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08/02/2021 :: Chile, Anti Patriarcado, Madrid

Chile: "Saltar todos los torniquetes"

x jacobinlat.com
Conversamos con Alondra Carrillo y Karina Nohales, candidatas a la Convención Constitucional de la Coordinadora Feminista 8M

Hablamos, sobre la situación del feminismo frente al proceso constitucional y sobre por qué la lucha feminista no aboga por «una mejor Constitución», sino por propiciar la politización de las masas.

Karina Nohales (KH) y Alondra Carrillo (AC) son parte de la Coordinadora Feminista 8M de Chile, un espacio que se ha ido formando al calor de las luchas feministas de los últimos años y de la revuelta. Hoy son candidatas a la Constituyente. Hablamos con ellas sobre las razones, los riesgos y las esperanzas de esta etapa de institucionalización de algunas de las demandas por las que se movilizaron los pueblos que habitan Chile. Conversaron con Claudia Korol (CK) para 'Jacobin América Latina'.

¿Podrían contar el recorrido de las luchas en las que vienen participando, hasta este momento en que son candidatas a la Constituyente?

KN; Yo soy una de las voceras de la Coordinadora Feminista 8 de marzo. Mi trayectoria está marcada por dos momentos. Uno tiene que ver con el trabajo territorial barrial del lugar dónde provengo, Puente Alto, un barrio numeroso, periférico, de Santiago. Durante años me ligué al tema del trabajo y la seguridad social. Desde allí he participado de muchísimos espacios, hasta que llega el momento de No Más AFP, en que se produce una suerte de pequeño estallido social contra el Sistema Privado de Pensiones que existe en Chile. Desde No Más AFP comienza un proceso de reflexión que coincide con el mayo universitario feminista en 2018, en torno al problema del trabajo y la seguridad social desde el punto de vista de las trabajadoras. Desde ahí empezamos a levantar los encuentros de feminismo, trabajo y seguridad social. En ese momento nace la Coordinadora Feminista 8 De Marzo, y soy una de las personas que constituye el Comité de Trabajadoras y Sindicalistas de ese espacio.

¿Cómo fue tu aproximación al feminismo, Alondra?

AC: Tengo 29 años, soy integrante de la Coordinadora Feminista 8M, y actualmente candidata de la coordinadora por la lista de asambleas territoriales y organizaciones sociales del distrito 12, que se llama Voces Constituyentes. Soy parte de la generación que se politizó en los procesos de movilización estudiantil desde el 2006, la revolución pingüina, que me impactó estando en la enseñanza media. Luego en las movilizaciones estudiantiles del 2011 fui dirigenta estudiantil en mi carrera, y me organicé por una educación pública gratuita no sexista. He sido militante feminista de izquierda durante varios años, con esa suerte de doble militancia que atravesó a muchas compañeras. Desde el año 2018 mi espacio fundamental de trabajo y de articulación feminista ha sido la creación de la Coordinadora Feminista 8M, espacio del cual fui vocera entre el 2018 y el 2020, durante los procesos de levantamiento de la Huelga General Feminista en Chile

Karina, ¿hay en la experiencia histórica de Chile un feminismo sindical?

KN: Históricamente hubo un activismo -no podemos decir feminista propiamente si tenemos en cuenta cómo se autodenominaban esas compañeras- de principios del siglo XX, que fue muy potente, y que está presente en importantes momentos de la producción del pensamiento sindical. Sin embargo -y queda averiguar por qué-, de un período en adelante -coincide con el período de estalinización del Partido Comunista chileno durante los años 1930- eso desaparece como un contenido ancestral, tanto desde el mundo de trabajo asalariado, como también en otras líneas. El Partido Comunista en Chile fue un partido importante que comandó las grandes luchas históricas de la clase trabajadora en este país.

En el tiempo reciente, ligada a la historia de la lucha contra la dictadura, hay una actividad feminista muy importante por la democracia, pero que no queda ampliamente reflejada en el mundo sindical, sino a través de compañeras o de figuras específicas. En el presente están emergiendo una serie de prácticas feministas que se reivindican desde los espacios sindicales, pero me parece que es muy difícil hablar de un sindicalismo feminista en Chile. Ésa es una de las apuestas a la que aspira la Coordinadora Feminista 8 de marzo, en momentos en que estamos impulsando levantar a nivel nacional -plurinacional decimos nosotras- una organización feminista de las trabajadoras, que agrupe no sólo al sindicalismo tradicional -que es bastante débil en términos numéricos en el país-, sino a todos los trabajos que realizamos, que tampoco encuentran su forma organizativa en la manera en que se organiza el sindicalismo actual.

Alondra, vos recordabas la emergencia del movimiento pingüino. ¿Cómo lo viviste, y qué espacio hubo para los feminismos en la lucha pingüina?

AC: Yo no tuve ningún protagonismo en la movilización pingüina. Mi experiencia fue la de muchas compañeras y compañeros que a raíz de esa movilización asistimos a los primeros momentos de politización de nuestra vida, en términos colectivos y de masas. Yo por primera vez asistía a una asamblea. Durante la revolución pingüina me encontré con compañeras y compañeros de otros sectores. Yo soy de La Florida, una comuna que queda al lado de Puente Alto. Ahí conocí diversas expresiones de lo que llamábamos «educación de mercado»: el desfinanciamiento, la competencia, la segregación, el negociado que hay con las subvenciones escolares. Fue mi primera ventana a ese examen transversal de los efectos de una forma de organizar económica y políticamente nuestras vidas, y también fue mi primera experiencia de democracia efectiva. Creo que es relevante, en la medida en que han sido los sectores secundarios los que han abierto muchos de los momentos que han tenido un efecto de transformación de la vida cotidiana en términos políticos.

Tanto en el 2006 como en el 18 de octubre, fueron estudiantes de escuelas secundarias quienes saltaron los torniquetes y nos invitaron a hacer este ejercicio de rebeldía, a ver hasta dónde podemos llegar afirmando eso juntos y juntas. Personalmente viví esa experiencia desde las asambleas en mi colegio, en los intercordones, o en esos espacios de movilización que fuimos gestando muy tempranamente.

En ese momento el feminismo, por lo menos de manera organizada o visible para mí, no era parte de la constelación de politización qué me tocó. Mis primeros acercamientos al feminismo organizado, militante, fueron muy posteriores, estando en la universidad, con las movilizaciones estudiantiles del 2011, que tuvieron lugar tanto en los establecimientos de educación media, como en las universidades y establecimientos de educación superior. Fue entonces que escuché por primera vez la consigna de una educación pública no sexista, y tuve la oportunidad de conocer a través de mis compañeras libertarias, que levantaron en 2012 una organización que se llama La Alzada, la experiencia de un feminismo de izquierda. La conocí muy tardíamente en mi vida política, pero sin duda fue determinante para lo que iba a ser mi trayectoria. Un par de años después entré a militar a La Alzada, Acción feminista libertaria. Me hice parte de esos sectores politizados desde las luchas estudiantiles que estábamos comenzando a pensar y a activar transversalmente.

¿Cuáles son los elementos centrales que se conjugaron para generar esa potencia que significó la revuelta? ¿Cómo la vivieron como feministas?

AC: Con Javi Manzi desarrollamos la idea de lo que nosotras llamamos «el afán destituyente» contenido en la revuelta, que de alguna manera es un ímpetu fundante o es un ímpetu que constituye la ignición, que enciende la pradera o las barricadas. Es ese deseo de decir «no», de enunciar colectivamente un «no más». Nosotras hemos sostenido que ese ejercicio de decir «no» a lo que no queremos, de ser capaces de impugnar colectivamente esa realidad, es un ejercicio que habilita el feminismo. Como señalan algunas feministas, entre ellas Sara Ahmed, para las feministas decir que «no» es un trabajo político, y tenemos que decirlo recurrentemente. Decir que «no» es «no», qué no queremos más, y habilitar esa posibilidad destituyente de negar la realidad existente, es también una condición para la apertura de un momento histórico que habilita prácticas constituyentes o un momento constituyente.

El corazón destituyente de la revuelta, cómo le llamó Raquel Gutiérrez en una conversación que tuvimos, fue posible en parte por el ejercicio político feminista que antecede a la revuelta, que se desarrolló con fuerza desde el 2016. Éste tomó un carácter organizado y de masas desde el 2018 con el levantamiento consciente y deliberado de los procesos de la Huelga General Feminista, y con la decisión colectiva de que el feminismo irrumpiera como una fuerza transformadora, pero también de oposición a todos los sectores que han administrado la precarización de la vida. Ese carácter de oposición, de negación, y de destitución de lo que existe, que está en el centro de la política feminista, que pone en la primera línea la vida de las mujeres y las disidencias como un problema político, habilitó política y socialmente el terreno para la revuelta

KN: Tuvimos la oportunidad de hacer un ejercicio de reflexión colectiva en el último Encuentro Plurinacional de las y les que Luchan, en enero del 2020, acerca de cuál era el rol del feminismo en la revuelta. Ahí participamos más de 3000 mujeres y disidencias. Consideramos que había un rol prefigurativo, en el sentido de que la revuelta tiene historia. No es un hecho espontáneo que no se veía venir, sino que le anteceden muchísimas luchas durante bastantes décadas en clave sectoriales: la lucha por la vivienda, la lucha socioambiental, la lucha estudiantil. El feminismo lo que viene a plantear es esta capacidad articuladora de decir qué es aquello que está en común. En ese 2018, nosotras nombramos la precarización de la vida. Con esa consigna marchamos: «Mujeres trabajadoras a la calle contra la precarización de la vida». Después nos dijimos: la precarización de la vida no es sólo un fenómeno que se agudiza en el neoliberalismo extremo, sino que tiene responsables. Armamos un marco político para identificar a quienes consideramos responsables de sostener estas políticas precarizadoras, y nos declaramos en autonomía e independencia irrestricta de esos sectores, y también en un antagonismo abierto.

Cuando la revuelta estalló, hubo muchas cuestiones que fueron propias del lenguaje que venía sosteniendo y tratando de instalar este momento feminista de masas, que se socializaron. Como la normalidad era el problema, nosotras nos llamamos a interrumpir la normalidad. Ése fue el carácter de la convocatoria de la primera Huelga General Feminista del 2019.

Recuerdo la consigna «no eran $30, eran 30 años». Nosotros veníamos hablando de los mismos partidos politicos hace 30 años. La consigna no era sólo una clave antiderecha. También era cómo todos estos partidos social-liberales habían comandado la transición democrática y por lo tanto las políticas que estábamos saliendo a combatir.

(Ilustraciones: Bree Busk)

Ocurre en ese momento que el feminismo, de ser un movimiento que está muy dinámico, muy en el protagonismo y en la primera fila del movimiento social, queda un poco desplazado con el estallido de esta cuestión tan enorme. Ahí comenzó nuestra pregunta: ¿qué significa esto y cómo volver a poner esta centralidad?

Justo el 15 de noviembre de 2019, a casi un mes de estallada la revuelta, se firma un acuerdo por la paz social y la nueva Constitución, que habilita el proceso constituyente. Eso produce una baja de la actividad. Poquitos días después aparecen las performances de Las Tesis que se mundializan. Denominamos a eso «una revuelta dentro de la revuelta», por el rol que el feminismo vino a jugar. Eso venía a plantear algo muy interesante que era una síntesis -en mi opinión muy virtuosa- de cómo estas violencias que nos han dicho históricamente que son privadas, están completamente organizadas por la institucionalidad pública, y por el Estado patriarcal. En un contexto que era de violación sistemática de los Derechos Humanos, de terrorismo de Estado, en el que las violencias que veníamos denunciando históricamente aparecen totalmente invisibilizadas, esta performance logra decir: esta violencia que nosotras denunciamos no es más importante que la que está aconteciendo en manos de los agentes del Estado. Son dos momentos de una misma forma de organizar la vida a través de las violencias. Y también, en el fondo: no volvemos más a la segunda fila, no porque estemos hablando hoy de terrorismo de Estado vamos a dejar de denunciar las violencias patriarcales que hemos puesto por delante todo este tiempo.

¿Qué papel ha tenido el factor generacional en la Revuelta?

KN: Es evidente que los hitos desencadenantes de la revuelta en Santiago están ligados a los y las estudiantes de la secundaria, al salto de torniquete del metro, que aparece como el espacio de lo cotidiano, de lo gris. El ir y volver del trabajo se convierte en el escenario de lo épico. En ese sentido la juventud tiene un rol desencadenante, pero que se torna rápidamente intergeneracional. A nosotras nos interesa poder afirmar lo intergeneracional, porque lo que nacionaliza el estallido no es el metro. Eso es lo que hace estallar la revuelta en Santiago, pero en otros lugares del país no hay metro, sino que es la decisión de Sebastián Piñera de decretar Estado de Excepción Constitucional y desplegar a los militares en la calle en Santiago, en la noche del 18 de octubre del 2019. Es ahí que se levantan todas las regiones del país, reviviendo la promesa de la transición democrática: nunca más.

En estas décadas desde que terminó la dictadura los militares salieron a la calle para el terremoto del 2010, en zonas acotadas del país y con otras funciones. No para contener una manifestación política. Ésta es la primera vez que son desplegados de esta manera, y eso hace levantarse a gente de todas las edades, porque está el trauma de la dictadura presente, y es algo que el país decidió no tolerar. Ahí el estallido se convierte en el fenómeno del país, y termina todo el país militarizado a los poquitos días. Lo que se van poniendo en juego son demandas que no son exclusivamente de la juventud.

Los sectores de los secundarios empezaron a saltar los torniquetes frente al alza de un pasaje del metro que directamente no les afectaba, porque no era un alza del pasaje escolar. Eso es porque hay una política de represión muy desatada en contra de ellos hace tiempo. Políticas como aula segura, que era una ley que buscaba expulsar de manera sumaria a aquellos y aquellas estudiantes que participaran de formas violentas -así le llamaban- de manifestación, la reposición del control de identidad por sospecha, una política exclusivamente dirigida a la juventud que se manifiesta. El contexto es la represión que ha sido experimentada prácticamente por todas las generaciones en distintos momentos.

¿Cómo se expresa la dimensión plurinacional de la revuelta?

AC: El balance más complejo de esa pregunta, por supuesto, corresponde a otras voces, pero quería referir que al inicio de la revuelta hubo un momento donde la consigna que se instaló fue: Chile Despertó, como si hubiésemos estado dormidos largo tiempo y de pronto hubiésemos adquirido conciencia y pasado a un nuevo estado de vigilia. Tengo una impresión personal, de que muy pronto se logró hacer el enlace entre las formas en las que se estaba desplegando la represión, los montajes, la criminalización, la persecución, y la experiencia de los últimos 30 años de los pueblos originarios y particularmente del pueblo mapuche en resistencia, donde un montón de sectores pudieron experimentar en carne propia lo que antes parecía una algo ajeno, una cuestión que les pasaba a otros, a un otro racializado.

Wallmapu y Santiago están relativamente lejos, y Chile es un país tremendamente centralista, también respecto de su experiencia de sí mismo, y la experiencia que el pueblo va narrando de sí mismo. En la medida en que se pudo ver el despliegue militar, esa forma de represión, se pudo experimentar un reconocimiento que se había construido progresivamente durante los últimos años. Otro de los antecedentes importantes de la revuelta es el asesinato de Camilo Catrillanca, un joven mapuche asesinado por la espalda por el Comando Jungla. En Wallmapu fueron tres días de duelo. Su asesinato fue justificado por el gobierno por un supuesto enfrentamiento, que luego supimos que nunca fue tal. Fue un asesinato a sangre fría por la espalda, que involucró también la tortura a un niño. En esos tres días de duelo, tres días de movilización y protesta callejera por parte del pueblo mapuche en Wallmapu, en Santiago, en distintos lugares, el rostro de Camilo Catrillanca fue proyectado en las paredes en distintos puntos del país, y hubo un primer ejercicio de reconocimiento de que el desplazamiento de los límites de esa violencia colonial en el Wallmapu, era también una señal de amenaza para todos los pueblos que habitan Chile.

Ese antecedente es muy relevante para la revuelta, porque se desplegó una represión brutal durante esas jornadas de movilización. Después de los primeros días del estallido, en los que rápidamente la bandera chilena es reemplazada tanto por la bandera en luto, esa bandera negra que se levanta en las calles, también se empieza a levantar la wenufoye, la wünelfe, y cuando se desarrolla el golpe de Estado en Bolivia empieza a aparecer la wiphala, y aparecen señales de una solidaridad plurinacional, de un reconocimiento en esas banderas y símbolos de nuestra propia subordinación y de nuestro propio carácter como sectores que hemos sido también producto de la violencia colonial.

En términos de cómo se va configurando el entramado simbólico al cual hace referencia y del cual se valen los pueblos en el curso de la revuelta para representarse a sí mismos, hay algo muy interesante de que sean esos símbolos, históricamente subordinados, los que pasen al frente y los que empiecen hacer señales para mirarnos a nosotras mismas y a nosotros mismos.

¿Cómo analizan la dimensión anticolonial en la revuelta?

KN: En Chile la plurinacionalidad no ha sido un contenido transversal al que hayan aportado sectores por fuera de los pueblos originarios. La revuelta viene a plantear con una fuerza contundente ese contenido. Somos plurinacional, lo que constituye no sólo una especie de novedad, sino también romper una particularidad medio extraña respecto de los países vecinos. Ha sido un contenido muy importante y muy potente, y desde los feminismos hemos estado absolutamente dispuestas a levantar eso y ponerlo por delante. En las primeras manifestaciones que comenzamos en medio de la pandemia, después de que todo el mundo tuvo que guardarse en la casa, como feministas la primera acción fue justamente en apoyo a la huelga de hambre de los presos políticos mapuches a mediados del año. Es ahí que rompemos el confinamiento y decimos: «esto no da más».

AC: La revuelta tiene historia, y está antecedida por una serie de conflictos que tienen un carácter sectorial, producto de la dinámica misma de acumulación capitalista extractivista y la devastación socioambiental que arrastra esa dinámica. Parte fundamental de esas pequeñas corrientes que alimentan el torrente de la revuelta, son las luchas socioambientales, la lucha por la defensa del agua y de los territorios. Esas experiencias de articulación, de movilización de larga data, fueron los primeros sectores en impugnar las concesiones que marcaron el carácter de la transición pactada de la dictadura. Precisamente por los sectores y las actorías sociales que estaban movilizándose en función de esos conflictos, son uno de los sectores que tienen también más avanzada su reflexión y su articulación plurinacional.

Eso se pone en juego, tanto antes como durante la revuelta, como uno de esos ejercicios de articulación de sentido que emerge en el momento en el que la revuelta hace posible que sentidos que estaban históricamente subordinados puedan pasar a primera línea. Ahí los ejercicios de reconocimiento que fuimos haciendo desde el feminismo fueron muy relevantes. El primer encuentro de mujeres que luchan para discutir la caracterización de la Huelga General Feminista, inicialmente se llamaba Encuentro Nacional de Mujeres que Luchan. Fue el ejercicio de articulación, en los preencuentros, lo que rápidamente nos interpeló a cambiar el nombre y se llama Encuentro Plurinacional de Mujeres que Luchan. Ahí hay por lo menos dos grandes corrientes, que son antecedentes del estallido de la revuelta, que ya tenían algo de ese proceso y de ese trabajo levantado y articulado. Por supuesto, los principales sectores que durante décadas sostuvieron esta perspectiva fueron los pueblos originarios solos y arrinconados políticamente. Pero sin duda esos ejercicios fueron relevantes para su transversalización.

Pensando en la respuesta del poder desde el Estado, la respuesta represiva a la revuelta, y el juego de institucionalizar y trabar desde la institucionalización el proceso rebelde. ¿Cómo fueron los debates en el marco de los feminismos?

AC: Lo primero que habría que decir es que el rechazo al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución en los movimientos sociales y también al interior de feminismo fue bastante transversal. Fue una voz unitaria en lo que en ese momento era un espacio de articulación donde nosotras participábamos que se llamaba Unidad Social -que todavía existe, pero nosotras ya no participamos ahí-. Luego ha habido muchos momentos donde se ha dado este debate. Tuvo lugar en el segundo Encuentro Plurinacional de les y las que Luchan, donde había básicamente tres posiciones que no eran conciliables, con diferencias sobre qué táctica había que desplegar una vez que el acuerdo había sido establecido. Uno de los primeros momentos del itinerario institucional era el plebiscito por el apruebo o el rechazo a la nueva constitución, y por el mecanismo -si una convención institucional o una convención mixta constitucional- y ahí los primeros debates, las primeras diferencias de posición en relación con si es necesario participar en el plebiscito, unir una voz a las que estaban llamando a tomar posición respecto a lo que iba a estar contenido en la papeleta, o si impugnar la realización del plebiscito, lo que se llamó boicotear el proceso. Una tercera posición era mantenerse al margen de ese proceso plebiscitario y de este proceso eleccionario.

Ante la imposibilidad de arribar a una táctica común, lo que decidimos en el Encuentro fue la afirmación de dos cuestiones: nuestra voluntad transversal de pelear por un proceso constituyente libre y soberano, feminista, plurinacional y popular y desbordar los límites del acuerdo por la paz social y la nueva constitución; y lo segundo era que, más allá de la iniciativa táctica, las feministas nos comprometíamos a defender nuestro programa feminista contra la precarización de la vida.

Sin embargo, se fue configurando en la medida en que fue desarrollándose el año, una situación extraordinaria que no pudimos prever que tiene que ver con la crisis asociada a la pandemia. Hubo una especie de hiato marcado por la necesidad de la respuesta inmediata a las urgencias materiales que impuso la pandemia. Nosotras no tomamos posición durante la mayor parte del año respecto del plebiscito, ni del itinerario institucional, ni de la constituyente. La verdad es que esa discusión estuvo en segundo o tercer plano para las organizaciones sociales y para el feminismo, porque lo que pasó al frente fue la militarización que se desplegó desde el 18 de marzo, y que sigue hasta el día de hoy. También la necesidad de responder a la ubicación de la violencia patriarcal en el contexto del encierro y al hambre, que es una experiencia que vuelve a aparecer con mucha fuerza.

En ese hiato cambiaron o se desarrollaron muchas cosas. La pandemia no fue un paréntesis. Todos esos procesos siguieron avanzando, y nos encontraron en septiembre y octubre con la urgencia de tomar posición. Ahí las posiciones ya eran dos: la que sostuvimos nosotras, que fue sostenida ampliamente por la mayoría de los sectores populares y feministas, que era la necesidad de que en el plebiscito, para ponerle fin a la constitución de Pinochet, se expresara una voluntad popular arrolladora. Que quedara de manifiesto el carácter minoritario de los sectores de ultraderecha que se habían logrado articular en torno al relato del rechazo, y que esta dimensión incontestable de la voluntad popular que se había desatado en la revuelta, quedara de manifiesto en este hito. Otra de las posiciones que se puso en juego fue plantear que el plebiscito y el itinerario constituyente eran una suerte de engaño a la población, y que participar de este proceso, era conceder el terreno a ese engaño y a ese desvío.

Nosotras nunca estuvimos de acuerdo con eso, porque no leemos que este acuerdo sea algo deseado por los sectores que hoy sostienen a punta de terrorismo de Estado, y a punta de militarización, la vigencia de este régimen, sino que se trata de algo que ningún sector quiere enteramente, y que es un momento aún abierto de disputa política, que va a ser imposible de soslayar para las organizaciones sociales y por el conjunto de los sectores populares, que va a estar marcando el campo de un debate programático en el cual nuestra voz resulta indelegable.

Quienes firman el acuerdo con Piñera son actores políticos que habían quedado cuestionados por la revuelta. ¿Hasta dónde en ese momento no está solo la voluntad del poder, sino también de una parte de los partidos institucionales históricos que tratan de recuperar protagonismo y marcar otro camino que aplane la rebeldía?

AC: Ahí habría que decir dos cosas. Con Javi Manzi nos tocó escribir otro texto que se llama «Por una Constitución Feminista». Ahí lo que planteábamos respecto del acuerdo, es que había operado una suerte de desvío, no en el sentido de que había una trayectoria verdadera de los sectores populares y que hubo esta falsedad, sino como quien opera un desvío en un tren en marcha, ¿no?, donde la dirección de ese ímpetu y de esa fuerza, que estaba buscando los cauces de su propio desarrollo, se encauzan en este proceso que, más allá de lo que queramos o no, logra fijar algunas coordenadas políticas que organizan la inestabilidad de estos tiempos, o que pretenden hacerlo aunque no lo tengan del todo garantizado.

Nosotras lo leemos como un acuerdo que tiene dos caras: es un acuerdo de impunidad, por la paz social, que tiene la función no sólo de restituir la voz a los sectores políticos impugnados, sino también realizar un salvataje del gobierno de Piñera, que luego de la huelga general del 12 de noviembre había quedado contra las cuerdas, y donde la posibilidad efectiva de la salida del gobierno fue leída por los sectores políticos como una amenaza a ellos mismos. Lo dijo Alejandro Guillier, que había sido candidato por la Nueva Mayoría en las elecciones contra Piñera: «si Piñera cae, caemos todos nosotros». Hubo una operación de salvataje del gobierno, y con ello de su propia existencia política, y también hubo un salvataje en términos de la impunidad, respecto de las violaciones masivas sistemáticas a los Derechos Humanos que habían desplegado por parte de este gobierno, al cual se le concede una sobrevida mediante este acuerdo.

Esa fue una lectura transversal del movimiento social. Sin embargo esa lectura no tenía necesariamente adosada una respuesta popular unívoca respecto de negarse a aceptar de plano la vigencia de este acuerdo. En esa disputa, esas condiciones de vigencia están hoy día operando, pero no sin una impugnación que ha sido persistente desde el 15 de noviembre hasta el presente.

KN: El gobierno perdió la palabra en el contexto de revuelta. Cada vez que hablaba Piñera, era como volver a encender la pradera. Entonces se desplaza un poco esta centralidad de la voz del gobierno al parlamento, y la mayoría de los partidos que tienen representación parlamentaria, de derecha a izquierda, se hacen cargo de la situación. En ellos queda depositada la salida, ya no en el poder central. Esa salida es el acuerdo por la paz social, que no sólo tiene esta clave de impunidad, sino que claramente un momento de ese acuerdo fue impulsar leyes represivas que se concretan un mes después. El 15 de noviembre se firma el acuerdo y en diciembre se aprueban leyes represivas avaladas por casi todas las bancadas parlamentarias. Eso está gobernando el presente, y hoy en día supone gente que está con prisión política. Pero este acuerdo es una criatura extraña. En el fondo hay una disposición de los sectores que nunca quisieron cambiar la Constitución de Pinochet a hacerlo, y lo que ofrecen es una fórmula de lo que podría ser una Asamblea Constituyente absolutamente tutelada -que no se corresponde con las aspiraciones populares-. Nos tocó tomar posición ¿qué íbamos a hacer?

Además, el contexto de pandemia desplaza todos los tiempos de este itinerario institucional, porque inicialmente el plebiscito por acuerdo o rechazo a una Nueva Constitución iba a ser en abril del 2020 y las elecciones a la Convención Institucional en octubre del 2020. Esto se cambia, y en ese contexto de desmovilización, la reflexión que tuvimos de por qué participar tuvo que ver en pensar la revuelta no como el corolario sino como un punto de partida que, si bien tiene historia, lo que se abre es un balance que hacen los pueblos, la clase trabajadora, de lo que ha sido su experiencia vital en estos 30 años de neoliberalismo post dictatorial. En este balance su principal clave es impugnadora, es una impugnación superlativa. No logra reducirse a un grupo de demandas concretas. Sin embargo, no tiene la capacidad todavía de afirmar qué es aquello que quiere, sino niega lo que existe.

Es un proceso que está abierto. Si hay algo que hemos afirmado mucho desde el feminismo, es la noción de proceso. La Huelga General Feminista es un proceso, no es el hito de un día. Y así cada una de las iniciativas que hemos emprendido.

Lo que se abre en octubre del 2019 es un proceso que sigue en curso, que no adopta todo el tiempo la misma dinámica, que no es solo un estallido de masas permanentemente en las calles por un año, sino la posibilidad, lo que está en juego para nosotras, de que emerja una alternativa de una vida otra, que transforme radicalmente lo que existe ya, en una clave afirmativa aportada colectivamente por millones. Se juega eso o no se juega en el proceso constitucional en parte. No exclusivamente allí, pero es un momento ineludible, porque lo que vamos a presenciar, y ojalá protagonizar, es un debate, una disputa programática e ideológica acerca de la forma en que se organizan los poderes del Estado, qué vamos a entender como derechos sociales. Un debate que va a durar por lo menos un año y del que va a estar pendiente el conjunto del país.

Para nosotras es el debate programático más importante que se nos ha presentado en Chile desde el triunfo de la Unidad Popular, que fue la última vez que el pueblo se dirigió a las urnas tras un programa, y no tras rostros como todo este marquetineo electoral actual. Dijimos que no daba lo mismo los términos en los que ese debate se presente, y que lo que se debata allí, irremediablemente va a influenciar la movilización de masas, porque decidamos estar o no en la convención constitucional, si mañana se va a debatir si el agua puede seguir siendo privada o no, los sectores que dicen: «no, no nos interesa participar en este proceso», no van a decir «bueno, me es absolutamente indiferente el debate sobre la privatización del agua que se está dando allí y por lo tanto al respecto no vamos a decir ni hacer nada». Pensamos que es difícil que una dinámica así exista, vamos a tener que decir algo. Es muy importante poder decirlo también desde adentro, porque no da lo mismo los términos de ese debate, si en la convención constitucional se debate si frente a la crisis socioambiental es necesario que haya impuesto verdes a las grandes empresas o que haya una transformación radical de la matriz extractivista que organiza la economía. En esos debates está depositado también el curso de la politización que se abre en octubre. A nosotras nos interesa que esa politización transcurra en los caminos más transformadores posibles.

¿Cuál es el modo de construcción de las candidaturas y cómo van a estar elaborando la propuesta programática?

AC: Respecto de las candidaturas hay al menos dos momentos: uno tiene que ver con las instancias plenarias y asamblearias de la coordinadora; un momento interno, donde desarrollamos durante 5 o 6 asambleas la discusión que llevó a afirmar que íbamos a levantar candidaturas propias en listas independientes, de los movimientos sociales exclusivos de la revuelta, con autonomía de los sectores partidarios que han participado de la administración del Estado en los últimos 30 años. Ésta fue nuestra decisión. Listas independientes se les llama a las que son compuestas por personas que no tienen militancia en partidos legalmente inscritos en la institucionalidad.

Fue un proceso de deliberación interno bastante extenso, que estuvo articulado con nuestra posición respecto del «aprobamos». Redundó en la campaña que levantamos por una perspectiva de saltar todos los torniquetes del proceso. Ésa ha sido la consigna con la que hemos decidido ir por este camino, con una perspectiva de desborde de los límites y los marcos que se han tratado de imponer desde arriba. Luego hay un segundo momento que es el levantamiento de listas independientes de los movimientos sociales. En las comunas donde yo vivo, La Florida, Puente Alto, La Pintada, La Pirque, San José de Maipo, fueron las asambleas territoriales barriales las que resolvieron levantar una asamblea de organizaciones sociales y territoriales del distrito, y convocar a las que quisieran participar, para discutir si era posible levantar una lista independiente, expresiva de la revuelta, con orientaciones programáticas comunes y con un mandato revocatorio, donde las listas tuviesen el carácter de ser vocerías de un espacio de articulación, discusión, movilización y deliberación permanente, que se constituyera como una vía de entrada de los movimientos sociales a la Convención. Se conforma la lista, se apuesta por esta vía, se reúnen los patrocinios, y se apuesta a que si entra cualquier persona de la lista, entran junto con ella todas las organizaciones sociales y territoriales de esa lista. Levantamos una plataforma feminista, constituyente, plurinacional, donde las compañeras feministas que apuestan por esta misma vía, participan desde los diversos distritos y sectores territoriales donde se ha ido con esta apuesta.

En términos programáticos además, se nos viene el tercer Encuentro Plurinacional de les y las que Luchan el 7 de febrero, que va a ser de una modalidad extraordinaria entre presencial, virtual y simultánea durante todo el día. En todos los territorios que participan de su organización se van a estar dando estos debates programáticos de profundización de los horizontes que vamos a poner en juego en la convención -y más allá de ella por supuesto-, y las claves de la movilización por verdad, justicia y reparación, contra el terrorismo de Estado y por la libertad de las presas y presos políticos de la revuelta, que han sido centralidad de la movilización del último año.

KN: Sin duda es un proceso extraordinario, inédito, el que estamos viviendo, y está regido en términos electorales por la misma ley que regula la elección de diputados y diputadas. Estamos en un momento de descrédito muy generalizado de las instituciones del Estado, y también de la forma partido. Por primera vez esta ley electoral se modifica y permite la constitución de listas que compitan en la elección de personas independientes. En este momento de crisis total del sistema de partidos, la emergencia de lo independiente ha sido la novedad.

Estamos encontrando en los distritos tres grandes listas de sectores partidarios, y 4, 5, 6 listas de independientes. Ése ha sido un campo de disputa también, porque más allá de las diversas posiciones que existen dentro de los feminismos sobre la forma partido y la pertinencia o no de desplegar los feminismos desde ahí -porque por supuesto hay muchas compañeras que son militantes-, ha sido complejo tener que explicar por qué decidimos hacerlo de manera independiente. Esto no contiene necesariamente una lectura general antipartido. Ése es el relato de sectores de extrema derecha. Ha sido complejo porque la ley despolitiza la figura del independiente, depositando el monopolio de la actividad política en la forma partido, y llamándonos al resto independientes. Esto ha supuesto la emergencia de lo independiente como algo bueno en sí mismo, no ser de partidos, pero ya se están articulando listas que son de derecha. Son independientes, de gente suelta, también de rostros de farándula, de gente aventurera que su presentación es como independiente.

Nosotras hemos tenido que afirmar que no somos independientes así como la ley llama, no somos seres apolíticos ni tampoco sujetas sueltas; somos militantes y activistas políticas desde el movimiento social, portamos programas elaborados colectivamente y un mandato colectivo. En caso de llegar a la convención constitucional no nos mandamos solas, respondemos a un proyecto, y eso divide tal vez el campo de disputa en lo que tiene que ver con lo electoral, pero también cómo se comprende la política que nos está tocando enfrentar.

Los despliegues son en tres niveles de centralidad; uno es el constitucional, otro es el constituyente. Constituyente nosotras nombramos a este proceso vital que han emprendido los sectores populares por dotarse a sí mismos de un proceso colectivo que nos interesa que sea desde el primer momento profundamente feminista, que esté atravesado ineludiblemente por el feminismo. Lo otro es la lucha contra el terrorismo de Estado y la impunidad de la presión política.

¿Cómo ven ustedes la interacción en el debate de las asambleas territoriales, con los procesos de legitimación que se vinieron formando como parte de la revuelta, y qué posibilidad real hay de que esa interacción no sea una mediatización del programa, de los contenidos y de la forma de la revuelta?

AC: Yo ahí diría dos cosas. Una es una pregunta que es necesario plantearse, que es qué son esas asambleas territoriales. Se trata de sectores emergentes de una nueva subjetividad de la clase trabajadora, que también es nueva en el sentido de que es producto de estos 30, 40 años de neoliberalismo, y de un momento bastante desarrollado de este proceso. En términos de cómo podemos entender nuestra propia relación con esos espacios, con esos procesos, tal y como lo hemos hecho hasta ahora, siendo una más de las fuerzas sociales que levantan en común una misma apuesta, hemos planteado dos coordenadas relevantes para pensar esa relación. Una es que tratamos de establecer una distinción entre lo que es la administración ordinaria del Estado, la disputa electoral para ser gobierno, ya sea local o central, o para ir al parlamento; y la disputa de este momento extraordinario acotado y que en términos políticos tiene una significatividad que está dada por el debate programático que ahí va a tener lugar, que tiene que ver con la naturaleza extraordinaria de un momento de discusión de las bases fundamentales que organizan normativamente al Estado. Esa distinción es relevante, tanto a efectos de comprender nuestra propia decisión de apostar por este proceso, como para poder situar una especie de barrera política entre este ejercicio político que estamos impulsando, y las formas de encauzamiento y de cooptación que puedan tener a la vista simplemente la renovación del personal político que administra la regularidad de este Estado que es, y va a seguir siendo probablemente después del proceso Constituyente, un Estado cuya función es la reproducción permanente de la vida capitalista neoliberal en Chile.

Por otra parte, hemos tenido a la vista y hemos ofrecido como una coordenada política para entender este proceso, que el sentido central de la apuesta no está dada por lograr «una mejor Constitución». Lo que está puesto en juego aquí no es qué tan buena o qué tan mala va a ser la Constitución que salga de este proceso, porque seguramente no sea particularmente buena, porque tal y como están configuradas o cómo se están estabilizando las condiciones de fuerza con las que se va a desplegar este proceso, y en condiciones de militarización, de impunidad, de prisión política; probablemente la Constitución no sea una en la que nos reconozcamos. Sería lamentable que la orientación de este proceso sea simplemente legitimar una nueva carta magna y un nuevo pacto social para la organización de la vida. Lo que decimos es: esto es importante porque es un momento de politización de masas que va a ser fundamental, pero también porque lo que tenemos por delante es un proceso de largo aliento, en el que tenemos que ir juntas en cada paso, apostar a no soltarnos en ningún paso de este proceso largo, y apostar a ir juntos y juntas. Estas experiencias van a ser constitutivas de nosotras mismas, de nosotros mismos como clase, en un momento que reconocemos constituyente en ese nivel; no en un nivel de la redacción de esa nueva Carta Magna sino dotando a nosotras mismas de un proceso colectivo que sabemos que vamos a tener que defender en un proceso de lucha y no de deliberación ciudadana en un palacio.

KN: Sobre esta relación con la institucionalidad y la revuelta, hay algo que iba a acontecer de manera un poco inevitable. Estamos en un contexto político muy particular, que tiene que ver con la revuelta y con la pandemia. Es un impacto económico vital, el hecho de que tuvimos el plebiscito en octubre y este año vamos a tener cinco elecciones, y se va a renovar todo: se va elegir la convención constitucional, hay elecciones municipales, de gobernadores regionales, parlamentarias, y presidenciales. Se renueva toda la institucionalidad. En un contexto político atravesado por estas 5 elecciones, más el plebiscito, iba a haber una suerte de giro de la actividad política en torno a lo institucional.

¿Qué es lo que va a resultar? Es una pregunta interesante. Lo primero que ya tenemos como antecedente, es que en Chile el sufragio es voluntario, no es obligatorio, y durante estas décadas venía al alza de manera muy marcada la tendencia a la abstención electoral. En la última presidencial y parlamentaria estamos hablando de cerca de un 60% de abstención, versus un 40% de participación. Con el plebiscito esta tendencia se rompe, porque si bien la abstención siguió siendo alta, participó cerca del 50% del padrón electoral. No solo se rompe la tendencia de los últimos 30 años sino que donde crece la participación electoral es principalmente en los sectores populares y jóvenes. Se reduce un poquito la participación de los sectores ricos. Eso es inédito. Había una suerte de derrotismo, de desmoralización de antemano de la derecha y los sectores ricos frente al plebiscito que habían perdido. No sabemos si va a acontecer lo mismo en las próximas elecciones, porque ahí pueden elegir no sólo entre un apruebo y un rechazo y dar todo por perdido de antemano. Tampoco sabemos cuál va a ser el comportamiento electoral de quienes votan, porque se incorporan ahora, producto de la revuelta, y en impugnación a los partidos que han administrado todo esto. Ahí hay un factor de incertidumbre también.

Una cuestión que puede resultar novedosa desde el punto de vista presidencial, que es un terreno que todavía no está estable, pero que sí hay precandidaturas claramente configuradas de manera pública, es que quien aparece encabezando las encuestas para futuro presidente es Daniel Jadue, militante del Partido Comunista.

Es muy inédito, porque más allá de la opinión que uno tenga de él o de ese Partido, sí podemos dar cuenta de que en el mundo desde el 89 en adelante, ningún militante de un Partido Comunista ha aparecido popularmente afirmado como una carta presidencial. En Chile es inédito también. Porque algo que descubrimos con la revuelta es que Chile, por supuesto, no era el oasis neoliberal que se nos venía presentando en la región, pero tampoco es de derecha, más allá de sus gobernantes, y se levanta contra el despliegue militar, decide contundentemente ponerle fin a la Constitución de Pinochet, y además ahora lidera las encuestas alguien del PC. Ése es el panorama.

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