Cae otro capo narco, nada cambia
La muerte de El Mencho, el narcotraficante más buscado de México, no frenará a los cárteles, no reducirá la violencia ni detendrá las compras de drogas en EEUU
Mientras EEUU se encuentra en otra guerra en Asia Occidental, apenas unos meses después del secuestro del presidente de Venezuela y la diputada Cilia Flores, y con el Mundial de fútbol a la vuelta de la esquina --y con la FIFA sumándose al Consejo de Paz de Trump--, fue abatido el narcotraficante más notorio de México y el hombre más buscado por el FBI, Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, más conocido como El Mencho.
El líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), cayó en Tapalpa, una localidad situada a dos horas al suroeste de Guadalajara, capital del estado de Jalisco y tercera ciudad más grande del país, además de una de las sedes del próximo Mundial, en un operativo llevado a cabo por fuerzas especiales mexicanas «en el marco de la cooperación bilateral, con autoridades estadounidenses aportando inteligencia complementaria». El CJNG fue designado como organización terrorista por el régimen de Trump el año pasado y es ampliamente considerado como la organización criminal más poderosa de México.
Durante años circularon rumores sobre la muerte de El Mencho, ya fuera por problemas renales o por causas imprecisas, pero esta vez el gobierno mexicano confirmó su fallecimiento (según las autoridades, fue localizado a través de una amante). La muerte de Mencho provocó una reacción inmediata del CJNG en forma de narcobloqueos en al menos quince estados del país, a una escala que el veterano periodista Ioan Grillo describió como «sin precedentes», junto con la quema de camiones cisterna, colectivos, farmacias y bancos. Al momento de escribir estas líneas, el saldo incluía varios civiles muertos, lo mismo que veinticinco miembros de fuerzas de seguridad estatales y federales y treinta narcos. A turistas y residentes de las zonas afectadas se les recomendó permanecer resguardados, mientras 2.500 efectivos adicionales eran desplegados en Jalisco.
Como sostiene el politólogo Benjamin Lessing en un trabajo de referencia sobre bandas criminales: «Cuando los cárteles recurren a estrategias de combate, su objetivo no es conquistar el Estado sino restringirlo, modificar su comportamiento, lo que en el caso de los Estados significa alterar los resultados de su política pública. En las guerras de restricción, la función de la violencia es generalmente coercitiva». En ese sentido, la violencia criminal no representa un intento de destruir al Estado sino una forma de negociación con él; el mensaje, en este caso, es que Mencho puede haber muerto, pero el poder de la organización permanece intacto.
Aunque el gobierno de Claudia Sheinbaum se atribuye el mérito por la muerte de El Mencho, no cabe duda de que fue también una respuesta a la presión del régimen de Trump, así como a los críticos de Morena que acusan al partido de ser indulgente con los «cárteles», afirmando que la estrategia de seguridad de AMLO fue en realidad de «abrazos, no balazos» y sin transferir la responsabilidad del orden público a las Fuerzas Armadas. Por supuesto, funcionarios y aliados de Trump no tardaron en adjudicarse ellos el crédito por la caída del líder narco.
Es casi imposible seguir con precisión lo que ocurre sobre el terreno ya que, por ejemplo, las redes sociales se llenaron de informes falsos que aseguraban que el aeropuerto de Guadalajara había sido tomado por sicarios y se difundieron videos antiguos de vehículos blindados del CJNG. Hay una legión de cuentas monetizadas con tilde azul en X, podcasts de operadores y youtubers del crimen organizado, junto con influencers y políticos vinculados al movimiento MAGA, que evocan el espectro de «el cártel», no como una organización específica sino como una estructura criminal monolítica que capturó al Estado y supuestamente controla México.
La realidad de la fragmentación del crimen organizado en el país y la eliminación de dos generaciones de líderes no encaja en un análisis como este, más moldeado por Taylor Sheridan y la serie Narcos de Netflix que por las dinámicas reales del narcotráfico mexicano.
La estrategia del capo y el espectro del cártel
Durante casi cincuenta años, EEUU persiguió una estrategia centrada en eliminar a los líderes de las principales organizaciones de narcotráfico como eje de su «guerra contra las drogas» (en lugar de perseguir el consumo de puertas adentro, más costoswo políticamente). El Mencho se suma así a la larga lista de villanos emblemáticos designados como los traficantes más violentos y peligrosos de su tiempo en esta guerra interminable. Entre los capos abatidos figuran Ramón Arellano Félix (2002); Arturo Beltrán Leyva, conocido entre otras cosas como «el jefe de jefes» (2009); y el particularmente sádico ex integrante de fuerzas especiales entrenado en EEUU Heriberto Lazcano Lazcano, alias «Z3» (2012).
Otros más conocidos, como El Chapo y El Mayo, junto con los jefes originales del Cártel de Guadalajara Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero, por mencionar a algunos de los más infames, hoy se apagan en prisiones estadounidenses. Félix Gallardo es la excepción y cumple cadena perpetua en México. Sin embargo, nadie puede afirmar seriamente que estas muertes o arrestos hayan vuelto a México un país menos violento o logrado reducir de manera sustantiva el poder del crimen organizado y, mucho menos, que hayan obstaculizado la compra de drogas en EEUU y el resto del mundo.
Los capos colombianos, desde Pablo Escobar hasta los líderes del Cártel de Cali, corrieron destinos similares; el más reciente en caer fue Darío Antonio Úsuga David, alias Otoniel, del Clan del Golfo. Sin embargo, Colombia nunca exportó tanta cocaína como ahora, ya que una nueva generación de traficantes más pequeños, organizados horizontalmente y más discretos, continúa operando junto a organizaciones paramilitares. Donde México estuvo dominado por unas pocas grandes organizaciones durante décadas, hoy existen cientos de pequeños grupos escindidos, facciones regionales y bandas distribuidas por todo el país, en gran medida como consecuencia de la estrategia de descabezar a las organizaciones.
La captura de El Mayo desestabilizó profundamente a Sinaloa y estados vecinos a través de una guerra civil entre facciones que provocó, hasta el año pasado, un aumento del 400 por ciento en los homicidios, con más de 2.400 asesinatos y 2.900 desapariciones desde septiembre de 2024. Eliminar a un actor central en un paisaje criminal tan fragmentado puede resultar profundamente desestabilizador y tiende a volver la situación más peligrosa y caótica.
La guerra entre la Organización Beltrán Leyva y el Cártel de Sinaloa comenzó con la detención de Alfredo Beltrán Leyva y dejó casi 10.000 muertos entre 2008 y 2011. Los efectos de aquella desestabilización siguen siendo visibles en la violencia actual. Hay, por lo tanto, razones fundadas para temer que la muerte de El Mencho desate episodios similares mientras facciones del CJNG buscan consolidar posiciones en los próximos meses en Jalisco y más allá, como ocurrió casi siempre tras la caída de capos anteriores, justo cuando la administración Sheinbaum había logrado avances reales en la seguridad pública.
En realidad, la idea del cártel como entidad vertical y unificada siempre fue una ficción conveniente al servicio de la política exterior estadounidense. Las mafias mexicanas son reales, peligrosas y están insertas en la economía política del país, pero se asemejan más a intereses superpuestos, clanes regionales y estructuras horizontales que conforman un sistema de tráfico internacional y doméstico de drogas --y de otros bienes ilícitos, desde fauna silvestre hasta minerales--, extorsión y otros negocios criminales -cuyos dineros se blanquean en Wall Street-, más que a organizaciones centralizadas. Como me dijo hace unos años el historiador Benjamin Smith:
El término «cártel» es revelador. Los agentes "antidrogas" estadounidenses comenzaron a usarlo a fines de los años ochenta para describir a los traficantes mexicanos. La palabra evocaba de inmediato a la OPEP, al control de precios y a la perversión del capitalismo anglosajón bienintencionado. Y prometía victoria: destruyan el cártel y destruirán el comercio de drogas. Sin embargo, la DEA sabía que los traficantes no operaban como un cártel en absoluto. Eran redes de familias emparentadas y amigos que desempeñaban pequeños roles en la creación de este ecosistema de mercado, bajo el mando de los compradores estadounidenses.
Aunque las organizaciones mexicanas se describan a sí mismas como «cárteles», esto es más una cuestión de autopromoción que una evaluación precisa de su funcionamiento. Como sostiene el crítico literario Oswaldo Zavala en su libro Drug Cartels Do Not Exist [Los cárteles de la droga no existen]:
El narco en México y EEUU funciona como el ingenioso truco de Tony Soprano. El narco aparece en nuestra sociedad como una temible caja de Pandora que, creemos, desataría muerte y destrucción sin fin si se abriera. Si pudiéramos superar ese miedo y enfrentar lo que llamamos el narco abriendo por fin la caja, no encontraríamos a un traficante violento, sino el lenguaje oficial que lo inventa: escucharíamos palabras que se nos escurrirían entre los dedos como arena. Abramos la caja, entonces.
Y esa caja se ha abierto una y otra vez.
Narcoterrorismo
El segundo mandato de Trump se ha caracterizado por un lenguaje oficial en el que el narco se convierte en narcoterrorista, un ser demoníaco que busca desestabilizar y matar a EEUU mediante las drogas en lugar de actuar como un capitalista ilícito. Esto no es nada nuevo; Ronald Reagan utilizó la misma justificación para su política exterior agresiva y su apoyo a guerras sucias y sangrientas en América Latina (con el ejército de EEUU traficando drogas para enviar armas a Irán).
Como declaró el propio Reagan en 1986: «El vínculo entre los gobiernos de aliados soviéticos como Cuba y Nicaragua y el narcotráfico y el terrorismo internacionales se vuelve cada vez más claro. Estos males gemelos del narcotráfico y el terrorismo representan hoy las amenazas más insidiosas y peligrosas para el hemisferio». Más recientemente, circuló la ensoñación febril de una alianza entre terroristas islámicos y cárteles de la droga.
Existe una larga historia de apoyo de la CIA a narcotraficantes, desde Laos hasta Colombia. Un expresidente hondureño que se jactó orgullosamente de querer meter la droga «directamente por las narices de los gringos» fue indultado recientemente por el presidente Trump. Como señaló Seth Harp, el Afganistán ocupado por EEUU fue el mayor narcoestado de la historia, produciendo la heroína que compraban los capos estadounidenses.
El narcoterrorismo es una ficción útil más que una realidad concreta. ¿Fueron actos de narcoterrorismo las ganancias del tráfico de drogas que le permitieron a los Contras violar y saquear el campo nicaragüense, a los contrarrevolucionarios cubanos hacer estallar aviones de pasajeros, o a los paramilitares colombianos aplicar motosierras a las extremidades de campesinos? Todos los grupos mencionados tenían una agenda política más definida que el fallecido El Mencho, quien, hasta donde se sabe, buscaba influir en el Estado más que reemplazarlo.
El Mencho y el CJNG
La entrada del CJNG en el panorama criminal mexicano fue consecuencia directa de las luchas internas y los reagrupamientos tras la muerte y captura de capos anteriores. Los orígenes de la organización mafiosa se encuentran en el clan Valencia, un importante clan de traficantes oriundo de Michoacán que solía realizar envíos de droga a través de su negocio de exportación de aguacates. La organización de los Valencia, también conocida como el Cártel del Milenio, fue en su momento una de las mafias más rentables del mundo. Sin embargo, los Valencia fueron expulsados de su estado natal de Michoacán por sus rivales y se reagruparon en Jalisco como aliados de la Federación de Sinaloa, en particular de Ignacio Coronel Villarreal, alias «Nacho Coronel», pionero de la industria de las drogas sintéticas.
El Mencho comenzó su carrera criminal como un pequeño vendedor de heroína en San Francisco (EEUU) antes de cumplir condena en una prisión estadounidense y ser deportado a México, donde trabajó como policía y se casó con una integrante del clan Valencia, pero realmente se dio a conocer por liderar una fuerza paramilitar en la guerra contra Los Zetas, grupo que era conocido como «Matazetas».
Tras la muerte de Nacho Coronel en 2010 y la captura de varios líderes del clan Valencia, el CJNG emergió como la nueva fuerza en Jalisco, después de eliminar a algunos rivales. Su ascenso se basó en la combinación de la pericia financiera y las redes internacionales de la organización Valencia con las innovaciones en la producción de drogas sintéticas (más solicitadas en EEUU) introducidas por su antiguo socio Nacho Coronel y la violencia paramilitar de El Mencho.
La notoriedad del CJNG se debió en gran parte a la disposición de la organización para enfrentarse directamente con las fuerzas estatales, incluyendo eventos como el derribo de un helicóptero militar durante un intento previo de capturar a Mencho en 2015 y, más recientemente, una generalización del uso de drones. El CJNG también asesinó o intentó asesinar a numerosos funcionarios estatales, entre ellos Omar García Harfuch, actual secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, y se ganó una reputación merecida de brutalidad. O al menos así lo presenta la narrativa oficial.
Según centros de análisis e informes oficiales, el CJNG tiene presencia en todos y cada uno de los estados mexicanos y en los cincuenta estados de EEUU, así como en numerosos países, en particular Ecuador y Colombia, con un alcance que llega hasta China y Australia en términos de sus redes de tráfico. Posee activos por miles de millones de dólares y, según se informa, está involucrado en actividades que van desde la minería ilegal en Colombia hasta el comercio ilícito de fauna silvestre.
La lógica de la guerra contra las drogas
Desde que Richard Nixon declaró por primera vez la guerra contra las drogas en 1971, en gran medida para justificar una ofensiva contra la Nueva Izquierda, hoy hay más drogas que nunca en el mercado, y nunca fue tan fácil conseguirlas; en todo caso, su precio ha venido bajando desde Sudáfrica hasta Europa. Como ejercicio mental, vale la pena preguntarse si realmente el objetivo es ganar la guerra contra las drogas, cuando las agencias que la libran dependen de la amenaza del narcotráfico para sostener presupuestos (y sobornos) de decenas de miles de millones, mientras que su discurso sirve como justificación para la represión interna y las intervenciones en el exterior.
Volviendo a México, su guerra contra las drogas, lanzada por Felipe Calderón en 2006, ha dejado más de 300.000 muertos y 130.000 desapariciones, con al menos 16.000 personas desaparecidas tan solo en Jalisco. Y sin embargo, las drogas siguen fluyendo, las ganancias continúan ingresando y, aunque queden más fragmentados, los grupos del crimen organizado mexicano no van a desaparecer en el corto plazo. Si bien siempre hay que tomar estos informes con cautela, dada la naturaleza altamente cambiante del negocio y la forma en que se define la membresía, en 2023 los grupos del crimen organizado mexicano contaban con 175.000 miembros, lo que los convierte en el quinto mayor empleador del país, según una nueva investigación publicada en la revista Science.
¿Por qué entonces es tan violento el tráfico de drogas hacia EEUU en México? Como sostiene Benjamin Smith en su libro The Dope, hasta la década de 1970 la violencia era rara en la resolución de las disputas entre traficantes; los lazos familiares y los funcionarios estatales que regulaban el comercio podían resolver los conflictos sin recurrir a ella. La violencia se convirtió en una característica sistémica del negocio solo después de que la guerra contra las drogas de EEUU llegara a México a través de la Operación Cóndor, una campaña militarizada supuestamente dirigida contra los cultivos de amapola en el llamado Triángulo Dorado, las remotas zonas rurales montañosas de Durango, Sinaloa y Chihuahua que constituyen el corazón del comercio de drogas en México.
La Operación Cóndor en realidad le permitió al Estado atacar a diversas organizaciones radicales y guerrillas campesinas que habían surgido en la década de 1970, como demostró el historiador Alexander Aviña. Los niveles actuales de violencia en México son el resultado directo de la ruptura en la capacidad del Estado o de cualquier organización única para regular el tráfico de drogas, y de la desaparición de las guerrillas que frenaban el narcotráfico. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la caída del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y las enormes ganancias generadas en la industria transformaron la lógica del crimen organizado.
En palabras de Smith:
Los sistemas privados de protección pronto entraron en conflicto cuando distintos grupos buscaron monopolizar determinadas zonas. Las organizaciones de tráfico, que antes se habían ocupado de mover productos, comenzaron a interesarse por controlar el espacio. Y lucharon contra otras organizaciones para hacerlo. El tráfico de drogas se convirtió en la guerra de las drogas, o más precisamente, en un conflicto entre organizaciones de tráfico por controlar un sistema de protección específico y delimitado geográficamente.
Estos sistemas de protección se extienden más allá del tráfico de drogas, hacia la imposición de gravámenes a industrias legítimas, el robo de combustible y actividades que van desde la venta de aguacate y ropa de marca falsificada hasta burdeles, mientras apuntan también al pequeño mercado interno de drogas. Decenas de organizaciones más pequeñas y facciones locales compiten por estos sistemas, impulsando conflictos que superan la capacidad del Estado para controlarlos y aumentando los niveles de competencia violenta.
A estas alturas, al menos vale la pena preguntarse si este no es uno de los objetivos de la política antidrogas, en lugar de ser simplemente una consecuencia de la miopía y/o de políticas equivocadas. Tras décadas de la aplicación de la estrategia de descabezar a las organizaciones, que solo condujo a más violencia y más narcotráfico, es razonable preguntarse si su objetivo no es desestabilizar y fragmentar la soberanía de México y de otros Estados, incluso cuando El Mencho haya sido abatido por fuerzas especiales mexicanas.
Independientemente de lo que ocurra tras su muerte, la caída de otro capo contribuirá muy poco a ponerle freno al poder del crimen organizado y a los intereses que se benefician del desorden, incluidos aquellos que actualmente ocupan la Casa Blanca.
Jacobinlat







