lahaine.org
Mundo, Mundo, Estado español :: 13/06/2026

La pelota rueda pero huele a sangre

Carlos Aznárez
Qué nivel de perversidad hay que tener para que a pesar de que todo lo que está pasando se siga hablando de «la gran fiesta del fútbol»

No lo pudieron suspender, no atienden razones ni escuchan las voces con inmenso sentido común que dicen, gritan, protestan, de que no son tiempos de competencias futboleras cuando una enorme cantidad de pueblos se desangran precisamente por culpa y voracidad criminal de uno de los organizadores de esta descomunal maniobra distractiva que es el Mundial 2026.

No atienden razones porque saben cuál es el flanco débil de las masas y por allí precisamente, las hacen pasar, para que por un rato olviden la miseria en que se vive, la falta de comida, de vivienda, de educación, de salud. Pero peor aún, que quienes planifican estos macro-shows comerciales, porque todo se trata de seguir ganando dinero y repartirlo entre esa mafia de rufianes que conforman la FIFA, cuentan con la complicidad de todos aquellos que pasan por el aro y se prestan a ofrecer sus territorios para que la «fiesta» pueda ser posible.

Ni que decir de los bufones que se alinean para seguir agradando a Mister Trump, festejando sus gracias, como es el caso del titular de la FIFA, Gianni Fantino, una marioneta repulsiva que hace y deshace en todo aquello que favorezca sus intereses. O esos jugadores que se ponen en fila para estrechar la mano del asesino, como hizo Lionel Messi, tan buen jugador como amanuense de los dictadores de turno, ya sea aquellos monarcas del mundo árabe donde supo hacer genuflexiones, como en la Casa Blanca con el presidente genocida. Adoradores de la fama, que para ellos no es puro cuento como decía el tango, sino que se llenan los bolsillos de dinero o se convierten en simples fichas de un damero, que como la pelota huele a cementerio.

Cómo se puede aplaudir, «disfrutar» o apoyar la realización de esta fantochada, cuando las noticias golpean sobre nuestros rostros con total ferocidad. Y dicen: «Que el criminal Netanyahu ordena seguir bombardeando Líbano» masacrando como todos los días a población civil. Que «el genocida Ben Gvir no solo se complace en querer ejecutar la pena de muerte contra los prisioneros palestinos, sino que en su sed de sangre -esa misma, no dudemos, que tienen la mayoría de los «israelies» que aplauden cada brutalidad cometida por su gobierno- ahora afirma que hay que secuestrar (y matar) a mujeres y niños de Líbano para que la Resistencia no crezca». Repite el noticiero alternativo: Que «los drones sionistas con explosivos que sobrevuelan los suburbios de Beirut o el sur del país, antes de arrojar sus bombas de fósforo blanco aterrorizan a la población haciendo escuchar el sonido del llanto de niños». O que «un soldado sionista ametralló a una joven madre que tenía su bebé palestino en brazos, asesinandola en el acto y cortando de paso, las piernitas del pequeño». O que ya van más de 300 periodistas asesinados en Gaza, o que a la población de Cisjordania ocupada los colonos sionistas les queman sus casas, sus olivares, los secuestran, los obligan a desplazamientos masivos, los asesinan. Y por supuesto, que a pesar de todo ello, palestinos, libaneses, iraníes, yemeníes, iraquíes, cubanos, venezolanos, nicaragüenses, bolivianos, peruanos, africanos del Sahel y muchos más, resisten, resistimos, resistiremos.

Qué nivel de perversidad hay que tener para que a pesar de que todo esto que está pasando minuto a minuto, hora a hora, todos los días, desde hace más de dos años -ya van más de 76 años de Naqba -la catástrofe- del pueblo palestino- se siga hablando de «la gran fiesta del fútbol».

Mientras la pelota vaya de un campo al otro, la cifra de más de 250 mil palestinos asesinados seguirá gritándonos desde los escombros de Gaza, mientras los jugadores se abracen festejando un gol, la cifra de más de 400 mil heridos entre Palestina, Líbano, Irán, Siria y Yemen, se convertirá en una llamarada de atención.

No podemos fingir que no pasa nada cuando el mundo entero sufre las consecuencias del Terrorismo de Estado aplicado por la alianza Epstein, integrada por Trump y Netanyahu. No se puede tolerar, que se haya expulsado de EE. UU. al somalí Omar Artán, reconocido como el mejor árbitro africano, aduciendo la aduana gringa que tenía «relaciones con el terrorismo», o que se revise minuciosamente antes de entrar a EEUU, a los futbolistas de Senegal, tratándoles como si fueran delincuentes, o la discriminación brutal con los jugadores de Irán, que no pueden concentrarse como los demás equipos en territorio yanqui, y deben trasladarse día tras dia a Tijuana para dormir. Y así una larga sucesión de hechos desagradables que no tienen nada que ver con una práctica deportiva sino con el nivel de despotismo que aplica desde siempre el gobierno estadounidense contra quienes considera inferiores o enemigos de la seguridad del país más controlado del mundo.

No, no hay ninguna razón que justifique que este Mundial tenga que jugarse en este momento, salvo, repetimos, la necesidad de sus organizadores de seguir desviando la atención para que sus amos sigan ocupando países, apoderándose de territorios y riquezas, a través de masacrar pueblos enteros. En este gol de arco a arco que produjo el dúo Fantino-Trump, también cuentan con sumisos seguidores. Esos que suelen explicar que «el deporte no se puede mezclar con la política» o que «los pueblos tienen derecho a poder gozar de estos espectáculos cada cuatro años, que no por casualidad es el mismo período de tiempo que rige para elegir a gobiernos que mayoritariamente traicionan a sus votantes. Se unen al «festival» futbolero, los países que acompañaron a la FIFA en la payasada de dividir la competencia en tres sedes distintas, como todos aquellos que mirando a un costado y no queriendo ver que el Titanic se sigue hundiendo, envían sus seleccionados para fingir demencia de que «todo anda bien en el planeta».

«Mientras haya fútbol, no me jodas con Palestina o Líbano, no mezclemos las cosas...», susurra un tipo cualquiera en cualquier país. O un «analista» deportivo de esos programas hechos a medida para desconcientizados.

En este marco de obsecuencias varias y «Trumpismo al palo» , como se suele decir en Argentina, la única delegación que merece ser exceptuada de la crítica, es la de la República Islámica iraní, ya que ellos sí cumplen la misión de visibilizar con su presencia la dignidad de un pueblo (y no solo el propio sino los de todos los que integran el Frente de Resistencia antiimperialista en la región de Asia Occidental) que lucha contra los monstruos de la guerra capitalista. Por eso, su estadía en este Mundial debe ser acompañada por el aliento de todas y todos los que en distintos países festejamos (ahora sí vale el término) que haya una alternativa de poder enfrentar, doblegar y terminar venciendo las bravatas del pedófilo que gobierna en Washington y su socio, la bestia de «Tel Aviv».

Todo lo dicho, valga la aclaración, no va en contra el fútbol, deporte popular como pocos, pero sumamente bastardeado por la comercialización compulsiva de quienes manejan su existencia. Esos que generan el uso descarado que el sistema opresor mundial suele hacer de él para cloroformar pueblos enteros, y apartarlos de la realidad. De allí que son gratificantes las movilizaciones críticas que se están ya produciendo en los países sedes de este Mundial de la muerte, en que inevitablemente la pelota virará del blanco al rojo sangre.

Como en el Mundial del 78 de Argentina gobernada por Videla, donde en decenas de campos de concentración se torturaba y se asesinaba a miles de militantes populares, esta vez, 52 años después, se hace necesario boicotear de la manera que sea, una convocatoria que intentará ocultar, el tiempo que dure, la realidad deshumanizadora que provocan los «señores de la guerra».

Resumen Latinoamericano

 

Contactar con La Haine

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License ::

Principal