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09/06/2021 :: Mundo, Argentina, Pensamiento

El Mariátegui de Martín Bergel

x Omar Acha
A propósito de José Carlos Mariátegui, "Antología, selección, introducción y notas de Martín Bergel", Buenos Aires, Siglo XXI, 2021. 341 páginas

El legado del escritor socialista peruano José Carlos Mariátegui está en disputa, y el historiador argentino Martín Bergel ha propuesto su versión en una Antología destinada a dejar huella en los estudios mariateguianos. Voy a explicar por qué, según mi criterio, si hubo un Mariátegui de Robert Paris, otro de Aníbal Quijano y aún otros de Alberto Flores Galindo y Ricardo Portocarrero, de Oscar Terán, de Michael Löwy, de Fernanda Beigel y de Miguel Mazzeo, ahora contamos con un Mariátegui de Bergel.

Tal vez convenga sintetizar en pocas palabras la figura y significación de Mariátegui, trazar aquellos rasgos que lo singularizan en la historia política e intelectual de las izquierdas en América Latina. Nacido en el poblado de Moquegua en 1894 y fallecido en Lima, en 1930, la breve vida de Mariátegui estuvo condicionada por una infancia pobre y castigada, no en menor medida debido a las enfermedades que lo aquejaron desde niño, obligaron a amputarle una pierna en la década de 1920 y condujeron a su deceso a la edad de 36 años.

Fue ayudante de tipografía, autodidacta corrector de textos, periodista, ensayista, orador en universidades populares, organizador e inspirador de sindicatos, editoriales, partidos políticos y revistas de izquierda como Amauta. Su obra más conocida son los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicados en 1928.

La peculiaridad de Mariátegui consiste en haber meditado un proyecto socialista moldeado para un país de composición social mayoritaria campesina e indígena. Ese gesto creativo no hizo del marxismo un dogma, sino la clave para leer una biblioteca heterogénea y activa, atenta a las novedades de la época sin por eso abandonar una disciplinada criba crítica.

1919 fue un parteaguas en la biografía mariateguiana. Inició entonces un viaje de cuatro años por Europa, y en particular por Italia, que conmovió las previas sensibilidades decadentistas y antiburguesas del joven Mariátegui, ya interpelado por las crisis del positivismo y del liberalismo profundizadas por la Primera Guerra Mundial, generando un compost de convicciones marxistas y socialistas que no lo abandonarían. Pero no solo eso. La experiencia de una Europa en vilo tras la Revolución Rusa y sus vientos renovadores en todos los planos potenció una preexistente e insaciable curiosidad ante las vanguardias estéticas y las innovaciones técnicas (el cinematógrafo, por ejemplo), sin descartar aperturas teóricas como las del psicoanálisis.

Como socialista convencido, supo dialogar con las intensidades de una vida universitaria convulsionada por los ecos de la Reforma Universitaria llegados desde Córdoba, Argentina, involucrarse con el naciente movimiento obrero (en cuya conformación de la CGT Mariátegui tuvo un rol orientador), construir el partido socialista vinculado con la III Internacional comunista, sin olvidar su intervención en los candentes debates en torno al indigenismo en política y literatura.

La sensibilidad ante el indigenismo y los mitos para los que leyó por izquierda a Georges Sorel, el enfoque revolucionario y la estrategia socialista situada, hicieron de la herencia mariateguiana un proscenio de debates después de su muerte. Desde los años 1980 ese interés se apagó aunque se publicaran obras importantes. Con la eventual recomposición de las políticas de izquierda en el siglo XXI, el legado de Mariátegui es convocado en las controversias latinoamericanas de nuestro presente.

Al mestizar marxismo e indigenismo, literatura y pedagogía, nación y revolución mundial, Mariátegui debía ofrecer a la posteridad un archivo múltiple legible desde diversos horizontes. Mariátegui se cuenta entre los temas de estudios latinoamericanistas más transitados. No hay volumen general de historia de la cultura, de historia política de las izquierdas o de historia intelectual sobre América Latina que carezca de alguna sección sobre el pensador y político peruano. Desde luego un libro puede prescindir de él, pero entonces brilla por su ausencia.

La visibilidad póstuma de Mariátegui se explica más por sus virtudes intelectuales que por una posterioridad política, pues el socialismo revolucionario en el Perú tuvo una trayectoria difícil. Más bien pareciera que el proyecto de una estrategia de izquierda desarrollista tempranamente propuesta por Víctor Raúl Haya de la Torre, un nombre central del populismo latinoamericano, tuvo mayor relevancia. No porque el partido fundado por Haya de la Torre, el APRA, conquistase una efectividad política en el Perú (cuando se hizo poder estatal con Alan García, en la década de 1980, su performance fue desgraciada), sino porque el fallecimiento de Mariátegui en 1930 coincidió con una mutación de la sociedad capitalista en el ámbito latinoamericano que apremió a lo largo de su extensa geografía proyectos intervencionistas estatales de rasgos más o menos integradores de las demandas populares.

Desde entonces y hasta hoy, Mariátegui, el pensador de una revolución socialista situada tanto en los problemas locales y nacionales como en el escenario mundial en el que se dirime el porvenir postcapitalista, es una figura intempestiva, in-actual. Mariátegui se resiste a ser traducido en cualquier horizonte reformista o estatista de un buen capitalismo guiado por un liderazgo virtuoso, un conjunto de nociones ajenas al momento revolucionario generado por la Revolución Rusa de 1917 que impactó vigorosamente en su pensamiento.

Entonces se impone la pregunta: ¿por qué una nueva antología, siempre útil para iniciarse en la lectura de un autor devenido en un clásico continental? Martín Bergel es un historiador atento a las reglas de su oficio. Pero no es solo eso. Es también un estudioso comprometido con su tiempo. Y decir tiempo involucra asumir los debates que nos destina la era en que vivimos. Uno de esos debates es la delimitación nacional-estatal de un proyecto de poder popular orientado por una estrategia socialista.

Es todavía claro --en contra de lo que conjeturaron Michael Hardt y Antonio Negri hace apenas dos décadas-- que las transformaciones radicales exigidas por la globalidad capitalista requieren ser planteadas, políticamente, en escenarios prácticos nacionales. Pero esa misma globalidad del capital hace inexorable prolongar el alcance de tales proyecciones localizadas en una estrategia también global. El siglo XX dio a la izquierda la durísima lección de que no es posible «en un solo país», ni esa versión apenas distinta que es la «desconexión» del sistema mundial.

El Mariátegui de Bergel se resiste a una traducción arbitraria al horizonte posibilista de una estatalidad capitalista incluso progresista. Y es que, precisamente, este es el movimiento interpretativo que amenaza con subyugar varias generaciones de las investigaciones marxistas a las exigencias pragmáticas del reformismo contemporáneo. Con esto no sostengo que la estrategia reformista sea necesariamente injustificable en un debate político actual. La opción reformista ha sido y perdura como un aspecto de la historia de la izquierda, y hay que decirlo, sus argumentos son útiles para neutralizar los revolucionarismos utópicos.

Lo que digo es que el legado de Mariátegui puede ser ajustado a las preferencias reformistas solo a través de una inclemente violencia simbólica: la que somete un pensamiento desplegado en una era de deseos extremos a las demandas perentorias de las políticas posrevolucionarias del reformismo nacional-estatal (¿por qué hacer de Mariátegui un benjaminiano muñeco ajedrecista en cuyo interior se oculta un pequeño y ventrílocuo Haya de la Torre?). En contraste con esa actitud, Martín Bergel acompaña la honestidad historiográfica de quien fue tal vez su mayor maestro, el filósofo Oscar Terán. Incluso después de renunciar al proyecto revolucionario, aunque no a la voluntad de socialismo, atento a lo que las fuentes le habilitaban leer, Terán perseveró cautivado por un Mariátegui caracterizado como un «moderno extremista».

Así como he apuntado la violencia interpretativa con que en ciertos casos Mariátegui ha sido leído en estos lustros de estrategia reformista y nacionalista en América Latina, debo decir que Martín Bergel no es solo un historiador deseoso de reconstruir un pasado tal como fue. También él pondera trazos en los que se perciben las costuras de una faena interpretativa. Su apuesta consiste en comprender a Mariátegui en el seno de un «socialismo cosmopolita».

Para encuadrar dicha tesis, Bergel acude al planteo de Mariano Siskind en el libro Deseos cosmopolitas, donde su autor prolonga el concepto goethiano de Weltliteratur en la lectura de algunos tramos de la escritura literaria y ensayística modernista latinoamericana producida entre 1880 y 1925. Siskind menciona a Mariátegui solo al pasar, y Martín Bergel extiende su análisis con matices sobre los que no puedo detenerme. Lo fundamental es que, con el auxilio de Siskind, la nueva interpretación de Mariátegui adquiere una significación más que individual.

El peruano es situado en una trama mayor, sin resignar su personalidad, neutralizando el excepcionalismo biográfico que ha seducido a segmentos importantes de la literatura a él dedicada. Ahora bien, reconocida la predilección del antologista, ¿sortea la tesis de Bergel el tamiz del archivo mariateguiano mejor que la hipótesis nacional-estatal o la de esa figura en apariencia más compleja, pero a menudo esencialista, que lo remite a un «marxismo latinoamericano»? Pienso que sí. Y paso a explicarme.

Los textos de José Carlos Mariátegui en la Antología están distribuidos en cinco partes. Las primeras cuatro secciones corresponden con los libros (si así pueden domesticarse los ensayos mariateguianos --en ese plano más cerca de Nietzsche que de Marx-- mejor orientados a producir intuiciones vigorosas que a diseñar arquitecturas lógicas), a saber, La escena contemporánea, de 1925, los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de 1928, y los dos póstumamente aparecidos: Defensa del marxismo y El alma matinal.

De cada «libro», Bergel selecciona los segmentos a su juicio más significativos. Naturalmente, al respecto se podría conversar sobre geografías textuales complementarias. Por dar solo un ejemplo, sería razonable abogar por la inclusión en el apartado dedicado a los 7 ensayos del incisivo «Esquema de la evolución económica», en que Mariátegui delinea la pluralidad de temporalidades, escenarios y actores que enfrenta toda estrategia socialista irreductible a una vulgata marxista eurocéntrica. Pero es sabido que en el género de las antologías el espacio es un recurso escaso y es inexorable priorizar.

Con todo, el criterio de Martín Bergel se sostiene pues su apuesta esencial y clave editorial descansa en la quinta parte. En dicho tramo, con razón intitulado «Socialismo cosmopolita», se repliega el núcleo del Mariátegui renovado que la Antología descubre y a la vez construye. Tal vez por eso la extensión de esta quinta parte triplique en número de páginas a las dedicadas a cada una de las secciones precedentes.

Debe admitirse que el adjetivo «cosmopolita» está presente en un número limitado de ocasiones en los textos elegidos en «Socialismo cosmopolita», y que esta última expresión nunca ha sido utilizada --hasta donde conozco-- por el propio Mariátegui. Tal vez la fórmula de un «socialismo indoamericano» le haya sido más afín. No obstante, Martín Bergel articula textos y propias interpretaciones donde el diagnóstico de una «crisis mundial» y la enunciación de una estrategia también «mundial» exigida por la imposición global de la sociedad capitalista convergen en una lectura incompatible con socialismos nacionales o latinoamericanismos de izquierda, sobre todo cuando delatan esencialismos como el antes mencionado. Bergel tiene plena razón al enfatizar que la crisis contemporánea animó en Mariátegui el carácter cosmopolita de su socialismo.

Ciudadano del mundo e historiador informado de problemáticas globales, Martín Bergel es también un intelectual argentino y latinoamericano. Este diagnóstico no requiere elucidaciones de un arcano insondable sonsacado por las virtudes de una arqueología detallada. Aunque Bergel está admirablemente informado sobre la literatura mariateguiana, sus referencias capitales son, me parece, argentinas: Oscar Terán el primero de todos, aunque no el único (José Sazbón es otra presencia insoslayable). Con esto quiero poner de relieve cuánto de los debates teóricos, políticos e intelectuales de la Argentina, y en rigor de América Latina, transitan en las páginas de esta Antología. Entiendo que su apuesta intelectual se ajusta mal a la consoladora dicotomía que constreñiría a elegir entre un particularismo intransferible y un universalismo monológico.

El escritor peruano editado y construido por Bergel debate con las interpretaciones nacional-populistas de Mariátegui y con las sostenidas en un latinoamericanismo sustancial. En el Mariátegui de la presente Antología, diestramente formulado y puesto al alcance de un público lector que desearíamos creciente, Bergel restituye con serenidad historiográfica la voluntad de socialismo sin la cual la vida, el pensamiento y la pasión del intelectual peruano se tornan irreconocibles. Renovar la lectura de una obra abierta con dosis equilibradas de erudición e inteligencia política sostiene una de las variadas deudas que es deber reconocer con el Mariátegui de Martín Bergel.

Este volumen ingresará en los anaqueles de la investigación académica. Desearía verlo también incorporado a las lecturas de formación política e intelectual de las nuevas generaciones preocupadas por generar una alternativa a esta sociedad capitalista desquiciada y suicida.

Jacobin América Latina

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