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Mundo :: 21/07/2005

Cancelemos la deuda y, de remate, a los depredadores

Un Mundo que ganar
4 de julio de 2005. Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar.

De nuevo la cumbre del G8 en Escocia arroja luz sobre la naturaleza depredadora de los miles de millones de dólares de deuda que agobian a los países del tercer mundo. ¿Qué, precisamente, le "deben" los países más pobres de África a los imperialistas de corazón duro que ofrecen cancelar 40 mil millones de dólares de deuda y fingen simpatía con los decenas de miles de personas que se mueren al día?

La respuesta: Nada. El problema con la cacareada promesa de que "los pueblos de África despertarán un día sin deber nada a nadie" es que nunca le debieron nada a nadie. A estos pueblos los han violado y saqueado sistemáticamente los dirigentes del G8 y el orden económico que sus gobiernos sirven. ¿Recuerdan la canción de Fela Kuti, International Thief Thief, que denuncia el saqueo del país rico en petróleo, Nigeria, por las grandes trasnacionales?

Todo mundo debe estar a favor de cancelar la deuda-chantaje que piden los ladrones representados por el G8. De otro lado, no reconocer que son depredadores conectados con un asesino sistema mundial que está organizado en función de extraer riquezas y mano de obra de los pueblos de África no ayudará a estos países a emanciparse de esta telaraña de dominación de los países ricos, sino que ayudará a los ladrones con su trampa política de que la cancelación de la deuda por el G8 comenzará a aliviar la bárbara pobreza que ellos mismos causan en gran parte.

El trato firmado por Blair, Bush y demás criminales mundiales, que borraron la mayor parte de Irak y se apoderaron de su petróleo y soberanía nacional, aflojará un poquitín el dogal al cuello de los países africanos mientras que los "especialistas" de Washington y las capitales europeas reajustan país por país los mecanismos financieros del saqueo de los recursos del continente africano.

Los países del G8 están cancelando las "deudas" que saben que no se pueden pagar y que no se pagarán, así que no perderán nada. Los gángsteres del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional usan la deuda y ayuda como arma para obligar a estos países a arrodillarse a cambio de una violación económica más sumisa: el objetivo es imponer nuevos préstamos con condiciones más estrictas, sean de "buen gobierno" (que los gobiernos sean más serviles a las condiciones que imponen los organismos internacionales), el combate a la corrupción (menos dinero a los bolsillos de los especuladores nacionales y más a amortizar la deuda, por ejemplo) y eliminar las restricciones en el sector privado (completar la venta de las paraestatales a particulares, en su mayoría en la forma de propiedad parcial o total de extranjeros).

Aunque la reducción de la pobreza es el objetivo de algunas personas que trabajan en estos bancos internacionales, no es el objetivo de los mismos. En el caso de África, su objetivo es organizar la dominación económica de estos países a nombre del capital financiero yanqui-europeo. La "reducción de la pobreza", en el lenguaje del siglo 21, son los conocidos programas de ajustes estructurales que causaron tanto desastre en la mayoría de los países africanos en que se aplicaron en los años 1980 y 1990. A cambio de inyecciones de capital del FMI (en parte para amortizar la deuda), se eliminaron servicios públicos tales como educación, servicios médicos y programas sociales. Por ejemplo, Níger, el país con la mayor tasa de mortalidad infantil del mundo y en que menos del 20% de las niñas van a la escuela, sigue pagando más para amortizar la deuda que en educación y servicios médicos. Tanzania eroga $3.20 per cápita en servicios médicos y $9 per cápita para amortizar la deuda. En abril de 2004, cuando el gobierno de Zambia se negó a privatizar el Banco Nacional, una decisión que avaló el parlamento electo del país, el FMI amenazó con retirar la oferta de dar mil millones de dólares para atenuar el sangrado de la deuda.

Inversiones extranjeras y ayuda imperialista

Se dice que las inversiones extranjeras y ayuda imperialista son la única esperanza de los países pobres, pero ambas tienden a reforzar la relación de explotación entre los países oprimidos y opresores, lo que lo hace más difícil que los países que las reciban rompen el control del capital internacional. Si bien los flujos de capital hacia estos países impulsan cierto grado de desarrollo en ciertos sectores, por lo general no es la clase de desarrollo que más necesitan las masas populares. En muchos casos, destruyen sectores enteros de la industria y agricultura nacionales, impiden el crecimiento articulado de las economías y socavan la autosuficiencia. Así, las economías están más amarradas al proceso distorsionado de acumulación de capital que más favorece a las grandes corporaciones, gobiernos y bancos ubicados principalmente en los países imperialistas. Dos tercios de toda la ayuda "de desarrollo" están amarrados a tratos comerciales que obligan a los países recipientes a comprar bienes y servicios al país donante.

A fines de los años 1980, para acumular recursos para desarrollar su propia industria manufacturera, Malí, un país de África suroccidental, recibió instrucciones de recortar el gasto público y producir más algodón para la exportación. La antigua potencia colonial, Francia, controla la mayoría de la distribución del algodón. Como Malí no podía desarrollar su propia industria textil, creció aún más su dependencia de la exportación. El precio mundial del algodón cayó una y otra vez y creció cuatro veces la deuda del país: por cada dólar yanqui de ayuda imperialista que entró a las arcas del gobierno, el país ha pagado siete y debe cuatro más.

Aunque unos países africanos, sobre todo Sudáfrica, se han integrado más plenamente al mercado mundial, la mayor parte de la intervención extranjera en el África subsahariana apunta a saquear materias primas. Las inversiones extranjeras en madera, minería, electricidad y otros recursos naturales generan algunas de las tasas más altas de rendimiento en el mundo. Pero los problemas de inestabilidad política y gobiernos neocoloniales insuficientemente sumisos (entre ellos la Costa de Marfil, El Congo, Somalia, El Sudán, Liberia y Sierra Leona) interfieren con el funcionamiento del saqueo.

Los prestamistas de las grandes ligas de los países del G8 ofrecen ayuda imperialista con una mano y la quitan con la otra cuando un gobierno o una economía no cumplan con estas condiciones. La ayuda imperialista es un negocio, en muchos casos organizado por medio de las ONG, que opera de acuerdo a la dinámica del crecimiento económico capitalista y tiene muy poco que ver con el combate al hambre u otros problemas afines. Cuando Estados Unidos inundó a Somalia con su excedente de trigo a comienzos de los años 1990, los cuatro mil millones de dólares de ayuda alimentaria casi destruyeron los cultivos nacionales, fomentaron mayor dependencia y hambre e impulsaron la reventa de alimentos en el mercado negro y de armas para controlarlo.

Aparte de su naturaleza explotadora fundamental, la ayuda de desarrollo es un gran garrote político. Un memorando de 1965 del Consejo de Seguridad Nacional yanqui dice: "La ayuda debe usarse como arma política; la principal ayuda se destinará a los amigos africanos de Estados Unidos". Cuando Yemen votó contra la resolución 678 de la ONU que avalara la primera guerra del Golfo, Estados Unidos canceló un proyecto de ayuda de 70 millones de dólares, aunque el país es uno de los países pobres más endeudados del mundo, con un promedio de vida de 46 años. O, veamos un ejemplo reciente: El Fondo Global de Ayuda de George Bush tomó la decisión política en julio de 2004 de suspender los fondos para medicamentos para el SIDA en Zimbabwe, donde una cuarta parte de la población padece el virus VIH (la tercera más alta tasa del mundo) a fin de castigar al gobierno recalcitrante por haber expropiado las tierras de los grandes agricultores blancos sin la aprobación de sus socios comerciales, después de haber atendido sus demandas durante dos décadas. Inglaterra y Estados Unidos encabezaron una campaña de dos años para exprimir la economía por medio de la suspensión de los préstamos del FMI y del crédito para necesidades básicas tales como combustibles, de la mano con las conocidas ráfagas de propaganda y presiones para un cambio de gobierno.

Ni la ayuda internacional ni la cancelación de la deuda vinculada a intereses imperialistas pueden rescatar a África de los colmillos del capital globalizado y sus despiadados mercaderes de pobreza y muerte. La única opción del continente es apoyarse en las masas para eliminar a estos depredadores de una vez para siempre y reestructurar las economías en pro de los intereses del pueblo.

El "desarrollo", tal como la "democracia", es una palabra que se ha redefinido en el lenguaje de doble faz de los imperialistas en respuesta a las fallas de los anteriores programas explotadores. El término "democrático" se refiere a los gobiernos africanos "que apoyan al neoliberalismo", que es un eufemismo para la dominación económica (imperialista) por medio del mercado, que se dice es un mecanismo neutral de intercambio igual. La primera pregunta que hay que aprender a hacer es: ¿quién y qué "desarrollará" la ayuda y préstamos de los imperialistas? Cuando hablan de "buen gobierno" y "democracia", es importante preguntar si las masas populares tienen que ver con el reparto de las tierras, agua y otros recursos y no sólo si tienen elecciones pluripartidistas y observadores internacionales. Hay que preguntar quién surte las armas a las muchas zonas de conflicto en algunos de los países más pobres. Debajo de las capas del enorme problema de corrupción en África, busquen la mano del sistema que la alimenta y le chupa aún mayores riquezas al pueblo.

 

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