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08/11/2019 :: Chile

Desde Chile. Lo generacional, la oligarquización y la metáfora del guasón

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El declive y corrupción de nuestra élite, que se desancla crecientemente de apoyo social hasta el desenlace actual

Inmerso en la crisis política más grande y compleja que hemos vivido desde los años noventa, pero denominarla revolución es una exageración, más bien nos enfrentamos a un malestar social inorgánico y carente de horizonte post capitalista.

Lo que es posible aventurar, es que desde los 2000 viene dándose/acumulándose una rabia creciente en contra del modelo neoliberal por el incumplimiento de las promesas ofrecidas, de ahí que el componente social que predomina en este estallido sea la “clase media” y generacionalmente, los jóvenes. En este trabajo se desarrollarán tres aspectos que aparecen como relevantes en el estallido de octubre.

En primer lugar lo que podemos llamar “lo generacional”, que sería el campo donde aquellos que no vivieron la dictadura y se formaron en contextos de transición, comienzan a ver las cosas de manera distinta de como lo hacen las generaciones que vivieron el período reformista / revolucionario y posteriormente la dictadura: no reconocen la dicotomía dictadura /democracia, tampoco reconocen legitimidad ni a la ideología ni al modelo neoliberal.

Por tanto, se despliegan en la escena social y política con claves distintas que aunque ya en su germen eran contra hegemónicas, en su deambular han ido corriendo el cerco de lo posible desnaturalizando la narrativa neoliberal. Las demandas que han enarbolado los jóvenes desde el movimiento estudiantil han permitido que las necesidades que eran sentidas como individuales y privadas hoy sea posible vivirlas como colectivas y sociales. Ello ha permitido el anudamiento de demandas locales, sectoriales e individuales hasta llegar a reunirlas en un conjunto de demandas estructurales, poniendo en jaque la legitimidad del modelo neoliberal, abriendo paso a una revalorización de lo colectivo, de lo social y el rol que le cabe al estado en el bienestar de lo colectivo.

Segundo, la respuesta que se ha dado desde del estado, desde la elite política, expresada simbólicamente con los brazos en Alto del año 2008, es una muestra de la incapacidad de mirar y escuchar lo que ocurre socialmente. Sin embargo, no es solo eso, es el resultado de un diseño institucional que surge de la arquitectura transicional donde uno de los núcleos fundamentales es el vaciamiento de lo social, la desarticulación del tejido social con la finalidad de que la predominancia del mercado se arraigue en la relación individual, que la interacción sea el de la oferta y la demanda, pero también como un cortafuego a la posibilidad de que se constituyan sujetos sociales y políticos.

Tercero, la coyuntura actual tiene un nuevo componente, los niños, niñas y jóvenes marginales, que son nuestros caídos de la humanidad, los excluidos por el modelo. Pero no porque por primera vez aparezcan en la escena pública, si no por la violencia que han desplegado y por ser la mecha encendida que ha hecho explotar el polvorín: la metáfora del Guasó

Más allá de la moralina hipócrita, cínica y mentirosa que nos interpela a condenar la violencia, como si los últimos 30 años no estuvieran cimentados sobre ella, es importante destacar que en este estallido hay dos fechas claves, el 18 y el 25 de octubre, es decir, “violencia y vandalismo desatado” y la denominada “marcha más grande de la historia”. Como lo han demostrado cotidianamente las masivas marchas y protestas, en vez de disminuir el apoyo de la población a las demandas enarboladas, éste ha aumentado con el pasar de los días. Con ello, en los hechos, la violencia no ha sido deslegitimizada; es más, existe un cierto consenso en la base social de que “sin esta violencia no nos escucharían”. Las siguientes líneas son una reflexión abierta sobre lo que está ocurriendo y que posiblemente no se cerrará a la altura de lo que se demanda, con lo cual lo más probable es que en el futuro las movilizaciones y estallidos sociales serán más intensos y violentos.

Lo generacional

Desde los años '90 se han dado muchas movilizaciones y protestas, algunas de ellas muy importantes como es el caso de los mineros, los portuarios, la lucha del pueblo mapuche, no +AFP, las marchas feministas, etc., sin embargo, ha habido un actor social que desde los dos mil hasta la fecha ha sido fundamental en mostrar la fisura del modelo desde una perspectiva ideológica y política, contribuyendo a generar un movimiento social ampliado que es el que hoy impugna el modelo y que amplía el cerco de lo posible, es el movimiento estudiantil secundario y universitario.

Si pudiésemos establecer una línea de tiempo que nos permita dar cuenta de en qué momento se abrió este largo período de lucha y que desemboca en la actual coyuntura, debiésemos poner en primer lugar el año 2001 con la movilización estudiantil denominada “el raspa pase”. En esa oportunidad, miles de jóvenes se movilizaron y, en su avance por la ciudad, fueron arrasando con lo que encontraron a su paso, lo que en su momento también fue denominada como una jornada de vandalismo; sin embargo, había demanda sociales relacionadas a la calidad de la educación, a un futuro sin destino, un horizonte que no les otorgaba sentido.

Esa movilización fue una cantera que permitió dar vida a los futuros dirigentes de la denominada “revolución pingüina” entre los años 2005 y 2008. Esa gran movilización estudiantil que partió en la región metropolitana el 2005 y se extendió a todo el país el 2006, listó una demanda de trece puntos que iban desde aspectos corporativos, como era el valor del pasaje escolar, pasando por concepciones del ser humano que cuestionaba el concepto de alumno, hasta llegar a peticiones de carácter nacional y social, como son el rol del estado v/s el mercado y nueva constitución. El resultado de ese movimiento fue la derogación de la LOCE y la promulgación de la LGE.

Lo más importante que lograron los estudiantes en esta última coyuntura es que pudieron conectar con la subjetividad del mundo adulto, una subjetividad adormecida por el miedo y por la naturalización de la comprensión de lo social como un campo de interacción individual; ambas manifestaciones hijas del triunfo de la contrarrevolución neoliberal. De ahí en adelante, muchos aspectos de las esferas de la vida social comenzaron a ser vistas de otra manera, surgen preguntas respecto de nuestra forma de vivir, del modo neoliberal de existir: comienza a adquirir relevancia preguntarse por el sistema previsional, por el sistema de salud, por el coste de la vida, entre otras cosas.

En el cruce de las demandas estudiantiles con la forma de vida del mundo adulto, comenzó a tejerse una cadena de equivalencia que ha permitido que lo social y colectivo empiece a filtrarse en la conversaciones, en las visiones y en la subjetividad de los individuos, abriéndose un horizonte muy productivo en términos de pensar e imaginar otras formas de vivir en sociedad.

Posteriormente, el año 2011 se produjeron masivas movilizaciones donde estudiantes y adultos salieron a las calles exigiendo, nuevamente, una educación justa y de calidad, donde se agregó un elemento nuevo, sustancial, el endeudamiento. Esto último pone en evidencia, en tela de juicio el mecanismo que el modelo ha usado para dar la imagen y sensación de crecimiento de nuestra sociedad, pero más importante aún, la “consolidación de la llamada clase media”. Esto es relevante en la medida que la clase media es el sujeto social de la narrativa de las elites y el éxito de las mismas.

El movimiento estudiantil del 2001 abrió la puerta a una nueva generación que en sus inicios caminó por una huella hecha a cincel, en adelante se fue acumulando fuerza social y demandas estructurales que culminan con toda su fuerza en estos últimos días.

En este escenario las elites se muestran patéticamente incapaces de articular una salida. Fueron cavando lentamente su tumba, sembraron frustración, rabia, odio. La violencia es el resultado de un orden que no da cuenta que lo social viene marchando y avanzando, si no quieren darse cuenta, no se quejen. Esta generación sigue reproduciéndose, aprendiendo y madurando.

Hoy llaman a que rechacemos la violencia, hablan de crisis moral pero lamentablemente para ellos, carecen de legitimidad y se les devuelve. Es cosa de escuchar al común de los ciudadanos, la mayoría dice estar en contra de la violencia, pero apoyan las protestas y si se les presiona un poco dicen que esta bien que saqueen los supermercados, farmacias, símbolos de esta sociedad de consumo. Vaciamiento de legitimidad y campo de patrocinio de la protesta, de la fiesta y la violencia, el alfa y omega del estallido social. ¿Quiénes son los culpables, quienes jodieron Chile? Pues nuestra elite.

Oligarquización

Resulta muy apropiado recordar la obra de teatro de Egon Wolff “Los Invasores”, estrenada en 1963 y dirigida por Víctor Jara, al momento de pensar en nuestra elite económica, política, cultural devenida en oligarquía.

Un personaje de la obra llamada Pietá, esposa del empresario Meyer, en uno de sus diálogos dice “No se… tal vez, la gente de esta noche. Al verlos a todos tan… desfachatados. ¡Insolentes, sí! (Como recolectando recuerdos). De repente, pensé que era el fin. Risas que celebraban el fin. Una perfección corrupta. (Se vuelve hacia él). Tengo miedo, Lucas. No sé… Miedo, simplemente. Un miedo animal. Esta noche donde los Andriani, rodeada como estaba de toda esa gente, sentí de pronto un escalofrío. Una sensación de vacío, como si me hundiera en un lago helado…, en un panorama de niebla y chillidos de pájaros.”

El desconcierto y lo ominoso de lo que da cuenta Pietá es el miedo de la elite dominante. Es un miedo que de pronto aparece, es el pavor a lo desconocido, es un estremecimiento ante la turba que se les muestra visible y materialmente existente, cuando la condición de su existencia es que fuese subterránea e invisible.

Cecilia Morel [esposa deel presidente Piñera] sería nuestra Pietá contemporánea quien, con su relato sobre los alienígenas, da cuenta de la desconexión que la elite tiene sobre su propia obra. Han vivido ensimismados creyendo que el orden actual es la naturalización de la vida, que ellos y ellas son la expresión genuina de lo que el resto de la sociedad es y quiere, que están en ese lugar de privilegio de poder porque son la expresión más nítida de lo que los otros quieren y desean, ellos serían la sociedad. Así deben ser las cosas, así nos los demuestra la historia, la academia, la economía, los tecnócratas.

Abruptamente irrumpe la violencia, se destruye el metro, ese símbolo de integración social que opera cual arteria irrigadora de sentido colectivo, de sentido de pertenencia, lugar inmaculado de los caídos de la humanidad. Siguieron los supermercados, las farmacias, los pórticos. ¿Cómo fue posible, que hicimos mal? Pues no veían, mejor dicho veían aquello que podían ver, es decir, a sí mismos.

Esta elite endogámica que durante 30 años ha vivido su Belle Epoque, logró dar la sensación de que sus valores, su visión de las cosas y la vida era la de todos, eran la representación simbólica del todo, se creyeron el universal de los átomos individuales. Esa soberbia borracha de ombliguismo, les mantuvo confiados en la docilidad heredada del miedo a la dictadura y del aspiracionismo de la clase media.

Si bien es cierto que la dictadura triunfó en su contra revolución neoliberal dejando una arquitectura institucional, una elite progresista domesticada, una introyección cultural hiperindividualista, un modo de vida neoliberal, una promesa de crecimiento y desarrollo que impactaría la vida de cada uno de nosotros, el pacto de la elite para transitar a la democracia no logró dar cuenta que para que lo anterior fuera perdurable era menester un modelo de acumulación sostenible en el tiempo, una elite consciente y abierta, que los mecanismos que permitiesen cumplir la promesa fuesen reales. Por el contrario, el mecanismo que predominó fue el endeudamiento de la población y el alejamiento e inconsistencia de la elite, que profitando de sus privilegios se convirtieron en todo aquello que puede ser repudiable y execrable.

Es tan ombliguista nuestra elite que requirió construir un sistema que los nutriera de autosatisfacción y ensimismamiento, negando al otro y lo distinto de todo aquello que escapara a su visión de las cosas. Los medios de comunicación con sus comentaristas, periodistas, noticieros y programas de entretenimiento, transmitieron por años una visión edulcorada de los individuos y de la sociedad, creando la sensación de una realidad prácticamente virtual. Hoy rasgan vestiduras.

Los centros de estudios y sus intelectuales, los analistas políticos y los encuestólogos crearon una realidad que hoy se hace trizas. Nuestra elite cínicamente se pregunta ¿En qué fallamos que no lo vimos venir? ¿Dónde esta esa clase media que quiere paz y no violencia? Hoy se cuestionan haber cambiado el voto obligatorio, como si desde antes no hubiese habido señales de desafección. Es más, si seguimos como hasta ahora, da lo mismo si el voto vuelve a ser obligatorio, porque la elite se autoreproduce a través de los partidos políticos serviles, que en su gran mayoría, son mecanismos de fortalecimiento de las trenzas entre intelectuales, empresarios y políticos.

Dentro del paraguas ideológico construido y validado por la elite, la economía es lo primero, por ello hemos sido socializados en la idea de que se debe mantener el equilibrio macroeconómico, la regla del déficit fiscal. Esto es refrendado por las escuelas y facultades de economía de las universidades, creando la idea de que es natural que la conducción de la vida social y privada esté reglada por la tecnocracia. Dicho esto, los tecnócratas responden y vienen de la misma elite, cierto que hubo el negrito de Harvard, pero eso no hacía más que confirmar lo endogámico y narcisista de nuestra elite.

A lo anterior contribuyó la derrota brutal que la dictadura impuso en nuestra sociedad la cual permitió domesticar, seducir o acobardar a un segmento de políticos que provenían de la izquierda chilena, quienes entre el desvarío psicológico y existencial abjuraron de sus principios y convicciones, como locas utopías de juventud (en voz del viejo Ottone), otorgándole validez a las políticas, valores y concepciones neoliberales.

Entre el año 2000 - 2005 gobernaba el país Ricardo Lagos y en este período hay tres hechos que contribuyeron a profundizar la oligarquización hasta el día de hoy. Desde la dimensión judicial, el año 2000 se da a conocer lo que hemos conocido como MOP-Gate, que no es otra cosa que el pago irregular de sobresueldos a funcionarios públicos. En el momento que el caso escalaba en la posibilidad de poner en jaque al gobierno, el presidente de la UDI Pablo Longueira llega a acuerdo con Lagos. Este hecho consolida la idea de que la elite política son una “especie” particular que está por sobre el resto, que tiene un linaje singular. Desde una dimensión política, el año 2005 Ricardo Lagos nos dice que la Constitución de Pinochet no va más: gatopardismo puro y verborrea ilusionista, el núcleo duro e ideológico de la constitución no fue modificado. Desde una dimensión simbólica, en el mes de octubre de 2005, Hernán Somerville dirigente de los empresarios chilenos nos notificaba que los empresarios amaban a Lagos (paradójicamente el “segundo socialista” en llegar a la moneda, después de Salvador Allende).

Ese período fue clave en el declive y corrupción de nuestra elite, desanclándose crecientemente de apoyo social hasta el desenlace actual.

La metáfora del Guasón

A fines de la década de los 90´ editorial LOM publicó un libro llamado “Perros Agónicos” del escritor Francisco Miranda, en una de cuyas historias, jóvenes marginales de Santiago asedian la ciudad arrasándola. Lo interesante es que aunque ese libro fue escrito hace más de dos décadas, perfectamente podría ser el guión de una película sobre el viernes 18 y los días posteriores. Los indicios ya estaban, solo se ha ido incrementando la exclusión, la segregación y el odio al otro.

Aquí es donde se produce una similitud entre el desarrollo de la película Joker/“Guasón”, el texto señalado y nuestra realidad.

Arthur Fleck, el personaje que da vida al Guasón, sufre problemas psiquiátricos, deambula su vida entre el agobio diario, la desolación, la humillación, la precariedad y el abandono. Es un hombre que la sociedad esconde detrás de los fármacos y la clasificación psiquiátrica (ese gran saber, la “verdad” científica que clasifica al individuo entre lo normal y lo anormal) ubicándolo en la marginalidad, que hasta ese momento es inofensiva. En el momento que los fármacos dejan de fluir por su organismo, comienza una metamorfosis en él. Deja de ser aquel individuo disociado en sus gestos, en su ánimo, se produce un cambio en su estética, se apropia de sí mismo su “ser interno”, adquiere armonía entre sus gestos, su risa y en el conjunto de la corporalidad. Su mirada expresa intensidad, seguridad, tiene claro lo que quiere, define también a su enemigo. Y va por él.

He aquí la emergencia del sujeto. Un nacimiento violento por donde se le mire. El adormecimiento farmacológico (dispositivo ideológico) le impide reconocer la verdad de su origen. En tanto la narración materna está basada en la mentira, al momento de develársele la verdad/realidad, va en busca de la madre asesinándola porque es la forma de liberarse, de romper con el mundo imaginario sobre el cual fue criado, un mundo de mentiras.

Devenido en Guasón, el sujeto sanguinario y vengativo, decide dar un último paso asistiendo a un programa televisivo que conduce Murray Franklin (representado por Robert De Niro). Allí deviene en sujeto político, estableciendo una nueva narrativa, una frontera entre los excluidos, los invisibilizados y ellos, los que dominan, los que establecen las reglas y la exclusión, los que fermentan el odio. Y en la lógica del espectáculo lleva a cabo el gesto radical, asesina a Murray en vivo y en directo, en tanto él es la voz payasesca de la oligarquía, ante una audiencia televisiva que puede contarse en millones. El caos se desata, las masas que salen a las calles son el campo donde los dolores, frustraciones, humillaciones, explotación, miedos, devienen o germinan en acto colectivo de encuentro y cuyo liderazgo se encarna en quien se había negado a reconocerse como un sujeto político. Nada romántico, menos progresismo liberal, es tan solo la vieja historia de la humanidad.

Arthur Fleck es quien nos representa simbólicamente hasta el jueves 17. El viernes 18 es el Guasón, ese individuo devenido en sujeto que de alguna manera expresa la carencia de proyecto, pero a su vez la posibilidad de tenerlo, construirlo. La metáfora del Guasón asestó su golpe mortal a la narrativa oligárquica, de ahí que el coro de los señores y señoras del orden se haya apurado a levantar el concepto de “crisis moral” (una forma de escabullir la responsabilidad personal, de clase), del “restablecimiento de la ley” (porque primero es el orden y después veamos que se puede hacer) y “no nos quedemos en la foto hay que ver la película completa” (no se valora todo lo hecho, se quedan solo en el presente, ¡que ingratitud!) Al viernes 18, el día del Guasón y de los Perros Agónicos, le sigue el viernes 25, la fiesta de la paz.

Pero no hay que confundirse, ambas se necesitan, una no podría ser sin la otra. Ha sido el alfa y el omega de esta coyuntura que, siguiendo al filósofo francés Alain Badiou, ha devenido en acontecimiento es decir, es un parte agua entre lo existente y lo que viene.

A continuación debiese entrar lo político como campo de deliberación de los ciudadanos, pensando en la polis que queremos construir. Interesante es lo que está ocurriendo con los cabildos ciudadanos, el debate que se está dando en cada lugar de la ciudad, los niños y jóvenes se politizan a partir de la cotidianidad bullente de lo social, las diversas demandas tienden a encontrar denominadores comunes. Todo eso es pura energía de lo político, acompañado con algo que podría ser simplemente anecdótico, pero que es algo superior: que las nuevas generaciones vuelvan a Víctor Jara, Violeta Parra, Los prisioneros. Esto nos habla de la memoria, sustrato basal de lo que está por emerger, aquello que anuncia futuro pero vinculado a las luchas históricas que nos preceden.

Por ello al final del camino todo desemboca en un cambio constitucional. Para ello es importante, al igual como lo hizo el Guasón, desmontar la narrativa creada por la concertación, en particular Ricardo Lagos con su manida frase de que dejemos que las instituciones funcionen, que no es otra cosa que la expresión más nítida de la oligarquización.

De no ser así, el Guasón volverá al ataque. Volverá en su expresión más violenta, con el agregado que las generaciones que desde el 2001 han venido desarrollando su propia narrativa, memoria y luchas cobrarán una cuenta más cara.

El Guasón no es expresión de futuro, es la intensidad del presente, sin embargo es la simiente de lo porvenir y ese es el desafío, que lo político se despliegue, que el debate de los ciudadanos en cada rincón de la ciudad sea el habla de lo profundo, de lo viviente de la vitalidad productiva de un proyecto de futuro. El peligro es que la política entendida como lo institucional, lo establecido, se restablezca; que los oligarcas pasen del aturdimiento a la acción farisea.

Habiendo dicho lo anterior, es constatable que la nueva generación está creando su paraguas biopolítico, memoria y lucha. Más allá de la falta de proyecto y sujeto político, la rabia y la violencia es energía que puede replegarse, más no extinguirse. La pregunta que debiésemos hacernos es si queremos a Guasón o a un proyecto político que nos emancipe o aquello que solo libera nuestras energías como un choque de placas tectónicas.

… Desde el fondo de la ciudad, Guasón nos mira.

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