinoamérica, donde por un lado existen movimientos populares que resisten, que ponen la lucha y los muertos, pero nunca ejercen el poder político; y por otro, existen políticos que desde arriba se proponen una gestión inclusiva de los intereses y demandas populares, enmarcada en proyectos capitalistas con un rostro humano, que dura tanto como el ciclo económico que permite eludir las políticas de ajuste.

En palabras de Miguel Mazzeo, que cita a Cooke, el proceso boliviano encarna la búsqueda de una respuesta popular superadora del populismo (y agrego, también superadora del resistencialismo estéril). Hecha esta precisión, que permite ubicar al proceso boliviano un escalón más arriba que otros procesos populares latinoamericanos, viene todo el compromiso que nos corresponde asumir con el pensamiento crítico.

Seguro que esta experiencia tiene vacíos y dificultades, que ha cometido y comete errores políticos de distintas dimensiones y entonces corresponde desnudarlos, valorando siempre que estos procesos no se han desarrollado en un tubo de vacío, sino a contrapelo del orden mundial, con todo lo que esto implica; y con escasísimas experiencias que puedan servir de referencia. Es obvio, pero conviene recordarlo: la experiencia boliviana no se desarrolla en un mar de revoluciones.

A modo de conclusiones provisorias

La feroz oleada neoliberal que parecía arrasar todas las experiencias revolucionarias y progresistas del continente, parece haber encontrado un dique de contención en hechos de resistencia popular masiva como lo han sido el aluvión de votos que marcó el final del gobierno de Macri, la insurrección popular en Ecuador y la explosión del pueblo chileno. Estos acontecimientos tendrán consecuencias diferentes en los distintos países a partir del desarrollo de sus contradicciones internas, del poder popular acumulado y de las orientaciones de quienes asumen los liderazgos políticos con vocación de poder.

En Ecuador, empujan al gobierno de Lenin Moreno al abismo de la ilegitimidad, fortaleciendo la recuperación del correismo, como única opción para desalojar del poder a las políticas neoliberales. En la Argentina, concretan el despido de Macri y dan lugar por un lado al regreso del peronismo al gobierno en una versión mas conservadora que la que expresó el kirchnerismo, pero por otro, a mejores condiciones de lucha para les trabajadores y todos aquellos movimientos sociales y expresiones de la izquierda que sean capaces de mantener su autonomía del próximo proyecto oficialista. En Chile, la explosión popular determina un ocaso del pinochetismo que había sobrevivido colonizando todos los espacios de la política institucional. Con la represión ejercida el Gobierno podrá sortear esta crisis, pero no recuperará el consenso social que garantizaba su continuidad.

En Bolivia pueden permitir una continuidad del gobierno de Evo Morales y de la experiencia de la construcción del Estado Plurinacional con vocación transformadora, superando su momento mas difícil y en un escenario regional mucho mas favorable. Como nos enseña la historia las oleadas reaccionarias o transformadoras son cada vez mas globales pero, por ahora, la posibilidad de aprovechar los buenos vientos sigue dependiendo de procesos nacionales particulares, del acierto de los revolucionarios para entender los procesos históricos en cada país y poder hacer lo que Lenin caracterizaba como el alma del marxismo: el análisis concreto de la situación concreta.

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