lahaine.org
Asia :: 08/09/2026

China, Rusia y la cumbre de la OCS: Otro laboratorio

Xulio Ríos
La presencia simultánea de China, India y Rusia otorga a la Organización de Cooperación de Shanghái una extraordinaria relevancia, pero también introduce una complejidad geopolítica considerable

La cumbre que la OCS realizó en estos días en Bishkek, capital de Kirguistán, tiene una significación que trasciende la conmemoración de sus 25 años.

La OCS constituye uno de los primeros escenarios en los que China comenzó a ensayar una diplomacia multilateral más ambiciosa, pasando progresivamente de ser objeto de las reglas del sistema internacional a participar activamente en su configuración.

El recorrido resulta revelador. En 1996, China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán constituyeron el Grupo de Shanghái, inicialmente concebido para resolver problemas fronterizos y establecer medidas de confianza militar. En 2001, con la incorporación de Uzbekistán, adquirió una nueva dimensión y se transformó formalmente en la OCS. Para China significaba institucionalizar una relación con su entorno continental inmediato y, al mismo tiempo, comenzar a construir un espacio multilateral en el que pudiera ejercer influencia sin reproducir necesariamente los modelos institucionales occidentales.

La OCS nació alrededor de una preocupación esencialmente securitaria. Las fronteras, la estabilidad de Asia Central y la lucha contra lo que la organización denominó las tres fuerzas -terrorismo, separatismo y extremismo- constituían el núcleo de su primera agenda. Pero fue ampliándose progresivamente. En 2017 ingresaron India y Pakistán; en 2023 lo hizo Irán, y en 2024, Bielorrusia. El resultado es una organización extraordinariamente heterogénea, que reúne hoy a diez Estados y que se extiende desde las fronteras orientales de China hasta Europa oriental, pasando por Asia Central, Rusia, el subcontinente indio y Oriente Medio, sumando 15 socios de diálogo, entre ellos Turquía, Arabia Saudita y Qatar. También tiene dos países observadores: Afganistán y Mongolia.

La ampliación modificó necesariamente la naturaleza de la organización. Ya no podía ser concebida simplemente como un mecanismo de seguridad centroasiático. Tampoco podía convertirse fácilmente en una alianza política convencional, pues sus miembros mantienen sistemas políticos diferentes, intereses nacionales frecuentemente divergentes y, en algunos casos, relaciones bilaterales particularmente complejas.

India y Pakistán constituyen el ejemplo más evidente. Pero no es el único. China y Rusia son socios estratégicos, aunque no tengan siempre idénticas prioridades; India mantiene una relación estratégica con Rusia y simultáneamente compite con China; Irán tiene sus propios intereses regionales, y los países centroasiáticos buscan preservar un margen de autonomía entre las grandes potencias.

La supervivencia de la OCS durante un cuarto de siglo, por tanto, ofrece una primera enseñanza sustancial: su cohesión no procede de la homogeneidad, sino de la capacidad para administrar la heterogeneidad.

En ese proceso, el entendimiento entre China y Rusia ha sido fundamental. No porque la OCS sea simplemente una organización dirigida conjuntamente, sino porque ambos países han encontrado en ella un espacio útil para coordinar intereses y preservar un marco de cooperación en Eurasia.

Desde la perspectiva china, Rusia aporta una dimensión estratégica y geopolítica indispensable. Para Moscú, la organización permite mantener una presencia institucionalizada en un espacio que considera fundamental y evitar que la creciente influencia económica china en Asia Central se traduzca automáticamente en una pérdida de protagonismo ruso.

El resultado es una suerte de equilibrio. China dispone de una extraordinaria capacidad económica y comercial; Rusia conserva un peso militar, energético y estratégico considerable. Los países centroasiáticos, por su parte, encuentran en la OCS un espacio en el que pueden relacionarse simultáneamente con ambas potencias.

DE LA SEGURIDAD AL DESARROLLO

Pero quizá la transformación más importante de la OCS se encuentre en la evolución de su propia concepción de la seguridad. La creación de nuevos centros especializados de seguridad pretende convertir los consensos políticos en mecanismos de cooperación más concretos. Pero la seguridad ha dejado de ser concebida exclusivamente en términos militares o policiales. De hecho, la OCS ha incorporado progresivamente el comercio, las infraestructuras, la energía, la conectividad, la educación, la innovación tecnológica y la economía digital. En 2026 China destaca la puesta en marcha de siete plataformas de cooperación dedicadas a industria verde, economía digital, innovación científica y tecnológica, energía, educación superior, formación profesional e inteligencia artificial, con más de 160 proyectos.

La lógica que sugiere es que la estabilidad no se obtiene únicamente protegiendo las fronteras; también creando condiciones para el desarrollo. La Iniciativa de la Franja y la Ruta ha contribuido a reforzar esta dimensión. La progresiva armonización entre las estrategias nacionales de desarrollo y los proyectos de conectividad euroasiática han convertido a la OCS en un espacio donde geopolítica y economía aparecen cada vez más entrelazadas.

LA HETEROGENEIDAD COMO MODELO

La OCS es quizá el ejemplo más acabado de cómo China ha aprendido a construir instituciones internacionales sin exigir homogeneidad política entre sus participantes. Aquí reside probablemente una de las aportaciones más interesantes de la experiencia de la OCS a la reflexión sobre las organizaciones internacionales. Es un modelo distinto al de muchas organizaciones surgidas en el espacio euroatlántico, donde la convergencia normativa y la proximidad de los sistemas políticos constituyen con frecuencia condiciones importantes para una integración más profunda. La OCS opera de otra manera. No pretende eliminar las diferencias. Trata de construir mecanismos de cooperación sobre ellas.

Veinticinco años después, la OCS puede ser interpretada así como uno de los laboratorios de la nueva multipolaridad. No es una alianza militar al estilo de la OTAN. Tampoco es una organización de integración comparable a la Unión Europea. Y sería simplificador considerarla únicamente un instrumento antioccidental.

Su ampliación ha reforzado, además, su dimensión de plataforma del llamado Sur global. El formato OCS Plus ha permitido ampliar el diálogo más allá de los miembros formales y conectar la organización con un círculo mucho más amplio de países y organizaciones internacionales.

En este sentido adquiere especial relevancia la propuesta de Xi Jinping de la Iniciativa para la Gobernanza Global, presentada en la reunión OCS Plus de Tianjin, en 2025. La propuesta plantea una gobernanza internacional más representativa, participativa y equitativa, y pretende insertar la experiencia de cooperación de la OCS en una discusión mucho más amplia sobre la arquitectura internacional. No es casual que el canciller chino, Wang Yi, haya planteado que la OCS contribuya a convertirse en una suerte de «zona experimental» para la gobernanza global.

LOS RETOS

La celebración del aniversario no debería ocultar, sin embargo, los problemas que enfrenta la organización.

El primero es precisamente su extraordinaria diversidad. Cuantos más miembros incorpora, más difícil resulta alcanzar consensos sustantivos.

El segundo es la relación entre China y Rusia. La cooperación sino-rusa constituye uno de los pilares de la OCS, pero la organización deberá evitar convertirse en una simple extensión de sus respectivas estrategias nacionales.

El tercero es India. La presencia simultánea de China, India y Rusia otorga a la OCS una extraordinaria relevancia, pero también introduce una complejidad geopolítica considerable. La capacidad de mantener la organización operativa pese a las rivalidades entre sus grandes miembros será una de sus principales pruebas.

El cuarto reto es convertir la cooperación económica en resultados efectivos. La conectividad, los pagos, las aduanas, la energía, las cadenas de suministro y la cooperación tecnológica ofrecen enormes posibilidades, pero también generan intereses contrapuestos.

Y existe finalmente un quinto desafío: evitar que la organización quede reducida a una plataforma declarativa. La proliferación de mecanismos y centros especializados deberá traducirse en capacidades institucionales reales.

Brecha

 

Contactar con La Haine

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License ::

Principal