Dilemas palestinos
En el contexto de frustración por la traición de la OLP, las provocaciones de Sharon desataron la segunda Intifada (2000) más militarizada y bajo la creciente dirección del Hamas. Esta organización tomó la posta del combate y garantizó la supervivencia de la sociedad palestina frente al colapso de la OLP
Los 60 años de lucha de los palestinos han sido una dura gesta de heroísmo, sufrimientos y frustraciones. No lograron recuperar sus tierras, ni construir su estado, pero han impuesto la legitimidad de su demanda. Ya no pueden ser ignorados por Israel, ni borrados del escenario internacional. Nadie desconoce formalmente su causa, ni propone “que arreglen sus problemas con los árabes”. La tesis inicial de los sionistas (“hay mucho espacio para ellos en Jordania, Egipto y Siria”) resulta actualmente impronunciable.
Pero el movimiento de liberación palestino soporta las consecuencias del nefasto padrinazgo que tradicionalmente ejercieron los gobiernos árabes sobre su acción. Esta influencia socavó durante décadas la efectividad de su resistencia y provocó incontables derrotas. Las clases dominantes de los países circundantes de Israel siempre chocaron con un proyecto sionista, que introducía un poder ajeno en su área de influencia geográfica. La expulsión de los palestinos agravó todos los desequilibrios de la región: aumentó la inestabilidad de los regímenes políticos y profundizó la degradación de las economías ya depredadas por los colonialistas extranjeros y sus socios locales.
Durante los años 60 y 70 los gobiernos nacionalistas que intentaron revertir parcialmente ese saqueo -como Nasser en Egipto y el Baath en Siria- debieron enfrentar a Israel. Pero recurrieron al terreno de la guerra convencional que favorecía a su enemigo y sufrieron,escandalosas derrotas. El nacionalismo buscaba limitar la interferencia que representaba Israel a la modernización del capitalismo árabe y adoptó la causa palestina con este restrictivo propósito. Nunca apostó a erradicar la opresión imperialista en Medio Oriente.
Por eso los gobiernos árabes de la época buscaron la regimentación política, la subordinación financiera y la dependencia militar de ese movimiento. Trabajaron no solo para acotar su lucha, sino también para evitar la convergencia de un movimiento nacional revolucionario con las demandas sociales de los oprimidos de la zona. Esta tensión se tradujo en numerosos enfrentamientos con los palestinos y en acciones represivas contra sus sectores más radicalizados, especialmente en Jordania y el Líbano.
Estos choques y los sucesivos reveses frente a Israel condujeron finalmente al hundimiento del nacionalismo. Los sucesores de esta corriente abandonaron primero la opción militar y cambiaron luego directamente de bando. Establecieron relaciones con Israel y se convirtieron en obedientes socios del Pentágono.
Esta subordinación ya es tan grande en la actualidad, que Egipto y Jordania ni siquiera rompieron estos vínculos durante los recientes bombardeos israelíes al Líbano. Frente a esta agresión, la Liga Arabe se reunió, emitió un comunicado de ocasión y bajo la influencia de los jeques de Arabia Saudita se escucharon más condenas a Hezbolá que a Estados Unidos. En realidad, los gobiernos árabes pro-imperialistas esperaban que los sionistas destruyeran a las milicias islámicas que corroen la estabilidad de sus negocios petroleros.
En Siria subsiste el único régimen de origen nacionalista. Mantiene un potencial conflicto con Israel y un férreo control sobre los oprimidos de su país y el Líbano. Pero desde que perdió el padrinazgo de la URSS, sus presidentes se han mostrado muy permeables a las presiones norteamericanas. Por eso hay sectores del gobierno israelí que buscan empujar a Siria por el camino de Egipto y Jordania, ofreciendo como zanahoria la devolución de las alturas del Golán, que ya no tienen la relevancia militar del pasado.
La resistencia palestina ha debido lidiar con los gobiernos árabes desde que la OLP se constituyó en una fuerza autónoma. Logró desenvolver una gran lucha guerrillera y desembarazarse parcialmente de esta sujeción durante los años 60 y 70 y también durante la primera Intifada (1987). Esta “revolución de las piedras” fue un extraordinario levantamiento masivo que incluyó formas muy avanzadas de autoorganización popular y participación colectiva. Provocó la desmoralización del ejército ocupante, la quiebra de la sociedad israelí e impuso el reconocimiento del interlocutor palestino.
Pero Arafat aceptó los términos propuestos en Oslo (1993) y Camp David (2000) que nunca contemplaron la constitución de un real estado palestino y este aval provocó la pérdida de autoridad de la OLP. En un clima de corrupción, proliferación de dudosas ONGs, financiación europea y verticalismo autoritario, el Fatah fue cuestionado primero por militantes e intelectuales (como Edward Said) y luego por el grueso de la población.
En este contexto de frustración, las provocaciones de Sharon desataron la segunda Intifada (2000) más militarizada y bajo la creciente dirección del Hamas. Esta organización tomó la posta del combate y garantizó la supervivencia de la sociedad palestina frente al colapso de la OLP.
La lucha palestina se desenvuelve actualmente en un marco de generalizada irrupción de los movimientos islámicos. El triunfo del Hamas constituyó otro hito de este aluvión, que se ha reforzado con la victoria de Hezbolá frente a Israel. Nasrallah ya alcanzó un nivel de popularidad en Medio Oriente, equivalente al logrado por Nasser en los años 60.
En las nuevas circunstancias comienza a reaparecer el viejo problema del control gubernamental sobre los movimientos de resistencia. Hezbolá ha demostrado una postura de inédita solidaridad con los palestinos. Pero sus allegados de Irán persiguen otros propósitos geopolíticos. Buscan reducir la presión norteamericana sobre el programa nuclear y aumentar su influencia sobre los chiitas de Irak para expandir el régimen de los Ayatollahs.
El Hamas está sometido a un hostigamiento terrorista muy superior a todo lo padecido por el Fatah. Israel no lo deja gobernar, ni permite mantener en pie ninguna forma de vida rganizada en Gaza y Cisjordania. Pero también los gobiernos árabes aprovechan esta tragedia para hacer valer su influencia económica. Son los únicos proveedores de recursos ante el corte de suministros de Europa y Estados Unidos (que financiaban a la OLP) e intentan por esta vía domesticar al nuevo gobierno palestino22.
Los dilemas de esta resistencia y el impasse estructural de la sociedad israelí convergen en torno a la gran pregunta de Medio Oriente: ¿Cómo solucionar el problema nacional de la región?
Israel y los refugiados
Cualquier desenlace progresista de la cuestión palestina requiere ante todo la derrota del expansionismo sionista. Este es el punto de partida para evaluar una resolución del conflicto.
Esta victoria de los palestinos supondría el desmantelamiento del estado colonialista y de ninguna manera la eliminación física de los israelíes. Conduciría a establecer la igualdad derechos, anulando todos los principios que legalizan la ocupación de territorios ajenos.
Mientras Israel maneje los dispositivos de inmigración en un espacio tan reducido, continuará funcionando una máquina de expulsar a los pobladores originarios para establecer a los recién llegados. En lugar de discutir este problema los sionistas afirman que los “árabes nos quieren echar al mar” e interpretan un lema bélico surgido durante las primeras guerras (“destruir el estado de Israel”) como una convocatoria al asesinato masivo de los judíos.
Esa frase surgió como reacción defensiva frente a la acelerada expansión del nuevo estado de colonos y actualmente es poco utilizada. Es cierto que recientemente la repitió el presidente de Irán, aunque luego aclaró que proponía “borrar del mapa al régimen sionista y no a Israel”. Pero lo esencial del tema es que ninguna propuesta concreta de los palestinos plantea consumar actos de genocidio, ni imponer exilios forzados. Endilgarle este propósito es una caricatura o un panfleto semejante al que utiliza Bush, para justificar la “guerra preventiva” con algún video de Bin Laden.
En la izquierda el uso de la vieja fórmula: “destruir el estado de Israel” es claramente inconveniente. Es un planteo que se malinterpreta con facilitad, ya que las luchas nacionales tienden a adoptar siempre un programa positivo de reclamo de independencia, en desmedro de la faceta negativa (eliminar el estado opresor).
En las luchas antiimperialistas de cualquier país, no es común convocar al “aniquilamiento del estado norteamericano, francés o ingles” y ni siquiera el desmonte del Apartheid se realizó bajo un llamado a “destruir del estado sudafricano”. En los hechos, cualquier transformación progresista requiere abolir la situación colonial, pero este objetivo tiende a ser enunciado en función de lo que se quiere construir y no de lo que busca eliminar.
Anular el carácter colonialista de Israel es indispensable para zanjar el problema de los refugiados palestinos, que el sionismo esperaba disipar con el paso del tiempo. Apostaba a un olvido histórico, semejante al sufrido por los aborígenes en las reservas del oeste norteamericano. Pero en el año 2001 había 1,2 millones de refugiados en los campos y 2,6 millones fuera de estos albergues. Conforman un bloque de 3,8 millones de personas que demandan la restauración de sus derechos23.
La expectativa derechista de congelar el problema fue demolida por la resistencia. Cada oleada de lucha palestina ha replanteado la exigencia del retorno de los refugiados y esta demanda fue particularmente contundente durante la primera Intifada Un aspecto clave del fracaso de Oslo y Camp David fue justamente su total omisión de este problema.
Existen discusiones sobre opciones alternativas al simple retorno de los expropiados a sus hogares, basadas en la devolución de pertenencias, reparaciones o compensaciones equivalentes. Pero incluso estas posibilidades requieren primero anular el carácter colonialista de Israel. La principal ley constitutiva de ese estado asegura derechos territoriales al inmigrante judío a partir de la negación de este mismo atributo para los refugiados palestinos. Bajo este sistema de recepción y expulsión de habitantes en base a criterios étnicos, el conflicto nunca tendrá solución.
Este material forma parte de un articulo mas extenso, titulado "Los argumentos por Palestina" ( http://www.lahaine.org/katz ).
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