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24/12/2020 :: Medio Oriente, Europa, Mundo

Antisemitismo y antisionismo

x José Steinsleger
Despejando la supuesta complejidad del asunto en pocas palabras: El antisemitismo es racismo, y el antisionismo es anticolonialismo

La fecha 25 de diciembre, Año 1 del Señor (Anno Domini), fue fijada matemáticamente por la naciente Iglesia Católica, Apostólica y Romana a inicios del siglo VI. Junto con ella, la leyenda del deicidio (o asesinato de Dios), endosada a la casta judía farisea que negó divinidad al que se decía hijo de Dios.

Otra leyenda antijudía data del medioevo, y consistió en asociar al judaísmo con el dinero y la usura. No obstante, el modesto judío que sentado en un banquito de los mercados prestaba pequeñas sumas a bajo interés (de ahí la palabra banco), nada tenía que ver con los devotos lombardos que facilitaban grandes sumas con elevado interés a papas y reyes de Inglaterra, Francia y España.

En el distrito financiero de Londres, por ejemplo, todavía existe la Lombard Street, con vestigios de las poderosas firmas monetarias de Génova, Florencia, Milán, Venecia y otras ciudades prósperas del norte de Italia, cuya acumulación primitiva provenía del saqueo y la piratería.

Sin embargo, la Iglesia siguió usando la torva imagen del judío usurero, para cultivar la judeofobia popular. Deicidio, dinero, usura. A modo de chivo expiatorio (o sea, con independencia de su inocencia), los judíos fueron culpados, perversamente, de todos los males y adversidades de la cristiandad (pestes, sequías, crisis económicas).

En la segunda mitad del siglo XIX, una seudoteoría inventada en Francia, el racismo científico, sirvió de justificación de la empresa colonial. Y junto con el auge del nacionalismo agresivo, vulgarizó el vocablo antisemita. Un término ambiguo que, paradójicamente, acuñó el periodista judeófobo alemán Wilhelm Marr para descalificar a los judíos que definía como raza, y no como seguidores de una determinada religión.

Por consiguiente, algunos activistas judíos empezaron a concebir su propia idea de nación, simbolizada en el retorno a Sión (colina de Jerusalén), la Tierra Prometida. Uno de ellos, el periodista Teodoro Herzl (1860-1904), publicó en 1896 el breve ensayo El Estado judío. Un año después, Herzl creó la Organización Sionista (Basilea, 1897), para promover la emigración judía a Palestina, territorio del Imperio Otomano.

Simultáneamente, Francia degradaba sus instituciones con el tristemente célebre Caso Dreyfus (1894-1906), que tuvo su origen en una sentencia judicial de la que fue víctima el capitán judío Alfred Dreyfus, sobre un trasfondo de espionaje y antisemitismo. Pescando en el río revuelto de la histeria antisemita, el órgano de prensa oficial de la orden jesuita en Roma dedicó un artículo al caso. V.gr.:

“(…) La maquinación se llevó a cabo en Basilea, durante el congreso sionista celebrado con el pretexto de discutir la entrega de Jerusalén. Los protestantes hicieron causa común con los judíos y formaron un sindicato (…). El judío fue creado por Dios para servir de espía donde la traición se gesta” (sic, Civilitá Cattolica, 1897).

En el Congreso de Basilea, los sionistas de izquierda quedaron en minoría frente a los partidarios de injertar en Palestina una entidad que, con apoyo de Inglaterra primero y de EEUU después, tergiversara totalmente el milenario padecimiento de los judíos (en particular de la Sohá, o solución final de los nazis), propiciando la creación del Estado de Israel (1948).

Como es habitual, la Iglesia se tomó tiempo para pedir perdón por sus errores. Así, mil 500 años después, el Concilio Vaticano II (1962-65), convocado por Juan XXIII, afirmó que no podía imputarse a los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy, la responsabilidad colectiva de los judíos en la muerte de Jesús (declaración Nostra Aetate, o Nuestro Tiempo, 28 de octubre de 1965).

Demasiado tarde. Para entonces, Israel se había convertido en un enclave neocolonial y genocida del pueblo palestino, sostenido por los intereses económicos, militares y geopolíticos de Washington y Europa occidental en Medio Oriente.

De ahí la Declaración sobre el Antisemitismo y la Cuestión de Palestina, suscrita el 30 de noviembre por 122 intelectuales palestinos y árabes, que cuestionan la bastarda definición de antisemitismo promovida por la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (Estocolmo, 1998), que Tel Aviv utiliza para satanizar y suprimir el apoyo a los derechos palestinos.

En consonancia, otra Declaración similar fue suscrita 15 días después por más de 300 intelectuales, artistas y periodistas activistas de América Latina, España y Portugal, despejando la supuesta complejidad del asunto en pocas palabras: El antisemitismo es racismo, y el antisionismo es anticolonialismo.

La Jornada

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