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03/09/2022 :: Mundo, Asia, Europa

Fallece Gorbachov, el sepulturero de la Unión Soviética

x M. Menaya
Una gestión política deliberadamente regresiva

Mijail Gorbachov, el que fuera el último presidente de la desaparecida Unión Soviética durante el período 1985-1991, así como Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, falleció a últimas horas de este martes 30 de agosto, a la edad de 91 años.

Al ser conocida la noticia del fallecimiento de Gorbachov, el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, manifestó que había desaparecido «un estadista importante en la historia mundial». En efecto, si la «importancia» de las biografías de los políticos se midiera de forma exclusiva por la envergadura de los acontecimientos que se produjeron durante el periodo en el que ejercieron sus funciones, Putin, posiblemente, tendría razón.

Durante el período 1985-1991, en el que gobernó Mijail Gorbachov, se produjo en la URSS una catástrofe de tal magnitud que afectaría no sólo a ese país sino también a toda la configuración política planetaria. Ni que decir que su saldo fue netamente negativo.

A lo largo de las tres últimas décadas transcurridas desde entonces y hasta hace unos años, el imperialismo occidental se convirtió en un fenómeno mundial hegemónico. Prácticamente indiscutido e indiscutible. Hoy, tras las sucesivas derrotas militares sufridas en Siria, Afganistán y la próxima en Ucrania, lucha para recuperar esa hegemonía perdida.

Una gestión política deliberadamente regresiva

Si hubiera que realizar un brevísimo balance sobre cuál fue el desenlace de las reformas procapitalistas emprendidas por el hoy fallecido Mijail Gorbachov, habría que destacar que durante aquellos años y los subsiguientes, la Unión Soviética y posteriormente Rusia sufrieron un auténtico colapso sin parangón. Como dato significativo hay que recordar que la esperanza de vida se redujo en unos poquísimos años, de los 65 a 57 años, un hecho del que no existen precedentes similares en tiempos de paz.

La impresionante infraestructura sanitaria soviética, creada a lo largo de la Revolución, se hundió estrepitosamente. Los pueblos que hasta entonces integraban la Unión Soviética se vieron sometidos a epidemias de enfermedades que se nutrían de la pobreza, un fenómeno que en la Unión Soviética había desaparecido desde hacía muchas décadas. Asimismo, el Producto Interior Bruto de Rusia tardó más de 15 años en recuperar los niveles de 1990.

La tragedia de la implosión de la Unión Soviética repercutió en todo el mundo. La destrucción del socialismo en la URSS infligió un daño terrible a todos los pueblos del planeta, facilitando las condiciones de superexplotación que en la actualidad sigue sufriendo el llamado Tercer Mundo. El precio lo siguen pagando hoy en día.

Desde un punto de vista social, el colapso soviético, así como el del socialismo europeo, podrían ser descritos como la peor derrota sufrida por la clase obrera internacional a lo largo de toda su historia. Tal derrota histórica se ha convertido en una suerte de tabla de salvación para las innumerables aventuras militares expansionistas del imperialismo.

Han transcurrido más de 30 años desde el momento en el que el hoy fallecido Mijail Gorbachov abandonara su cargo de presidente de un país que, para el regocijo de la burguesía mundial, había desaparecido. Atribuir de manera exclusiva a Gorbachov el derrumbamiento del socialismo en la URSS significaría ni más ni menos que entender la historia al revés.

No porque él mismo no fuera consciente de lo que estaba haciendo. La propia primera ministra británica, Margaret Thatcher, lo confesó públicamente en varias ocasiones: «Gorby era nuestro hombre».

Sin embargo, para encontrar las auténticas raíces del funesto desenlace que se produjo en 1991 hay que remontarse necesariamente a la década de los años 50 del siglo pasado cuando, bajo la dirección de Nikita Kruschev, se produjeron en la Unión Soviética los primeros «experimentos» de liberalización económica, que facilitaron un desplazamiento de un poder centralizado hacia el control ejercido por una burocracia incrustada en el aparato del Estado, que terminó actuando como una casta políticamente autónoma y con intereses propios.

En cualquier caso, viene ahora como anillo al dedo el fallecimiento de Mijail Gorbachov para recordar que las tres últimas décadas transcurridas después de que se produjera su dimisión han dejado más claro que nunca que, con la URSS o sin la URSS, el sistema económico capitalista ha mostrado ser absolutamente incapaz para resolver las contradicciones implícitas a su desarrollo y naturaleza destructora.

Naturaleza que pone en peligro la propia existencia de la humanidad, situada hoy más que nunca ante la vieja disyuntiva de escoger entre el socialismo o la barbarie.

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