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Europa :: 20/04/2020

El jabón

Maciek Wisniewski
Los nazis −como hoy los Trump en cuanto a los refugiados− acusaron primero a sus víctimas de portar enfermedades peligrosas y luego los enfermaron

Cuando Boaventura de Sousa Santos (bit.ly/3dLVeBk) cerraba sus reflexiones en tiempos de coronavirus apelando a la sociología de las ausencias, subrayando la necesidad de tener en cuenta las sombras que crea la visibilidad (de la pandemia) y apuntando a la extrema vulnerabilidad al virus de los miles de refugiados detenidos en campos de internamiento en Grecia que huyen de las guerras en Medio Oriente –como Moria, un espacio construido para 3 mil personas habitado por más de 20 mil donde, subrayaba el autor de Una epistemología del sur, hay un grifo de agua para mil 300 personas y falta jabón−, un verdadero abismo negro se me estaba abriendo en la cabeza.

En un papelito, en medio de una tormenta cognitiva, anoté cantinfleando un poco las posibles posibilidades:

1. Las crisis inexorablemente cambian las maneras en que miramos las cosas.

2. En la pandemia, pensar en cosas peores es simplemente una estrategia de sobrevivencia.

3. A veces una cosa inevitablemente lleva a la otra.

Como muchos, ya llevaba días, mirando diferente a una simple barra de jabón, según la ciencia el mejor arma en nuestras manos en contra del Covid-19: las membranas de lípidos del virus se disuelven y éste se cae como un castillo de naipes.

Me acordé incluso –cantinfleando mentalmente un poco más− de algo de lo que ya no me acordaba, de mis tiempos de hacer el jabón casero en colectivo (“tú le sigues dando vueltas y yo voy por unas caguamas” [envases]).

Pero las palabras campo y jabón eran la mezcla que detonó todo (el jabón y la nitroglicerina al final van de la mano, basta mirar cualquier libro de química orgánica). Esperen tantito, ahorita va, fruto de una mente desesperada e infectada tal vez con el mismo virus(¡sic!) que la de –por ejemplo− Robert Fisk, que por un lado con rigor y puntualidad censura usos y abusos de analogías a la Segunda Guerra Mundial −como ahora apuntando a una verdadera infección del lenguaje a causa de esto, que aísla el significado, destruye la semántica y trivializa la crisis−, pero que, por otro, solito no puede escribir, casi, un texto sin invocarla (aquí igual).

No eran sólo más reportes del campo de Moria y sus condiciones de falta de higiene desesperadas, donde las recomendaciones básicas en la pandemia –lavarse las manos con frecuencia y mantener la distancia social− son imposibles de seguir y donde el brote del virus tendrá consecuencias inimaginables, o las historias de los verdaderos campos de concentración de Trump, donde ya hace meses los migrantes, niños incluidos –que ahora suplican ser deportados por el temor a morir del Covid-19−, no tenían acceso a un cepillo, pasta de dientes o jabón.

En un juicio, demandada por asociaciones de DDHH, la administración trumpista argumentó que no tenía ninguna obligación a darles jabón a los detenidos, una política adrede de ser lo más cruel posible con fines disuasivos.

Era sobre todo –allí les va−, entre una lavada de manos y otra, la voz de mi abuela, que tras salvarse de un campo de concentración nazi terminó en trabajos forzados en una granja en el norte del Reich de mil años −que acabó durando 13−, contando cómo sus patrones alemanes a veces les daban el jabón... hecho de humanos, prisioneros de los campos, víctimas del Holocausto.

Lo tirábamos de inmediato. Era fácil de diferenciar del normal. Daba poca espuma y, en vez hundirse, flotaba en el agua....

Lo de mirar diferente a una simple barra de jabón llegaba en mi mente a un clímax.

Presente en múltiples testimonios y reportes −incluso en evidencias durante los procesos en Nüremberg−, la historia de la producción del jabón de humanos durante la Segunda Guerra Mundial resultó ser más bien una leyenda urbana difundida por los propios nazis. Si bien hace unos años se determinó que una muestra del jabón nazi fue hecha de grasa humana, confirmando versiones de su producción limitada en el Instituto Anatómico en Danzig (Gdańsk), éste podría ser más bien un subproducto de la preparación de muestras anatómicas, usado a lo mucho para el aseo interno.

Aun así y siguiendo un rato más con lo de “pensar en cosas peores –holocausto et al...− como estrategia de sobrevivencia”, me imaginé que por algún azar unas barras de éstas podrían llegar a las manos de mi abuela (al final era en la misma costa del Báltico).

Pero para que el jabón flote –he aquí mi experiencia de productor del jabón artesanal−, basta inducirle unas microburbujas de aire. No es indicativo que esté hecho de otro tipo de grasa (humana). En fin.

Lo que sí es cierto, como bien apunta Federico Finchelstein al margen del manejo de la pandemia por las derechas mundiales, los nazis −como hoy los Kaczyński, los Le Pen o los Trump en cuanto a los refugiados− acusaron primero a sus víctimas de portar enfermedades peligrosas creando luego adrede condiciones artificiales e insalubres en guetos y campos donde éstas se enfermaron y propagaron dolencias (bit.ly/3b6m0Tp).

Allí −vista por el prisma de una simple barra de jabón− yace, como anotaba De Sousa Santos, nuestra Europa invisible: oscura, cruel, indiferente (y nuestros EEUU invisibles); allí sí, una cosa inevitablemente lleva a la otra.

@MaciekWizz

 

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