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26/01/2022 :: Mundo, Europa

El golpe de Burkina Faso tiene trasfondo europeo

x La Haine
Los recientes Golpes de Estado (cinco en poco más de un año en África Occidental) pudieran estar apuntando a algo más que a caricaturescas diatribas locales

En la matriz del reciente Golpe de Estado en Burkina Faso (África Occidental) están la guerra contra la Al-Qaeda local y una inestabilidad geopolítica que afecta a la región entera, el Sahel. En 2014, como consecuencia de dicho conflicto y sin invitación, Francia desplegó en la zona sus fuerzas militares, lo que ha terminado provocando un fuerte descontento popular.

Limitar lo sucedido desde el domingo pasado en Uagadugú, capital del Burkina Faso, a un problema nacional es perderse mucho. En ese Golpe de Estado conviven diversas dinámicas: se confirma una renovación generacional en el ejército burkinés (y en última instancia, en las élites dirigentes del país africano); se evidencia el hastío popular con los efectos de la larga guerra contra Al-Qaeda del Maghreb Islámico, pero también se suma un capítulo más a la sorda lucha que las grandes potencias libran por el control del estratégico Sahel.

En realidad, varias tramas convergen en un Golpe de Estado clásico que, como el ocurrido recientemente en el vecino Mali, parece inaugurar una tendencia que remite a los años de la liberación nacional de los '60 y '70: la población civil lo aprueba y lejos de manifestarse para defender la supuesta democracia, se expresa apoyando lo que considera una medida de fuerza contra la corrupción pero, sobre todo, contra la incompetencia. De hecho, anteayer en Uagadugú -como hace un par de semanas en Bamako (Mali)- miles de manifestantes salieron a la calle ¿Todos pagados o amedrentados? Dudoso

Francia, la potencia colonial, sabía lo que podía suceder y sugirió, según la prensa de Costa de Marfil (otro país vecino) evacuar discretamente al depuesto Presidente Roch Kaboré, aunque éste se habría negado. El Presidente francés, Emmanuel Macron, dijo que en esta ocasión reaccionaría igual que en el caso de Mali: recurriendo a la CEDEAO (la organización de integración del África occidental, a la que pertenece Burkina Faso) con vistas, se supone, a promover un embargo regional contra el país saheliano. Eso, Macron lo sabe, es papel mojado.

La influencia de Francia en la zona (y por ende, la de la Unión Europea) es declinante. Ahora, la Operación Barkhane y la Covid-19 parecen haberle puesto la puntilla a una relación neocolonial que se remonta al siglo XIX. Desde el punto de vista práctico existen similitudes, subrayadas por algunos analistas, entre la citada invasión militar francesa y la invasión occidental, liderada por EEUU, en Afganistán: desde 2014 ha habido más de dos mil muertos; un millón y medio de desplazados y en consecuencia, decepción e incertidumbre.

En el caso de Burkina Faso, la indignación no solo se dirige contra los militares franceses (que amparados en la pandemia y en una aprobación muy discreta de su invasión en la propia Francia han ido abandonando, por goteo, los cinco países del Sahel), sino también contra el régimen de Kaboré. Dicho régimen surgió indirectamente del espíritu de otro Golpe militar impopular (en 2014, contra el régimen clientelar y afrancesado del viejo Blaise Compaoré, que gobernó el país durante 23 años) y ahora los burkineses se cansaron.

Los episodios que han precipitado la situación son elocuentes: el año pasado se supo que varios cuarteles militares situados en la árida, poco habitada y peligrosa zona Norte del país habían hecho llamamientos desesperados de avituallamiento y municiones que no habían sido atendidos. En uno de ellos, Al-Qaeda perpetró una masacre: 53 muertos el pasado 14 de noviembre. La opinión pública se enteró coincidiendo con la revelación de otro escándalo: el Gobierno había comprado a precio inflado seis helicópteros inadecuados para el combate. Empezaron las protestas…

Y de las calles de Uagadugú se pasó a los cuarteles. El ruido de sables en Burkina Faso, como antes en el caso de los vecinos Mali, Chad o Níger siguió al descontento popular. Ante el robo y la corrupción llevados a cabo por las potencias neocoloniales, el Ejército se encuentra en un inédito acercamiento de sus cuadros medios a Rusia. Dicha maniobra se inspiraría en líneas de cooperación trazadas durante la cumbre ruso-africana de Sochi, celebrada en 2019.

Rusia de hecho, como China, tiene mucho mejor imagen que Occidente en África. La apuesta de Pekín, eso sí, es más económica (39 países de la región ya se han sumado a la iniciativa de la “Nueva Ruta de la Seda”). Moscú, por el contrario, lo que ofrece es seguridad y estabilidad sin menoscabo de la independencia nacional, al contrario que Occidente: casos como los de Chechenia, Siria o recientemente, Kazajistán, hablan por sí solos.

Y tendría con qué pagar -como el resto de sus vecinos del Sahel- porque la región está subexplotada, sobre todo en términos de recursos minerales. Burkina Faso es, de hecho, un gran exportador de oro y en los otros cuatro países del entorno parece haber grandes depósitos de uranio, hierro y otros minerales estratégicos. Eso es parte de lo que podría explicar el acercamiento de los cuadros medios del ejercito burkinés a Rusia: los rusos, en los ejemplos citados, ofrecen precios justos y sin corrupción. Además la evolución de la guerra contra Al-Qaeda parece haber afectado gravemente a la explotación minera.

Y en ese sentido, lo que sutilmente ofrecen China y Rusia es compatible: estabilización para incrementar los resultados de la explotación minera y por tanto divisas para países muy necesitados. Dicha posibilidad genera, por cierto, mucha inquietud en Europa pues el Sahel es una especie de “patio trasero”: hasta ahora no solo ofrecía ganacias rápidas con mano de obra barata; también supone un colchón frente a dinámicas migratorias y forma parte de una especie de enorme reserva estratégica de energías fósiles como el gas o el petróleo.

Sea como sea y suceda lo que suceda parecen venir tiempos interesantes, no solo para Burkina Faso, sino para todo el Sahel. Los recientes Golpes de Estado (cinco en poco más de un año en África Occidental) pudieran estar apuntando a algo más que a caricaturescas diatribas locales: la guerra total, larvada, desde las vecinas Argelia y Libia, pudiera estar dando paso a transformaciones estructurales y estratégicas con un impacto para Europa mucho más global del que, a primera vista, cabría imaginar. Nos movemos ya, de hecho, en un mundo post-Covid (y quizás post-Occidente).

Juan Agulló

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