Ocupación en La Encarnación Contra los Desalojos

El pasado día 10 un numeroso grupo de jóvenes ocupó públicamente, y a plena luz del día, el tristemente famoso corral de vecinos de la Palaza de la Encarnación. Este corral ha sufrido la suerte que muchos otros, tratándose de pequeños pisos en alquiler, ocupados por clases humildes y de elevada edad, la propiedad ha venido en los últimos años desalojando a sus ocupantes con la probable intención de reformarlo y adaptarlo para clases más altas. Este corral se encuentra en una de las zonas con el metro de suelo más caro de Sevilla, junto a San Bernardo, en pleno centro geográfico y comercial de la ciudad hispalense.
La estrategia que ha seguido la propiedad es la habitual en este tipo de casos, ha abandonado el edificio, de principios del siglo XX, a su suerte para que avanzara el estado ruinoso, provocando en ocasiones de forma intencionada el deterioro. De esta forma, entre los vecinos que habían ido muriendo, los que habían desalojado por el estado ruinoso de la vivienda y a los que no se le había renovado el contrato, a principios del 2004 quedaban ya solo dos vecinos en el inmueble.
El caso de la Encarnación salió a la luz pública a raíz del desalojo de Remedios Piudo, de 86 años, desalojada por una deuda de 60 euros en marzo del 2004. La vecina había dejado de abonar el alquiler durante varios meses como protesta por la negativa de la propiedad a hacer las reparaciones necesarias en el inmueble y cuando finalmente pagó ante la amenaza del desalojo se equivocó con las cifras y pagó sesenta euros menos.
El último vecino ha tenido que abandonar su vivienda esta semana porque se le cumplía el contrato y la propiedad se negaba a renovárselo.
Ahora el edificio esta vacío, medio centenar de viviendas vacías que vienen a sumarse a las 43000 que hay en Sevilla.
Esta es una acción de protesta contra la especulación. No queremos que la gente tenga que abandonar sus barrios por las necesidades del capital. No queremos que haya casas vacías mientras haya gente si techo.
Descripción del desalojo de Remedios Pulido:
JOSÉ BEJARANO - 10/03/2004
Remedios Piudo, de 86 años, ya no vive en la plaza de la Encarnación de Sevilla. Se le acabaron treinta años de visitas diarias a la iglesia del barrio y ayer ni siquiera se pudo despedir del padre Antonio. A la hora prevista, diez de la mañana, llegaron a la puerta de su casa dos oficiales del juzgado, acompañados por dos policías de malas pulgas, con cara circunspecta y el oficio judicial escrito en un papel y en los ojos. Remedios, con la mirada perdida en el suelo, les ofreció asiento. Les atendió en el trámite Carmina Moncayo, amiga de Remedios, y les dijo: "Vienen ustedes en nombre de la ley o de los jueces, pero a la justicia no la representan ustedes ni por asomo".
Ya esperan en el pasillo el abogado, el procurador y el cerrajero mandados por el dueño del inmueble para desalojar a la anciana por una deuda de 60 euros. Ya Carmina y Remedios se abrazan y lloran. Remedios con un rosario entre los dedos. Ya dice en voz baja que ella todos los días pide a Dios que los terroristas se arrepientan de sus pecados y dejen de matar. A su lado, una amiga de la parroquia le recuerda que hay otras formas de terrorismo y que hay quien engorda destruyendo la vida de la gente humilde.
En el pasillo se oye la conversación del abogado, el procurador y el cerrajero: "La manzanilla que sirven en la feria no es tan buena porque ni está fresca ni es recién embotellada. Las casetas no tienen frigoríficos adecuados". Uno de los oficiales del juzgado responde que él ha dejado el tabaco y esta mañana lleva ya tres cigarrillos.
Los primeros minutos, el rostro de Remedios refleja serenidad y resignación cristiana. Hasta que una risa nerviosa, incontrolable, delata su verdadero estado. "No me quiero ir, pero qué voy a hacer. Dicen que debo cinco mil pesetas, aunque ellos me quebraron unos cristales del cuarto de baño que me costaron once mil pesetas, mire usted la ventana, y es verdad que me enfadé mucho. Luego, el dueño no me cogía el teléfono, pero que Dios le perdone porque cada uno recogerá arriba lo que siembre aquí abajo." Una hora más tarde, al terminar la diligencia del lanzamiento judicial, la cólera asoma un instante a los ojos de Remedios. "Yo a ése le metía dinero por la boca hasta que no pudiera más", sentencia.
En el pasillo se oye al abogado, al procurador y al cerrajero charlar del invierno tan largo que ha hecho este año. La cerradura de la desvencijada puerta no podrá ser sustituida, sino por un candado sobre dos cáncamos. Todo el mundo cumple con su obligación. Los oficiales del juzgado se escudan en que cumplen su obligación. ¿Dónde están los servicios sociales? Remedios, sentada delante de un mísero hornillo eléctrico, pide irse con las Hermanitas de los Pobres. "No me voy a poner triste porque ustedes qué culpa tienen para que yo les ponga cara de zapato. Además, no sé qué piensa hacer el dueño de la casa, me imagino que se la pondrá por sombrero. Si al menos me hubiese cogido el teléfono, pero no, él nunca estaba y sus tías me consolaban con buenas palabras."
Remedios nunca está triste ni sola. Estuvo a punto de casarse, con los papales para firmar, pero se arrepintió en el último minuto y se ordenó monja seglar de la Tercera Orden Franciscana. De niña perdió a sus padres y anduvo por las calles de El Rubio, Osuna y Sevilla. Luego se metió a servir en varias casas y finalmente trabajó de limpiadora para las Hermanitas de los Pobres hasta que se jubiló. Fueron ellas las que le buscaron este piso donde ha pasado los últimos 30 años. Ahora apuntalado como su propia vida. Y sueña con pasar sus últimos días en la residencia de las Hermanitas de los Pobres, donde todavía no le han dicho ni que sí ni que no, que la avisarán cuando tengan un sitio para ella.
No está sola porque cada noche al acostarse lleva consigo a la Virgen y al Niño Jesús. Ahora, al despedirse de su casa, pregunta una y otra vez por su familia más íntima, san Antonio, santa Ángela de la Cruz y el Niño Dios. Mira una estampa y dice: "Yo sabía que esto iba a pasar, no les puedo decir por qué, pero lo sabía". Por nada del mundo dejaría atrás su libro de las horas, las vísperas y los laudes. Remedios es analfabeta y las cataratas apenas le dejan ver. Pero coge su libro y una lupa, que pasa por las páginas mientras recita de memoria las sagradas escrituras. El frigorífico se lo llevará Manuela, una vecina: las cortinas y las sillas, para los jóvenes que resisten heroicamente el acoso del propietario.
Ya baja Remedios las escaleras camino de la calle. Ya su voz resuena fuerte aunque temblorosa para bendecir a los que la agravian. "Que Dios se apiade de ellos." A Remedios la recogió ayer una sobrina, Natalia, casada con un policía, en su casa de Osuna. En la calle, un centenar de vecinos la recibieron con una ovación y una oleada de rabia. "¿Dónde están los políticos que ofrecen todo a cambio del voto?", se preguntó una anciana. Cuando Remedios llegó a Osuna, a 86 kilómetros de Sevilla, Natalia le preparó un caldito de pueblo y le puso bajo la mesa camilla un brasero con picón. Pero Remedios echa de menos su rincón de tantos años, sus amigas de la parroquia y sus cafelitos con Carmina. Ella está triste mientras en algún despacho ya se ocupan de enfriar manzanilla para la feria.







