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05/10/2020 :: Europa, Europa

Cuando todo colapsa

x Reinaldo Iturriza
Si no hay alimentos, no hay gasolina

Desconozco cuál habrá sido la recepción en Francia de la miniserie El colapso (L’effondrement, 2019). Sus ocho capítulos, de unos veinte minutos cada uno, pueden verse de un solo tirón, siempre y cuando se disponga de Internet, por supuesto. En casa pudimos verla hace un mes. Hoy no podríamos hacerlo.

El escenario elegido para el primer capítulo es un supermercado. El primer signo del colapso inminente es un bajón de luz, que deja el lugar a oscuras. Nadie reacciona con temor o desespero, lo que sugiere que se trata de una situación que puede haber ocurrido previamente. Las personas parecen confiar en que el problema se resolverá rápidamente. En efecto, a los pocos segundos se restablece el servicio y todo transcurre en aparente normalidad.

Todavía en la caja, y luego mientras camina por los pasillos del supermercado, varias personas abordan a un joven trabajador y le preguntan por los productos que faltan en los anaqueles. Éste intenta explicarles que hay problemas con la reposición de inventarios. Camina hasta el depósito, al fondo del establecimiento. Allí se topa con un superior, que le pregunta por qué no está en su lugar de trabajo. El joven simula que fue a buscar alguna mercancía para reponerla en las estanterías. El superior le replica que, en vista de la escasez, la orden es reponer a cuenta gotas y remarcar los precios de los productos.

El segundo capítulo transcurre en una estación de servicio. La gasolina es muy escasa y hay una larga cola de gente, ahora sí, visiblemente molesta, esperando su turno. El dinero ya no tiene el valor de antes: quienes administran la gasolinera solo reciben alimentos, a cambio de una pequeña cantidad de combustible. Si no hay alimentos, no hay gasolina. Los términos del intercambio son evidentemente injustos y arbitrarios, y los impone quien tiene a su disposición el bien escaso. Un funcionario policial llega al lugar. Es la autoridad, está armado, y exige que se le despache toda la gasolina que necesita. Muy pronto se desatará el caos.

Si el primer capítulo gira alrededor del joven trabajador precario, y el segundo en torno a una familia pequeño burguesa, el tercero trata de la manera como un hombre, blanco, en sus cincuenta, perteneciente a la burguesía, utiliza los medios a su disposición, incluida la violencia, para mantenerse a buen resguardo.

Algunos de los capítulos siguientes nos reservan algunas escenas memorables, por cuanto retratan con elaborada crudeza las miserias y grandezas de las personas sometidas a situaciones límite.

El capítulo final nos aporta algunas pistas de las causas que habrían originado el colapso, pero no nos muestra la circunstancia específica que lo desencadena. Tal vez, simplemente, porque no puede tratarse de una sola circunstancia, sino de una concatenación de hechos y omisiones que conducirían al desenlace fatal. Quizá porque el tiempo y las circunstancias que transcurren entre las incidencias del último capítulo y las del primero, constituyen un misterio que le corresponde resolver al público espectador.

Cabe al menos una tercera posibilidad: el colapso ya inició, y realmente no vale la pena mostrar las circunstancias que lo desencadenaron porque, a fin de cuentas, cuando fueron más que evidentes, la mayoría de la gente, sobre todo la que vive en el Norte global, prefirió mirar a otra parte y actuar como si nada pasara.

elotrosaberypoder.wordpress.com

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