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Estado español :: 04/04/2006

Interesantes opiniones de un periodista aragonés sobre los zaragozanos/as que no quieren visitar la expo

Grupo Antimilitarista Tortuga
"...En ese veinte por ciento de cabestros que pasará de participar en el acontecimiento más relevante, por lo que a Zaragoza respecta, de la presente década, podemos situar, más o menos, la rémora social que nos toca arrastrar en Aragón, nuestra cuota de humana miseria..."

Publicado en www.grupotortuga.org

Correo Tortuga - Chabi

EL PERIóDICO DE ARAGóN

BRUTOS ENCUESTADOS

Un lamentable 20% de los aragoneses anuncia que no visitará la Expo zaragozana de 2008, y otro tibio 15% no sabe o no contesta.

Juan Bolea
Escritor y periodista

Según las últimas encuestas encargadas por el Gobierno de Aragón a la firma A+M, un 19% de los consultados no tiene la menor intención de visitar la Expo en el verano de 2008. Otro 15% no se lo ha planteado, mientras que un 62% de los aragoneses encuestados afirma que sí, que visitará el recinto.

En ese veinte por ciento de cabestros que pasará de participar en el acontecimiento más relevante, por lo que a Zaragoza respecta, de la presenta década, podemos situar, más o menos, la rémora social que nos toca arrastrar en Aragón, nuestra cuota de humana miseria. Pues hemos tristemente de reconocer que, al margen de sus virtudes personales, y de los impulsos motores que una sociedad en desarrollo pueda ejercer en su mecanismo de respuesta aparente, uno de cada cinco aragoneses, más o menos, sigue siendo un paleto.

O un retrógado, o un ignorante. Gente que tiene a gala no haber leído un libro en toda su vida, que apenas hojea el periódico, que se engancha bovinamente a la telebasura, que habla o se expresa gestualmente de una manera impresentable, y que cuando hay que aportar, participar, comprometerse, se encogen de hombros, se escaquean, sueltan el chiste fácil o simplemente auguran un desastre tras otro a los organizadores de eventos que escapan a su reducida dimensión intelectual.

Este paleto aragonés, este noble bruto de la tierra, este veinte por ciento, va por la vida con la legaña puesta, el cabezón ladeado, el pantalón flojo y la filosofía rucia legada por el terruño, esa mezcla de instinto de supervivencia y disciplina de jorobar al prójimo que sirve para sacarlos de apuros, y hasta, engañosamente, para suplir sus carencias intelectivas con una cierta dosis de ingenio.

En el terreno consuetudinario, suele estar, el bruto, obsesionado, como diría él, con el comer, por lo que es frecuente verlo masticando, llenando el cuerpo, o desmadejado en eternas siestas que acaban de anestesiar sus neuronas. A veces, el bruto se esmera, asiste a misa, al fútbol, se escosca para una boda, y entonces lo vemos con el rostro brillante, la mirada turbia de felicidad y un faria o un palillo entre los dientes cariados, sintiéndose el monarca del mundo, el rey de la creación.

Curiosamente, es este pasivo ciudadano, incapaz de arrimar el hombro al progreso, quien en mayor medida se beneficia del esfuerzo de los demás. Gracias al trabajo de sus vecinos, su ciudad crece, genera riqueza, puestos de trabajo. Aumentan los precios (y, a veces, los sueldos), el dinero circula, un aura de prestigio va ciñendo el paisaje social y económico en el que se desenvuelve la vida económica y comunitaria de esta clase moralmente inferior. El bruto, deslumbrado por el maná que cae a su alrededor como por arte de magia, mejora su mesa, acrece su pecunio, coloca a los vástagos, alguno de los cuales, ojalá, leerá libros, periódicos, y, sí, responderá afirmativamente a la pregunta estadística de si piensa visitar la Expo zaragozana.

La especie se extinguirá (eso confío), pero su caído cinturón es como una soga al cuello.

 

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