Cuba ¿de quién es la exigencia?
Los directivos tienen que controlar a los trabajadores. ¿Por qué? ¿No será que los directivos y administrativos tendrían que ser controlados por los trabajadores?
A propósito del editorial del periódico 'Granma', 15 de junio de 2009, “La palabra número uno, fundamental, en esta lucha, es exigencia”, de Lázaro Barredo Medina.
Ya se hacen regulares los posicionamientos de Lázaro Barredo, Director del periódico Granma, sobre temas vitales de la realidad cubana. En los medios digitales no oficiales han aparecido réplicas de riguroso contenido socialista a sus comentarios, pero estas no tienen espacios en el periódico que le sirve de altoparlante solo a las ideas, conceptos y posicionamientos que él declara.
Dadas las urgencias de Cuba y los problemas que la conforman, no es posible detenerse en una revisión de las formas en que Lázaro Barredo lanza sus prédicas, aunque son obvios en ellas algunos valores y determinada cultura política portada por el autor.
Vayamos al análisis más útil: el contenido. Solo el título del editorial en cuestión es una invitación al debate, la reflexión y la contestación. Los argumentos y afirmaciones diversas que este genera parten de las comprensiones que se tengan sobre el socialismo. Desde nociones diferentes de socialismo se construyen preguntas y testimonios diversos en referencia a la aseveración de que, para Cuba hoy, “La palabra número uno, fundamental, en esta lucha, es exigencia”.
La indagación primera que se impone es ¿la exigencia de quién? ¿de los trabajadores o de la burocracia? ¿La cuestión será, como afirma Barredo, “vincular a los trabajadores a todo lo que se haga” o diametralmente opuesta, vincular todo lo que se haga a los trabajadores? Es decir, que los trabajadores sean el eje desde que el que se diseña la vida económica y política de la sociedad socialista, los que, coordinadamente, y con sentido de responsabilidad social, pauten el tipo de ordenamiento que le darán a la gestión productiva.
Las palabras de Barredo reproducen la visión de que la “exigencia” implica que los trabajadores, lo productores directos, controlen y realicen las decisiones que fueron tomadas por otros, no trabajadores, no productores directos. Por lo general decididas en actos unidireccionales sin consultar, consensuar, ni coordinar soluciones para salir de la crisis integral que sufre el modelo cubano, complicada con la crisis mundial.
En el referido editorial se enfatiza la exigencia a dirigentes y administradores para que se cumplan los planes establecidos y no se desvíen recursos. La fórmula se repite. Los directivos tienen que controlar a los trabajadores. ¿Por qué? ¿No será que los directivos y administrativos tendrían que ser controlados por los trabajadores, si lo que funcionara fuera la lógica del trabajador como eje y base del diseño productivo y social? Una pregunta a la realidad ¿los directivos y administrativos son elegidos por los trabajadores o designados por la burocracia? La respuesta a esta interrogante da luces sobre los intereses a los que estos, en última instancia, responden.
La cuestión no se reduce a “una transformación en el estilo de dirección para hacer que las instituciones funcionen y evitar que la ineficiencia siga constituyendo un lastre”, como apunta Barredo. El cambio de estilo es el método necesario que acompaña a la transformación estructural. Es el cambio de mentalidad que tiene su basamento en otro tipo de relaciones de los trabajadores para la producción material, política, ideológica y cultural.
El foco de mi análisis se ubica en la cuestión de quiénes norman y controlan, quiénes organizan el trabajo, quiénes definen las metas, quiénes sancionan los incumplimientos. Desde posiciones distintas surgen respuestas distintas. ¿La burocracia rígida y parasitaria o los trabajadores en acto de creación colectiva? Los “mecanismos automáticos” o “la espontaneidad”, no son el problema nuclear, sino quién los pone en funcionamiento. Lo mismo ocurre con la exigencia ¿de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba?
“La falta de exigencia y la actitud dadivosa de algunos que tienen responsabilidades con el manejo de los recursos materiales, financieros y humanos del Estado”, es una de la causas del problema, según nos ilustra Barredo. Entonces, “algunos” son los que tienen responsabilidades con los recursos que son ¿del Estado o del pueblo trabajador? ¿Es un Estado de los trabajadores o un Estado de “algunos responsables”?
A continuación cito un párrafo muy revelador: “Desgraciadamente -afirma el editorialista- hay directivos que siguen confundiendo el concepto de que la administración debe tener como base el principio de la responsabilidad única, pero siempre conjugado con la dirección colectiva, mientras hay otros que se refugian en medias tintas burocráticas para dejar de asumir el desempeño de que el directivo es el principal responsable político e ideológico de un colectivo”. Con esta enrevesada redacción se presenta un fragrante contrasentido. Los directivos escuchan a los trabajadores, pero obedecen a la burocracia. ¿Control de los directivos o control del colectivo? La retórica de Barredo invita a la cuadratura del círculo.
En sus análisis el periodista añade que, “es desde la administración o la dirección de donde tiene que partir el control constante, diario, para que las cosas se hagan como hay que hacerlas y se acabe la blandenguería, el compadrazgo, la tolerancia”. Esta es la fórmula de un ordenamiento burocrático donde los trabajadores son objetos del control y no sujetos de este. El problema estructural de la producción material y espiritual de la sociedad cubana tiene entre sus pilares esta distorsión en la comprensión del socialismo.
Un concepto polémico es introducido por el autor: “fórmulas de participación masiva” las que, según su criterio, muchas veces no se “utilizan” frente al “autoritarismo administrativo”. Esta visión es cierta pero incompleta. La participación no se reduce a la asistencia masiva a una reunión o asamblea donde se hace catarsis sobre los problemas administrativos, donde se ajusta un presupuesto que después es subordinado a una cuenta única sobre la que deciden otros sujetos sociales. La participación, para que sea necesitada, más que “utilizada”, implica encararse como proceso educativo, no a la usanza de los círculos de estudio políticos, sino como aprendizaje colectivo en la definición de los problemas, la toma de decisiones para su solución y el control de estas. He aquí una fórmula socialista para la participación de los trabajadores en el proceso de producción material que no ha sido verificada en Cuba y que pudiera, al menos, contarse entre las alternativas.
En su exposición del problema y las soluciones, Barredo dedica algunos párrafos a formular la relación entre participación de los trabajadores en las decisiones y su correlato en la disciplina y la conciencia, además del ambiente de debate como el idóneo para “arrinconar el irrespeto a la ley” y el “abuso de poder”. Es decir, la participación es para asumir como propias las decisiones y los conceptos de otros y respetar una ley, una normativa que no contempla la realidad sobre la que dictamina. Es la misma lógica de que el problema es que la gente no está informada, que la gente no sabe. Por el contrario, la participación se aprehende y funciona cuando los trabajadores toman sus propias decisiones y la consensúan socialmente, no cuando participan para asumir como suyas las decisiones de la burocracia que no los representa sino que los controla.
El autor vuelve a la carga y devela la claridad de su posición. “Cabe preguntarse, una y otra vez, cuál es la responsabilidad de quien administre o dirija una actividad económica o de servicios, si no es controlar que los recursos que el Estado ha puesto en sus manos tengan un uso eficiente y se logren los objetivos íntegros de las misiones encomendadas”. Por fin ¿quién controla, el trabajador o el dirigente? Una vez más ¿a quién responde el dirigente, a quienes dirige o a quienes lo designa?
Son ciertas las palabras del compañero Raúl, esgrimidas por Barredo, al referir que “uno de los más difíciles retos del trabajo ideológico es lograr que el trabajador se sienta dueño colectivo de las riquezas de la sociedad y actúe en consecuencia”. Pero no es únicamente un desafío ideológico. Es una exigencia práctica en relación dialéctica con la ideología. Si las relaciones cotidianas en las que se desarrolla el trabajador no le permiten sentirse parte de, responsable de, no funcionará ningún tabloide que “informe” el deber ser disciplinado y consciente de la conducta del trabajador. Solo viviendo cotidianamente otro tipo de relacionamiento podrá producir, además de bienes y servicios, otra conciencia y otro sentido de pertenencia.
Casi como colofón del editorial se dice que “es un asunto cardinal poner coto al desorden, fortalecer la institucionalidad, y exigir, si queremos salir adelante”. Volvemos a preguntar: ¿el desorden de quién, de la burocracia despilfarradora o de los trabajadores que no controlan el proceso productivo? ¿Qué institucionalidad, la que reproduce el orden de cosas existentes o la que propicie el verdadero poder de los trabajadores? ¿La exigencia de quién, de la burocracia que exige más para que nada cambie o de los trabajadores relacionados colectivamente para administrar, normar, controlar y consensuar socialmente la producción de bienes y servicios?
Como recuerda el autor, “Fidel ha dicho más de una vez que los que no quieren buscarse problemas, los tolerantes, los que congenian con lo mal hecho, son los que más daño hacen a la Revolución”. Esa es la razón que me impele a contestar las ideas y conceptos trasmitidas por Lázaro Barredo.








