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29/07/2022 :: Colombia, Colombia

Colombia: Un ejemplo de lucha y dignidad

x Renán Vega Cantor
Prólogo del libro "En el tiempo de la bala y la salamandra" de Vladimir Carrillo Rozo

“La cuestión de la dignidad siempre se plantea frente a la humillación o la ofensa, la amenaza de la violencia o el fantasma de la muerte […] [L]a dignidad solo se concibe plenamente desde la perspectiva de los seres humanos más vulnerables de una sociedad concreta: los oprimidos”.
Norman Ajari, Dignidad o muerte. Ética y política de la raza, Txalaparta, Tafalla, 2021, pp. 88-89.

En este libro el escritor Vladimir Carrillo reconstruye la vida dramática de Gilberto Torres, un colombiano con una entereza y una dignidad como pocos en este país. En un territorio dominado por la banalidad de la televisión, en donde el fútbol, la farándula y la cultura traqueta se han convertido en el pan de cada día del imaginario de la mayor parte de los habitantes de este país, los colombianos que “hacen patria” son aquellos que promociona su imagen como si se estuvieran vendiendo un automóvil, una hamburguesa o cualquier marca comercial, tal y como acontece con costosos futbolistas que se desempeñan como mercenarios internacionales del deporte más popular del mundo o destempladas cantantes, que aunque no canten venden discos por millones y nutren las arcas de las multinacionales de la música.
Por supuesto, Gilberto Torres no forma parte de ninguna de esas categorías comerciales, porque sencillamente su vida está ligada al mundo del trabajo en la industria petrolera y fue en esa actividad en donde realizó un acto de protesta que produjo su secuestro y tortura por parte de las Autodefensas Campesinas de Casanare (ACC). Ese hecho está relacionado con el secuestro y posterior asesinato del dirigente petrolero de Cartagena Aury Sará Marrugo por parte de los paramilitares dirigidos por Carlos Castaño. Ese secuestro se produjo el 30 de noviembre de 2001 y, con sorprendente sincronía, unas horas antes el Estado había dado la orden de militarizar las instalaciones e infraestructura petrolera en todo el país. Sin embargo, por un azar en la Estación de Bombeo El Porvenir, a pocos kilómetros del casco municipal de Monterrey, Casanare, el trabajador Gilberto Torres, directivo de la Unión Sindical Obrera (USO), logró penetrar en las instalaciones y, de acuerdo con otros directivos de la USO que se comunicaron con él por teléfono celular logró reducir la presión del bombeo del crudo, para obligar a Ecopetrol y al Estado colombiano a salvar la vida de Aury Sará y su escolta. Esto no se logró, pues el día 4 de diciembre apareció muerto el sindicalista cartagenero. Esta acción demostró la solidaridad de los trabajadores e indicó que estaban dispuestos a enfrentar la oleada de asesinatos que de dirigentes sindicales de la USO y a denunciar a diversas empresas transnacionales como coparticipes en esa campaña de exterminio. Que Gilberto Torres se hubiera atrevido a reducir el bombeo de petróleo fue considerado como un hecho inaudito por las empresas petroleras que manejaban la red de oleoductos, entre ellos el Oleoducto Central de los Llanos. Por eso, esas empresas decidieron matar a Gilberto Torres y ordenaron a los paramilitares de la región que lo hicieran. Éstos lo secuestraron con el fin de cumplir la orden que les habían impartido, pero en el camino se les atravesó la tenaz resistencia de la USO, que efectúo un paro de varios días con el fin de salvar la vida de su compañero secuestrado y organizaron una campaña internacional de denuncia. Como resultado, Gilberto Torres fue dejado en libertad, luego de soportar un cautiverio de 42 días y de hacer realidad algo que se creía casi imposible: que un dirigente sindical o militante de izquierda que hubiera sido secuestrado por las autodefensas saliera vivo, algo que se consideraba como una “posibilidad… de uno contra un millón”.
La obra de Vladimir Carrillo cuenta la historia de este secuestro y entorno al mismo elabora un apasionante relato en primera persona –la de Gilberto Torres‒ quien detalla todas las peripecias que soportó en manos de las ACC, junto con otros momentos de su vida, desde mucho antes de ser contratado como técnico por Ecopetrol. En doce sustanciosos capítulos se narra una historia que gira en torno al trabajador petrolero señalado que, en el fondo, si se lee entrelíneas, es el recuento a pequeña escala de la historia de Colombia, atravesada por la violencia, pero no como si fuera algo inexplicable, como a veces se nos quiere hacer creer. No, es una violencia claramente comprensible, a pesar de que sea desmesurada y terrible, porque es el resultado de la defensa de los intereses de las clases dominantes, como socios incondicionales de empresas multinacionales, las cuales, con la participación activa del Estado, financian, organizan y patrocinan a las bandas de paramilitares que se han erigido como los defensores incondicionales de la “libre empresa”, del “mercado competitivo” y de la “inversión extranjera” como fuente última de prosperidad y bienestar, todo lo cual no pasa de ser propaganda mediática.

Podría pensarse que todo ello no es real, sino un resultado de la imaginación del autor, que por eso tuvo que darle a su obra un tono novelesco. Por desgracia la historia es muy real y el autor elabora una impecable reconstrucción de los acontecimientos, a partir del testimonio directo de Gilberto Torres, que se complementa con información primaria sobre los negocios turbios del oro negro, en los cuales se entretejen los intereses complementarios de todos aquellos que se apropian del petróleo y de las ganancias que originan su extracción y procesamiento. Pero no es una historia “desde arriba” y “por arriba” para enaltecer a los “héroes” de los hidrocarburos –llámense multinacionales, Ecopetrol, ejércitos públicos y privados, empresarios, presidentes de la República-, sino que es en esencia una historia “desde abajo” y “por abajo”, que reivindica la lucha nacionalista de los trabajadores petroleros, organizados en la USO. Al mismo tiempo, es un relato en el que se destaca la dignidad humana, en medio de la barbarie y la postración de aquellos que se dicen “patriotas”, pero que solo son los testaferros de las empresas extranjeras. Como lo dice el autor: “En la Colombia de los paramilitares, el psicópata era un hombre de negocios y posiblemente un hombre de Estado en el futuro” y en ese país, como lo expresa uno de los paramilitares que secuestró a Gilberto Torres, se considera que “su sindicato es más que nunca un enemigo de Colombia. Un grupo de indios y negros subversivos que quieren expropiarle dineros a los que realmente mueven este país”.
Este libro, como dice Ignacio Merino en la presentación de su primera edición “es la crónica brutal de un tiempo cruel, el tributo de un hombre de fortaleza excepcional, la novela de fuerzas oscuras y primitivas en el confín de la selva sudamericana”, pero “también es una parábola que nos invita a aprender, como las fábulas o los cuentos morales”. Es una historia de dignidad, porque “mientras las familias de los ricos manipuladores, enfangadas en el narcotráfico, distribuyen su espantosa agenda de crímenes, otros hombres y mujeres sacan pecho para tratar de contener la infamia”. Y como muchos seres dignos de este país, Gilberto Torres debió exiliarse, junto con su familia, porque luego de su liberación se convirtió en un objetivo militar de diversos sectores ligados a la industria del petróleo.
Adicionalmente, el libro cuenta como prueba de su veracidad con la ventaja que le confieren los resultados de la tortuosa y lenta indagación judicial de los últimos años, y que se ha enriquecido con los testimonios de antiguos jefes paramilitares de los llanos orientales, algunos de los cuales han revelado sus vínculos con las empresas petroleras que operan en la región y, además, participaron en el secuestro de Gilberto Torres.
Esta obra tiene algo de novela, de historia de vida, de cuadro psicológico, de ensayo sociológico y de crónica periodística. Es todo eso entrelazado, y se nota que su elaboración requirió mucho esfuerzo para diseñar una estructura apropiada y, al mismo tiempo, construir un universo de palabras convincente y con coherencia lógica y analítica. El protagonista de la obra se mueve entre dos universos: el de la bala, que se utiliza para matar, aterrorizar y acallar a quienes son considerados como un obstáculo para el libre funcionamiento del mercado (en este caso petrolero) y el de la salamandra, como símbolo del peligro y de la resistencia ante los acechos de la muerte. Esos dos símbolos, el de la bala y la salamandra, representan la terrible historia contemporánea de Colombia, que bien podrían expresarse de otra manera, diciendo que se constituyen en emblemas de la barbarie y de la dignidad respectivamente.
Debe resaltarse que esta obra tiene un mérito adicional, que lo recorre de principio a fin, aunque no se explicite: su autor es hijo de un dirigente histórico de la USO, César Carrillo, quien ha soportado en carne propia la persecución del terrorismo de Estado a la colombiana en su modalidad de sindicalicidio, puesto que fue blanco de un burdo montaje judicial, estuvo en la cárcel, sufrió acoso, hostigamiento y amenazas de toda índole que lo obligaron a exiliarse durante varios años. Vladimir Carrillo Rozo, en su calidad de hijo de un dirigente sindical de la USO, también soportó a su modo esas formas de violencia, porque quienes primero sienten el impacto de la persecución gremial y política que se practica en Colombia son los familiares de los trabajadores. Este hecho le confiere una sensibilidad especial a su autor para comprender el dolor y la rabia, pero también el espíritu de lucha, tesón y dignidad, de Gilberto Torres, el protagonista de esta extraordinaria obra. Sus propias experiencias traumáticas le posibilitaron a Vladimir Carrillo reconstruir con una gran dosis de empatía la tragedia y grandeza de un trabajador colombiano que ha enfrentado con la cabeza en alto al terrorismo estatal y empresarial predominante en nuestro país.
En el tiempo de la bala y la salamandra debe considerarse como un patrimonio bibliográfico e investigativo de los trabajadores petroleros colombianos, en la medida en que tanto su autor como el protagonista están entrañablemente unidos a las luchas de la Unión Sindical Obrera. Por ello, este libro honra la biblioteca Diego Montaña Cuellar y es un honor que seamos los primeros en publicarlo en territorio colombiano, como testimonio invaluable de una gesta de dignidad, que debe ser conocida y asimilada por los trabajadores colombianos y debe nutrir las luchas de nuestro presente si recordamos que el conocimiento de nuestras propias pequeñas victorias (como la de Gilberto Torres) es un incentivo para sobrevivir en medio de la muerte y la desolación que nos abruma en este macondiano país, donde la realidad supera a la ficción.

OCTAVO LIBRO DE LA BIBLIOTECA DIEGO MONTAÑA CUELLAR, U.S.O. 100 AÑOS

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