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31/03/2017 :: Europa, Mundo

De cómo se vende un conflicto. La guerra como culebrón

x Rainer Rupp
Partiendo de la experiencia de la Guerra del Kosovo, veamos cómo los medios participaron en preparar, acompañar y evaluar los ataques de la OTAN

OTAN, medios, mentiras y propaganda

El 'duo' Política/Medios: Los lectores de prensa hemos de pensar lo mismo que el soldado sobre el enemigo (un militar de EEUU el 14/2/1999 en Tuzla/Bosnia).

Entre los días 5 y el 8 de marzo pasados, la ‘Neue Gesellschaft für Psychologie’ [Nueva Sociedad para la Psicología] organizó en Berlín una conferencia en torno al título “Krieg um die Köpfe” [la guerra en las cabezas]. Se trataba de mostrar, entre otras cosas, cómo la ciudadanía suele ser preparada/ sintonizada/predispuesta para aceptar como irremediable e inevitable la aparente necesidad de una intervención bélica, así como los posicionamientos mediáticos y los procesos de toma de decisiones políticas que la suelen acompañar.
Entre los ponentes, se encontraba el autor de JungeWelt Rainer Rupp, quien durante muchos años había informado a la RDA, la República Democrática Alemana, desde el Cuartel General de la OTAN en Bruselas. En su ponencia vino a elaborar y concretar el procedimiento/proceder de los principales medios de información durante la primera guerra de la OTAN en Europa en 1999 en Yugoslavia, tras el derrumbe de los países socialistas europeos. El ataque a este país fue el que vino a iniciar todo un cambio paradigmático en materia político-militar. El trabajo de Información Pública y de propaganda que la OTAN realizó para justificar este asalto y el extraordinario papel que asumieron los llamados “medios de calidad” para servir de portavoces a los belicistas, nos documenta hasta el día de hoy su extraordinaria compenetración. JungeWelt publica una versión revisada de la ponencia de Rainer Rupp. (jW)

* * *

Al terminar la Guerra Fría y desintegrada la Unión Soviética, las “democracias” occidentales, en materia de política exterior, volvieron a servirse de ese recurso imperialista que es el ataque armado a un país europeo. Al mismo tiempo, los departamentos del Pentágono, encargados de la metodología psicológica, empezaron a propagar el dogma que dice que “las democracias no son beligerantes, no se implican en guerras”. Y los vasallos de los EEUU en todo el mundo, y ante todo en Europa, entraron a repetir esta fórmula como si fuese un mantra. Así es que, desde entonces, los EEUU y la OTAN, per definitionem, no se implican en guerras, sino en “sólidas intervenciones humanitarias” para defender los derechos humanos, fomentar la democracia y la libertad, y ante todo, para imponer la economía neoliberal de mercado.
Pero en los documentos de planificación de la OTAN, pongamos por ejemplo el nuevo “concepto estratégico” de 1999, se habla sin tapujos de la necesidad de intervenciones militares en otras regiones del mundo con el fin de “apoderarse de materias primas, de vías de transporte y de accesos a los mercados". Lo mismo se puede leer en los posteriores ‘libros blancos’ acerca de la política militar de la Bundeswehr, las Fuerzas Armadas federales. Y no se trata de documentos secretos; conocemos sus contenidos, aunque los gobiernos y los medios procuran no pronunciarse sobre ellos. Y es que las costosas operaciones militares lejos de la patria, se justifican mejor ante la población recurriendo al cuento de las atrocidades que comete un enemigo nuevo que exponiendo la fría lógica que consiste en maximizar las ganancias de las empresas líderes y de sus accionistas (shareholder-value).
Una vez elegido un Estado como meta o ‘target’, la demonización de este nuevo adversario se convertía en prioridad máxima, habida cuenta de que los ánimos de los europeos, y ante todo entre los alemanes en 1999, venían siendo ampliamente antimilitaristas. Pero precisamente estos habían de aceptar sin refunfuñar una guerra contra Yugoslavia. Así que los propagandistas de la OTAN no se cansaron en repetir su consigna de la “guerra buena”, aquella que va contra el fascismo alemán y cuya necesidad suele ser asumida hasta entre los que rechazan las intervenciones militares.
Este venía a ser pues el patrón al que recurrieron para justificar el bombardeo de Belgrado y otras ciudades serbias, considerando que la ciudadanía alemana debiera aceptar los “daños colaterales”, porque era cuestión de “impedir un nuevo Auschwitz”, como lo expresaba el entonces ministro alemán de exteriores, Joseph Fischer, un agitador del Partido de los Verdes.

Horrendas cifras de víctimas mortales

La OTAN inició sus ataques contra Yugoslavia el 24 de marzo de 1999. Los bombardeos continuaron durante 78 días y noches. Dado que el ejército yugoslavo supo camuflarse hábilmente, los bombarderos de la OTAN enfocaron metas civiles: abastecimiento de agua, puentes, esclusas, centrales eléctricas, estaciones de tren, escuelas, hospitales, etc. Mientras en Semana Santa las bombas caían sobre Belgrado, en Washington los dirigentes mundiales procedían a firmar solemnemente el nuevo “concepto estratégico” de la OTAN, a modo de blueprint o modelo a copiar en sus agresiones por todo el mundo.
Hoy resulta evidente lo que los más críticos ya reconocieran entonces; a saber, que lo pactado en la guerra propagandística contra Serbia consistía en manipular e incitar a los ciudadanos de los países miembros de la OTAN, mediante informes en su totalidad inventados. Sus informes sobre el curso de la guerra, según fuera su propósito en cada momento, o venían exagerando o se quedaron cortos. Con historias de una extraordinaria brutalidad y cifras que contaron las muertes por asesinato en cientos de miles, en el Kosovo se pretendía crear una analogía con el exterminio masivo al estilo nazi. [1]
Ya durante el año anterior al inicio de la guerra aérea de la OTAN, el Kosovo había sufrido los fuertes combates para suprimir las revueltas en torno al UÇK [Ejército de Liberación del Kosovo], una organización albana, paramilitar y filofascista/fascistoide. Durante aquel año y los anteriores, unas dos mil personas habían caído víctima en ambos bandos. Pero el número de víctimas no aumentó notablemente hasta el ataque de la OTAN y el subsiguiente caos; por un lado debido a los bombardeos; y por otro, por el drástico incremento de las operaciones de asesinato y de terror por parte del UÇK, que se había aliado con la OTAN, no sólo en contra de sus vecinos serbios, los gitanos Roma y Sinti, sino también contra los albanos pro-serbios en el Kosovo. Al caer entonces las bombas del Pacto Militar, arrancó una verdadera oleada de desplazamientos y de fugas. Cientos de miles se replegaron ante las amenazas del cuerpo militar serbio, del UÇK y de las bombas de la OTAN; huyeron de la miseria y del hambre, huyeron de la guerra.
Según ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, en fechas anteriores al asalto, habían huido unos 14.000 albano-kosovares. Después del asalto, iniciaron el éxodo en masa, un hecho del que los propagandistas de la OTAN supieron sacar provecho, tanto para evitar el cansancio del afán bélico como para paliar las posibles dudas entre los ciudadanos de los países miembros. Fue entonces cuando el portavoz de la OTAN, Jamie Shea, nos ofrecía sus historias sobre “miles y miles de jóvenes desaparecidos que pudieron haber sido asesinados por los serbios”.
El número de albano-kosovares “desaparecidos” durante la huida y “probablemente asesinados”, la OTAN lo calculó al alza, cifrándolo finalmente entre 100.000 y 225.000 [2].
Una y otra vez se resaltaron las analogías con el Holocausto. En las ruedas de prensa convocadas por la OTAN, se mostraron fotografías tomadas por satélites, en las que cada trozo de tierra revuelta se presentaba como si se tratase de una fosa común. Y en tales ocasiones incluso el socialdemócrata Rudolf Scharping, a la sazón ministro de guerra, solía superarse a si mismo. Las cadenas públicas alemanas, ARD y ZDF, al igual que los demás “medios de calidad”, repetían, totalmente acríticos y como loros, las mentiras difundidas por la OTAN.

Buscando las fosas comunes

Impresionado por esa inmensa miseria, el gran estratega norteamericano Edward Luttwak escribía a posteriori en ‘Foreign Affairs’, una de las primeras revistas de los EEUU en materia de política exterior: “Merece la pena que reflexionemos si los kosovares hoy no estarían mejor parados si la OTAN no hubiese intervenido en absoluto”. Pero la Alianza Militar no pretendía ayudar a la gente del Kosovo, sino que esta parte de Yugoslavia le servía de justificación para preparar un cambio de régimen en Belgrado; y su intervención como modelo paradigmático para llevar a la práctica su nuevo “concepto estratégico”.
El 10 de junio de 1999, cuando por fin callaron las armas, y Yugoslavia, a la vista de tanto destrozo, había dejado de resistirse; cuando las primeras tropas de la OTAN se dispusieron a invadir el Kosovo, se inició una frenética búsqueda de las fosas comunes. Al fin y al cabo, los invasores se veían obligados a demostrar nada menos que un “Holocausto”. Con este fin, también era cuestión de involucrar a los periodistas, quienes recibieron planos para poder localizar esas supuestas fosas comunes.
El diario británico ‘The Independent’, que no había entrado a participar en la histeria bélica reinante, constataba el día 27 de junio 1999 un auténtico ambiente de “buscadores de oro” entre los periodistas destinados en el Kosovo. A todo aquel que era capaz de entregar uno de los primeros reportajes gráficos de una fosa común, le estaba garantizada la fama y la fortuna. Y los ingeniosos entre los albaneses sabían cómo beneficiarse de esa situación. “No muy lejos de aquí hubo una masacre”, cita el mencionado diario lo que uno de ellos le susurró a un reportero, para que se dejara llevar al lugar a cambio de cierta cantidad de dólares. Y para aumentar el interés del reportero, había añadido: “20 cadáveres sin cabeza”. Al final, el periodista perdió su dinero, sin haber visto la espectacular fosa común.
Cuando surgieron las primeras dudas sobre el número de asesinatos perpetrados y la cantidad de fosas comunes, los propagandistas de la OTAN pasaron a revisar a la baja sus estimaciones anteriores y osaron afirmar que en ningún momento habían hablado de cientos de miles de muertos. Ahora referían 10.000 asesinados encontrados en un total de 130 fosas comunes. Pero tampoco se encontraron las pruebas para estas últimas afirmaciones. Las “fosas comunes” que se descubrieron con gran alboroto mediático, en su mayoría no eran más que un fracaso: ningún indicio de cadáveres humanos, ni de restos de ellos. En las fosas que desde las fotografías por satélite y a causa de la tierra revuelta se habían “vendido” como “fosas comunes” yacían los cadáveres de ganado vacuno y otros animales domésticos.
Lo que a continuación ocurrió no pudo ser más grotesco: alentados por el departamento de desinformación de la OTAN, los periodistas concluyeron que “no puede ser lo que no debe ser”. El hecho de que en las “fosas comunes” no se hubieran hallado más que cadáveres de animales domésticos, la prensa amarillista lo interpretó como una prueba de la extraordinaria abyección de los serbios, quienes, para impedir que la OTAN descubriera sus crímenes de guerra, habrían vuelto a excavar los cadáveres humanos enterrándolos en otro lugar distinto. Hasta se sabía dónde: en las galerías subterráneas de las minas de Trepca al noreste del Kosovo.
Al no encontrar ningún cadáver allí tampoco, a los reporteros de investigación se les ocurrió otra idea nueva, por lo que volvieron a evocar la imagen del Holocausto, afirmando que los cadáveres habían sido incinerados en los Altos Hornos serbios del Kosovo. Pero allí tampoco hubo ningún rastro por mucho que lo buscaran los diversos equipos forenses que se habían acercado desde varios países miembros de la OTAN. De entre estos equipos, el norteamericano FBI, era el contingente de lejos más grande. El territorio se llegó a calificar como “el lugar del delito más grande habido en toda la historia forense del FBI”. Unos meses más tarde, los delegados de la autoridad norteamericana tuvieron que retirarse sin haber logrado nada. El jefe de la delegación forense española llegó a quejarse ante los medios de que él y sus colegas habían servido de excusa o coartada de la OTAN y su política; “que se les había degradado a una pirueta semántica dentro de la maquinaria de propaganda bélica, ya que no habían encontrado ni una sola fosa común” [3].
Finalmente, John Kifner del ‘New York Times’ tuvo la idea salvadora: con la autoridad que avala su periódico, llegó a afirmar que los cadáveres habían sido trasladados a los centros industriales serbios y allí quemados en muchos altos hornos distintos; y dado que la Alianza Militar no podía ir buscando por sí misma en terreno serbio, resultaba imposible demostrarles a los serbios las masacres que habían perpetrado.
Lo que verdaderamente nos ha de preocupar es el hecho que unos medios, antaño serios, se hubieran dejado manipular como instrumentos de una primitiva propaganda belicista. En la gran mayoría de las atrocidades relatadas, el portavoz de la OTAN se remitía a los datos recibidos del gobierno británico. Y las afirmaciones de éste no se basaban en absoluto en las investigaciones in situ, sino en las declaraciones de supuestos testigos; declaraciones que se habrían obtenido de los albano-kosovares refugiados de los campos en Albania y Macedonia, y unos datos reunidos a partir de los informes regionales de prensa y militares, respectivamente. De entre las referidas atrocidades hay que contar la de las mujeres embarazadas (en este caso mujeres albanas) a las que unas bestias (en este caso bestias serbias) les habrían extirpado sus fetos.

¿Tantos nuevos Hitler?

Reporteros amarillistas en acción: en todo momento, al pie del cañón, pero sin ver lo que está pasando ante sus ojos, sino interpretando lo que les viene dictado por la OTAN. Foto tomada el 9.6.1999 en Kumanowo, ahora perteneciente a Macedonia, por Eric Feferberg/dpa picture Alliance. Un año más tarde, el Tribunal Penal Internacional (TPI) para la ex Yugoslavia con sede en La Haya, no establecido por las Naciones Unidas, sino convocado y pagado por la OTAN [NT], falló que en las “fosas comunes” en el Kosovo se habían encontrado un total de 2.788 cadáveres. Hay que observar que se trataba de los restos mortales de los que habían luchado en ambos bandos y, además, de víctimas civiles que el UÇK había asesinado durante la guerra, cientos de serbios, Roma, Sinti y albanos pro-serbios. Los miles de muertos civiles que habían caído víctima de los bombardeos de la OTAN tampoco entraron en ese computo.
Resulta interesante que fuera precisamente el director de la mayor empresa privada de espionaje norteamericano ‘Stratfor Intelligence’, George Friedman, quien pronunciara la crítica más dura del ‘establishment’ sobre la Guerra de la OTAN en el Kosovo. Friedman decía que, para él, el número de muertos resultaba relevante por partida doble. Primero, consideraba decisivo aclarar “si la OTAN había dicho la verdad o no, a la hora de iniciar una guerra”. Segundo, consideraba que “existe una diferencia cualitativa entre cientos de muertos, por un lado, que hubieran caído en una operación para combatir el terrorismo y, por otro, el asesinato masivo de miles y miles, que cayeran víctimas de un genocidio”.
Bajo el título ¿Dónde están los campos de muerte en el Kosovo?, esta empresa de espionaje había publicado el 17 de octubre de 1999 un análisis crítico en el que contrastaba lo afirmado por la OTAN acerca del genocidio serbio perpetrado contra los albano-kosovares con el escaso número de cadáveres hallados en la realidad. “Si fijamos el umbral para justificar la invasión y la pérdida de la soberanía de un país en unos cientos de muertos, que hubieran perdido su vida en actos violentos a causa de su etnia, entonces el ‘casus belli’ debería haber valido ya en numerosos países y circunstancias, desde Gran Bretaña, Turquía… hasta Corea del Sur (…) Pero si resulta que los crímenes serbios no se distinguen de los perpetrados en otros países, la decisión de bombardear Serbia, ha de resultar sospechosa en términos morales”. Visto así, el número de muertos es de importancia fundamental para George Friedman.
Los responsables intelectuales de las matanzas en el Kosovo, el presidente de EEUU William Clinton, su homólogo británico Anthony Blair y el canciller federal Gerhard Schröder con su ministro de exteriores Joseph Fischer, siguen hasta el día de hoy sin ser demandados. Al contrario, en el mundo de los valores occidentales, siguen gozando de máximo reconocimiento. Quien acabó siendo responsable de las “fosas comunes” del Kosovo, como un “nuevo Hitler”, era el presidente Slobodan Milosevic.
Las supuestas fosas comunes y las supuestas atrocidades en el Kosovo se inventaron en el mismo taller alquimista de la OTAN, al igual que unos años más tarde, las fabulosas armas de destrucción masiva del Hitler iraquí Sadam Husein; o las “ejecuciones masivas” de civiles en Bengasi ordenadas por el Hitler libio Muamar el Gadafi; o el empleo de gas de cloro del Hitler sirio Bashar al-Asad contra su propio pueblo. No hace mucho, la que fuera ministra de EEUU de exteriores, Hillary Clinton, llamó en varias ocasiones al presidente ruso Vladimir Putin “nuevo Hitler”, como por otra parte hiciera también el primer ministro británico David Cameron.

La guerra como culebrón o telenovela

Finalmente, un par de comentarios sobre Jamie Shea, esa eterna sonrisa en la Guerra del Kosovo. Justo al año de haberse iniciado el ataque contra Yugoslavia, el entonces portavoz de la OTAN dio mucho que hablar. El 29 de marzo de 2000, el Neue Zürcher Zeitung [NZZ] informó de un acto suyo en Berna, donde a los asombrados oyentes, procedentes del mundo económico y político, les contó cómo la OTAN había engañado a la comunidad internacional sobre esa guerra. En su discurso titulado “Selling a conflicto – the ultimate PR Challenge” [“cómo se vende un conflicto, el último reto en materia de Relaciones Públicas”] se presentó como el hombre que nos envasa, vende y casi gana, él mismo, la guerra como si fuera un producto de marca.
Y para los días tibios o flojos de la guerra, Shea nos aconseja: “si no tienes una historia, debes inventarte una”. Considera, además, que el público adora las diarias secuencias de “culebrones y/o telenovelas”; y que hacen falta protagonistas como él. Cuenta que hasta la fecha es reconocido personalmente en todas partes del mundo, y que el magazine 'Elle' le había elegido entre los más excitantes hombres del mundo.
A lo que comenta el NZZ que era de esperar que ese Narciso, enamorado de si mismo, rinde más en el ámbito sexual que comunicando datos de la OTAN. Que en democracia, el público tiene derecho a exigir que sus respectivos gobiernos beligerantes le faciliten información verídica. El crédito, la credibilidad se apoya en el relato fiel.
Si esta fidelidad se observa durante un tiempo largo, el ciudadano está dispuesto a dar su confianza, hasta en situaciones en que la discreción o el secreto vienen a impedir que se le faciliten todos los detalles, opina el NZZ.
Y continúa comentando: “Si un minúsculo portavoz, que no alcanza a entender la situación, opina que todo se reduce a unas Relaciones Públicas y lo manifiesta así, acaba por reducir notablemente el valor de mercado de los poderosos. De repente, se invalida toda su credibilidad, ya no sirve de nada. Al poco tiempo uno se pregunta rascándose la cabeza: por cierto, ¿cómo se llamaba ese… portavoz? ¿Jamie… nosecuantos? Pero en eso, el periódico se equivocaba.
Shea continuaba su carrera en la OTAN. Su trayectoria resulta sintomática para el carácter de toda la organización. No sólo llegó a ser director de la sección “Planificación Política”, sino además es hoy Vicesecretario General de la Alianza. Ahora puede ir soltando peroratas sobre Rusia y su incalculable poder, ese poder que se ha convertido en una nueva amenaza para la pacífica OTAN que tanto ama y defiende los valores democráticos.

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Notas

[1] Véase el pertinente artículo en el magazine político New Statesman del 4 de septiembre 2000: http://www.newstatesman.com/node/138456

[2] Véase la fuente citada en [1].

[3] Fuente: http://www.americanthinker.com/articles/2014/09/the_unspoken_obama_lie_that_led_to_benghazi.html

NT: Convendría señalar que el autor sostiene que el TPI para la ex Yugoslavia fue convocado ad hoc y pagado por la OTAN, y no por las Naciones Unidas, como se dice en otras fuentes consultadas por la traductora.

Junge Welt. Traducción de Tucholskyfan Gabi para Blog del viejo topo

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