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EE.UU., Mundo :: 03/03/2026

“Descubrir América en latas”

Maciek Wisniewski
Una legión de comentaristas liberales occidentales de ambos lados del Atlántico anuncian de repente que el término “imperialismo” existe y que EEUU es una “potencia imperialista”

En polaco hay una expresión: “descubrir América en latas” (odkrywać Amerykę w konserwach) –una que escuchaba mucho cuando era chico− que funciona como una respuesta irónica cuando alguien intenta presentar algo como una información nueva y brillante, mientras es algo obvio, banal y ampliamente conocido desde hace mucho tiempo.

La referencia principal es, claro, el supuesto “descubrimiento” de América en 1492, el continente habitado durante milenios por los pueblos indígenas y una tierra conocida ya por los vikingos. Y la frase “en latas” busca realzar la ironía y el hecho que la “novedad” en cuestión no sólo es antigua, sino que ya está “bien procesada”, “preservada” (en forma de una conserva) y “recalentada” por alguien que se presenta como un “descubridor”.

Me acordé de ella en las últimas semanas, un poco por desesperación, observando y leyendo cómo toda una legión de comentaristas liberales, liberales-conservadores y de "izquierda" occidentales de ambos lados del Atlántico después del raid de Trump a Caracas y el estallido de la, hasta ahora irresuelta, grilla por Groenlandia, “han descubierto América en latas” −aquí la expresión encaja hasta con el propio contexto− anunciando de repente no sólo ahora que el término “imperialismo” existe (¡santo Dios!), sino que EEUU mismo −para los estadounidenses simplemente “América”−, es una “potencia imperialista” (¡absolutamente increíble!).

Y cómo, de manera engañosa, se empeñan en presentar este “hallazgo” como algo “nuevo”, “inédito”, y “que solamente viene con Trump” −y que ellos, claro, nos ayudarán a entender con su “análisis brillante”−, mientras, en realidad, no se trata de ninguna novedad, sino apenas del siguiente capítulo en la vieja historia del imperialismo de EEUU que en su forma global y “madura” data desde la presidencia de William McKinley (1897-1901) −sintomáticamente, el presidente favorito de Trump 2.0−, el tema que en las últimas décadas los mismos medios y los analistas mainstream simplemente no han tenido ningún interés en nombrar ni discutir.

La realidad es que no hay nada nuevo en las políticas de la administración trumpista (ni en el ámbito exterior ni interior) y nada que las administraciones anteriores de EEUU ya no estuviesen practicando, salvo el cambio de formas como el abandono de discursos grandilocuentes −que tanto les ha gustado a ir descifrando a los analistas− y sus sustitución por puro lenguaje de fuerza.

La Pax Americana, pocos quieren acordarse de esto, siempre era un asunto bastante feo, al igual que la historia de América Latina de finales del siglo XIX, por ejemplo, durante la llamada “Edad Dorada” de McKinley −que tras la guerra con España se apoderó, entre otros, de Puerto Rico (¡hola, Bad Bunny!) y estableció el protectorado sobre Cuba−, la época a la que Trump prometió “regresar”, prescindiendo ya, de modo muy decimonónico, de “exportar la democracia”, la melodía favorita de los comentaristas afines al (invisible) imperio estadounidense en las ultimas décadas y ahora sacados de su ideológica zona de confort (de allí su consternación).

Así, a todos los descubridores de las “novedades” impactados por la manera en la que Trump invocó a la Doctrina Monroe (y/o la “Doctrina Donroe”) para justificar el secuestro de Nicolás Maduro y de Cilia Flores, y el intento de toma de control remoto sobre el petróleo venezolano, habría que recordar cómo en 1895 Grover Cleveland −el predecesor de McKinley− frente a la vieja disputa por Esequibo entre Venezuela y Guayana británica agravado por el auge minero de oro allí, invocó… precisamente la Doctrina Monroe, posicionando por primera vez a EEUU como un “policía regional”.

Y cómo el modo en que lo hizo −en un sentido más amplio− prefiguró la conversión de dicha Doctrina (1823) −“América para los americanos”− plasmada a su vez por el quinto presidente de EEUU, James Monroe (1817-1825), que entre otros, en un típico para EEUU empuje expansionista adquirió Florida de España (1819) −¡todo esto es tan “nuevo”, increíble!−, en una herramienta que justificaba la hegemonía y el intervencionismo estadunidense en la región “según sus necesidades” y “a su propia satisfacción”.

De hecho, al volver a ganar las elecciones en 2024, Trump se convirtió en apenas el segundo presidente de EEUU en la historia en servir dos mandatos no consecutivos después del propio Cleveland (1885-1889 y 1893-1897), que si bien no era tan intervencionista como McKinley, fue “su fanfarronería” −como bien ha recordado en un lugar la poca prensa estadunidense con memoria histórica y una que ya escribía de estos acontecimientos en su momento, The Nation− “que culminó tres años después en la guerra hispano-estadounidense”.

Y aquí estamos con Trump, con la misma “fanfarronería imperial”, sea respecto a Venezuela o Cuba, algo que ahora metió a EEUU en otra guerra, pero, desde luego, sigamos tratándolo todo como “algo nuevo” y “descubriendo América en latas”.

Es de recordar que Cleveland decidió meterse en el conflicto entre Venezuela y Reino Unido también para distraer a la opinión pública de la crisis económica en casa (¿a qué nos suena esto?) y demostrar a sus críticos que no era “un títere de los intereses europeos”.

El cambio de época entre finales del siglo XIX y hoy, marcado más bien por el servilismo europeo ante el poder imperial de EEUU −algo mejor ejemplificado por su impotencia (los herederos de los vikingos incluidos) ante los afanes estadounidenses de apoderarse de Groenlandia y la ovación de pie al delirante discurso neocolonial de Marco Rubio en Múnich− es fascinante, pero no captaremos nada de esto si les creemos a los heraldos de las “novedades” recalentadas.

@MaciekWizz

 

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