Crisis global y Venezuela
Respaldada por los estados capitalistas, la clase capitalista trasnacional ha lanzado una nueva ronda de expansión depredadora que implica la apropiación extractivista de recursos y guerras
El ataque y la toma de control de la casa presidencial en Venezuela por parte de EEUU han conmocionado al mundo. Mientras asimilamos estos acontecimientos, detengámonos un momento y analicemos su contexto histórico mundial más amplio. El sistema capitalista mundial se encuentra en transición de una época histórica a otra, cuyo desenlace está lejos de estar predeterminado. Las diferentes dimensiones de esta crisis de época -económica, social, política y ecológica- se están conjugando en una mezcla explosiva.
En el plano económico, el capitalismo global se enfrenta a una crisis de sobreacumulación, estancamiento crónico y una tasa de ganancia decreciente. La clase capitalista trasnacional (CCT) ha acumulado enormes cantidades de capital excedente que genera una intensa presión para la expansión. Respaldada por los estados capitalistas, la CCT ha lanzado una nueva ronda de expansión depredadora que implica la apropiación extractivista de recursos, guerras, desplazamientos y represión. Esta campaña para apoderarse de los recursos está alimentando un conflicto tras otro, desde Ucrania hasta Palestina, Sudán y el Congo, entre otros, y ahora se centra en Venezuela.
Lo que denominaré Trumpismo Global es uno de los diversos síntomas políticos patológicos que están surgiendo en todo el mundo como respuesta a la crisis. El Trumpismo Global es un instrumento afinado de esta ola de expansión, a medida que se reconfiguran los bloques de poder y los estados capitalistas adoptan formas autoritarias, dictatoriales e incluso fascistas. Los proyectos de extrema derecha han encontrado resistencia desde abajo y se enfrentan a agudas contradicciones internas a medida que el mundo avanza hacia un creciente conflicto de clases, inestabilidad política crónica, guerras civiles e interestatales, colapso y anarquía social.
Cientos de millones de personas han sido desplazadas por el cambio climático, el colapso económico, las guerras, los desastres naturales y la persecución política. Regiones y países enteros se enfrentan al colapso mientras caudillos rivales, mafias políticas y económicas, organizaciones paramilitares y bandas criminales llenan los vacíos de poder. Las élites nepotistas se involucran en la corrupción, el fraude y el engaño más descarados, gozando de impunidad siempre y cuando sigan sirviendo a los intereses de la clase capitalista trasnacional.
Durante el último medio siglo de globalización, los sectores dominantes han luchado por desmantelar los estados de bienestar social y remplazarlos por estados de control social. Las nuevas tecnologías digitales están ampliando rápidamente las filas de los excluidos y al mismo tiempo potenciando la capacidad de las clases dominantes para vigilarlos, reprimirlos y controlarlos. Las empresas emplean la IA para maximizar sus ganancias y superar a sus rivales mediante la automatización. Los estados están utilizando las nuevas tecnologías digitales para la vigilancia masiva, el control social y la represión de las poblaciones descontentas, a medida que la guerra misma se digitaliza.
La crisis de la reproducción social alimenta las crisis políticas de dominación, legitimidad estatal y hegemonía capitalista. El Trumpismo Global combina el poder estructural del capital transnacional con la proyección del poder militar para alinear a los estados, las economías y los sistemas políticos con su agenda. La CCT no necesita la reproducción social de los sectores excluidos, ya que no generan plusvalía ni consumen lo suficiente como para constituir un mercado importante.
El Trumpismo Global propone acorralar, contener y expulsar a quienes no son necesarios. Son prescindibles y susceptibles de ser exterminados, especialmente si se interponen en el camino de recursos valiosos, como en Palestina, Sudán y el Congo, así como de ser abandonados y sometidos a una contención violenta, como en Haití o en los territorios indígenas de Guatemala, Colombia, Perú y México.
EEUU está perdiendo su posición dominante en el sistema internacional. Los centros regionales emergentes de poder político y geoeconómico compiten entre sí, pero ningún Estado, por poderoso que sea, puede controlar el proceso de acumulación global. Esta disyuntiva entre una economía globalizada y un sistema de autoridad política basado en el Estado-nación genera enormes tensiones geopolíticas que se manifiestan actualmente en las Américas.
El mundo se encuentra inmerso en un proceso de rápida remilitarización, a medida que la guerra y la represión se arraigan en la economía y la sociedad globales. El gasto militar mundial alcanzó la cifra sin precedente de 2,7 billones de dólares en 2024, un aumento de casi 10 por ciento respecto al año anterior, con más de 100 países que aumentaron su presupuesto militar, muchos de ellos en porcentajes de dos dígitos.
Existe una alarmante convergencia de las dimensiones políticas, económicas y militares de la política estadounidense hacia América Latina, donde el poder estructural del capital financiero y tecnológico trasnacional se combina con el militar. El ataque descarado contra Venezuela constituye una proyección de poder más allá de esa nación caribeña que busca ser la vanguardia militar para una apropiación más completa de América Latina por parte del capital transnacional, sus contrapartes locales y sus agentes políticos.
La "guerra contra las drogas" nunca tuvo nada que ver con el combate al narcotráfico, sino que proporciona un pretexto para la aplicación de la violencia estatal y paramilitar, con el fin de acceder a esta riqueza y contener la resistencia al pillaje.
Si la crisis histórica del capitalismo global presenta graves peligros, también presenta una oportunidad histórica para las luchas emancipadoras radicales desde abajo.
* Profesor distinguido de sociología en la Universidad de California, EEUU.
La Jornada







