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29/10/2019 :: Mundo, Mundo

Luchas populares frente al ocaso del neoliberalismo

x Adrián Sotelo Valencia
Recomposición del progresismo latinoamericano

Por todas partes hace aguas hediondas el modelo neoliberal impuesto por el FMI y EEUU para favorecer a las minorías privilegiadas de las clases dominantes en absoluto detrimento de la mayoría de la humanidad trabajadora. Las oligarquías y burguesías, sus partidos y burocracias políticas, las jerarquías eclesiásticas y militares y los medios corporativos de comunicación son sus correas de transmisión en los países subdesarrollados y dependientes de la periferia capitalista. Pero hay que aclarar que el neoliberalismo -el tataranieto carcomido del liberalismo decimonónico- no es un sistema distinto al capitalismo como a veces se quiere hacer creer; sino la forma que éste asumió, de manera hegemónica en los últimos cuarenta años desde sus fuentes de irradiación que son los centros imperialistas, principalmente de EEUU.

De donde se deduce que la superación del neoliberalismo, en sí, no anula las contradicciones y las relaciones capitalistas de producción, de explotación, de trabajo y de vida en general; sino que sólo las modula en torno a un gobierno y un (nuevo) modelo o patrón de acumulación de capital que se presume “menos injusto” y “más distributivo”. De hecho puede sustituirse por otra forma económico-social y política, por ejemplo, por el desarrollismo o el neodesarrollismo, como ha ocurrido en múltiples ocasiones en América Latina, tanto en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, como durante las décadas de los sesenta y setenta y, en algunos países de los denominados progresistas, en la actualidad.

Un elemento que resalta en las actuales movilizaciones, protestas e insurrecciones sociales que están irrumpiendo como un auténtico tsunami en América Latina y en otras latitudes del mundo −Líbano, Francia, Catalunya, Galiza, Irak, Egipto, etc.)− respecto a las vetustas dictaduras militares de antaño que ensangrentaron el continente latinoamericano durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado: es la rebeldía de la población mayoritariamente joven con grandes contingentes de mujeres que no vivió los estragos de las dictaduras; la pérdida del miedo y el desafío con dignidad de las masas populares y los ciudadanos frente a los fusiles, el gas lacrimógeno lanzado contra la población rebelde por las fuerzas policiales; los oprobiosos signos fascistas del terror y el exterminio; la brutal represión, la violencia y la imposición del inhumano estado de sitio, de excepción o el toque de queda, como ocurre en el Chile de Piñera y el Ecuador de Lenín Moreno, entre otros, y que se ha llegado a aplicar, en menor escala, por ejemplo en la Honduras del dictador Juan Orlando Hernández, en el Brasil de Bolsonaro y en la Argentina de Macri que se precipita en un irrefrenable declive electoral.

Es el auténtico rostro del Estado capitalista en su forma dependiente que los tanques del pensamiento denominan “democrático”, y cuya función esencial es la custodia y preservación del modo de producción capitalista y de sus instituciones, independientemente de que en ciertas coyunturas aparente ser un aparato que se coloca por encima de las clases sociales para “arbitrar” su conflicto, encausarlo por las “vías institucionales” y “resolverlo”.

Como se observa en la actual coyuntura política y de la lucha de clases en América Latina, en última instancia, el Estado revela su verdadera naturaleza con el objeto de impedir, de manera muy visible, en Chile, en Colombia y en Ecuador, el arribo de las masas populares al poder, para lo que echa mano de una intensificación de la represión mediante las fuerzas policiales, paramilitares e incluso del ejército como es el caso reciente de Chile que impuso el estado de sitio -(oficialmente le denominan de “emergencia”)- para contener el descontento popular en la mejor tradición pinochetista bajo las órdenes del dictador neoliberal, Sebastián Piñera quien, por cierto, declaró en plena crisis social, que “…estamos en guerra contra un enemigo poderoso…”, y cuya renuncia exige urgentemente el pueblo de ese país, junto con la demanda, que cada vez va cobrando fuerza, de la realización de una Asamblea Constituyente que cambie el “modelo” en un sentido que todavía está por definir, al igual que la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas (CONAIE) en Ecuador que discute una nueva alternativa de poder que atraviesa por la renuncia del presidente Moreno junto con su fallida política neoliberal fondomonetarista, o de un Haití que también exige con la movilización la renuncia de su presidente.

En otro tenor el descontento se manifiesta electoralmente en las elecciones del próximo domingo 27 de octubre en la Argentina y en Uruguay donde en este se perfila apretado para el bloque del Frente Amplio frente a la unidad de la derecha.

En otra oportunidad hemos señalado la no permisibilidad de la existencia de ciclos, progresistas o no, en las ciencias sociales en tanto procesos inamovibles o fenómenos inmanentes. Sólo son útiles para el análisis retrospectivo históricamente transcurrido, como pueden ser el ciclo del populismo o el de las dictaduras militares de las décadas de los sesenta y setenta; pero no como análisis de prospección; más bien, a lo sumo, como proyección de tendencias (nunca de modelos) que pueden o no suceder en base a los hechos y datos empíricos con que se cuente y la manera en que sean modificados por las luchas y los movimientos populares y, en general, de la sociedad. Porque aquéllas dependen de múltiples contradicciones: desde los antagonismos de clase y los grados de organización de los movimientos populares, pasando por su relación con los regímenes políticos y de su margen de apertura o de autoritarismo, hasta los niveles de conciencia que lleguen a adquirir, individuos y movimientos, respecto a la voluntad y perspectivas de impulsar y promover la transformación social, sea sólo en el sentido de la obtención de ciertas demandas dentro del orden existente con una cierta modificación del mismo, o bien, en el de acelerar dichos cambios con el objetivo estratégico de trascender el propio orden capitalista, social y político de dominación.

Aunque no es lo deseable, al parecer el actual proceso de lucha de clases y de ascenso de los movimientos sociales y populares, particularmente en los países mencionados, discurre dentro de los límites de la primera opción, quizás para generar, en una suerte de reformismo progresivo, en el futuro y madurar después, los cambios económicos, sociales y políticos de la segunda opción (revolucionaria y anticapitalista) encaminada a la superación del modo de producción capitalista en el contorno de la construcción de una nueva formación social, tanto en América Latina como en el mundo entero.

Por lo pronto, en el plano internacional, y como producto de esas luchas, se está forjando un sólido sistema multipolar y multidimensional que, a la par, es un fiel reflejo de la crisis de hegemonía o de supremacía del imperialismo norteamericano. En el nivel regional de América Latina y el Caribe, considerando los probables triunfos electorales de Argentina y Uruguay, al lado del de Bolivia (ya consolidado), tenemos entonces una recomposición de un progresismo latinoamericano -que no necesariamente es equivalente al socialismo como piensan algunos- capaz de recuperar la integración de los pueblos que se venía erosionando a pasos agigantados a causa de la aplicación de las políticas neoliberales y por la acción contrainsurgente y entreguista de las fuerzas de la derecha proimperialista alienada a los intereses estratégicos y geopolíticos de EEUU.

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