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Medio Oriente :: 19/06/2026

El sionismo no ha fracasado, fue siempre así

Gideon Levy
Mirada crítica al último libro de Omer Bartov --investigador del genocidio en Gaza y experto en el holocausto europeo--: continuidad y evolución del sionismo (y del antisionismo)

El sionismo constituye, en su esencia, la creencia en la supremacía judía entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, y al igual que cualquier otra ideología que defiende la supremacía racial, nacional o religiosa, carece de legitimidad.

No resulta fácil ser israelí y antisionista. Resulta casi imposible. Esa combinación se percibe en Israel como traición, herejía, algo falto de toda legitimidad. Este ha sido el caso desde los viejos y buenos tiempos del Mapai, mucho antes de los oscuros días del régimen de Benjamin Netanyahu e Itamar Ben-Gvir.

Desde el nacimiento de EEUU, no ha habido otro Estado con una ideología tan excluyente y rapaz, una ideología que prohibía cualquier duda o negación, como el Estado sionista de Israel. Ni siquiera resulta fácil ser un exiliado antisionista, sobre todo para un príncipe de la aristocracia sionista.

Omer Bartov es un renombrado historiador israelí-norteamericano, investigador del genocidio y experto en el holocausto, profesor en la Universidad de Brown, en Providence, estado de Rhode Island. Tras dos años de reflexión, Bartov llegó a la conclusión de que el régimen israelí sí que perpetró, de hecho, un genocidio en la Franja de Gaza.

Publicó dos artículos de opinión en The New York Times que reflejaban su proceso de reflexión sobre la etiqueta de genocidio, lo que ha generado reacciones en todo el mundo. Uno de los libros escritos por su padre, el escritor y periodista Hanoch Bartov, se titula Ligdol Ulikhtov Be'Eretz Yisrael ("Crecer y escribir en la Tierra de Israel"). El libro más reciente de Omer Bartov es Israel: What Went Wrong? ["Israel: ¿Qué ha salido mal?"], todo el trayecto, en pocas palabras.

Con motivo del lanzamiento del libro, Bartov concedió una entrevista a Haaretz en la que se apresuró a declarar que no es antisionista, tan dolorosa y difícil es tal admisión. "Crecí en un hogar sionista. Para mí era evidente que Israel era mi lugar", dijo, para explicar por qué no es "anti". Pero abandonó ese hogar hace décadas, y sus declaraciones nos hacen preguntarnos sobre sus preocupaciones, o quizás su vergüenza, para admitir que se es antisionista, algo que aparentemente aún carece de legitimidad.

Bartov afirma que el sionismo está destinado a desaparecer, que Israel no puede existir como un Estado normal bajo esta ideología y que si el sionismo pudo conducir al genocidio en Gaza, ya no puede sostenerse como ideología. Es difícil encontrar afirmaciones más valientes y acertadas --o más antisionistas-- que estas.

Siendo así, ¿por qué Bartov se muestra reacio a autodenominarse antisionista? No hay mejor prueba que esta del adoctrinamiento profundamente arraigado en el corazón de todo judío que haya crecido aquí [en Israel]. Un intelectual israelí expatriado, crítico y perspicaz, no se atreve a definirse como antisionista, aunque sus demoledores argumentos atestigüen que lo es.

Resulta imperativo romper esta prohibición. Un israelí, hasta un israelí exiliado, puede ser antisionista y seguir teniendo legitimidad. El sionismo es una ideología que puede cuestionarse, como cualquier otra. En su base se encuentra la creencia en la supremacía judía entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, y al igual que cualquier otra ideología que defiende la supremacía racial, nacional o religiosa, es ilegítima.

El enfoque de Bartov difiere de las tendencias antisionistas que hoy prosperan en todo el mundo. Está convencido de que algo salió mal en el país puro e inocente que solía ser el suyo, y que algo se pervirtió en su pura ideología sionista. Existía una ideología que condujo al establecimiento de un estado de elevada moralidad, y de repente, algo salió mal. Afirmaciones como esta acaso alivien la agonía de la dolorosa despedida de Bartov al sionismo, pero es muy dudoso que constituyan la verdad.

Bartov declara no creer en ese tipo de historia en la que, al final, se afirma: "Siempre supimos que terminaría así". Pero, a fin de cuentas, así empezó. La continuación no era inevitable, pero para que fuera diferente, tenía que haberse producido una corrección, y eso nunca sucedió.

El sionismo le dio la espalda a la población indígena que vivía en Palestina desde sus inicios, desde los tiempos de la "conquista del trabajo", que exigía a los judíos trabajar en la agricultura y la industria: la primera desposesión sionista. Mucho antes de los disturbios árabes de 1929 y el holocausto europeo, el movimiento buscó desposeer y expulsar a la población local.

Entonces, como ahora; Yigal Allon, como Bezalel Smotrich. Ese fue el comienzo, y estaba viciado. Bartov, el sionismo no se transformó en otra cosa; fue siempre así. Ojalá se hubiera transformado en algo distinto. Quizás aún no sea demasiado tarde.

Haaretz

 

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