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06/12/2017 :: Cuba

Desde Cuba, necesidades de revolución

x Lucas Napoliello
En Cuba hay una libertad difícil de comprender para quienes nacimos y crecimos bajo el infierno capitalista

En momentos donde en Latinoamérica las derechas más inescrupulosas parecen sentirse cada vez más cómodas, Cuba sigue siendo un faro para quienes pretenden un mundo sin excluidos, sin pobres y sin oprimidos. Una isla necesaria repleta de necesidades.
“Pedimos que, después de escribir algunas cuartillas en la forma en que cada uno pueda, según su educación y su disposición, haga una autocrítica lo más seria posible para quitar de allí toda palabra que no se refiera a un hecho estrictamente cierto o de cuya certeza no tenga el autor plena seguridad”.
(Palabras de Ernesto Che Guevara en el prólogo de “Pasajes de la Guerra Revolucionaria”)

“Estimados pasajeros, el capitán les anuncia que estamos emprendiendo el descenso al aeropuerto internacional José Martí de la ciudad de La Habana”. El corazón late fuerte, rápido. El miedo a las alturas y el cansancio de las horas sin pegar un ojo quedan en el olvido. La isla siempre leída, el pueblo tan comentado, la revolución tan estudiada y soñada estaba a 20 minutos de distancia. El suelo, al fin, el suelo.

Estar en La Habana es como retroceder 40 años en la historia. Es cierto, me lo han dicho mil veces, pero eso ¿era bueno o era malo? Un aeropuerto semioscuro, agentes aduaneros nada simpáticos, agentes migratorios con igual o menor simpatía que los aduaneros, temperatura típica del Caribe y la primera señal de algo rotundamente diferente: un coche de policía que parecía más bien una broma, modelo ochenta y algo (con suerte), las puertas de uno de los laterales abiertas, y dos niños jugando dentro, mientras el oficial a cargo del coche (posiblemente el padre de los niños) charlaba y se reía junto a otro cubano.

Un taxi moderno (los pocos coches modernos que transitan la isla son generalmente taxis o “carros de alquiler”), frases por y para la revolución; la histórica plaza con la figura del Che, la entrada en La Habana vieja; una arquitectura humilde, detenida en tiempo y capas de pintura, cientos de personas por las calles, literalmente por las calles, en bicicleta o de a pie, pero por las calles, como si las veredas fueran un hecho simbólico; los primeros gritos (los cubanos son tan gritones como Fidel enojado). El segundo momento llamativo: dos hombres discuten fuertemente en plena calle, uno saca un cuchillo, un policía interviene, uno, sí, uno solito, les pide calma, disipa la gresca a pura charla. Cada uno sigue su camino.

Si pasás por Santiago (ciudad cargada de huellas de revolución) una pregunta se vuelve inevitable: “¿Visitaron el cementerio?”. Claro que los cubanos no son adoradores de la muerte (precisamente todo lo contrario), pero sucede que allí se encuentra “La Piedra”, allí descansa el imbatible comandante, allí pasan cientos de cubanos por día a visitar al “dictador” más amado, Fidel Castro Ruz.

Las playas efectivamente son paradisíacas, los huracanes son efectivamente arrasadores y el Estado efectivamente reconstruye cada detalle destruido por las más fuertes tormentas. “La prioridad son los chicos, por eso las escuelas estaban funcionando en apenas seis días”, nos contó Lourdes, en Morón, una pequeña ciudad donde el ojo destructor de Irma parecía no querer irse y sus vientos de casi 300 kilómetros por hora se llevaron de todo menos vidas. Los hoteles de lujo impactan, las humildes casas en las que no viven turistas también. En lo ancho y largo de la isla no hay un solo niño que viva en la calle, pero tampoco hay un solo niño que coma lo que ofrecen los “All Inclusive”.

En la mirada de muchos cubanos, en los ojos de muchas cubanas se lee resignación. Resignación a vivir con lo mínimo (¿lo necesario?); resignación a un bloqueo infame, a una revolución tan necesaria como dura, a estar aislados de un mundo que supo ayudarlos a cuentagotas; resignación de jóvenes que hacen las veces de novia a ignotos Tíos Sam, felices de sus dólares y su poder de hombres; resignación de un país y un pueblo que pudo ser y no lo dejaron. En la mirada de otros tantos hay paz y alegría de saber dejarlo todo por sus hermanos, felicidad por cada niño que juega y estudia, es decir, que es niño de verdad; admiración y respeto por cada revolucionario que peleó por esta Cuba que no es la soñada, pero que le devolvió la dignidad a millones de cubanos y cubanas que creían que ya nunca la tendrían; felicidad de saber que no muere de hambre una sola persona, pero ni una.

En Cuba hay una libertad difícil de comprender para quienes nacimos y crecimos bajo el infierno capitalista; no hay rincón donde uno sienta temor a nada; no hay mujer que, pese al “piropo” abusivo, sienta el temor de ser violada; en Cuba la diversidad demoró demasiado en aparecer, pero empieza a pasearse como la más libre heterosexualidad.

Cuba es todo eso y mucho más. Es mil anécdotas de revolución, es la charla sobre cualquier tema a cualquier hora con cualquier cubano o cubana; es despedirse de cualquiera y recibir siempre el “buen viaje” o el “feliz noche”. Es ahogarse en lágrimas ante la tumba del Che; es la trova y el reggaetón. Es el bate de beisbol y la pelota de fútbol; es la salud como derecho y no como negocio; Cuba es humanidad, Cuba es el faro y sus limitaciones; es la contradicción; Cuba es la senda de siempre pero hay que superarla, porque Cuba es revolución.

EL Furgón. Fotos: Loana Barletta

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