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13/10/2021 :: Medio Oriente, Medio Oriente

Líbano: El colapso

x Jana Nakhal
Refugio, trabajo precario y marginación

Mientras países de todo el mundo se enfrentaban a muchas crisis económicas y ambientales, como resultado de la pandemia de COVID-19, el capitalismo y el calentamiento global, el Líbano se vio afectado por otros dos desastres: el colapso económico y la explosión del puerto de Beirut.

Cuando hablamos de colapso económico, este término difiere de la crisis económica en el resto del mundo en que es un escenario resultante de las destructivas políticas económicas neoliberales que asolaron la economía libanesa después de la guerra civil de 1975-90, orientando al país hacia una economía rentista improductiva que depende de los sectores de servicios financieros, del turismo y del sector inmobiliario. Todas estas medidas se tomaron con la aprobación, participación y disfrute de todos los partidos políticos en el poder.

Este contexto ha llevado, según el Banco Mundial, a uno de los tres peores colapsos económicos jamás registrados en el mundo y el peor en la historia del Líbano. Las políticas neoliberales y el sistema económico rentista han reducido el valor de la libra libanesa más de diez veces en un año: en 1.500 libras libanesas por dólar a alrededor de 20 mil. Otro efecto de las políticas neoliberales ha sido la ruina de las instituciones estatales, al reducir los subsidios proporcionados por el Estado, la usurpación de su riqueza y el aumento de la concentración del poder en manos de la clase dirigente, dejando solas a la clase obrera y a las personas marginadas frente al problema de la Goule [criatura demoníaca que come carne humana] del libre mercado y el capitalismo despiadado.

En un país donde el salario mínimo es ahora de unos quince dólares, la ya ex Viceprimera Ministra Zeina Akar, los ministros y el actual gobernador del Banco Central del Líbano se reunieron el mes pasado para discutir la eliminación de las subvenciones a los combustibles, aumentando así el precio del combustible a veinte dólares por galón.

El resultado de este colapso se puede ver en los medios de comunicación locales e internacionales, que muestran las humillantes colas en las gasolineras debidas a la interrupción del suministro de gasolina y diésel. Además, la escasez de electricidad y medicamentos hace que la vida sea casi insoportable y el trabajo imposible en el Líbano para quienes todavía tienen un trabajo. Al mismo tiempo, los precios de los alimentos han aumentado en más del 400% en solo un año.

En un año, la clase trabajadora ha caído por debajo del umbral de pobreza. Un informe de la Comisión Económica y Social de las Naciones Unidas para Asia Occidental (CESPAP) advirtió que más del 55% de la población libanesa se ha vuelto pobre.

Mientras tanto, las y los refugiados se han visto obligados a depender cada vez más de las instituciones y organizaciones internacionales. Las condiciones de vida de la población siria y palestina se han deteriorado drásticamente en el último año, ya que el colapso económico ha dificultado la búsqueda de trabajo y ha contribuido a la creación de condiciones de trabajo con aún más explotación.

Además, un gran número de personas refugiadas vive bajo presión en campamentos o barrios superpoblados sin infraestructura básica, seguridad y saneamiento. En otro informe, de la Agencia de las Naciones Unidas para la Asistencia a las Personas Refugiadas de Palestina en Próximo Oriente (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East – UNRWA) resulta evidente que las y los refugiados tienen tres opciones en el Líbano: morir de coronavirus, de hambre o en el mar al tratar de buscar ilegalmente una vida mejor.

Mientras las mujeres están sufriendo el mayor impacto de la pandemia y el colapso económico actual, las refugiadas y trabajadoras migrantes están sufriendo aún más. Las refugiadas palestinas y sirias en el Líbano se han visto privadas de sus derechos económicos fundamentales durante años y han sufrido muchas otras formas de explotación y racismo, mientras que la ayuda de las organizaciones internacionales se ha reducido a cupones de alimentos sin valor. El país ha sido testigo de la inmensa injusticia que afecta a las trabajadoras migrantes, especialmente a las que trabajan en tareas domésticas. Además de sufrir las condiciones inhumanas del sistema kafala[1], estas mujeres ahora son abandonadas a su suerte al sufrir expulsiones ilegales con el pretexto de la crisis económica.

Por otro lado, la infraestructura estatal, responsable de garantizar una vida decente, con educación, vivienda y salud para la población más marginada, se está derrumbando. En su investigación «La vivienda como cuestión feminista», el Public Works Studio mostró el alcance de la disminución de la seguridad de la vivienda para las mujeres en el Líbano y la invisibilidad del derecho a la vivienda, especialmente para las mujeres mayores, las trabajadores migrantes y las refugiadas que viven en las zonas más afectadas por la explosión del puerto de Beirut. Un informe de Housing Monitor reveló que, durante los meses de mayo y junio, de 110 amenazas de secuestro, 33 fueron registradas contra mujeres que vivían solas.

En el campo de la salud, además del miedo a una nueva ola de casos de covid-19 y a una posible incapacidad de los hospitales para satisfacer la creciente demanda, la salud sexual y reproductiva de las mujeres también se ve afectada. Este área ha sido desmantelada debido a la falta de inversión y la renuencia del Estado a cubrir cirugías y apoyo con medicamentos, compresas higiénicas y anticonceptivos. De hecho, los anticonceptivos han desaparecido del mercado y las compresas han multiplicado su precio por 20 en el último año. Como muestran las investigaciones, el colapso económico, la explosión del puerto de Beirut y la pandemia de covid-19 se combinan con otras muchas crisis, como los incendios forestales de 2019 y los conflictos ocasionales marcados por el racismo, el sectarismo y la discriminación por región y clase.

Este escenario ha llevado a un deterioro significativo de la psicología de la población, y aún más la de las mujeres refugiadas. El colapso de la infraestructura y la escasez de diésel también han afectado la infraestructura necesaria para la atención a la salud mental: el servicio de apoyo telefónico para la prevención del suicidio, esencial para evitar perder más vidas, ahora está amenazado debido a la crisis energética.

En línea con la crisis económica, la clase dominante, representada por las y los ministros y diputados, líderes de partidos, banqueros y el gobernador del Banco Central del Líbano, se niega a cambiar las políticas económicas y liberar dinero de la población, confiscado por los bancos. En un momento en que la libra libanesa está extremadamente devaluada frente al dólar, las autoridades interpretan la realidad con mentiras y análisis surrealistas, con argumentos basados en información distorsionada: acusan a las personas refugiadas de ser responsables de la crisis, acusan a la población de «guardarse los dólares» en casa e inventan la existencia de una conspiración global contra el Líbano.

Aunque parezca ser una victoria para la clase obrera, las mujeres y las comunidades marginadas, el fracaso de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) no es una buena noticia: la clase dominante no ofrece mejores soluciones.

Al adherirse al modelo capitalista neoliberal, la clase dominante está tratando de sacrificar a más grupos para preservar sus bienes y privilegios, preparando nuevas mentiras todos los días, movilizando a su base de una manera sectaria, racista y clasista.

No hay una solución inmediata para el Líbano, y quienes más sufrirán son quienes ya han sufrido todas las formas de explotación. Esto significa que el colapso actual es una crisis sentida por la sociedad en su conjunto en el Líbano, pero son la clase trabajadora, las mujeres, la población marginada y las personas refugiadas quienes sienten sus efectos de muchas maneras y a un nivel superior. Es un colapso que destruye las formas y redes de protección, cooperación, solidaridad y permanencia que estas comunidades han construido durante años con muchas luchas.

Hoy en día, todas estas comunidades se enfrentan a desafíos hasta ahora desconocidos, y el Estado ha desaparecido en el momento en que era más necesario, empujando a la población más afectada en una dirección: la explotación mutua. El Estado es el que ha provocado todo a lo que nos enfrentamos hoy, principalmente para destruir la unidad y la solidaridad entre la clase trabajadora, las mujeres, la población marginada y las personas refugiadas.

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* Jana Nakhal es urbanista, activista de la Marcha Mundial de las Mujeres en el Líbano y miembro del Partido Comunista Libanés.

Nota: [1] Kafala es un contrato de trabajo abusivo según el cual las trabajadoras migrantes deben ser patrocinadas por un ciudadano libanés para permanecer en el país, sometiéndolas al control total de las personas que las contratan. La o el empleador tiene derecho a confiscar su visado y se hace responsable del mantenimiento legal de la persona en el país, eximiéndola de la garantía de derechos laborales como el salario mínimo, la jornada laboral máxima, las vacaciones y las horas extras.

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