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Cuba, Cuba, EE.UU. :: 18/07/2025

Trump versus Cuba: más de lo mismo

Rosa Miriam Elizalde
El liderazgo revolucionario ha logrado mantener legitimidad interna, sobre todo por su resistencia al intervencionismo gringo

A pesar del despliegue mediático, las recientes medidas de Trump contra el gobierno cubano no representan una ruptura radical ni el inicio de una nueva etapa en la política estadounidense hacia la isla. Son más de lo mismo: sanciones secundarias en el contexto de una estrategia de asfixia económica que lleva más de seis décadas sin lograr su objetivo.

El bloqueo económico, financiero y comercial impuesto por Washington desde 1962 sigue siendo la herramienta principal. Su persistencia, sin embargo, no ha garantizado eficacia en términos estratégicos. Como bien sintetiza el 'Council on Foreign Relations', la política (de EEUU) hacia la isla sirve para enviar señales, pero rara vez cambia los resultados (https://acortar.link/mkP9vO).

Las medidas anunciadas por Trump el pasado 30 de junio -el único componente formalmente nuevo en esta segunda administración- siguen la lógica del desgaste: obstaculizar mediante restricciones indirectas el acceso del gobierno cubano a divisas. Pero están lejos de alterar la estructura de poder en la isla, aunque están diseñadas para incrementar el sufrimiento de una población ya severamente castigada.

Si los políticos estadounidenses recurrieran a la historia, entenderían por qué han naufragado las intenciones de las sucesivas administraciones: el gobierno cubano ha demostrado capacidad de sostenerse incluso en condiciones extremas de aislamiento económico, y el liderazgo revolucionario ha logrado mantener legitimidad interna, sobre todo por su resistencia al intervencionismo estadounidense.

El carácter unilateral e injerencista del bloqueo ha aislado políticamente a EEUU, como demuestran las ya tradicionales votaciones en la ONU contra las acciones unilaterales de Washington a Cuba.

Trump ha firmado un nuevo memorando presidencial que revive con ligeras actualizaciones la línea dura de su primer mandato, que mantuvo Biden. Aunque se presenta como un retorno a la firmeza, su contenido es un gesto de continuidad disfrazado de cambio. Las restricciones a vuelos, remesas y turismo ya estaban en mayor o menor grado muy limitadas, y el cerco económico continúa siendo el núcleo de la presión. Las supuestas novedades giran en torno a la aplicación de sanciones secundarias a empresas extranjeras vinculadas con entidades estatales o figuras del gobierno cubano.

El Departamento de Estado dio un paso más el 11 de julio y anunció por primera vez acciones personales contra el presidente Miguel Díaz-Canel, el ministro de las Fuerzas Armadas, Álvaro López Miera, y el ministro del Interior, Lázaro Álvarez Casas, prohibiéndoles la entrada a EEUU. También se incluyeron 11 hoteles en la lista de alojamientos restringidos a ciudadanos estadounidenses, y se reiteró la prohibición de transacciones financieras directas o indirectas con empresas cubanas, especialmente aquellas vinculadas con el conglomerado GAESA.

En la isla las reacciones no se hicieron esperar: las medidas han sido recibidas con una mezcla de desprecio, sarcasmo y reafirmación política. Numerosos usuarios en redes sociales las ridiculizaron con argumentos de que ningún alto cargo cubano tiene intención de vacacionar en Miami ni de invertir en Wall Street. Muchos mensajes reflejaron solidaridad con Díaz-Canel, al que calificaron como digno continuador de Fidel. Para muchos estas sanciones, sin consecuencias reales para el liderazgo cubano, son otra gratificación de Trump al secretario de Estado Marco Rubio y sus compinches, cuya obsesión enfermiza con el país donde nacieron sus padres es de sobra conocida.

Por otro lado, las medidas tampoco satisfacen a los sectores más extremistas de la emigración cubana en Florida. Una coalición de organizaciones de Miami calificó el memorando de Trump como insuficiente, al considerar que refleja una visión distorsionada de la realidad política cubana (https://acortar.link/XSy1Mh). Para los cavernícolas, las sanciones económicas no bastan: reclaman la aplicación plena del título tres de la Ley Helms-Burton, la suspensión total de vuelos y viajes educativos, la revocación de licencias comerciales, la retirada de beneficios migratorios a ex funcionarios cubanos y la cacería de brujas con la apertura de investigaciones por espionaje en instituciones federales.

Tras estas demandas subyace una convicción profunda: las medidas no han funcionado. La ultraderecha no quiere paliativos, sino intervención. No quiere más gestos que considera cosméticos, sino acciones para aniquilar al gobierno de La Habana, preferiblemente por la fuerza.

La paradoja es evidente: Trump endurece el tono, pero no cambia el fondo. Estas medidas no modifican el núcleo del enfoque estadounidense, porque la madre de todas las acciones coercitivas está en pie desde hace décadas y no ha logrado su objetivo. El impacto es, como admite el propio 'Council on Foreign Relations', más propagandístico que efectivo, y la política hacia Cuba sigue atada al error estratégico de siempre: abundante retórica y escasa comprensión de lo que sucede a 90 millas.

cubadebate.cu

 

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