1 de mayo: Apuntes sobre la organización de los trabajadores
El actual gobierno reevaluó la potencialidad de las experiencias territoriales nacidas de la resistencia al neoliberalismo más crudo. Pragmáticamente, metió cuña en las construcciones sociales nacidas de la disputa con el clientelismo y el clásico aparato. El kirchnerismo lanzó el desafio
El modelo neoliberal, instalado a sangre y fuego por la última dictadura al ritmo de la desarticulación del sistema productivo, generó la expulsión de cientos de miles de trabajadores del mercado de trabajo. Los inéditos índices de desocupación registrados desde comienzos de los '90 despejaron la solidificación de cualquier intento de lucha específicamente gremial.
La aparición desde el territorio de experiencias organizativas y de lucha que intentaban dar un paso más allá de los piquetes, impactando a la vez sobre los diversos modelos de construcción de poder popular, modificó de plano el esquema de las luchas populares en nuestro país.
Al calor de la exclusión surgieron diversas experiencias organizativas, generalmente de carácter social o comunitario, que intentaban paliar las consecuencias inmediatas de la situación, mientras recomponían con su dinámica las fuerzas del campo popular. Una nutrida camada de activistas creció y se extendió en buena parte de las barriadas del país. Desde los comedores populares y copas de leche, atendiendo las necesidades más urgentes, hasta talleres de formación en los que se trabajaba bajo los conceptos pedagógicos de la educación popular.
Más tarde, de la mano de los planes ganados en las movilizaciones, surgieron emprendimientos productivos que, no sin dificultades, regeneraban la cultura del trabajo en jóvenes que nacieron expulsados del mundo laboral, mientras producían recursos para sus integrantes y sus movimientos. En muchas de estas experiencias, las reivindicaciones territoriales iban acompañadas por actividades y talleres culturales.
El 26 de junio de 2002, la Masacre de Avellaneda planificada por el gobierno de Eduardo Duhalde se convertiría en un punto de inflexión entre las fuerzas del sistema y aquellas que manifiestan luchar por un cambio social. El fusilamiento de Darío Santillán -quien trabajaba por esos días en la bloquera del Movimiento de Trabajadores Desocupados del barrio La Fe, en Lanús, donde desarrollaba su militancia- se convertiría en el dramático ejemplo del cambio en la lectura sistémica respecto de los núcleos organizativos desde lo territorial.
El actual gobierno reevaluó la potencialidad de las experiencias territoriales nacidas de la resistencia al neoliberalismo más crudo. Pragmáticamente, metió cuña en las construcciones sociales nacidas de la disputa con el clientelismo y el clásico aparato. El kirchnerismo lanzó el desafio: reprodujo el discurso antes combatido, apropiándose y vaciando prácticas, como en el caso de los microemprendimientos productivos, generando organizaciones nacidas desde el mero desvío de fondos estatales, utilizadas como dique de contención de construcciones más genuinas, pero no controladas, que sobreviven con distinta suerte hasta hoy.
Mientras tanto, los trabajadores ocupados fueron intentando dar la pelea en diversos gremios y sindicatos, algunos de los cuales reconocía también a los desocupados como parte viva del sector. Con una creciente cantidad de nuevos empleos, la gran mayoría con importantes mermas en lo relativo a las conquistas históricas de la clase trabajadora, el eje sindical toma nuevamente fuerza mediante una creciente cantidad de conflictos gremiales y mesas de discusión salarial.
Las experiencias clasistas más cercanas no están exentas de maniqueísmos ni oportunismos típicos de las centrales burocráticas, aunque no es ésta su mayor debilidad. Dichos espacios insisten en que el campo de la lucha sindical es, prácticamente, el único medio en el que deben intervenir los trabajadores en relación de dependencia, ya que ahí es donde se juega su pertenencia de clase.
Esta concepción tira por la borda una riquísima tradición militante en la que la lucha de los trabajadores no se limita a la puja por mejores condiciones de trabajo y aumentos salariales, sino que se complementa con el desarrollo desde las mismas bases de un proyecto autónomo de clase, de un proyecto político con su correlato organizativo. Para lo cual esa tradición fue buscando alternativas al corset de la "política sindical" y reconoció como propias y buscó relacionarse con las reivindicaciones territoriales que dieron forma en los últimos años a las más diversas, novedosas y dinámicas experiencias de resistencia.
Lograr vincular las más ricas tradiciones sindicales y de organización alternativa de los trabajadores ocupados -aquellas que nunca descuidaron la relación con los diversos frentes de militancia- con las recientes experiencias militantes de carácter territorial o comunitario, las cuales no están ni medianamente cerca de su techo organizativo, parece ser el desafío de hoy para las fuerzas populares.







