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09/09/2019 :: Europa

Agnés Heller: críticas y negaciones

x Maciek Wisniewski
Renegó del marxismo y empezó a defender el mercado y la 'democracia' liberal

I. Mientras G. Lukács solía ir renegando de sus obras y, aceptando reprimendas de la ortodoxia comunista, ofrecía autocríticas sin perder la fe en el socialismo, A. Heller (1923-2019), su recién fallecida alumna más conocida, en su paso desde el marxismo hacia el posmodernismo, lo abandonó por completo, renegó muchas de sus ideas y empezó a defender el mercado y la democracia liberal, internalizando demandas de la ortodoxia capitalista. Después de dar, junto con otros miembros de la Escuela de Budapest, nueva vida al marxismo –en oposición al materialismo dialéctico (diamat) dominante− rescatando al joven Marx y desarrollando un novedoso trabajo teórico (Teoría de las necesidades en Marx, 1976) –posteriormente repudiado (Una revisión de la teoría de las necesidades, 1993)−, se dedicó a la antropología y a la sociología de la vida cotidiana.

Abrazando el individualismo neoliberal, enfatizaba que lo único que necesitábamos era ir cambiando nuestras vidas. Calificando la transición democrática post-89 como una gloriosa revolución posmoderna en contra de un experimento fallido de la modernidad [el comunismo], abandonó cualquier esperanza en la emancipación colectiva. No obstante, poco antes de la implosión del socialismo real, junto con otros lukácsianos −de los cuales todos, salvo I. Mészáros acabaron en posiciones parecidas−, escribía que el mundo necesitaba más socialismo, no menos (F. Fehér, A. Heller, G. Márkus, Dictatorship over needs, 1983, p. xiii).

II. Tras tener que exiliarse en los setenta –en Melbourne y luego Nueva York, dónde ocupó la misma cátedra que H. Arendt ('The New School for Social Research')−, regresó a Hungría. En años recientes fue una de las más feroces y valientes voces críticas de V. Orbán. Según ella, Hungría era el país del ex bloque soviético donde ocurrió la más radical eliminación de la libertad. En Orbán veía un advenimiento de una tiranía (el término populismo según ella no aportaba nada) −no un tipo de gobierno como democracia o fascismo, sino una manera de gobernar, una corrupción del capitalismo [sic]− y de una re-feudalización: Orbán decide todo y reparte el botín entre su oligarquía. Pero incluso en medio de estas críticas, resaltaba su abandono del marxismo: según ella el auge de los tiranos (Orbán, Erdoğan, 'Putin') es posible “porque ya no vivimos en una sociedad de clases – ergo: éstas ya no existen [sic]−, sino en una de masas” y porque ya no hay conflicto derecha-izquierda [sic]: hoy la lucha es entre los que destruyen el estado de derecho y los que quieren restablecerlo.

III. Para Heller, proveniente de una familia judía de clase media, el holocausto −en el que pereció su padre deportado a Auschwitz junto con otros 450 mil judíos húngaros por un gobierno colaboracionista con Hitler y del que ella se salvó gracias a pura suerte y sentido común−, siempre era una latente cuestión filosófica: ¿cómo era posible que ocurriera algo así?, ¿cómo entenderlo?. “Me prometí resolver el secreto sucio del siglo XX, el secreto de varios millones de cuerpos ‘producidos’ por los genocidios en nombre del humanismo e Iluminación” (A short history of my philosophy, 2010). No obstante esta búsqueda –junto con su paso por el comunismo soviético− sólo la hizo dudar en la humanidad y en la razón.

IV. Fustigando el latente antisemitismo de Orbán, sus políticas de odio hacia refugiados y minorías (roma/sinti, etc.) y la perversa instrumentalización de la figura de G. Soros, un empresario húngaro-judío-estadunidense, que según él financia la llegada de los migrantes musulmanes para aniquilar a la Europa cristiana, Heller, en su preocupación por la suerte de la civilización occidental −al abrazar las teorías funcionalistas de la modernidad y acabar prácticamente en posiciones neo-conservadoras− de repente usaba el mismo lenguaje que la propia derecha xenófoba: el islam es el totalitarismo más extremo (bit.ly/2NJU4Mi). Criticando el nacionalismo estúpido de Orbán (bit.ly/2Zx6FcQ) −y viéndolo en general como una gran amenaza− dejaba de lado su caso más radical: el Israel de Netanyahu, ignorando también similitudes entre ambos políticos y su bizarra alianza en una plataforma etnonacionalista y antinmigrante que resulta incluso en el blanqueamiento del papel de Hungría en el holocausto.

V. A pesar de sus negaciones, Heller –junto con A. Gorz (1923-2007)− sigue siendo una pionera de la ecología política. Su redescubrimiento del concepto de las necesidades radicales en Marx –las que no pueden ser satisfechas dentro de la economía del mercado− y su reconceptualización, como buena alumna de Lukács, desde el punto de vista de la alienación que genera toda una serie de necesidades artificiales, irreales desde el punto de vista ecológico, son más actuales que nunca en tiempos en que el actual patrón de consumo es insostenible y suicida. Lo mismo aplica a su premisa que para evitar la trampa de tener las necesidades dictadas (véase: Dictatorship...”), hay que movilizarnos y echar a andar un proceso desde abajo que de modo democrático identifique las necesidades racionales, realizando “una comúnmente desarrollada –subrayaba aún en su época de esperanzas− crítica de la vida cotidiana”.

La Jornada

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