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27/06/2022 :: Argentina, Pensamiento

Darío Santillán: la pasión insurgente y el socialismo como opción ético - práctica

x Miguel Mazzeo
[A 20 años de la masacre de Avellaneda] Dario representa algo históricamente intolerable para las clases dominantes: la politización de la miseria y la insatisfacción

[Artículo publicado en La Haine el 22/5/2007, que reproducimos ahora por su actualidad]

Desde muy temprano nuestro compañero Darío Santillán venía experimentando con suma responsabilidad y cercanía los lazos inter - humanos. Por eso estamos absolutamente convencidos de que su personalidad y el carácter de su militancia están cifrados, en buena medida, en su gesto postrero: fraternidad, solidaridad, coraje. En la mano tendida al compañero moribundo (Maximiliano Kosteki el otro piquetero asesinado el 26 de junio de 2002), en la mano que intenta frenar infructuosamente aunque poniendo en evidencia la cobardía, el ensañamiento y la prepotencia del asesino cruel marioneta del Estado y del poder radica un núcleo trascendente y valioso.

Un gesto que además confirmó algo que de todos modos sospechábamos desde el momento en que comenzamos a conocerlo: dentro de sí Darío no contenía ni la más ínfima partícula de la materia con la que está hecho el enemigo (una singular experiencia militante y una peculiar predisposición lo habían despojado de esos corpúsculos). Un enemigo que casi todos, en alguna proporción, llevamos dentro. Porque el Sistema fabrica el individuo estándar que le corresponde, uno sin memoria y sin proyecto que exceda el próximo goce efímero alimentado por la ilusión de la mercancía.

Darío con aquel gesto abrumadoramente transparente cedió un ejemplo radiante que terminó siendo auroral. Estamos hablando de priorizar una experiencia ética, no de afanes sacrificiales de inmolación. Nos referimos al hecho de estar siempre en la necesidad del otro y a una integridad que desafía la apatía, la mezquindad, la idiotez moral y la mediocridad reinante. Aludimos al acto eminente de liberar la libertad ejerciéndola en el riesgo y la pasión.

Percibimos también la más clara sinopsis de la concepción del socialismo que sustentamos: una alternativa ético-práctica que hay que ejercer día a día y actualizar constantemente y no una etapa elevada y sublime a la que supuestamente nos conduce la historia. Claude Levi Strauss sugirió que el humanismo más auténtico no comienza nunca por uno mismo, sino que ubica al mundo antes que la vida, y la vida antes que el hombre y el respeto a los otros antes que el amor propio.

En los subsuelos de Argentina, extensos lugares donde impera el fatalismo, malos lugares donde el tiempo corría (y corre) liso y equivalente, donde sólo existían (y existen) los hechos sucesivos sin sentido o con un sentido estrictamente subjetivo e individual y por lo tanto efímero o rastrero, Darío instituyó una voluntad de creer, una perspectiva, la posibilidad de un destino.

Darío creía en la posibilidad de otra patria, "justa e igualitaria"; pero sabía que, para que los sectores más vapuleados por la historia asumieran ese horizonte había que inventar con ellos (no sólo "para ellos") una experiencia más rica, vital y vigorosa, una experiencia que habilitara el sueño y que reencantara la existencia, que hiciera visible una porción de cielo. Darío sabía que sólo una experiencia tal, podía hacer posible un imaginario y un régimen sobre el futuro. Sólo una práctica de esas características podía cobijar alegrías inéditas. Por eso se hizo piquetero, y de los autónomos, abjurando de las superestructuras, los aparatos y los dogmas. Por eso lúcidamente desoyó los cantos lúgubres de los que desestimaban las chances organizativas y políticas de los sin trabajo, de los que de antemano habían "constatado" su impotencia histórica. Por eso se convirtió en un formador de la conciencia de base (cimiento de la conciencia de clase y la conciencia nacional-popular no burguesa) y en forjador de nuevos valores impulsando formas originales de producir y trabajar, de convivencia social y de organización.

Se sabe bien: los barrios más pobres del conurbano bonaerense, zonas de policía y exterminio silencioso, son el campo de maniobra de una raza de manipuladores, de seres que, al decir de Roberto Arlt, sólo vomitan palabras de ganancia o ferocidad. Por sus insufribles condiciones son lugares privilegiados para reproducir las desigualdades, pero también los escenarios donde la confrontación social puede expresarse más abierta y variadamente: confrontación de clases, de lenguajes, creencias, valores. Justamente por esta condición Dario los asumió como el territorio de su praxis.

La pelea esencial siempre es cara a cara con el poder, contra su forma más retorcida y siniestra.

Pero el acto de sumergirse en una territorialidad limitada, no debe confundirnos. Darío resistía al minimalismo típico de los 90. No aspiraba al desarrollo de comunidades aisladas que, por acción u omisión, terminan integradas al sistema opresor o que perduran imprecisas, inertes, nulas. No se conformaba con las disputas en miniatura, porque sabía que estas podían servir de alimento a las burocracias gestionadoras. Era plenamente consciente de que, en última instancia, cualquier repliegue tribal alimentaba la exclusión. No se conformaba con una felicidad de enclave y rechazaba casi instintivamente la política episódica, "regionalizada" y de patas cortas. La escala de sus sueños era otra. Él militaba en el seno de una utopía y un sueño pertenecientes a la realidad, en tanto expresaban el poder ser y las potencialidades reales de los más pobres. Darío también luchaba contra la trivialidad.

Darío identificaba el oficio del burócrata, el puntero y del policía como funciones de un sistema excluyente más vasto (un movimiento orgánico del bloque histórico neoliberal) que además había introyectado sus (dis)valores y sus lógicas en las clases subalternas, desorientándolas y desanimándolas. Por lo tanto también se resistía a la desideologización y a la despolitización. Estoy seguro que había en él una enorme vocación política, pero creo también que él sabía que para llegar a buen puerto era necesario comenzar a remar desde un lugar real, histórico, dialéctico y práctico, no desde uno ideal.

Más allá de las indiscutibles similitudes, existe una diferencia entre Darío y los militantes populares de su generación con respecto a los luchadores de la generación del 70. La generación de Darío carece de la certeza de que sus acciones y gestos tengan valor absoluto. Más bien, les tocó (nos tocó, aunque yo sea más viejo) un tiempo en el cual hay que asumir que lo que se hace vale en tanto y en cuanto se pueda vincular a un fin último en el cual hay que confiar en contra de todas las evidencias, en contra de todos los augurios. De ahí la necesidad de generar permanentemente acontecimientos modestos y pequeñas victorias, de ahí el trabajo de las vinculaciones básicas.

Sin identidad, sin oficio, sin nada, los hombres, las mujeres, los pibes y pibas del barrio, se habían olvidado de intencionar el futuro. Era una costumbre que Darío trataba de restituir, asumiendo sin angustia el peso de las condiciones y los artefactos.

Darío también representa la crítica a una cultura de izquierda reproductora de inautenticidad e impregnada de los patrones y valores ajenos a las clases subalternas. La izquierda de la obediencia mental pasiva y de las ideas fósiles cargadas de pasatismo que sirven para desentenderse de la realidad. La izquierda del poder no compartido, que engaña y se autoengaña erigiendo una totalidad falaz. Una izquierda que concibe la política como ordenanzas, rituales huecos, sacrificios y planes rigurosos. O como práctica de evasión hacia lugares de ensueño y como anhelo de triunfo exótico. O como espera que sólo sabe refugiarse en la utopía, al decir de Paul Ricoeur.

Dario representa algo históricamente intolerable para las clases dominantes y el poder: la politización de la miseria y la insatisfacción. Esa es su principal indicación estratégica. Una politización que libera a la miseria de un lugar paralizante y de la condición de objeto de la caridad y de otras formas más directas del desprecio. Politización de la insatisfacción que identifica los ídolos de la infelicidad. Politización de la miseria va "más allá" del instinto de conservación y hace que el barrio se subleve. Politización de la insatisfacción que lleva a repudiar el sueño individualista, la mediocridad de la vida pequeño burguesa y la necedad armonizadora.

Por esta praxis que signó su corta biografía, Darío se convirtió en modelo de militancia, un modelo que contribuyó a alcanzar (que hizo más visible) el primer grado de síntesis política derivado de las luchas populares que habían arrancado en la mitad de la década del 90. Lo que el modelo y la síntesis promueven es bien claro: los valores del futuro y las nuevas formas de relación social y de convivencia que den contenido a la autogestión, la autoinstitución y la autonomía deben estar en las construcciones y luchas del presente; hay que actuar siempre considerando a las clases subalternas (y al "otro") como los agentes esenciales de su propia autonomía, y por supuesto, tener siempre presente que socialismo es una opción ético-práctica. Se trata de un modelo y una síntesis que inspiran espacios orgánicos y estructuras abiertas y democráticas que no exploten y usurpen la "plusvalía política" de los colectivos militantes y que generen "armas de construcción masiva".

No es casual entonces que Darío Santillán, desde hace algunos años, sea el nombre que una porción del campo popular de Argentina invoca para articular las inconexas experiencias de base y contrahegemónicas.

Existe un poder que no puede (ni necesita, por ahora) construir ficciones de comunicación con la sociedad creíbles y se conecta con ella de modo abiertamente infamante: un trabajo indigno, un subsidio, un bolsón de comida, una democracia restringida y tutelada, plenamente funcional al deterioro social. Esta perversión se retroalimenta, aceitada con infamias, hasta que aparecen las cuñas: el hambre politizada a partir de un modesto pero potencialmente poderoso mito vinculante se hace antropofagia y se viste de amenaza, la insatisfacción politizada se torna compromiso activo y se hace felicidad, el esclavo enajenado se transforma en protagonista activo, el mare coagulatum se convierte en mar tempestuoso.

Darío con pasión insurgente, con pasión insolente, ponía esas cuñas... Su huella marcó nuestra historia de modo irreversible. Pero nosotros no vivimos de él -Miguel de Unamuno decía que la historia es enterrar muertos para vivir de ellos- sino con él. Porque nuestro compañero Darío Santillán llegó a la Estación de Trenes de Avellaneda el 26 de junio de 2002 para partir de nuevo. Desde ese día es un nuevo conjunto de funciones que resisten a la muerte: amanecer siempre nuevo e iracundo, apertura a grandes e inagotables posibilidades.

Lanús Oeste, mayo de 2007

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