Tabaré entra en su segundo año. País improductivo con justicia penal (para el que trabaja)

Existe un método revolucionario concreto de curar al pueblo de sus ilusiones;
esta cura, sin embargo, se compra con la sangre del pueblo -
Rosa Luxemburgo
Apoyados en una coyuntura singular en que los contendientes polares de la sociedad se encuentran debilitados aunque fuese en forma transitoria, son esas mismas circunstancias las que precipitan por imperio de la realidad el emerger de las contradicciones de clase, que pronto comienzan a desbordarlos. Cuando esto ocurre, cuando el papel de intermediación en el conflicto social muestra señales de agotamiento, su política comienza a girar en el vacío. Para conservarse en el gobierno deberán responder más claramente a las demandas de los que tienen el poder. El primer síntoma es la desilusión generalizada, del pueblo, de la burguesía, del propio gobierno.
Aunque el gobierno de Tabaré Vázquez solo sea socialdemócrata en la variante más abiertamente pro-capitalista de esta tipificación, y aunque en su primer período haya optado por incrementar lo más posible las medidas más antagónicas con el programa histórico de la izquierda, no por ello logra escapar a esa ley general de la socialdemocracia. Y ya ha demostrado esos síntomas de agotamiento.
El Plan de Emergencia, columna vertebral de su política mediática en el comienzo, se ha evidenciado como totalmente inoperante. La política de acuerdo con los militares cambiando impunidad por algo de verdad sobre los desaparecidos ha tenido muy mezquinos resultados y la virtud de dejar al gobierno muy mal parado. No se ha logrado abatir el desempleo, se instaló la negociación salarial pero los resultados para la gran mayoría de los trabajadores han sido casi inexistentes. No habido solución para el endeudamiento de los pequeños y medianos empresarios rurales. El servicio de la deuda externa se ha venido pagando generando más y más deuda por colocación de bonos a intereses más altos. Reapareció la quiebra bancaria.
El estilo bravucón y bamboleante del gobierno no ha dejado de contribuir a su deterioro. Ante el planteo de parlamentarios frenteamplistas de volver a impulsar una ley despenalización del aborto Tabaré Vázquez amenaza con disolver las cámaras (al estilo del golpe de Estado de 1973), pero luego escurre el bulto y ni niega ni confirma haberlo dicho, simplemente pregunta quién lo escuchó decirlo, al estilo del ladrón pícaro: solo si te agarran. Saca el pecho ante la "agresión" argentina por los piquetes contra las plantas de celulosa, dice que no negociará, deja que sean sus voceros quienes hagan el gasto -como el vicepresidente Nin quien dice que el presidente argentino Kirchner es un "impertinente" para que luego la vicecanciller salga a cubrirlo diciendo que "lo interpretaron mal"- para luego acordar con Kirchner un pedido de suspensión de las obras de construcción de las plantas contra el levantamiento de los piquetes.
Todos estos elementos son indicativos de "las tres desilusiones" de las que nos habla Rosa en la experiencia de un gobierno socialdemócrata.
La desilusión de la gente del pueblo, trabajadores, desocupados, pequeños propietarios endeudados, cuando ven que el gobierno no cumple con el programa por el cual lo votaron. Al cumplirse un primer año de gobierno no se intentó ningún acto de masas de celebración. ¿En qué quedó aquello de "Festejen uruguayos, festejen"? No hay nada que festejar. El pueblo uruguayo no tiene hoy ningún ánimo de rebelión contra el actual gobierno. Incluso está dispuesto a apoyar pasivamente algunas de las medidas más discutibles. Pero su entusiasmo se apaga rápidamente. Sin el respaldo del entusiasmo popular el gobierno está en una posición aún más débil frente a las presiones de la derecha.
La desilusión en el propio gobierno, en que las desavenencias internas y tensiones van creciendo. Ya se corren rumores sobre el reemplazo de los ministros más resistidos por la oposición burguesa, en particular el ministro del Interior José Díaz.
Y la desilusión de las clases dominantes y sus representantes políticos tradicionales. Durante el primer año las cámaras empresariales respaldaron abierta y hasta ruidosamente al gobierno. Los partidos burgueses tradicionales no hicieron una oposición seria, y muchos de sus parlamentarios acompañaron los proyectos del gobierno. Ahora las cosas han cambiado. En una forma similar a lo que señalaba Rosa del gobierno de Ebert. en la República de Weimer, llega un punto en que si mira hacia los voceros ideológicos y políticos de la burguesía "podrán observar un tono claro e inequívoco de decepción e indignación: los lacayos del poder han resultado ser unos ineptos".
¿En que estriba ese malestar de la burguesía? No tanto en los resultados del gobierno, sino en que no le tienen confianza para prevenir por métodos represivos la rebelión de los trabajadores que se avizoran. Cien mil nuevos sindicalizados, doscientos sindicatos nuevos, sindicalización de la policía inclusive, y el tan manido tema de las ocupaciones de fábricas y predios agrícolas han puesto nerviosa a la clase dominante. La perspectiva del gobierno es controlar la movilización obrera a través del movimiento sindical, para ello proponen una reglamentación lo que a su vez implica un marco de institucionalización que contenga (en ambos sentidos, proteja y controle) la actividad sindical disciplinada. Existe el exitoso precedente del batllismo, que logró de esta forma limitar la acción sindical al marco reformista y economicista.
Pero los burgueses nativos no son tan ingenuos, y además, no pueden esperar. Saben que esa gestión batllista se apoyó en ciertas concesiones limitadas a los trabajadores apoyadas en la reproducción ampliada del excedente económico, la sustitución de importaciones, el proteccionismo, y el Estado clientelista proveedor de empleos. Y saben que esas condiciones son irreproducibles hoy día. El excedente agropecuario está hoy centralizado en manos que escapan al control del Estado y así debe seguir, la sustitución de importaciones hoy es al revés (la importación sustituye la producción nacional), etc. Por lo tanto no pueden confiar en este seudo-batllismo frenteamplista. Porque en definitiva saben que es una mentira de patas muy cortas. Lo que le exigen al gobierno es represión.
Esto tiene dos caras. Una es la creciente presión sobre el gobierno reprochándole todas las concesiones que hace (como con el gobierno de Kirchner en el tema de la celulosa, que es apenas simbólica), reclamando la renuncia de los ministros "de otro tiempo" como Díaz, a quien se le achaca haber detonado las actuales ocupaciones de fábricas al derogar el decreto que permitía el desalojo de oficio por la fuerza policial. La otra cara es la "acción directa" a través de piezas del aparato represivo (como en la Ciudad Vieja el 4 de noviembre) o la represión por mano propia como en el desalojo (luego frustrado) en la curtiembre Naussa. También está el intento de dividir al movimiento sindical en estas ocupaciones y crear un sindicalismo amarillo, o incluso movilizar a los trabajadores detrás directamente de la patronal, como en el caso de Tienda Inglesa.
Hoy, el procesamiento de 60 trabajadores [ver información en La Haine], 3 de ellos con prisión, en el caso de ex-Impresos Vanni, signa una nueva etapa en la escalada burguesa. Más allá de los aspectos jurídicos y administrativos de este caso y de los avatares y hechos circunstanciales, destaquemos lo que nos parece fundamental.
* El procesamiento de más de sesenta trabajadores por un acto de defensa de su fuente de trabajo es un hecho inédito. En un país que no logra resolver el problema del enorme desempleo, del estancamiento económico, del desmantelamiento industrial, de la miseria, solamente puede tener un significado: prevenir por el escarmiento el peligro de que la rebelión desesperada de los hambrientos cuestione en algún momento las relaciones de producción que impone la explotación capitalista.
* Se trata de una empresa en que el empresario es puesto en situación de insolvencia por el propio Banco República al deber más del 100% de su patrimonio y estar de hecho la empresa operando desde hace tiempo con los fondos del Estado. Tanto el BROU como la Corporación para el Desarrollo habían manifestado la intención de expropiarla y mantenerla en funcionamiento (y esto es causa de un juicio penal del propietario contra el presidente del BROU). El giro de abandono de los trabajadores a su suerte, que los deja a merced de la justicia penal, se debe a la presión de las cámaras empresariales sobre el gobierno. Es necesario dejar parados los medios de producción mientras la gente se muere de hambre por falta de trabajo hasta que todo peligro de desborde obrero sea liquidado, está prohibido pensar en vías de desarrollo alternativas al capitalismo privado.
* El gobierno no solamente carece de planes de desarrollo productivo, tampoco quiere tenerlos. No se atreve a tenerlos. Porque cualquiera sabe, y los economistas del gobierno más que nadie porque son ellos mismos los que lo demostraron en otro tiempo, que ningún plan de desarrollo productivo es posible sin tocar en alguna medida, por pequeña que sea, la estructura del capitalismo dependiente y parasitario que es la causa de este colapso económico. Y el gobierno no quiere tocar de ninguna forma esa estructura porque necesita del aval de la clase dominante para seguir siendo gobierno. A medida que el desencanto popular siga creciendo el gobierno estará más y más a merced de las presiones de la clase dominante, porque no tendrá ningún apoyo popular para oponerle. Su política será entonces más y más pro-burguesa, menos y menos respondiendo a las expectativas del pueblo que lo ha puesto en el gobierno. Y por ende será una política cada vez más inestable y vacilante, que promoverá por ello las presiones de todos sobre el gobierno.
* El caso Vanni comenzó con la movilización del sindicato de la empresa alineado detrás del propietario capitalista para conseguir préstamos del BROU que le permitiesen seguir explotando en forma capitalista a los obreros con el dinero del Estado, como un caso más de la burguesía parasitaria e inútil que ha dilapidado la capacidad productiva de este país, y continuando con la complicidad de un Estado igualmente parásito que ha fomentado la ruina del país. El procesamiento de más de sesenta trabajadores por querer trabajar, precisamente porque ocurre luego de todos esos avatares, demuestra que los trabajadores no pueden esperar nada del "país productivo" de la izquierda pro-capitalista. En otras palabras, nada podemos esperar sino de nosotros mismos.
De los demás, de los empresarios, del gobierno, de la "justicia", solamente podemos esperar el parasitismo, la inoperancia, y el sostén de las relaciones de explotación manteniendo las fábricas cerradas y la inútil propiedad privada de los medios de producción. Y la represión.







