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30/11/2005 :: Estado español

Los bufones del patio de Monipodio

x Insurgente.org
Si los vuelos de la muerte han respetado las leyes españolas, rogamos al ministro de Asuntos Exteriores que nos explique por qué están siendo investigados en los países de la Unión Europea que tienen una legislación similar a la del Estado español.

Por J. M. Álvarez

A Eduardo Aguirre, procónsul imperial en Madrid, su apodo de Peter Pan, no le viene por moverse, en estas tierras, como Pedro por su casa. La actitud prepotente y arrogante del embajador norteamericano está muy lejos de las normas elementales que dicta la conducta diplomática. Sus manifestaciones sobre los aviones-tortura de la CIA, que han hecho escala en aeropuertos españoles, y la injerencia en la venta de material bélico a Venezuela harían sonrojar a cualquiera que no fuera miembro de un Gobierno como el de Zapatero.

Sobre los tristemente célebres vuelos de la muerte, Aguirre confirmó su presencia en territorio español de manera descarada. Poco le importó que pocos días antes uno de los bufones aduladores del Imperio, el ministro de Defensa José Bono, manifestara que esos arribos nunca se habían producido. Después de que Aguirre lo reconociera, Bono ha quedado en muy mal lugar y con el trasero al aire. Recordemos que esas aeronaves son utilizadas para trasladar presos a cárceles secretas en las que, según las organizaciones de derechos humanos, se practica la tortura sistemática.Para colmo del descaro, Aguirre, sentenció que esos vuelos no violaron en ningún momento las leyes españolas.

Si fuera cierto- como él afirma- que las leyes del país no han sido violadas, llegaríamos a la conclusión de que unas actividades que ejecutan detenciones clandestinas, traslados ilegales, interrogatorios y torturas, estarían contempladas en la legislación española. Eso no puede ser cierto, (que sepamos) pero, al confirmarse las escalas de los aviones, el Estado español, podría haberse convertido en cómplice de los torturadores al facilitarles apoyo logístico en forma de escala para pernoctar, avituallamiento, etc. Esta cuestión habría quedado como un simple exabrupto del embajador, si no hubiera sido porque el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, le dio la razón horas después. Si los vuelos de la muerte han respetado las leyes españolas, rogamos al señor ministro que nos explique por qué están siendo investigados en los países de la Unión Europea que tienen una legislación similar a la del Estado español.

Por su lado, el ministro de Interior, José Antonio Alonso, había llegado a afirmar que, si los vuelos de la CIA hicieron escala en España, estaríamos ante unos hechos "gravísimos y no tolerables" los cuales podrían afectar a las relaciones bilaterales. Sin embargo ahora- una vez confirmada su presencia por el propio embajador de los torturadores y carceleros- guarda un vergonzoso silencio.

Además Peter Pan Aguirre se permitió el lujo de realizar una amenaza al advertir que su país estaba estudiando conceder o no autorización para concretar la venta a Venezuela de material militar con tecnología estadounidense. Ante la intromisión del diplomático en los asuntos internos de un país "soberano" la reacción del Gobierno de Zapatero, impulsada entre bastidores por el ministro Moratinos, (otro gran admirador de Estados Unidos, como Bono) fue la de intentar anular la venta. Pero la oportuna intervención del presidente Hugo Chávez, anunciando la fecha en la que se iban a firmar los contratos, dio al traste con esa maniobra (el ridículo internacional habría sido bochornoso). Me alegro de que, gracias a la actuación de Chávez, se lleve a cabo dicha operación. Aunque no soy partidario de la industria bélica, los pueblos amenazados militarmente por el Imperio, como Corea, Cuba y Venezuela- entre otros- tienen derecho a defenderse.

Las intervención de la embajada de Cuba en Madrid, considerando las palabras de Aguirre como una falta de respeto, así como las del presidente venezolano, reiterando sus denuncias contra Estados Unidos por tratar de impedir los acuerdos y exigiendo la presencia de José Bono en Caracas para firmar los contratos- como estaba acordado desde hacía meses- ha dejado patente la falta de independencia del régimen español, porque han tenido que ser otros quienes le pusieran coto a la arrogancia norteamericana. A José Bono no le gustó nada la exigencia de Chávez, por eso se negó a confirmar, hasta el último momento, si iba a desplazarse, o no, a Venezuela. Finalmente tuvo que hacerlo, obligado por un Gobierno ridículo que intentó disfrazar su papel de criado del Imperio, simulando una falsa posición de firmeza.

En la obra de Cervantes, Rinconete y Cortadillo, Monipodio era el jefe del hampa de Sevilla que recibía a rufianes y raterillos en el patio que llevaba su nombre. Ahora, en el siglo XXI, el embajador Aguirre hace las veces de hampón, la embajada norteamericana es el patio al que acuden los bufones para recibir órdenes y Madrid sustituye a Sevilla. Por desgracia para ellos, Cuba, por un lado, y Venezuela, por otro, han puesto patas arriba al patio de Monipodio. Mi más efusivo agradecimiento a ambos países por dar una nueva lección de dignidad. En cambio, la casta política española, sólo puede dar lecciones de cómo arrodillarse delante de Estados Unidos.

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