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Anti Patriarcado :: 22/08/2006

Olvido de lo biológico y ruptura de lo social

Fahrenheit 451
Por qué los meros criterios biológicos son reduccionistas, primarios y en definitiva inservibles para afrontar desde una óptica liberadora y socialista la sexualidad.

Cuando se plantea un debate sobre la cuestión de género uno de los dilemas que siempre aflora y que parece ser inevitable resolver para su continuación es la cuestión biológica. La biología como punto de partida.

La biología como la base sobre la cual todo se sustenta. Lo biológico ha sido intencionadamente erigido en lo natural, lo normal, lo invariable, lo que tiene que ser y contra lo que no se puede luchar porque no se puede cambiar, y si se pudiera, hacerlo sería una aberración. Personalmente prefiero hacer un ejercicio de amnesia y arrinconar lo biológico en una parte de mi cabeza en la que no moleste. Teorías biologicistas las hay a patadas y para todos los gustos. Podemos elegir una, la que más nos guste o la que más convenga a nuestras pretensiones. Se levantan por todas partes abarcando campos incluso que no son suyos. Si tuviéramos que elegir una, en este caso, por ejemplo, yo me quedaría con aquella que pone cierto énfasis en los estímulos sociales o educacionales como generadores de diferencias biológicas entre hombres y mujeres, es decir, lo biológico como resultado de lo social. De acuerdo con estas teorías los seres humanos nos desarrollaríamos de forma distinta en función de los estímulos recibidos. Nuestros cerebros, nuestros músculos y nuestros órganos se irían adaptando y respondiendo a las influencias externas que les llegasen. De esta manera, un cerebro más desarrollado respondería a un mayor estímulo intelectual, unos músculos más potentes serían el resultado de una actividad física superior, etc.

Pero yo, no creo en el determinismo, y no es cuestión de elegir una u otra teoría biologicista porque, como ya dije antes, prefiero olvidarme de lo biológico. No se pretende ignorar información; no vamos a negar que existen diferencias físicas que distinguen unos cuerpos de otros, ni que esas diferencias tienen influencia en la socialización de las personas. Lo que sí podemos afirmar es que dichas diferencias no son determinantes para la construcción del género, es decir, lo uno no es consecuencia directa de lo otro. Las diferencias físicas existen como tales, pero son las sociedades las que las interpretan, dándoles un significado construido en función de los valores culturales de cada sociedad. Así se construye el género. Y en contra de lo que en un principio se pudiera pensar, así también se construye el sexo. Porque al fin y al cabo, sucede con el sexo lo mismo que sucede con la raza, que naturalmente no existe. Son categorías pensadas y creadas por las mentes socializadas, que se perpetúan porque las aceptamos y porque al hablar las utilizamos introduciéndolas en el nivel discursivo sin llegar a reconocer su existencia real. El origen de las categorías raciales es utilizar la taxonomía de los cuerpos para dar explicación a las diferencias sociales y culturales encontradas en el mundo, y al final, legitimar las desigualdades de poder. La raza no es un concepto objetivo ni responde a una realidad objetiva. Más adelante veremos que con el sexo sucede algo parecido.

El género también es una categoría que no escapa a las zarpas de lo social. Cuando hablamos de género debemos tener presente su construcción social para darnos cuenta de que el debate biológico no sólo está de más sino que deberíamos eliminarlo de esta discusión porque únicamente puede conducirnos al despiste. No existe una base biológica real que lo apuntale. El ser humano ha llegado a tal punto de evolución social (o involución, según se vea) que intentar encontrar el eslabón que un día unió ambas vertientes (biológica y social) y que dio lugar a las sociedades actuales sería contraproducente. Esa cuestión ha suscitado tal controversia que no debemos esperar a resolverla para remediar las desigualdades de género. Sería como intentar averiguar si los vascos son vascos por genética o por socialización y cultura para después resolver el problema de la libre autodeterminación de los pueblos, ¿qué más da? Reivindiquemos ya el libre derecho de autodeterminación de las personas.

Por otro lado tampoco necesitamos encontrar un origen histórico puro de dominación para plantear nuestras exigencias de cambio. Dejando claro que el género es una construcción social, como construcción social deberemos abordarlo. Nunca una diferencia biológica puede servir para justificar desigualdades sociales; nunca. Por ello, si las desigualdades existentes entre el género femenino y el género masculino las hemos construido nosotras y nosotros en nuestras sociedades sólo nos queda, a nosotras y nosotros, desmontar esas desigualdades para hacerlas desaparecer. Es tan sencillo como eso. Y la humanidad venga a darle vueltas y más vueltas

El género no es una categoría universal, puede encontrar variaciones en función del contexto histórico, y se puede ver influido por modalidades como la clase, la etnia, etc. Actualmente, en las sociedades "desarrolladas" existen dos géneros diferenciados, el masculino y el femenino, tradicionalmente asignados al hombre y a la mujer. De estos dos géneros se tienen diferentes expectativas. De uno se esperan comportamientos más proactivos, agresivos y dominantes, y del otro comprensión, cuidados y delicadeza. Uno desarrolla sus actitudes en la esfera pública y el otro, lo hace en la privada. Y todos sabemos cuál es cuál. Sin embargo, asumir una oposición binaria masculino/femenino significa aceptar una especificidad de lo femenino que acaba por no tener en cuenta la presencia de otro tipo de relaciones de poder constituidas por la clase o la etnia, y que son igual de importantes o más para la construcción de nuestra identidad individual. La idea de una dominación patriarcal universal ha recibido numerosas críticas porque unifica y occidentaliza la opresión de género. No existe una forma exclusiva de dominación patriarcal sino que ésta varía en función del contexto socio-cultural, así como su intensidad. El patriarcado se extiende por doquier pero una concepción universal de su opresión ignora la diversidad cultural y fomenta la idea de un "Tercer Mundo" en el que la diferencia de la opresión se identifica con la barbarie; el resto se integra dentro de una noción generalista del concepto de opresión como lazo común al género femenino, lo cual provoca la creación de una única categoría de mujeres. La rigidez de sus fronteras y la insistencia en un sujeto estable del feminismo genera mucho rechazo para la aceptación de esta categoría, y arrastra consigo importantes campos de exclusión. Además, la institución del género como una relación binaria en la que lo masculino se enfrenta a lo femenino implica una unidad de oposición a través de la cual sexo, género y deseo se convierten en el cimiento para un sistema de heterosexualidad obligatoria. Es más, entendiéndolo a la inversa, sería la institución de la heterosexualidad obligatoria la que designaría al género como categoría binaria y de oposición utilizando como medio para la diferenciación las prácticas del deseo heterosexual.

En sus estudios, Foucault revela que, cuando el sexo siempre se había entendido como una causa de la experiencia, el comportamiento y el deseo sexuales, en realidad esta causa es un efecto, es "la producción de un régimen dado de sexualidad, que intenta reglamentar la experiencia sexual al establecer las categorías discretas de sexo como funciones fundacionales y causales dentro de cualquier análisis discursivo de la sexualidad’. El sexo no son rasgos físicos que pertenecen a un orden natural sino que es una formación imaginaria de grupos naturales. Cuando hablamos de un bebé recién nacido y decimos "es un niño" o "es una niña" estamos haciendo algo más que describirlo, lo estamos incluyendo en la categoría que le corresponde. Por estas razones, B. Preciado habla del sexo y de la sexualidad como tecnologías socio-políticas complejas, y sugiere una revolución contrasexual de transformación. La tecnología social heteronormativa es el conjunto de instituciones tanto lingüísticas como médicas o domésticas que producen constantemente cuerpos-hombre y cuerpos-mujer. La labor de la contrasexualidad es identificar los espacios erróneos, los fallos estructurales, como pudieran ser los cuerpos intersexuales, hermafroditas, bolleras, frígidas, maricones, etc. para reforzar el poder de las desviaciones en un sistema heterocentrado. Los órganos sexuales como tales no existen. Los órganos reproductores acaban convirtiéndose en naturalmente sexuales a través del sistema de heterosexualidad obligatoria, que reduce la parcela de lo sexual al pene y a la vagina. En este sentido, las prácticas de sexo heterosexual son las únicas que utilizan los órganos sexuales con propiedad, con la finalidad para la que fueron creados; el resto no. La exclusión de otro tipo de prácticas sexuales significa la exclusión de otro tipo de relaciones entre géneros y sexos, así como la designación de ciertas partes del cuerpo de no-sexuales, entre otras, el ano. De esta manera las prácticas de sexo anal o las prácticas de sexo que se salgan del patrón heterosexista, pueden considerarse como un ejemplo de alta tecnología contra-sexual.

En este contexto y para asimilar la fuerza de los enormes campos de exclusión de los que hemos estado hablando, surgen otros tipos de lucha. Con fronteras tan rígidamente marcadas, las categorías identitarias pretenden ser tan amplias y por tanto tan poco definitorias que terminan por dejar huecos enormes sin cubrir. La Teoría Queer aparece como movimiento en torno a estas teorías de identidad pretendiendo okupar los espacios vacíos, que aún quedan libres, para la organización y la reconstrucción de nuevas formas de lucha. Surgen en respuesta a las políticas de identidad integracionistas que se valen de la amplitud de las categorías identitarias existentes para su fácil localización y su posterior disolución en un sistema dominado por una cultura blanca, heterosexual y de clase media, que identifica las reivindicaciones de identidades alternativas con las suyas propias. Éstas políticas exigen derechos como los del matrimonio o la adopción, en el caso concreto de las identidades homosexuales, en un intento de mantener el orden socio-económico diseñado por el sistema capitalista (familia, consumismo, etc).

La Teoría Queer rechaza la normativización de cualquier identidad. No se trata de eliminar las categorías identitarias sino de multiplicarlas para erradicar los binomios que nos oprimen. Las identidades sexuales y de género son resultado del devenir histórico y social, no son un producto natural e intrapsíquico. El género es un acto performativo que se consolida a través de sus prácticas materiales. El género se da en la materialidad de los cuerpos, es construido y es orgánico, y podría resultar ser una tecnología muy compleja de fabricación de cuerpos sexuales. Por eso, las prácticas Queer apuestan por la performatividad, por la política del carnaval, la transgresión y la parodia, como método de traspasar y eliminar las fronteras que nos limitan. Ahora son las bolleras, los maricones o los transexuales, quienes producen el saber sobre sí mismas, y no las instituciones médicas, sociales o políticas, quienes durante mucho tiempo nos calificaron de enfermos, desviados y marginales. La rebelión consiste en rechazar el estatus de minoría y aceptar la marginalidad, hacer uso de ella para ensalzarla y disfrutarla. La Teoría Queer trata de penetrar en las grietas del sistema y hacer fuerza en ellas para lograr resquebrajarlo.

Es una estrategia de lucha transversal, que pretende oponerse al patriarcado, al capitalismo y al heterosexismo. Sin embargo no lo hace desde la confrontación, en los términos marxistas de ellxs y nosotrxs, no cree claramente en la existencia de un afuera de este sistema, y esa podría ser la deficiencia de esta teoría porque de esta manera corre un enorme riesgo de acabar siendo engullido por el capitalismo y no pasar de ser un mero juego. Integrada en una lucha más amplia puede resultar útil para el tratamiento de los movimientos identitarios, como pueda ser la cuestión de género. En ocasiones, el socialismo peca de presuponer que su llegada implicará la llegada de todos los cambios necesarios para la liberación del individuo. Se ha demostrado que esto no es así. No habrá socialismo sin liberación de la mujer, ni liberación de la mujer sin socialismo, y todas las formas de lucha que colaboren serán bienvenidas.

La caja del diablo

 

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