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Anti Patriarcado :: 09/03/2007

Reparto del trabajo, no sólo del empleo

Sira del Río
POR UN FEMINISMO ANTIGLOBALIZACION. Cuarta Entrega. Cuantos menos empleos hay, más se incrementa el trabajo, porque hay más necesidades humanas que resolver. En las familias, las mujeres tenemos que aumentar la jornada de trabajo doméstico para paliar la falta de ingresos y la carencia de servicios sociales a cargo del Estado.

El debate sobre el reparto del trabajo se está dando en unas circunstancias marcadas por la apertura de las economías, el aumento de la libertad de movimientos del capital y la exaltación de la competitividad como principio de funcionamiento económico y social. Las consecuencias de este modelo son un paro masivo, la precarización generalizada del empleo y el aumento de la pobreza y la desigualdad. En el Estado Español hay casi 2,1 millones de personas en desempleo forzoso. El mismo número que hace 16 años. En este período la precariedad ha pasado de 1,5 millones de personas en 1985 a 4,7 millones en 2002, entre eventuales y subempleo a tiempo parcial.

En definitiva, entre paro, eventualidad y subempleo, actualmente nos encontramos con más de siete millones de personas que tienen una relación precarizada con el mercado laboral. Seis de cada diez asalariados entran y salen del mercado de trabajo moviéndose entre el paro y los contratos basura.

En este escenario, el debate sobre el reparto de trabajo no se plantea como una reivindicación para mejorar las condiciones de las personas asalariadas, sino de forma defensiva, como alternativa para combatir el desempleo. En el contexto del mercado laboral, las mujeres nos llevamos la peor parte.

Según la Encuesta de Población Activa (EPA) del cuarto trimestre de 1998, mientras la tasa de actividad[1] de las mujeres (37,9%) era casi la mitad que la de los hombres (63,2%), la tasa de paro es el doble (26% y 13,1% respectivamente). También la precariedad se ceba especialmente en las mujeres, que padecemos el subempleo de los contratos a tiempo parcial en una proporción que triplica a la de los varones.

REPARTO DEL TRABAJO. PERO DE TODO EL TRABAJO

Los avances tecnológicos han supuesto aumentar la fuerza productiva del trabajo. Sin embargo los aumentos de productividad, en manos del capital globalizado y al servicio de la competitividad, no conducen a rebajar la jornada sino a aumentar el beneficio privado, reduciendo el número de personas con empleo. Al succionar el aumento de la fuerza productiva del trabajo, el Capital se hace más fuerte y, paradójicamente, el trabajo se degrada y se precariza.

Rebajar la jornada laboral debe servir para repartir el trabajo asalariado, no el paro. Para ello es necesario que sea una medida por ley, sin rebaja salarial y computada de manera que no sirva a los empresarios para flexibilizar aún más el tiempo de trabajo a costa del tiempo de vida de las personas asalariadas.

La reducción de la jornada en los trabajos asalariados es una medida necesaria, aunque no suficiente para enfrentarse al problema del desempleo, ya que habría que pasar a una jornada de 25 horas y no de 35 para que sus efectos fueran visibles.

Aún así tampoco sería suficiente porque sólo se contempla el reparto de una parte del trabajo, el que está en el mercado y se intercambia por un salario: el empleo.[2] Así se dejan fuera del debate todas las formas de trabajo que no se encuentran dentro del mercado laboral, de las que la más importante es el trabajo familiar. Esto contribuye a la invisibilidad de millones de horas de trabajo gratuito realizado por las mujeres, a pesar de que este trabajo es fundamental para el funcionamiento de la economía y de la sociedad.[3]

Hablamos de escasez de trabajo para referirnos a la falta de empleo. Sin embargo, cuantos menos empleos hay, más se incrementa el trabajo, porque hay más necesidades humanas que resolver. En las familias, las mujeres tenemos que aumentar la jornada de trabajo doméstico para paliar la falta de ingresos y la carencia de servicios sociales a cargo del Estado.

La economía de mercado se beneficia de un enorme volumen de trabajo no pagado, ni valorado, ni reconocido, que desempeñamos las mujeres en tareas de cuidados.

El trabajo familiar sigue estando oculto no sólo a los ojos del capital, sino también ante los ojos de aquellos grupos que luchamos por la transformación social. Las encuestas califican el trabajo doméstico como inactividad y en la izquierda hablamos del reparto de trabajo considerando solo el empleo.

Nos estamos moviendo en un escenario dibujado por un sistema en el que el fin último es la reproducción ampliada del capital. Sin embargo, el fin último de las personas es la producción y reproducción de la vida humana, de nuestra propia vida y de la del resto de los seres humanos. Crear una vida en común segura, basada en la justicia y la igualdad. El problema, por tanto, no sólo es la falta de empleos. Una respuesta que pretenda impugnar la organización de la sociedad según las necesidades del sistema capitalista, no puede obviar la masa sumergida de trabajo social sobre la que flota el empleo.

Sira del Río en "El Movimiento Antiglobalización en su laberinto. Entre la nube de mosquitos y la izquierda parlamentaria". VVAA. Editorial Catarata - CAES 2003.

NOTAS

[1] Tasa de actividad: relación entre el número de personas en edad de trabajar y las que tienen un empleo o lo buscan activamente.
[2] Según A. Durán, a partir de la encuesta sobre usos del tiempo del CIRES (1996) la carga global de trabajo para la población mayor de 18 años representa un promedio de 2.285 horas de trabajo al año. 645 horas corresponden a trabajo remunerado y 1.640 a no remunerado. Del total de horas de trabajo realizadas por la población adulta a lo largo del año, casi tres cuartas partes (72%) corresponden a trabajo no monetarizado y sólo el 28% es trabajo monetarizado.
[3] El trabajo no monetarizado recae desproporcionadamente en manos de las mujeres que realizan el 80% de ese trabajo. La elevada participación de las mujeres en las actividades no monetarizadas y el mayor peso de estas actividades en la carga global de trabajo remunerado y no remunerado, hace que la jornada real de trabajo semanal a lo largo del año (incluyendo vacaciones) sea para las mujeres el doble que para los hombres: 64 horas y 31 minutos semanales frente a 31 horas y 85 minutos. Este extraordinario diferencial se mantiene en base al elevado número de horas de dedicación de las mujeres al trabajo doméstico. (A. Rodríguez)

 

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