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03/05/2021 :: Estado español

¡Mamá, no quiero ir a trabajar!

x Raúl Olivencia
Sobre algunos temas en Matrix a la luz de la pandemia

 La pandemia provocada por la COVID-19 quita y da con la misma intensidad. Por un lado, ha desbaratado el mundo tal y como venía siendo. Por otro, nos ha dejado un poso de ansiedad ante un porvenir incierto. Parece que la brutalidad con la que la pandemia, simultáneamente, nos empuja al futuro y nos barra el pasado, es de igual magnitud. La “nueva normalidad” sería el oxímoron con el que se quiere dar cuenta de dicha brutalidad. Las formas de vida contemporáneas ya no pueden ser como antes, pero todavía no sabemos cómo serán. Ante este impasse, parece que lo más sensato es encomendarse a una vacuna que solo un tercio de la población española se pondría sin dudar.[1]

Para no quedar aplastados por la colisión entre las dos fuerzas temporales que la pandemia ha desencadenado, aquí se propone una lectura a contrapelo de algunos temas de la película Matrix (1999). Son una serie de notas un poco cogidas al vuelo y sin la pretensión oracular de quienes, con tono mortificante, nos anuncian el futuro desde sus conceptos precocinados antes de ayer. Una lectura, entonces, no pretenciosa, pero decididamente materialista, con un tono más vivo y ligero que el que caracteriza al estilo literario de la futurología. Por ejemplo, con un chiste en peligro de extinción:

 -¡Mamá, hoy no quiero ir al colegio!

-¿Por qué no, hijo mío?

-Tengo tres motivos para no ir al colegio esta mañana: el primero es que tengo mucho sueño. El segundo, los niños se ríen de mí. Y el tercero, los profesores me tienen manía.

-¡Ay, hijo mío! Yo también tengo tres motivos por los cuales es imprescindible que vayas hoy al colegio.

-¿Ah, sí, mamá?

-Sí. El primero, ir al colegio es tu obligación aunque tengas mucho sueño. El segundo, eres ya grandecito como para saber arreglártelas con los niños y con los profesores. El tercero, tienes cuarenta y siete años y eres el director.

 Entiéndase, en peligro de extinción porque la situación descrita es hoy perfectamente posible, por lo que deja de ser absurda y el chiste pierde gran parte del poder subversivo que podía tener hace cincuenta años. En la actualidad, y a causa de la llamada “formación continua”, confundir el rol del profesor con el del alumno es de lo más habitual. Por ejemplo, un amigo nos dice que va a asistir a un curso, y no es descabellado pensar que la primera pregunta que nos va a venir a la cabeza sea: “¿Lo das o lo recibes?” Pregunta que actualiza aquella otra que se solía usar en la discoteca para ligar: “¿Estudias o trabajas?”, con la diferencia de que esta se restringía al ritual de emparejamiento y la primera, por el contrario, se extiende en el tiempo y en las situaciones más inverosímiles, continuamente. Por otra parte, si la “formación continua” ha traído algo bueno es que ha eclipsado el estigma del “fracaso escolar”, al convertirse este en uno de los recursos principales de aquella.

Pero, ¿qué tiene que ver el chiste con Matrix? Una formulación distinta de lo que el operaísmo italiano llamó rifiuto del lavoro, en la época en la que el mercado de trabajo abandonó para siempre el “pleno empleo”. Tanto la película como el chiste son una expresión -todo lo aporética, perversa y apolítica que se quiera- del rechazo del trabajo asalariado. Trabajo, que a la luz de la pandemia se da principalmente en dos formas de defección del mismo: teletrabajo y ERTE (Expediente Temporal de Regulación de Empleo). Si en este último se deja directamente de trabajar, percibiendo el 70% del salario, en el primero, en gran parte, se hace como si se trabajara, y se sigue percibiendo la totalidad del salario.

Sobre Matrix se ha escrito mucho, pero el grueso de las interpretaciones se centran, en síntesis, y con todas las derivaciones imaginables, en el par ficción/realidad. Quizá porque la misma película pone el acento en ese par, con resultados decepcionantes para quien deseaba ser un espectador de la revolución al final de la saga (no se vea The Matrix Reloaded ni The Matrix Revolutions). En cualquier caso, si la ficción importa algo en las líneas que siguen es solo en este sentido: “El Estado se ha hecho cargo de una prolongada distribución de salario pidiendo como contrapartida un trabajo totalmente ficticio, pero controlable”.[2]

 La Matrix o el devenir madre del sistema de máquinas capitalista

Una de las escenas más impactantes de la película es aquella en la que aparece Neo -el protagonista, interpretado por Keanu Reeves- siendo “desconectado” de la Matrix. La supuesta desconexión recuerda en todo a una interrupción de la gestación, en este caso voluntaria. Ahí podemos ver al protagonista surgir de una especie de bañera-vientre, rebosante de algo parecido a líquido amniótico. Neo tiene la apariencia de un feto a punto de nacer, solo que ese “a punto” parece que ha durado unos treinta años, aproximadamente. Su mayor asombro llega cuando alza la vista y descubre que ha vivido toda su vida conectado a una enorme máquina, en una especie de fetalización pluricigótica con el resto de la humanidad, nutriendo a, y nutrido por, la Matrix: su ¿madre?

En esa escena, la Matrix está representada como el devenir madre del sistema de máquinas capitalista. Es una madre atroz, no-humana, terrible. Madre fálica, como dicen los psicoanalistas, que inhibe el desarrollo pulsional de sus “hijos”. La Matrix es un poco como la madre del chiste, salvo que en el caso de la película adquiere dimensiones totalitarias, de ahí la pesadilla que supone.

Para describir esa extraña relación materno-filial entre la Matrix y Neo, resulta útil tomar prestados de la biología dos conceptos que comparten mucho más que el nombre con el protagonista: neotenia (persistencia de rasgos inmaduros durante toda la vida del individuo o “tendencia a lo joven”)[3] y neofilia (disposición innata a hacerse cargo de los individuos más pequeños de la especie). Por un lado, la neotenia exacerbada y caricaturizada de los humanos es el recurso principal de la Matrix, en tanto que sistema de máquinas o hardware: son exclusivamente las características neoténicas de los seres humanos las que pone a trabajar, de ahí que mantenga a estos en estado fetal. Por otro lado, la neofilia desarrollada por la Matrix, en tanto que programa totalitario o software, asiste a los humanos a cambio de una producción ininterrumpida. Con esta conjunción, la Matrix aprovecha en términos productivos la enorme potencialidad de la especie en su estado inmaduro y se asegura contra cualquier posible sublevación, pues aún no se ha visto organizar un piquete preescolar a las puertas de jardín de infancia alguno. Se podría afirmar que para la Matrix, el trabajo infantil es solo una situación específica de la situación general en la que se encuentran las trabajadoras y los trabajadores. A su manera, la Matrix quiere a los humanos. ¿Quién no ha escuchado decir a una madre apasionada que se comería a su bebé? Pues bien, la Matrix no lo dice. Lo hace.

En la película, la femenización del trabajo[4] se presenta como una prestación laboral intermitente -entre la “inclusión” y la “exclusión” en el sistema de máquinas- en un tiempo de producción continuo e ilimitado. Inclusión (neoténica), en tanto que la Matrix no remunera la prestación laboral de los humanos: en términos marxianos, los considera dentro del sistema de máquinas, capital fijo, trabajo muerto. Exclusión (neofílica), en tanto que asiste a los humanos para restituir la potencialidad de su fuerza de trabajo y les permite “vivir” en su programa informático: en los mismos términos, los considera fuera del sistema de máquinas, capital variable, trabajo vivo.

 Neo, el trabajador precario

Si atendemos a la forma de vida de Neo que la película nos muestra, lo que se ve es a un joven habitante de la metrópoli, solitario, incluso aislado, aunque hiperconectado a la red con la ingente cantidad de gadgets tecnológicos que inundan su escritorio. Parece que si lo confinaran, su vida no sufriría grandes sobresaltos. No se nos muestra que tenga ningún vínculo social con personas de “carne y hueso”, más allá de las interacciones que establece a través del trabajo: en dos escenas distintas, con dos personajes distintos y a través de dos trabajos distintos. En la primera ocasión, la relación la establece con un joven comprador que llama a la puerta de su casa, acompañado por la novia -la del tatuaje del conejo blanco que seguirá- y unos amigos de aspecto hostil. Es una escena que recuerda a la clandestinidad de la compra-venta de sustancias estupefacientes, salvo que en esta ocasión lo que Neo vende es un disco de ordenador cuyo contenido se nos oculta. Hasta aquí podríamos pensar que Neo es un cybercamello del futuro, pero en su siguiente interacción social vemos que además tiene un trabajo “estable”.

Así es, a través de la segunda escena referida vemos que Neo tiene “un buen trabajo”, como se suele decir, pues es empleado de una de las mejores compañías de software del mundo, como su jefe le recuerda. Neo es un pluriempleado. Tiene un trabajo oficial, incluso socialmente valorado, y un trabajo extraoficial, “en negro”. Cabe suponer que Neo responde a la figura del trabajador precario, a quien el sueldo no le llega para cubrir todos los gastos del mes. También se podría pensar que es un amante del riesgo y que se juega la libertad por gusto vendiendo discos de ordenador de contenido ilegal, pero esta posible pasión destructiva no explica el cuchitril donde vive. En cualquier caso, Neo tiene un trabajo que no le gusta, el que desarrolla como señor Anderson en la prestigiosa empresa tecnológica, con el que no se identifica; y realiza otra actividad que sí le gusta, esta vez como Neo, que consiste principalmente en hackear, y con la que en ocasiones se saca un sobresueldo.

Pero volviendo a la escena en la que se encuentra con su jefe, vemos que este es taxativo ante sus continuos retrasos: o Neo empieza a llegar con puntualidad todas las mañanas a la compañía o ya se puede ir buscando otro trabajo.

Neo no entrará más por la puerta de esa empresa.

 Morfeo, el coach

Después de dejar el trabajo, y para salir del estado de precariedad existencial en el que se encuentra, Neo necesita algo así como un milagro para sobrevivir. Morfeo va a ser el encargado de hacerle creer que el milagro es posible y de que él es, justamente, “el elegido” que está predeterminado a realizarlo: liberar a los humanos de la Matrix. Una predeterminación individual que es capaz de hacer saltar por los aires todas las determinaciones sociales, e incluso naturales. Pero antes es necesario un poco de entrenamiento.

Morfeo responde a la figura actual del coach. Se podría decir que el coach es algo así como un metatrabajador, fuerza de trabajo excéntrica situada al lado del resto de las fuerzas productivas, en el gozne entre trabajo y no-trabajo. Su tarea principal consiste en obviar o hacer olvidar las determinaciones sociales por las cuales el trabajo es cada vez más escaso, para poner todo el acento en la capacidad de agenciamiento de los individuos, en sus infinitas posibilidades, como si los individuos no fuésemos, precisamente, sociales (Marx dixit).

Para ello, es necesario actuar en dos frentes a la vez. Por un lado, hay que poner el foco en lo subjetivo, o individual, como ya se ha dicho, para hacer creer a la persona, Neo en este caso, que puede realizar todo aquello que se proponga. Solo hace falta creer en las propias capacidades. El primer entrenamiento en este sentido es sugestivo. En la película lo vemos cuando Morfeo le confiesa a Neo que lleva mucho tiempo buscándolo y que por fin lo ha encontrado. Objetivo cumplido. Refuerzo positivo. Si yo te puedo encontrar a ti, tú también puedes encontrar y derrotar a la Matrix. Follow the leader!

Por otro lado, aunque unido con lo anterior de forma inextricable, para adentrarse en la madriguera de conejos tras los pasos de Morfeo hay que abandonar toda referencia a los datos sensibles y al sentido común. La objetividad no es más que un sueño inducido por el programador de la Matrix, especie de genio maligno cartesiano 2.0, que inunda nuestros sentidos con creencias falsas. En realidad, no hay realidad. Hay un “desierto de lo real”, que colmamos con nuestras proyecciones. Así que las balas pueden ser caramelos y la ley de la gravedad un reflejo de nuestros miedos más profundos.

Si la ideología de lo posible que Morfeo moviliza en la película no nos parece un auténtico disparate, es porque “tiene como base real la fluidez entre trabajo y no-trabajo, el pasaje repentino a distintas tareas, la necesidad de adaptarse a una innovación continua, una cambiante experiencia del tiempo social, el eclipse de la «comunidad de los productores», el predominio del aleatorio respeto a lo predeterminado”.[5]

 Trinity, la emprendedora

Aunque, como dijo Voltaire, “el sentido común no es nada común”, cualquier coach sabe lo que cuesta llegar a desembarazarse completamente de él. Hace falta poner entre paréntesis una parte de la realidad desertificada para hacer emerger un oasis en su interior: una figura de éxito que nos sirva al resto de guía. Para el entrenamiento que Morfeo le ha planificado a Neo, esta figura la encarna Trinity. Esta, además de hacer de partenaire romántica del protagonista, sirve en el entrenamiento como referencia del emprendimiento exitoso, a mitad de camino entre la alumna aventajada y la trabajadora eficaz, o siendo una y otra cosa a la vez.

Hay una escena de la película que resume esta ambivalencia de forma inmejorable. Trinity y Neo han vuelto al programa de la Matrix para rescatar a Morfeo, que se encuentra detenido en un rascacielos gubernamental. El agente Smith le ha administrado una droga y es cuestión de tiempo que el efecto de la misma haga que Morfeo confiese la posición de Sión, única ciudad habitada por los pocos humanos que consiguieron escapar al poder de las máquinas, lo que sería el catastrófico final de la humanidad tal y como la conocemos. Después de dilapidar gran cantidad de munición en el intento de rescate, Trinity y Neo llegan a la azotea del rascacielos sin haber conseguido su objetivo. Allí siguen disparando a todo lo que se mueve hasta quedarse solos. Solos con un helicóptero. Entonces Neo le pregunta a su compañera: “¿Sabes pilotarlo?”. Trinity, con mirada de autosuficiencia, le responde: “Aún no”. Llama por teléfono al operador que les asiste desde la nave Nabucodonosor, en las entrañas del sistema de máquinas de la Matrix, y le dice que necesita un curso acelerado para pilotar un helicóptero B-212. En cuestión de segundos, y tras un breve estado de trance, Trinity sabe pilotar el helicóptero con el que rescatarán a Morfeo.

Evidentemente, en la vida que conocemos, aprender a pilotar un helicóptero requiere un poco más de tiempo que un extasiado abrir y cerrar de ojos. Lo que no cambia es su valoración. Si el aprendizaje se transforma en rendimiento económico, es un éxito. Si no, un fracaso. Vuelva usted a la casilla de salida. “Formación continua”.

Todo ese saber social excedente que no encuentra aplicación concreta y remunerada en la sociedad del trabajo, es decir, que se valora como fracaso, tiene aun otra salida, que no son ni el éxito personal ni la “casilla de salida”: el éxodo colectivo, sobre el que volveré al final.

 Cypher, el sensista

No todos los tripulantes de la nave Nabucodonosor creen en las enseñanzas de su comandante Morfeo. Uno de ellos, Cypher, no lo soporta más, y prepara a escondidas la única forma de disidencia que se permite dentro de la nave: la traición.

Tres son las principales reivindicaciones de Cypher. La primera, disfrutar de la comida. La segunda, disfrutar del sexo. La tercera, acabar con el orden jerárquico de la nave y el mando dictatorial de Morfeo. En el primer caso, está harto de comer siempre la misma papilla insípida. Ante sus quejas, los compañeros que han aprendido bien la lección de Morfeo no se cansan de repetir que esa papilla puede parecer repugnante, pero que contiene todas las propiedades esenciales que necesita el cuerpo humano. En el segundo caso, Trinity nunca ha correspondido al deseo que siente hacia ella. Suele pasar. El problema es que en el espacio reducido de una nave, es comprensible que el deseo se llegue a convertir en obsesión. En el tercer caso, Cypher no está hecho para obedecer órdenes, menos aún cuando vienen de alguien cuya misión principal consiste en encontrar a “el elegido” y afirma que las balas se pueden parar. En resumen, parece que tiene un argumento de peso: le importa un bledo el par ficción/realidad si no es sobre la base del par placer/dolor, de lo que le gusta y de lo que le disgusta.

Pero vayamos a la escena principal de Cypher, en la que se consuma la traición. Lo encontramos sentado a la mesa de un restaurante lujoso, comiendo con fruición un jugoso filete Chateaubriand y con el agente Smith enfrente. La escena, en sí misma, supone un agujero en el guion de la película. En el resto de escenas en las que los tripulantes “entran” en el programa de la Matrix, siempre se queda un operador en la nave asistiendo la incursión. ¿Cómo hace Cypher para llegar al restaurante y volver a la nave sin que nadie se dé cuenta? Es un enigma, pero concedemos la gesta a su inteligencia o a la del agente Smith. Lo que importa aquí de la escena del restaurante es la conclusión a la que Cypher llega después de decir que le da igual si el filete no existe: “la ignorancia es la felicidad”. Pero, entonces, ¿cómo puede Cypher saber lo que le gusta y lo que le hace feliz? La conclusión a la que llega es paradójica y lo deja atrapado en un sensismo ingenuo, por no decir en un idealismo invertido: su conspiración acaba siendo “conspiranoica”, pues se aleja de las percepciones que la motivaron. “Solo en la conexión del pensamiento con el placer (y con el dolor), la ética y la política encuentran un fundamento no irrisorio”.[6]

 A la luz de la pandemia

Durante el confinamiento, vivimos una situación comparable a la de Neo en estado fetal, y a la que Marco Mazzeo “bautizó” como fetalización colectiva: “En el estado de fetalización colectiva, padre, madre e hijos se encuentran en el mismo útero. Si se toma la imagen en serio, es decir, al pie de la letra, nos las tenemos que ver con una condición habitacional que tiende a imitar una vida plurigemelar”.[7] Si imaginamos el sistema de máquinas capitalista tal y como lo representa Matrix, el paralelismo no tiene mucho recorrido. Sin embargo, y por obra del confinamiento primero y del teletrabajo después, el sistema de máquinas pospandémico es mucho más “ingenuo”. Simplemente es tu PC, tu teléfono móvil, y el GPS y la furgoneta del repartidor de Amazon que ayer te trajo a casa un par de pantalones.

Al inicio, afirmaba que el teletrabajador hace como si trabaja. Evidentemente, así solo se señala una tendencia, no se describe un cuadro de conjunto, pero es una tendencia que el emprendedor autónomo experimenta ya desde hace años en la diferencia entre duración de la jornada laboral y tiempo de trabajo (efectivo). Un ejemplo gráfico de lo que significa hacer como si se hiciera algo que no se está haciendo, o casi, lo podemos encontrar, también, en Matrix. Es lo que hacen los tripulantes de la nave Nabucodonosor cada vez que “entran” en la Matrix. En realidad están echando una siesta enchufados por la nuca a un ordenador, pero “aparentan” estar violando las leyes de la gravedad, disparando una ametralladora o pilotando un helicóptero, como ya se ha dicho. Si el borderline es aquel que lleva una vida aparentemente normal y consigue pasar desapercibido en sociedad, a pesar de sus trastornos de conducta, lo que Mazzeo llama border online hace algo parecido en el teletrabajo: “Se defiende a través del disimulo teatral del atareado que no hace nada o a través del cinismo oportunista de quien, en el momento de necesidad, aprovecha la ocasión para sacar ventaja en la competición”.[8] Aunque no hay que olvidar, que incluso esa simple siesta se da en la forma histórica, y tan nociva, en la que el capitalismo ha encerrado a toda actividad humana: el trabajo. Así que, como vemos en Matrix, también en ese tipo de trabajos se sufren colapsos.

Pero como también señalaba al inicio, el teletrabajo no es el único tipo de “prestación laboral” que la pandemia nos ha servido como menú principal: también están los ERTE. En este caso, es el Estado quien asiste a los trabajadores que, por causa de la pandemia, no pueden trabajar. Cerca de un millón en España, de media interanual durante el 2020.[9] Es una prestación económica vinculada al puesto de trabajo o, mejor, a la promesa de que en un futuro no muy lejano la reincorporación laboral será un hecho. Más o menos como en Matrix, el Estado mantiene las constantes vitales de los trabajadores -a un 70% en este último caso- con respiración asistida en forma retributiva. Aun así, el Estado no cubre la asistencia de todos los que la necesitan. Donde la asistencia del Estado no llega directamente, en el mejor de los casos lo hace de forma indirecta a través de las pensiones de nuestros progenitores y abuelos. Esta forma de asistencia indirecta es paradigmática en los países europeos denominados “cariñosamente” por sus vecinos: PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España), en lo que es una muestra más del recurso a la animalidad para neutralizar política y jurídicamente al otro.[10] La causa de dicha forma indirecta de asistencialismo es la menor riqueza de estos países comparada con la de sus socios comunitarios del Norte. Las consecuencias son dos: refuerzo de la ética del trabajo y de la familia tradicional. La ética del trabajo, porque sigue siendo una asistencia vinculada a la prestación laboral, aunque sea de otros, nuestros mayores. La familia tradicional, porque el Estado mediatiza la asistencia a través de padres, madres, abuelos o tíos.

 ¿Pastilla roja o pastilla azul?

Para concluir, vayamos a la que quizá sea la escena más conocida de Matrix, donde Neo debe decidir su futuro (¿profesional?) después de la disyuntiva donde lo pone Morfeo: ¿pastilla roja o pastilla azul? Si Neo elige la azul: fin de la historia (o de la Historia), despierta en su cama de precario. Si por el contrario elige la roja: viaje al país de la Maravillas. Morfeo concluye su alocución con estas palabras: “Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más”.

Pero en verdad, Morfeo falta a la verdad. Entre la decisión excluyente entre la precariedad o el éxito profesional, hay que incluir una tercera posibilidad, a la que ya me he referido: el éxodo colectivo.[11] Este sería el verdadero fallo de sistema, la anomalía[12] que somos que se hace eficaz, una comunidad de zombis afásicos tomando por fin la palabra,[13] los hopeful monsters[14] que han convertido en su ambiente el proceso capitalista de desertificación del mundo. Una monstruosidad prometedora motivada por la demanda del mercado laboral de rasgos caracteriológicos y pulsionales propios de la infancia, así como de la hipertrofia de saber social acumulado que no encuentra realización en una sociedad del trabajo en proceso irreversible de putrefacción, y que dura ya demasiado.

 [1] https://www.efesalud.com/cis-vacuna-coronavirus-espanoles

[2] Virno, P.: Parasitismo del trabajo asalariado, en Ejercicios de éxodo, p. 179, Tercero incluido, Barcelona, 2021.

[3] Mazzeo, M.: Neotenia y naturaleza humana, en Capitalismo lingüístico y naturaleza humana. Por una Historia Natural, en preparación.

[4] Al menos en el sentido que le dan, por ejemplo, Christian Marazzi o Cristina Morini. No tanto la incorporación de la mujer al mercado laboral, como el requisito para acceder a este de las habilidades sociales y la retribución económica (también su ausencia) que históricamente el capitalismo les ha asignado a las mujeres. Véase, del primero, un clásico: El sitio de los calcetines. El giro lingüístico de la economía y sus efectos sobre la política, Akal, Madrid, 2003; de la segunda, una joya, Por amor o a la fuerza. Feminización del trabajo y biopolítica del cuerpo, Traficantes de sueños, Madrid, 2014.

[5] Virno, P.: Apariencias posfordistas, en Ejercicios de éxodo, p. 204, Tercero incluido, Barcelona, 2021.

[6] Virno, P.: Los rompecabezas del materialista, en Ejercicios de éxodo, p. 15, Tercero incluido, Barcelona, 2021.

[7] Mazzeo, M.: Lo que es mío es tuyo. Magia y técnica en la época del contagio, p. 24, Tercero incluido, Barcelona, 2020.

[8] Ibíd., p. 73

[9] https://www.epdata.es/datos/trabajadores-afectados-ere-graficos/450

[10] Cimatti, F.: Filosofía de la animalidad, en preparación.

[11] Virno, P.: Del éxodo, en Ejercicios de éxodo, pp. 185-190, Tercero incluido, Barcelona, 2021.

[12] López Petit, S.: Hijos de la noche, pp. 77-84, Bellaterra, Barcelona, 2014.

[13] Mazzeo, M.: Síntoma. El zombi parlante, en Capitalismo lingüístico y naturaleza humana. Por una Historia Natural, en preparación

[14] Virno, P.: En la época del pinball, en Ejercicios de éxodo, pp. 207-209 , Tercero incluido, Barcelona, 2021.

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