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22/03/2019 :: Chile

Subjetividad y lucha en Chile

x Profesor J
La resistencia contra la dictadura generó una revolución molecular, una revolución de sensibilidades, de diversidades y autonomías que aun no se detiene, que es irreversible

Subjetividad y lucha en Chile

Mientras que el obrero fordista-desarrollista estaba concentrado en un solo lugar, la multitud es parte de un sistema más variado de reproducción del valor. Su subjetividad se desarrolla en diferentes puntos de producción integrados por la circulación de capitales y está hecha no tan solo de trabajadores de fábrica, sino de toda esa multitud trabajadora que una vez fue caracterizada como capas medias o sectores populares por la sociología nacional.
El movimiento de protesta contra la dictadura no murió con Los Prisioneros y la generación de los 80. Como Mayo del 68, en Francia, no llego a triunfar como hubiese deseado, pero genero una revolución molecular, una revolución de sensibilidades, de diversidades y autonomías que aun no se detiene, que es irreversible. Todos los no concertados, los desconcertados que no estaban ni ahí son parte de ella.
El antagonismo de hoy no abraza la representación política donde lo múltiple es subordinado a lo Uno. Más bien, el antagonismo de hoy busca ante todo experimentar con formas democráticas de participación y acción directa, experimentación que presupone la multiplicidad en su seno, sustrayéndose a la unidad de una ideología impuesta desde arriba por muy revolucionaria que esta sea.

Tomado de http://clajadep.lahaine.org

Por Sergio Fiedler (PhD) y Santiago De Arcos-Halyburton (PhD)

Cada aniversario del 11 Septiembre y los discursos que se generan en torno a él sin duda epitomizan la cultura nacional de hoy hasta su nivel más corporeal. Es el omnipresente y especular aniversario de un evento que se ha hecho parte permanente de nuestra subjetividad; una subjetividad que es a su vez el resultado consumado del evento mismo.

La preocupación central de esta ponencia no es criticar esta subjetividad, menos aún describirla, sino más bien rastrear sus posibilidades como base de nuevas alternativas de transformación política, tratar de develar de qué manera esta es capaz de potenciar una crítica radical y colectiva al estado de cosas existente y crear las condiciones para su superación.

En otras palabras nos referimos a la posibilidad de una nueva ontología revolucionaria, entendiendo por ésta como la condición social del ser que hace posible la transformación radical del mundo. Una condición social que busca su verdad en la autonomía del sujeto frente al Estado, al capital, a las jerarquías partidarias y cualquier otra forma de poder que nos oprima.

Una ontología de la protesta, la resistencia, la organización y el pasamontañas, donde lo central no sea la gran narrativa política por muy revolucionaria que esta sea, sino las múltiples practicas colectivas que permitan a las multitudes desde la molecularidad de lo cotidiano tomar control de sus propias vidas y producir un entendimiento del mundo acorde a sus propias necesidades y deseos. ¿No es ésta la definición original de comunismo, que el capitalismo y el estalinismo han llenado de oprobio? Sí, es la noción de comunismo que Marx y Engels hacen en su obra La Ideología Alemana: “Llamamos comunismo al movimiento real que destruye el estado de cosas presente”.

Desde este ángulo, no cabe duda afirmar que el 11 de Septiembre del 73 fue una derrota política, pero sobre todo fue también un punto de ruptura que marcó el comienzo del Chile de hoy. La real transición en realidad no empezó con la llegada al poder de la Concertación en 1989, sino con el golpe militar.

¿De qué manera el golpe inició el tránsito y se constituyó a sí mismo en el momento de violencia originaria que establece un nuevo orden de poder corporeal y discursivo?

La respuesta reaccionaria del 11 no puede verse sino en el contexto de la situación de la política mundial desde fines de los sesenta. En realidad, la derrota que significó la dictadura fue quizás uno de los comienzos de la derrota global de la clase obrera de la post-guerra, derrota que hubo de expresarse de diferentes maneras en diferentes países. En el curso de los años 70, la subjetividad del obrero masa, en la lucha por su liberación seria destruida, después del impresionante ciclo de enfrentamientos que durante los 60′ y 70′ conmocionaron al sistema capitalista mundial en su totalidad. Hasta ese momento el régimen capitalista se había caracterizado por adherir el axioma obrero a su lógica de dominación. Es decir, producto de las luchas obreras de décadas, el modo de acumulación tuvo que reconocer el poder del proletariado dentro de los marcos institucionales de lo que se conocería como el Estado de bienestar, planificado y desarrollista. En el caso chileno como en otros, este reconocimiento que el Estado capitalista hacía del poder de los trabajadores apuntaba sin duda a integrarlos al mercado doméstico por medio de la legalidad de las organizaciones sindicales, y del compromiso de clase entre el capital y el trabajo. Por medio de este compromiso los patronos le daban garantías saláriales y derechos a los trabajadores y estos a su vez se comprometían a no levantar demandas revolucionarias.

El reformismo fue siempre el resultado directo de la movilización de los trabajadores, jamás de la buena voluntad de los caudillos y los capitalistas. Sin embargo, la axiomática reformista en la versión chilena del desarrollismo estatal significó que no toda la población del país fuese integrada, dejando a importantes sectores de la multitud proletaria sin garantías políticas y sociales, como los campesinos, los indígenas, los pobladores y las mujeres. A pesar de los derechos sociales reconocidos por el Estado de bienestar, éste último ocupaba una posición periférica en relación a los Estados de bienestar que comandaban el sistema capitalista mundial.

Al buscar la integración de toda la población a un nuevo proyecto de capitalismo de Estado, la Unidad Popular se convierte en el Estado planificador de bienestar en su apogeo máximo. La crisis de este proyecto no fue resultado del Golpe de Estado, sino de la radicalización del proletariado mismo, cuyas demandas y practicas colectivas autogestionarias —en la forma de los cordones industriales y las tomas de fundos y terrenos— tendían a rebasar el marco institucional de transformaciones establecido por la Unidad Popular (UP) y anunciaban un posible nuevo mundo por venir. Era precisamente esta posibilidad la que señala la saturación máxima de las relaciones de clase existentes en el marco desarrollista. El Golpe de Estado marca de manera definitiva el fin de la axiomática capitalista del compromiso de clase, y la llegada de la axiomática de guerra y exclusión con el objetivo estratégico de detener el derrumbe del sistema de acumulación por cualquier medio necesario. Tanto a nivel nacional como internacional, el capitalismo confronta los límites que el mismo había establecido por la vía del Estado de bienestar, y no ve otra salida que destruir al actor social que le dio a este Estado su dinamismo fundamental: la clase obrera industrial y sus organizaciones. Se trata de desmantelar de una vez por todas la rigidez que el poder obrero le había impuesto al capital durante la previa etapa desarrollista. De aquí que en Chile la violencia represiva de las fuerzas armadas sea acompañada por la violencia desestructuradora del neo-liberalismo en un solo agenciamiento maquínico de terror. La violencia del golpe se convierte en la condición esencial para que el capital inicie en el país una segunda acumulación originaria que posteriormente sería sancionada legalmente por la Constitución del 80 y por las posteriores reformas llevadas a cabo por la Concertación.

Se puede decir entonces que la derrota del imaginario político obrero que llegó a la cúspide a comienzos de los 70′, fue ante todo también una derrota ontológica, en la que toda una concepción del ser, de la realidad cotidiana que viene de las bases, de las formas de hacer política revolucionaria. La identidad obrera se derrumbó de manera tan profunda que se hace imposible hoy seguir hablando como antes en los términos de los grandes discursos obreros teleológicos, tanto revolucionarios como reformistas, orientados a un fin utópico pre-establecido de antemano sin consideración a las prácticas cotidianas de los sujetos en la lucha.

Por supuesto, la derrota política y ontológica del 11 de Septiembre y de la revolución mundial, no significa como muchos argumentan, la desaparición de los antagonismos, sino más bien la entrada en escena de una nueva constitución social, de una nueva ontología que se desprende de las condiciones sociales mismas que el golpe desencadeno hace cuatro décadas atrás. Si el sujeto portador de los antagonismos de clase del periodo desarrollista había sido derrotado, no significaba que otro no estuviera tomando su puesto portando nuevas luchas y alternativas políticas.

Toda contra-revolución es una revolución pero al revés, queriendo decir con esto que el objetivo central de todo proceso contra-revolucionario no es destruir los valores y las energías populares operando en el proceso revolucionario, sino más bien re-apropiarlas para darle otra dirección y volverlas en contra de los revolucionarios mismos.

El periodo revolucionario entre 1970 y 1973, fue caracterizado en primer lugar por la organización social cooperativa de amplios sectores obreros de manera autónoma del capital y el Estado; en segundo lugar por un masivo y concreto rechazo obrero a continuar sometido al yugo del trabajo asalariado, rechazo expresado en la masiva caída de la productividad del trabajo durante este periodo; en tercer lugar por un rol más protagónico de actores sociales considerados como marginales dentro de la estructura productiva como los pobladores y campesinos; y finalmente por el aumento rápido y espectacular de un consumo de masa que excedió la disciplina productiva de los trabajadores. En este contexto, la lucha de clases estaba no solo caracterizada por la confrontación entre dos campos irreconciliables, sino también por múltiples espacios de éxodo, en que la multitud hacía del proceso revolucionario una comunión festiva autónoma del poder establecido, y en la que el sistema de dominación existente dejaba de operar y la experiencia de una sociedad diversa, sin clases y solidaria se vivía en el aquí y en el ahora de las relaciones cotidianas.

La dictadura y su plan de refundación capitalista, no destruye estas tendencias, más bien las desterritorializa, las mercantiliza, porque ve en ellas su poder ontológico creativo y transformador que es preciso canalizar para renovar la extracción de plusvalor. Las tareas de socialización de la producción que no pudo llevar a cabo la clase obrera por medio de la autogestión, las llevo a cabo el capital a través del mercantilismo neo-liberal. La contra-revolución invirtió las relaciones de clase de tal manera que estas tendencias subsistieran en la forma de su propia aberración. Consideremos, por ejemplo, el proceso de desindustrialización en los años posteriores al golpe. Este destruyó un agenciamiento productivo que hasta el 73 era central al proceso de desarrollismo capitalista: la fábrica. Por medio de la caída del sector industrial, el rechazo obrero al trabajo asalariado durante el periodo revolucionario fue transformado en desempleo masivo como arma política para destruir el poder de la clase obrera en esfera de la producción. En la lógica del neo-liberalismo, era darle a los trabajadores lo que ellos querían, pero de una manera que fueran ellos mismos los perdedores. En virtud de la misma inversión neo-liberal de la autonomía obrera, los sectores “marginales” al proceso productivo dejan de ser tales y se hacen centrales a éste en la medida que la flexibilización y temporalización del trabajo incrementa y la economía informal se desarrolla. El consumo de masas es por otra parte es disociado de sus prácticas colectivas de contestación revolucionaria por medio del consumismo competitivo y atomizante del mercado y la expansión masiva del crédito como instrumento de control financiero de la población.

La comunión festiva de la revolución es remplazada por la comunión festiva del mercado.

Más aun, los lazos de cooperación social y autonomía obrera establecidos durante el periodo 70-73 entre diferentes unidades de producción sirven irónica y trastocadamente para modelar la política neo-liberal a nivel macro-económico, donde la fábrica en el sentido amplio de la palabra deja de ser el lugar hegemónico del modelo de acumulación solo para que la sociedad devenga en su totalidad productiva, donde no haya ninguna esfera de trabajo, ni el doméstico, ni el estudiantil, ni el informal, ni el informático, que no esté sometido al dominio directo del capital. El capital todo lo invade, todo lo coloniza. En la fábrica social postfordista que es el Chile de hoy, el proceso productivo ha dejado de estar concentrado en ciertas áreas de producción —el cobre por ejemplo— y se hace cada vez más disperso, más diverso y más globalizado, ya que hasta el internacionalismo proletario devino en globalización capitalista después de la contra-revolución de los 70′.

Como resultado de la globalización, todas las polaridades nacionales del viejo sistema imperialista han sido fragmentadas, interceptándose y fusionándose la una con la otra en combinaciones complejas que ya no pueden ser reducidas a categorías como las de periferia y metrópolis, o primer y tercer mundo. Más bien las configuraciones de control capitalista se han multiplicado. El capital no tiene un solo centro de conducción, sino que se ha hecho poli-céntrico por medio —como diría Foucault— de una micro-política de poderes, los cuales se distribuyen con sus tentáculos cibernéticos y mediáticos por todo el planeta hasta afectar la más íntima fibra de la sensibilidad humana. El capitalismo ha dejado de ser un modo de producción para convertirse en un modo de existencia.

Sin duda, Marx esbozó la posibilidad de este tránsito en la estructura del capitalismo, donde el sistema de acumulación transita de la subsunción formal del trabajo a la subsunción real. Bajo la subsunción real, el capital invade todas las esferas de la actividad humana, pero al mismo tiempo se hace aún más parasitario ya que ejerce un comando únicamente político que no escatima ningún medio para conseguir sus objetivos. En esta transición, la naturaleza del trabajo explotado cambia radicalmente.

La informalización del trabajo esta simultáneamente ligada a la creciente hegemonía del trabajo inmaterial donde el proceso de comunicación como cooperación social constituye el núcleo central de la nueva red productiva como así lo demuestra el desarrollo de la informática, la publicidad, la universidad como empresa privada y la expansión de las actividades asociadas con el sector servicios. Como consecuencia se desarrolla una nueva pobreza que no es ya la de los marginados excluidos de la producción, sino la de una mano de obra altamente cualificada pero completamente desprotegida y con poca capacidad de asegurar un ingreso digno en un mercado laboral absolutamente flexibilizado.

¿Hay salida de esta situación en la que el capitalismo postmoderno parece dejar no salidas posibles? Es posible reconocer en las nuevas condiciones una nueva ontología de resistencia y rebelión? Creemos absolutamente que sí. Como decía el anarquista Mark Lagasse: “El viento de la derrota transporta la semilla de la subversión”. El capital ha suturado el cuerpo social de tal manera que tan solo ha abierto nuevas heridas. La desestructuración del sujeto obrero fordista-desarrollista por la violencia dictatorial y neo-liberal generada desde el 1973 en adelante no ha acabado con el antagonismo de clases sino que, a través de la dispersión del proceso productivo, lo ha reproducido a todas las esferas del trabajo.

La llegada del capitalismo neo-liberal no significa la muerte de la clase obrera, sino su reconstitución en una nueva base. Una fábrica difusa invade lo social, y con ella emerge una nueva composición de clase y una nueva ontología revolucionaria: la de la multitud y lo común.

Mientras que el obrero fordista-desarrollista estaba concentrado en un solo lugar, la multitud es parte de un sistema más variado de reproducción del valor. Su subjetividad se desarrolla en diferentes puntos de producción integrados por la circulación de capitales y está hecha no tan solo de trabajadores de fábrica, sino de toda esa multitud trabajadora que una vez fue caracterizada como capas medias o sectores populares por la sociología nacional, tales como los profesores, los empleados en sector terciario, los vendedores de tienda, los bancarios, los temporeros de la fruta, los vendedores callejeros, las dueñas de casa, el trabajador informático, los estudiantes y los desempleados, dando vida al cognitariado.

Por supuesto muchos dirán que todos estos sectores siempre han existido y que siempre han participado de la lucha social. Eso es innegable, pero nunca han jugado el mismo rol dentro del proceso productivo como el de ahora. Los micro-empresa familiares en las poblaciones son un buen ejemplo. Ellas pueden funcionar con tecnologías que no son de punta o inspirarse en la cultura popular o tradiciones indígenas, pero también operan en muchas áreas con un más alto nivel de productividad que la de industrias con mayor inversión en infraestructura, y proveen a grandes casas comerciales y compañías con servicios de subcontratación que reducen la dependencia del capital en el trabajo asalariado.

Es importante resaltar sobre todo la nueva naturaleza de la lucha de clases que estos sectores dinamizan y que marca un quiebre con las demandas productivistas de la vieja subjetividad obrera. En la medida que el proletariado se diversifica y se amplia, también lo hace la lucha de clases. La multitud profesa nuevas demandas, nuevas necesidades, nuevos deseos. Estos no están solamente ligados a mejores salarios y condiciones de trabajo, sino a cuestiones de calidad de vida tales como la salud, la educación, el ocio, la sexualidad, los medios de comunicación, la ecología, la comunidad, el control del conocimiento, etc.

El conflicto de clase no está confinado a la lucha entre obreros y patrones, sino más bien es el enfrentamiento entre comunidades enteras y el nuevo orden empresarial del capitalismo globalizado. Los antagonismos se manifiestan en la formación de movimientos de protesta abrazando un espectro variado de temáticas; ya no localizados en el punto inmediato de producción, sino que también la reproducción de la fuerza laboral; no solo en los puestos de trabajo asalariado, sino que también en colegios y universidades, la familia, colectivos culturales, etc.

Ya que en realidad nos encontramos frente a un proceso atravesado por múltiples procesos de singularización productiva, el antagonismo proletario en la era de la fábrica difusa carece de una sola identidad deviniendo permanentemente en un crisol de subjetividades. Aquí no podemos sino recordar eso años vivos de protesta popular contra la dictadura donde la multitud libro sus primeras batallas macroscópicas, pero aun entendiéndose así mismo con el lenguaje del obrero fordista-desarrollista.

Esa rebelión de hombres, mujeres y niños en nueva comunión festiva en contra el autoritarismo y el mercado, genero sobre sí misma una nueva posibilidad de autonomía, sospechosa de todas las formas de poder. Esta es un tipo de autonomía que demarco el futuro de las luchas que se libran hoy. Una autonomía que deviene Mapuche defendiendo sus tierras, que deviene estudiante luchando por el derecho a conocer libremente, que deviene poblacional y juvenil en las esquinas libertarias de Santiago. Una autonomía que deviene Queer reclamando su derecho a amar libremente. Una autonomía que deviene feminista. El movimiento de protesta contra la dictadura no murió con Los Prisioneros y la generación de los 80. Como Mayo del 68, en Francia, no llego a triunfar como hubiese deseado, pero genero una revolución molecular, una revolución de sensibilidades, de diversidades y autonomías que aun no se detiene, que es irreversible. Todos los no concertados, los desconcertados que no estaban ni ahí son parte de ella.

La autonomía proletaria en el periodo de subsunción real es entonces más que nunca la realización y el respeto de la singularidad y, como dirían los zapatistas, de la dignidad. Las luchas de la multitud son luchas particulares que buscan reconocer y abrazar la diversidad interna de la multitud trabajadora contra la subordinación de esta diversidad al proyecto unidimensional del capital: la ganancia. Cada lucha representa una resistencia autónoma, especifica, pero cuyo éxito final depende en su capacidad de establecer conexiones mutuas y alianzas con otras resistencias. Su fortaleza, sin embargo, esta en su carácter diferenciado. Esta diferenciación no solamente entra en conflicto con el intento del sistema de acumulación de reducir la pluralidad del trabajo a la función de valorizar el capital, sino que también presupone que ni un solo acto de represión puede destruir el nuevo movimiento social. Mientras la rebelión puede ser aplastada en un lugar, siempre habrá más rebeliones en desarrollo en otras partes.

Las luchas han cambiado y demandan nuevos métodos de organización y nuevos revolucionarios. La contra-violencia de diversidad y autonomía que se opone a la violencia del capital globalizado, no puede reproducir las mismas formas jerárquicas y totalizantes de este último si espera conseguir su victoria. Quedan descartadas la lucha armada terrorista y la forma partido como las disposiciones estratégicas de los nuevos antagonismos. La multitud ha inventado nuevas formas de hacer política, haciendo actuar la nueva ontología existente como el proyecto político que necesitamos. Después de todo, el antagonismo de hoy no abraza la representación política donde lo múltiple es subordinado a lo Uno. Más bien, el antagonismo de hoy busca ante todo experimentar con formas democráticas de participación y acción directa, experimentación que presupone la multiplicidad en su seno, sustrayéndose a la unidad de una ideología impuesta desde arriba por muy revolucionaria que esta sea.

No es que todas las categorías de pasado deban ser remplazadas. La tarea más bien es que cada concepto sea repensado y revivido como un devenir nómada y se escape del control del logos trascendental presente en el Estado, el mercado o el partido. No se trata de encontrar un nuevo código para la revolución. Se trata de encaramarse sobre las potencias y energías subterráneas que la multitud genera desde su creatividad productiva. No se trata de un discurso político solamente, sino de una línea de barricadas trazadas al interior de nuestras ciudades como puntos de fuga permanente.

El hoy se abre ante una posibilidad, que la movilización estudiantil, con sus ocupaciones, con sus asambleas, con la práctica de un territorio y movimiento común, plantea el despliegue de la imaginación, de la innovación, de la colaboración en torno a las luchas, acallando los sectarismos. Tenemos entonces entre los estudiantes, y en la sociedad chilena en su conjunto (basta mirar los movimientos de pobladores de Aysen, Freirina, los pescadores artesanales, las comunidades que se oponen a la mega minería, a las termoeléctricas y a la destrucción del medio ambiente) una enorme potencia que no puede ser reducidas y limitadas al accionar de una vanguardia. Corresponde a una multitud que ya no teme sublevarse, dispuesta a gestionar desde sí misma, desde su deseo, y proyectar junto al colectivo de los que luchan su potencial constituyente. El poder-sobre es el fin de la autonomía e instala la interdicción del deseo, la producción de reglas por fuera del sujeto. En nuestro concepto somos nosotros, sujetos productores y producidos del común, quienes organizamos la potencia y la proyectamos en la colaboración del hacer para transformar. Y en ese despliegue nos reconocernos como sujetos. En el estudiantado chileno, así como en ciertos sectores de la sociedad que han iniciado su proceso de constitución hay, hoy en día, la riqueza del común, de la potencia que rompe con todo lo viejo buscando destruir el orden de cosas actuales, constituyendo las nuevas instituciones del común en la práctica cotidiana. Los estudiantes chilenos, así como los canadienses, mexicanos, o las multitudes que pueblan Tahrir, Syntagma, Gezi, las calles del Brasil durante el Junho de 2013, y que pululan por los barrios de sus ciudades como esporas de subversión, nos proponen que busquemos en esta potencia de la multitud las herramientas para trazar los mapas de las luchas, y las asociaciones que el común construye en torno a ellas, haciendo, porque nada está hecho, ni preconcebido.

Vemos como día a día se hace el común buscando la apertura y destrucción de la propiedad privada, explorando la posibilidad de transformación en común de la propiedad estatal o pública, todo esto experimentando en medio de las luchas los mecanismos de gestión y desarrollo de esa riqueza, son las asambleas barriales, de colectivos, estudiantiles quienes en su democracia han ido conformando estas nuevas instituciones creando las condiciones para poder sostener y garantizar la libertad de intercambio del conocimiento. Esta potencia es la que funda la capacidad de constitucion de una nueva sociedad que se basa en el compartir los bienes comunes.

La ontología de una comunidad que no se gesta en sus determinaciones de poder, sino en su éxodo del poder.

El viento de la derrota transporta la semilla de la subversión. El 11 de Septiembre fue el inició de una transición la cual aún vivimos. Un evento, que arrasando con las posibilidades históricas de un sujeto de clase, nos dejó perplejos, sin referentes ni políticos ni simbólicos. Pero la constitución de una nueva subjetividad antagónica reaparece en la figura del común, ni siquiera el capitalismo terrorista que aun vivimos puede subsistir sin ella. Después de todo el horror, no cabe duda que cada sutura siempre abrirá una nueva herida, una herida que no es nuestra sino la de ellos.

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