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19/09/2022 :: Medio Oriente, Medio Oriente

Azerbaiyán y Armenia: choques en el "segundo frente"

x Maciek Wisniewski
La OTAN sacó de allí todas las lecciones equivocadas

1. El martes pasado, por primera vez desde hace 30 años de un −en gran parte congelado− conflicto armenio-azerí sobre el enclave montañoso de Nagorno Karabaj, Azerbaiyán atacó las defensas aéreas y posiciones de artillería de su país vecino en territorio de la propia Armenia (al menos 100 militares armenios murieron, junto con unos 50 soldados azeríes). Este acto que sigue una serie de ataques de Bakú a posiciones de los separatistas armenios de la republiqueta de Artsaj de finales de julio, no sólo rompe la frágil tregua, sino que constituye una importante escalada.

La guerra entre Armenia y Azerbaiyán estalló con la desintegración de la URSS y fue ganada por el lado armenio gracias al mayor acceso al equipo militar postsoviético y una ayuda de la diáspora armenia de Occidente. El alto el fuego se mantuvo desde 1995 hasta 2020, cuando Azerbaiyán −respaldado esta vez por abundantes ingresos del gas y petróleo y apoyado y armado por Turquía− tomó una revancha y reconquistó buena parte Nagorno Karabaj. Desde aquel entonces Azerbaiyán hacía todo para acaparar más y más de este territorio −reconocido internacionalmente como parte suya, pero poblado por una mayoría armenia−, hasta ocupar ahora 10 kilómetros cuadrados dentro de la frontera armenia.

2. En todo este conflicto, la UE no es un observador imparcial como se presenta −mediando y queriendo introducir sus fuerzas de "disuasión"−, sino un facilitador del agresivo militarismo azerbaiyano que, a su vez, es un proxy del panturquismo y del expansionismo neootomano de Ankara.

Al firmar un acuerdo para el suministro de gas con Bakú –para diversificarse más allá de Rusia y volverse hacia socios más fiables (sic)− la UE está empoderando no sólo un país expansionista que, junto con Turquía, explícitamente clama por “acabar lo que quedó ‘pendiente’” tras el genocidio armenio al principio del siglo XX (sic), sino una dictadura hereditaria de los Aliyev, cuyos índices de democracia están muy por debajo de los de... la propia Rusia o Bielorrusia (hasta aquí los tan sonados valores europeos ). Son estos realineamientos energéticos como consecuencia de la operación rusa en Ucrania, junto con algunos llamados a “abrirle a Rusia ‘el segundo frente’” los que están detrás de la escalada reciente.

3. Estos ataques se atribuyen tanto al aumento de confianza de Bakú, respaldada por la UE (y EEUU), como a los crecientes problemas de Rusia para vigilar sus esferas de influencia a raíz de sus operaciones en Siria y en Ucrania. Si bien tras la guerra de 2020 −en la que el presidente ruso Putin fungió como mediador negociando los términos de la tregua y enviando luego a Nagorno Karabaj 2 mil efectivos en una misión de paz y observación− Rusia salió como uno de los ganadores, confirmando su influencia en el Cáucaso (Azerbaiyán y su patrón Turquía fueron los victoriosos), hoy su posición regional se ve muy diferente: con problemas mayores en mente (la supuesta contraofensiva ucraniana), sin mucha capacidad de intervenir, perdiendo mucho de su peso.

El mejor ejemplo de ello es el rechazo a activar la cláusula de defensa mutua de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la alianza militar postsoviética, de la que Ereván y Moscú son miembros, a pesar de que el ataque azerí fue en contra del propio territorio armenio −en el pasado este tratado nunca fue invocado, ya que no abarca a Nagorno Karabaj/Artsaj−, algo que no evidencia la debilidad de Rusia pero sí la precaria situación de seguridad de Armenia.

4. El tipo de argumentos de que Armenia es un aliado de Rusia, por tanto se lo merece, o intentos de traducir el contexto de Nagorno Karabaj a las líneas del conflicto Rusia-Ucrania, son una simplificación excesiva. El prorrusismo de Ereván −que por ejemplo se ha distanciado de la invasión a Ucrania− es, en gran parte, resultado de la falta de opciones de una pequeña nación sandwicheada entre grandes potencias (Rusia, Turquía e Irán), y donde ni siquiera los pocos esquemas disponibles funcionan: tanto la OTSC como la Unión Euroasiática son organismos pro forma.

Y si hay un aliado incondicional de Rusia en la región, es paradójicamente Azerbaiyán, uno de los principales compradores de armas rusas, que dos días antes de la operación rusa en Ucrania formalizó su alianza con Rusia, manteniéndose luego en silencio sobre el reconocimiento ruso de partes del territorio ucranio (Donetsk/Lugansk), cuando frente a Nagorno Karabaj es un arduo vocero del principio de integridad territorial.

5. Una de las ironías de la reciente escalada azerí-armenia que ya se salió de las fronteras de Nagorno Karabaj es que, si bien es un punto que evidenció lo bajo de la capacidad de reacción occidental en el Cáucaso, ha sido precisamente la reconquista azerí de 2020 la que sirvió de ejemplo para el presidente Putin (véase: https://lahaine.org/dX1z) de que con poco riesgo y poco costo sí se puede recobrar un territorio en disputa (aunque pareciera que al final la OTAN sacó de allí todas las lecciones equivocadas).

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