A cuatro años del asesinato de los piqueteros Kosteki y Santillán: Una masacre, una lógica
El 26 de junio de 2002 vivimos la represión del Gobierno sobre las organizaciones piqueteras que se manifestaban en el Puente Pueyrredón, sumada a los ataques más moderados pero no menos efectivos a los otros cortes que se realizaron en todos los accesos a Buenos Aires. Más allá de lo repudiable de la masacre, cabe señalar la lógica que llevó a consumar dicho acto, y que continúa operando con el gobierno de Kirchner
En el marco de la Argentina convulsionada de 2002, el Estado -enfrentando los ecos del "que se vayan todos"- necesitaba reconstruir su poder. Para junio de ese año, la movilización decaía progresivamente y las clases medias se alejaban cada vez más de los sectores combativos. Entonces, el gobierno intentó montar una demostración de fuerza tanto de cara a los sectores dominantes como a la sociedad en general. Cabe recordar que por aquellos días el gobierno buscaba alcanzar un acuerdo con el FMI, luego del default de diciembre de 2001, y había que exhibir firmeza. Por otra parte, el gobierno avanzaba en la reconstrucción de la legitimidad del Estado y, separadas los piquetes de las cacerolas, debía aislar y demonizar definitivamente a los primeros.
La semana previa a la masacre distintos funcionarios prepararon desde los medios una escena de confusa violencia que justificara su accionar posterior. El presidente Duhalde declaraba: "tenemos que ir poniendo orden, pues la conflictividad social está bajando en forma abrupta y se hace inadmisible aislar la Capital". Por su parte, el Jefe de Gabinete Alfredo Atanasof afirmaba que "el caos solo genera el caos" y que el operativo de seguridad sería llevado a cabo por la Policía Federal y Bonaerense, Gendarmería y Prefectura.
Concretamente, el dispositivo represivo en el Puente consistió en una provocación a los movimientos que marchaban y en una feroz persecución de los manifestantes que, dispersados, fueron cazados a más de 20 cuadras a la redonda del epicentro inicial del conflicto. Como resultado de la trágica jornada sufrimos una veintena de heridos de bala de plomo, centenares de detenidos, allanamiento ilegal de un local de Izquierda Unida y el asesinato a mansalva de dos compañeros de lucha: Dario Santillán y Maximiliano Kosteki.
La respuesta popular
Ese mismo día el gobierno continuó con su estrategia desde los medios, sosteniendo la versión de que los piqueteros se mataron entre ellos, haciendo hincapié en los destrozos de locales comerciales y la quema de un colectivo, los policías heridos, etc. Frente a las mentiras de los medios masivos y el gobierno, opusimos los medios alternativos y la comunicación boca a boca, movimiento a movimiento, y esa misma noche confluimos miles de personas en la Plaza de Mayo (concentración que no fue cubierta por los medios masivos). El día posterior también hubo una gran movilización y la respuesta popular culminó en la marcha del 3 de julio, donde la gran mayoría de las organizaciones confluyeron con un reclamo único: "Juicio y castigo a los responsables materiales, políticos e ideológicos".
A partir de la publicación de material fotográfico que claramente mostraba a Fanchiotti en posición de tiro frente a Darío Santillán, la mentira fue ya insostenible y la versión inicial de piqueteros salvajes matándose mutuamente fue reemplazada por una igualmente falaz: la del comisario psicópata que emprendió por cuenta propia una cacería humana a espaldas de sus superiores.
La reacción popular no concluyó el 3 de julio: los cortes los 26 de cada mes, las movilizaciones a los tribunales de La Plata, la agitación permanente reclamando juicio tanto a los autores materiales del hecho como a los responsables políticos e ideológicos, fueron parte de una lucha que culminó con condenas a Fanchiotti y sus secuaces, aunque estas en lo esencial respondieron a la necesidad del sistema politico de preservarse, cubriendo a Duhalde y sus funcionarios.
La dignidad no se vende
Si bien se logró cierto esclarecimiento de la masacre con las imputaciones de quienes fueron los responsables materiales de los asesinatos, el gobierno aún así logró su objetivo propuesto: la estigmatización de los piqueteros en tanto delincuentes sociales violentos y su corrida del campo de las luchas populares para exhibirlos frente a las pantallas de tv y las páginas de los periódicos como los responsables de todos los males que aquejan a la clase media argentina.
Golpeados por la magnitud de la represión sufrida y arrinconados por las cámaras y los micrófonos por un lado y la persecución policial por el otro, el movimiento piquetero sufrió una agudización de sus propias contradicciones internas que los llevó a una mayor fragmentación.
Aislados y acallados, la política de pan y palos llevada a cabo primero por el gobierno de Duhalde y luego profundizada por Kirchner y sus medios a través de la caracterización de piqueteros duros y blandos, poco a poco demostró que la multiplicación de los planes sociales y los comentarios de transeúntes indignados ante un piquete podían ser mucho más efectivos que las balas y los gases lacrimógenos.
La necesidad del actual gobierno de construir un consenso que le permitiera salvar el bajísimo porcentaje electoral con el cual se había hecho de la presidencia lo llevó a desarrollar una política de cooptación de grandes sectores del campo popular que anteriormente se mostraban como opositores directos. Sin embargo, la represión siempre es un recurso rápido para contrarrestar a quienes no ponen en venta su dignidad. Las Heras, Haedo, la Cumbre de Mar del Plata, la legislatura porteña, los presos y procesados políticos, el bloqueo del paso de las columnas estudiantiles hacia la Plaza de Mayo, los trabajadores del subte, del Garrahan... todas ellas represiones que son expuestas como episodios aislados entre sí y con ninguna conexión directa al gobierno impidiendo ver la verdadera lógica represora del Estado.
La burbuja K: La mentira tiene patas cortas
El "éxito" de Kirchner se basa en mentiras, discursos tribuneros que no se traducen en hechos concretos, promesas de derechos humanos y de redistribución de la riqueza que no tienen correlato con la realidad. El gobierno monta escenarios de apoyo a su gestión, como el acto del 25 de mayo, donde los factores movilizantes fueron: para las clases medias, los intelectuales vendidos al gobierno; para los desocupados y los sectores olvidados durante los 90, el plan y las promesas; para los trabajadores, los "aumentos" pactados entre el Ministerio de Trabajo y las burocracias sindicales que siempre van a la zaga de la inflación y no llegan a constituir una recomposición salarial.
Todo esto montado sobre un crecimiento económico coyuntural, y por ende limitado, que decora muy bien la tapa de los diarios pero no se siente en la vida cotidiana de los trabajadores.
Por ello, hoy es necesario comprender y denunciar la lógica de este gobierno, retomar el camino de la movilización y la lucha que permitieron el juicio y castigo a Fanchiotti y compañía para ajusticiar a los responsables políticos de la represión de ayer y de hoy, y reconstruir la sociedad sobre nuevas bases, desde la igualdad y la libertad.
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Prensa de Frente







