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23/07/2020 :: Brasil

Diez criterios marxistas para definir al bolsonarismo como neofascista

x Valerio Arcary
El proyecto político de Bolsonaro es un autogolpe para la instalación de un régimen bonapartista

Los modelos teóricos para clasificar el neofascismo pueden ser varios. Aquí un esbozo de diez criterios para la comprensión del bolsonarismo: (a) el origen social de sus líderes; (b) la trayectoria del movimiento; (c) su base social y la dimensión electoral de su audiencia; (d) lo que defiende: su ideología o programa; (e) el proyecto político; (f) su posición ante el régimen político, o la relación que mantiene con las instituciones, con el Congreso y las Fuerzas Armadas; (g) la relación que mantiene con la clase dominante, y con la clase trabajadora; (h) que tipo de partido o movimiento es su instrumento de lucha; (i) cuáles son sus relaciones y apoyos internacionales; (j) de dónde viene el dinero, o cuales son sus fuentes de financiamiento.

Considerando estos diez criterios, podemos concluir que:

1. El origen social de Bolsonaro es la pequeña burguesía plebeya. La búsqueda de ascensión social rápida a través de una carrera de oficial en el Ejército no fue inusual, durante generaciones, especialmente entre descendientes de europeos. Ella exigía un desempeño escolar inferior a las carreras de medicina, derecho, ingenierías en las universidades públicas (además de ofrecer un sueldo desde el inicio) y ofrecía, como recompensa, estabilidad, y una remuneración comparativamente mucho más elevada que la de un profesor de educación física.

Este origen de clase explica algunas de las obsesiones de Bolsonaro: racismo rencoroso, misoginia paranoica, homofobia primitiva, resentimiento social, anticomunismo feroz, militarismo radical, nostalgia del mundo rural, antipatía por la ciencia, fascinación por el pensamiento mágico, referencias mesiánicas religiosas, nacionalismo suburbano, deslumbramiento por el modo de consumo de la clase media estadounidense, y aversión intelectual.

2. La trayectoria de Bolsonaro, durante los últimos cuarenta años, fue la de un oficial insubordinado delirante y de un diputado corporativista folclórico marginal en el último escalón del “bajo clero” parlamentario. Lo que distinguió al bolsonarismo fue siempre la defensa incondicional de la dictadura militar, en especial, de los métodos de terror contra el peligro de una revolución socialista.

Bolsonaro siempre fue mediocre, tosco, desaforado, bruto. Bolsonaro está presente en la lucha política hace treinta años, y acumuló seis mandatos como diputado federal, por lo tanto, su lugar no fue una improvisación.

3. No se puede comprender el lugar, cualitativamente, diferente que ocupa hoy en la presidencia sin analizar el papel de la Lava Jato desde 2014, y la apropiación histórica de la bandera anticorrupción por sectores de la clase dominante.

Fracciones de la burguesía brasileña ya utilizaron esa bandera en sus luchas intestinas, en 1954, para derrocar a Getúlio Vargas; en 1960, para elegir a Jânio Quadros; en 1964, para legitimar el golpe militar; en 1989, para elegir a Collor de Melo; y, en 2016, para fundamentar el impeachment de Dilma Rousseff.

Bolsonaro salió de la obscuridad en las movilizaciones por el impeachment, entre 2015/16, cuando la exigencia de intervención militar ganó audiencia entre decenas de miles de los millones que salieron a las calles, en más de doscientas ciudades. El bolsonarismo expresa el repudio de sectores de la clase media a las conquistas sociales y democráticas de la Constitución de 1988.

4. El proyecto político de Bolsonaro es un autogolpe para la instalación de un régimen bonapartista. Desde marzo, cuando el impacto de la pandemia pasó a ser devastador, proyectando algo entre cien y doscientos mil muertos, este plan viene fracasando.

Pero si Bolsonaro retrocedió, aún no fue derrotado. Su estrategia es la subversión del régimen semi-presidencialista híbrido establecido en los últimos treinta y cinco años.

Bonapartismo, derivado de Bonaparte, inspirado por el modelo francés, significa un régimen autoritario en el que la presidencia se eleva por encima de las otras instituciones, como el Congreso y el Poder Judicial, y concentra poderes excepcionales, en nombre de la defensa del orden.

Esa es la importancia del slogan “Brasil encima de todo”. Hay, históricamente, varios tipos de bonapartismo en los países periféricos. El proyecto de Bolsonaro, apoyado en la movilización de un movimiento de masas contrarrevolucionario, obedece al plan de un régimen autoritario que, dependiendo de las condiciones de la lucha política y social, podría adquirir formas semifascistas.

5. Las relaciones de Bolsonaro con las Fuerzas Armadas y las policías, y los choques permanentes con los Tribunales Superiores y Congreso, confirman la tentación bonapartista. Bolsonaro no es un Trump tropical. No es, tampoco, solamente un líder autoritario, que podría ser neutralizado, fácilmente, por la presión de la clase dominante.

Desde la posesión del gobierno, comenzó la aprobación de enmiendas a la Constitución, como la reforma del sistema de pensiones, con todo el apoyo del Ejército. Avanza y recula, mide sus fuerzas, provoca y negocia, pero no interrumpe la ofensiva.

6. Bolsonaro viene cultivando una relación con la gran burguesía a través del nombramiento de Paulo Guedes como su superministro de economía. Se trata de una improvisación que se acelera. El plan económico presentado es ultraliberal, con énfasis en privatizaciones indiscriminadas, choque fiscal brutal, y ataque frontal a los derechos de los trabajadores.

Su estrategia es reposicionar Brasil en el mercado mundial al lado de EE.UU. contra China. Cuenta para eso con inversiones de EE.UU. en Brasil para salir del estancamiento.

7. Esta estrategia es coherente con los planes de los núcleos más poderosos de la burguesía, pero no puede ser aplicada sin que haya enfrentamiento social, porque no ocurrió, hasta ahora, una derrota histórica de la clase trabajadora brasileña.

Desde 2015/16, lo que sucedió a lo largo de cuatro años –el proceso que comenzó con el golpe institucional que derrocó al gobierno Dilma Rousseff– no fue una derrota histórica. Lo que vivimos fue una inversión desfavorable de la relación social de fuerzas: una derrota político-social que abrió una situación reaccionaria. Pero no estamos en una situación contrarrevolucionaria.

8. Bolsonaro no se apoya todavía en un partido fascista de combate. Usó como instrumento electoral un partido de alquiler, que después descartó. Pero esta debilidad orgánica fue compensada por la fascistización de un movimiento político de masas que tiene su mayor presencia en las redes sociales. El podrá construir un partido a partir del control del Estado.

9. Subestimar a Bolsonaro, o la capacidad de su corriente de articularse en el terreno internacional sería un grave error. Existe una Internacional de extrema derecha que está siendo construida en el mundo, aún en forma embrionaria, con financiamiento importante de algunos grandes grupos económicos, que responden al proyecto de una fracción del capitalismo norteamericano de ofrecer resistencia a la ascensión de China como potencia protoimperialista.

10. El financiamiento de la campaña electoral de Bolsonaro permanece, esencialmente, oscuro. No obstante, la potencia de su presencia en las redes sociales sugiere que hay grupos empresariales seriamente involucrados. Algunos de estos grupos ya son ampliamente conocidos y tienen fuerte presencia en la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP).

www.brasildefato.com.br. Traducción: Pilar Troya

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