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Mundo :: 15/09/2026

El proyecto cortoplacista de las extremas derechas latinoamericanas

Álvaro García Linera
La extrema derecha actual no promete un destino de paz mundial basada en los mercados, sino una apocalíptica depuración de los impíos que se oponen a la "natural" desigualdad de las personas

[Foto: Javier Milei con Aberlardo de la Espriella en Cali.]

Una ola reaccionaria avanza por todo el continente latinoamericano. Con excepción de México, Brasil -las dos potencias de la región-, Uruguay y Guatemala, el resto de los países (Argentina, Chile, Colombia, Bolivia, Perú, Ecuador, Paraguay, El Salvador, Honduras, Panamá, etcétera) han elegido gobiernos de extrema derecha autoritaria.

No estamos ante la tradicional derecha liberal que caracterizó al neoliberalismo triunfante en los años 80 y que inauguró un ciclo de 20 años. Entonces, se sentía abanderada de un destino universal y final de la humanidad en torno al libre mercado, la globalización, el multiculturalismo y el Estado mínimo.

La extrema derecha actual no promete un destino de paz mundial basada en los mercados, sino una apocalíptica depuración de los impíos que se oponen a la "natural" desigualdad de las personas. Para la extrema derecha no hay un paraíso al cual alcanzar, sino las brasas de un Armagedón en el cual purificar las desviaciones de una humanidad corrompida por las aspiraciones de igualdad.

Esta extrema derecha fanática creció a inicios del siglo XXI a medida que el neoliberalismo regional entró en crisis y la sociedad abrazó un malestar generalizado. Se fortaleció entre las clases medias resentidas allí donde los progresismos alcanzaron el gobierno e impulsaron procesos de igualación y movilidad social ascendente de las clases populares. Y se convirtió en gobierno allí donde las gestiones progresistas defraudaron las expectativas de bienestar de las clases menesterosas.

Sin embargo, a diferencia de lo que sucedió en ciclos anteriores del ascenso de las extremas derechas en Latinoamérica, las actuales cabalgan un proyecto societal mutilado y cortoplacista que, en lo económico, va a contracorriente de las tendencias emergentes en el mundo.

Mientras las grandes potencias que jalan la economía mundial, como China, EEUU y la Unión Europea, levantan aranceles en contra del libre comercio, impulsan políticas industriales para crear mercados desde el Estado, se vuelven proteccionistas, convierten a sus Estados en accionistas de empresas estratégicas y se trazan metas de soberanía energética o tecnológica; las extremas derechas gubernamentales de América Latina se aferran anacrónicamente a las añoranzas de un extinto globalismo de libre mercado.

Han impuesto una brutal austeridad fiscal a la espera de que la inversión extranjera directa (IED) llegue a raudales y sea el gran motor del crecimiento económico expansivo a todas las actividades.

Pero el mundo del 2026 no es el de 1995 cuando la IED tuvo un ascenso mundial espectacular y los países en desarrollo ofrecían una tasa de ganancia elevada gracias a la privatización de empresas públicas y sus mercados cautivos.

Hoy ya no hay grandes empresas que privatizar y, lo peor, la IED como el gran dinamizador de las economías del mundo se ha retraído. De alcanzar niveles de entre el 4 % y el 5 % respecto al PIB mundial en los años 90 e inicios del 2000, desde la crisis del 2008 ha ido reduciendo su importancia y hoy, apenas bordea el 1 % del PIB. Por supuesto que sigue circulando inversión extranjera en el mundo y, en el continente -principalmente hacia México y Brasil, actuales baluartes progresistas-; pero ahora, en porcentajes del PIB, apenas llega a la cuarta parte de lo de antes.

Las extremas derechas han ganado en segunda vuelta electoral y por una estrecha mayoría, pero son gobierno y expresan un estado de ánimo de resentimiento y agresividad política antiigualitaria de una parte de la población.

En Argentina, la IED llegó a representar hasta el 8,5 % del PIB en 1999. Entre 2005 y 2015 se movió en las bandas del 2 % al 3 % del PIB. Con el gobierno "libertario" ha caído al 1,8 % en 2024 y al 0,5 % en 2025. El Banco Mundial calcula que en 2026 se acercara al 1%. Los sectores a los que se dirige esta inversión son hidrocarburos, minería y, en menor medida en finanzas. Ecuador va por el mismo camino: a fines del siglo XX, la IED llegó al 3% del PIB; en 2023 y 2024, cayó al 0,5; y en 2025, apenas se acercó al 1%. En Perú, en los años 90 y entre 2005 y 2015, la IED fluctuó entre el 4 % y el 7% del PIB. En los últimos años se mueve entre el 1y el 3%.

En estos y otros casos, la IED ha perdido la importancia que desempeñó para el crecimiento y la estabilidad económicas. Además, es una inversión de enclave, dirigida a la extracción de materias primas y cuyas ganancias son externalizadas a los países de origen, lo que impide una irradiación dinamizadora en el resto de la economía.

Este panorama deprimente se repite también con la inversión pública y privada nacional en aquellos países gobernados por la extrema derecha. En los años del neoliberalismo globalista (entre 1990 y 2000), la inversión total en esos países se movió entre el 21% y el 24% en relación al PIB. Desde 2015 hasta 2025, la inversión fluctuó entre el 18% y el 19% (CEPAL, 2026). Argentina, en los últimos tres años, tiene una tasa de inversión del 15% al 16% del PIB (INDEC, 2026). Ecuador, del 18% del PIB, etcétera.

Comparativamente, los países de reciente industrialización y elevado crecimiento económico, como los que conforman la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN), tienen tasas de inversión que bordean el 30% del PIB.

Los "ajustes" al gasto público, la reducción de impuestos a los ricos y la privatización de áreas periféricas que aún estaban en manos estatales, no representan ninguna inyección fresca de capital a la economía. Son solo modos de extractivismo depredador de recursos públicos para depositarlos en manos privadas acostumbradas al rentismo. El resultado es una economía estructuralmente estancada, de elevada precariedad que no genera un proceso estratégico de bienestar nacional expansivo y que, por tanto, es proclive a incubar continuamente intensos ciclos de malestar social.

A diferencia de lo que la extrema derecha estadounidense o europea busca impulsar con su neoestatismo productivista de largo aliento, las extremas derechas latinoamericanas se han empantanado en un enmohecido neoliberalismo globalista de porvenir decapitado que ha de convertir a los países en protectorados coloniales de las grandes potencias poseedoras de proyectos históricos.

Con todo, uno no puede dejar de preguntarse, sobre el porqué esta extrema derecha, pese a su prematuro fracaso económico, mantiene una base social de apoyo político considerable que varía entre el 20% y el 40% del electorado.

Ciertamente las decepciones previas que el progresismo ha engendrado al no poder remontar la crisis económica (inflación, recesión) contribuyen a la vigencia de las derechas. Pero no es suficiente. Para explicar sus índices de apoyo hay que entender que las extremas derechas han surgido blandiendo dos espadas: por un lado, la de poner fin a alguno de los aspectos más relevantes de la crisis económica; y, por otro, la de resarcir moralmente a los agraviados por la crisis.

La primera espada se está desmoronando rápida e irreversiblemente; pero la segunda es agitada con flamígera destreza. El odio revanchista convertido en política de Estado contra los derechos, los migrantes, los "zurdos", los comunistas, los kirchneristas, los indios, las feministas o cualquier atisbo de igualitarismo social, desempeña el papel de una expiación colectiva que diluye el miedo al extravío de un futuro de bienestar. Si no hay porvenir venturoso, por lo menos que haya el placer de la crueldad ejercitada contra los que se considera son culpables del miedo existencial.

Esta perversión moral de la esperanza rasga el tejido social. Y la forma de combatirla no es solo mediante una furia invertida. Aunque en tiempos de crisis sea necesaria una personificación del responsable de las ofensas sociales -solo que en este caso focalizada en una diminuta minoría de poderosos-, lo que se requiere, ante todo, es una audaz restitución de una esperanza plausible en torno a un proyecto productivista y de justicia social capaz de remover los cimientos de las viejas estructuras económicas y mentales envilecidas.

Ant/agón

 

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